26 marzo 2010

SEMANA ESPECIAL Aquellos juncos salvajes (6)


Capítulo quincuagésimo primero


Con tu conjunto quiero debutar
Menos mal que no todo fueron calamidades durante el mes más bonito del año. Puede decirse que tuve un segundo hogar si repaso con tiento esos recuerdos de aquel mayo. Este fue la Casa de la juventud, de la que no debí de salir más que para ir a la escuela y luego a comer, asearme y dormir en la de mis padres. La razón principal fue un espléndido ciclo cinematográfico dedicado al maestro del suspense. Ocupó todo el mes. Del 6 al 30. Empezaron con Blackmail del 29 y acabaron con La trama, su ultimo malabarismo en suspenso. En el catálogo del ciclo tengo apuntadas las que me propuse ver. Todavía a día de hoy siguen siendo mis favoritas: Encadenados, La soga, Yo confieso, La ventana indiscreta, ¿Quién mató a Harry?, El hombre que sabía demasiado (la de Doris Day), Vértigo, Psicosis y Los pájaros. Un festín descomunal. Por cierto, en casi todas me acompañaron Luis y su panda. Lo que demuestra que cuando se tienen pocos años los enfados se pasan pronto. O, puestos a fantasear, los mejores amores, los más reñidos. Las proyecciones eran muy amateurs, casi todas vhs alquilados al videoclub y emitidas en una televisión de pocas pulgadas. De aquella estas cutradas no eran molestas para unos críos con el vicio del estremecimiento.
Casi a diario veíamos en la cafetería de la Asociación (que recuerdo al lector novato que no era nada católica, antes bien pecaba de rojeras y bloquista) a Carlos y Héctor discutiendo de sus cosas. Estaban preparándose para algo grandioso. Siempre lo es formar un grupo de rock, ensayar en un local prestado para culminar presentándose ante una concurrencia de energúmenos vociferantes. Conocía de la existencia de su grupo. Lo habían bautizado como Los carallos, probablemente ignorantes de que hubo ya a principios de la década una banda hispanofrancesa, capitaneada por Manu Chao de nombre The Carallos. Javier y el hermano de Jose completaban aquél cuarteto y siento decir que de las pocas veces que los había visto me parecieron espantosos. Estaban en una onda de rock seudo progresivo con letras de coña. Una especie de Siniestro Total que se hubieran vuelto ampulosos. Por desgracia no había frescura en aquellos ensayos mientras que en lo estético parecían anunciar, con loores a Reixa, el funesto rock bravú de los noventa. Fue importante estar con ellos por el lugar de ensayos. La buhardilla de Javier. Pocos metros cuadrados, condiciones insalubres pero con los enchufes suficientes para conectar guitarras y amplis. Esa buhardilla terminó transformándose ese año y los siguientes en un refugio underground donde un sin fín de actividades contraculturales fueron brotando con el mismo entusiasmo, petardez y sentido de lo comunitario que las que se celebraron en la Factory neoyorkina durante los sixties. No cabrían las comparaciones ante nuestros resultados modestísimos. Pero sí que todos teníamos en mente aquellos prodigios pop. Tal vez filtrados por los asuntos de la movida madrileña, en aquella feliz época en que Kaka y Pedro Almodóvar se echaban tantas risas dentro de su asumida marginalidad. Como sabíamos de antemano que nuestras peripecias snobs nunca tendrían el éxito masivo ni la repercusión más allá de los invitados que se fueran sumando a tantas iniciativas locas, conseguimos prorrogar indefiniblemente el encanto de las cosas hechas sin grandes ambiciones: como unos Kuchars en blanco y negro o los cortos del manchego pre Pepi, Luci y Bom.
