08 marzo 2010

Televisión de culto

ASTROBOY (1963-66)

Fue la primera serie de anime de la historia. Esto ya de por sí debería ser un factor atractivo para los degustadores de los dibujos animados. Su creador, además, está considerado como el dios del estilo, Osamu Tezuka, probablemente el autor de los mangas y animes más importantes de la segunda mitad del siglo XX. Mucho antes de Mazinguer, de Goku o de Seiya estuvo el encantador robot niño Astroboy. Y aunque vista hoy pueda resultarnos demasiado naif, podemos afirmar sin miedo a errar que en lo básico está todo el maestro: los rostros angelicales o estrafalarios, los ojos grandes, las narices puntiagudas, los pelos teñidos de mil colores y de cortes asimétricos y las gesticulaciones desproporcionadas, los planos abstractos y los primerísimos planos. Y todo el fascinante diseño robótico que luego se iría repitiendo hasta la saciedad siempre que se trata de japoneserías animadas. Aunque a ratos nos puede resultar algo suave el método narrativo, si lo miramos bien se apuntan maneras y surgen soterradas las pinceladas violentas, de humor negro (incluso zafio) y perspectivas en los dibujos realmente típicas del anime más maduro. Como gérmen de todo lo que vino luego, esta serie es un paradigma. La evolución no podía ser más coherente. Lo homofilia de Tezuka asienta las bases. Su morbo favorito son los menores. Cuanto más menor, más héroe. Cuanto menos musculado, más fuerte e invencible. Convendría insistir en ello más adelante.
Los norteamericanos no supieron entender bien muchos de los tics del autor. Sobre todo, en lo concerniente al trato animal, que consideraron de pésimo gusto e improcedente para una audiencia infantil (esto pasaba en el primer episodio, donde un científico secuestraba perros para transformarlos en cyborgs). La NBC censuró el capítulo, cosa que a Osamu Tezuka le pareció una verdadera ofensa. Aun así el Astroboy sesentero fue un gran éxito. Duró en antena varias temporadas, se hicieron casi doscientos capítulos. Pese a que en los ochenta apareció un remake, incorporándose el color, las nuevas técnicas de animación y demás parafernalias, el encanto del primero perdura inasequible al paso del tiempo. Es de suponer que Spielberg lo seguía con apasionamiento en su infancia pues luego vimos que Inteligencia artificial tomaba muchos aspectos de aquél. Almas blanditas como el director del penoso ET o las que trabajaban para la factoria Disney debieron contemplar al nuevo héroe infantil con no poca admiración y anonadamiento. De todas formas, a Tezuka se le acusó más de una vez de dejarse influir estéticamente por los mundos de Disney. Si esto es cierto, lo sería sobre todo del Disney de Pinocho, pues estaríamos ante otro ejemplo de personaje creado a partir de la imaginación de un anciano solitario (sustituyendo al artesano de la madera de Collodi-Disney por un científico del Instituto de Ciencias del Japón). Para alargar más las similitudes, en el primer capítulo Astroboy es vendido a un cruel empresario circense que lo explotaba sabiendo de sus facultades superhumanas. Ahí se nos saca, sobre la carpa, la tarjeta de presentación del personaje para enganche de audiencias: el poderío de un robot con cuerpo de niño e inteligencia humana que nos da lo mejor de si mismo ahora con su visión de rayos X, luego con su super oído, a continuación tirando cohetes desde sus botas y brazos... Y ojito a sus cien mil caballos de potencia. Por si esto fuera nada, dos poderosas armas instaladas en sus magníficos glúteos (nalga-metralletas) arrancarán ovaciones a la vez que pondrán la punta queer-escatológica a una serie que parecía estar tonteando en su puerilidad con los excesos militantes de la futura NYGA (frente de liberación del gay nipón) en su lucha contra el férreo feudalismo de la moral nacional. La escena de Astroboy (primer capítulo) con otros niños captados por el empresario que trabajan en el circo de marras (¿alegoría de las redes de prostitución pedófila instaladas con sede en Hong Kong?) es bastante esclarecedora. Por momentos el mito de la juguetería marca Tom Thumb adquiere tintes de clandestinidad típicos de prensa sensacionalista. No hay más que ver la cara del crio que podía ser el hermano pequeño del héroe titular cuando éste le frota los glúteos. Puro frenesí.
Cuando Astroboy necesitaba recargar baterías tomamos contacto con sus allegados, lo que ampliaba la galería de personajes, descubriendo a sus padres y amigos. Asi como a una larguísima lista de villanos que ansiaban por todos los medios secuestrar al bombón con intención de desarmarlo para luego copiar su diseño.
En otro orden de cosas, la serie además fue pionera en plantear desde un horario infantil cuestiones originales hasta la fecha como la dotación de sentimientos depresivos a las máquinas, asi como otras ideas y desarrollos (si bien inocentones) de conceptos fantacientíficos que en literatura, mismamente, un escritor como Isaac Assimov estaba sometiendo a reglas, leyes y discursos mucho más complejos.








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