El nerviosismo de Carlos y Héctor estaba del todo justificado. A finales de ese mes se iba a celebrar un macroconcierto en la Casa de la Juventud con una serie de grupos que empezaban y ellos habían sido incluídos en la lista. La imaginación inagotable de Carlos volaba a cada minuto. Era un perfeccionista, sin darse cuenta de que cuanto menos se preparan las cosas, más frescas y divertidas quedan. Porque es cuando la intuición vence a todos los rigores. Cuando se está en agraz y no se ha nacido Ray Davies no hay salida más honesta. En última instancia, tan pronto uno se sube al escenario muy poco de lo pretendido en el backstage tiene visos de cumplirse. Se entra en otra dimensión. El contacto con el público, las reacciones entre los componentes del grupo son vitales. Pero un mínimo de parafernalia preparada debía de haber. Supongo que a estas alturas aquella actuación les resultará a todos perfectamente olvidable. A mí no tanto, porque era la primera vez que pisaba la arena en el papel de maestro de ceremonias. Una suerte de Joel Grey y Patty Diphusa perfectamente travestido para la ocasión pero que al final quedó elemento chirriante de un conjunto en el que servidor había estado bien desubicado. Mi tendecia al glam en nada parecía anunciar lo que venía luego: un insufrible conglomerado de notas disonantes, solos de guitarra impropios de niños de los ochenta y berridos nada nítidos que intentaban comunicar los chistes de las letras. Al público no le importó en absoluto que el sonido fuera pésimo o que yo hubiese subido vestido de chica Almodóvar. Lo único que querían era que se cantase en gallego, que para algo eran todos ganado nacionalista festejando con cerveza y porros el día de la patria (aún recuerdo de manera terrorífica los minutos previos a la fiesta, con un montón de parejas vestidas de pana y complementos a base de foulards y bisutería hippy pateando en el polideportivo jotas y muiñeiras con una rabia y una pasión de puro Luar). Como mi presentación fue en castellano antíguo fuí convenientemente abucheado. El resto transcurrió como la seda y el pashmir. Dia de feira o Sanxenxo beach fueron disfrutadas sólo por sus ejecutantes y los amigos del alma, como era de suponer en público tan disperso. Sus canciones más bombardeadas en los ensayos. Costumbrismo y rock del grelo. Ahí es nada.
Del resto de los grupos ya ni les cuento. Ahí estaban Os biosbardos (más rock progresivo) u Os pelexos (más rock chungo) o El Alamo (el nombrecito indicaría lo peor y, en cambio, comparados con los demás eran los Bitlis). Al menos estos últimos sonaban diferentes por su querencia rocker años 50 (de los primeros que debieron leer el Ruta 66 en esta ciudad) a la cual no era ajena la actitud de su lider, el señorito Marco Valerio, hoy perfectamente integrado en la culturilla local, gracias a sus supuestas dotes literarias y las intervenciones asíduas como contertulio esquerdoso y con voto fiel al nacionalismo (su imagen se nutre de tres estilos irreconciliables. Por un lado, unas patillas que son los rescoldos de ese pasado cuando entonaba elegías a Little Big Horn, luego sus trajes a medida que son de yuppy de los noventa y, finalmente, sus maneras, típicas de un neo dandy dos artistiñas).
Gracias a integrarnos en esos ambientes pudimos conocer a muchos personajes que luego tendrían relativa fama local y cuya meta máxima parecía acabar con la grabación de un Cd. Pero los más interesantes se cuentan con los dedos de la mano. Hoy como ayer. Los años aqui pasan en balde y las nuevas generaciones siguen con los mismos palos. Nada avanza. Furgones de cola hasta entrañables desde afuera para el turista aficionado al rock duro. Me quedaría sin lugar a dudas con el señor Rego (Cosecha roja). Mi amigo Carlos fue de los pocos que conservaron la cinta, pasada en mano por el autor, con las maquetas de su primer grupo importante: Viernes y los Robinsones (aunque posterior a Ultima fila, éste bajo la sombra del London calling, cosa seria). Pude duplicar esa cinta y aún la conservo pese a haberle dado mucha tralla (la pinchaba en todas las emisoras por las que vagabundeé durante las siguientes dos décadas). En concreto, el tema Barbaña surf es de mis temas de cabecera. Sobre todo, cuando a finales de los ochenta Luis y yo adorábamos la surf music, viniesen de donde viniesen sus aguas. En la única provincia de Galicia que no hay mar ambos nos autocondecoramos como los mejores dominadores de olas de toda la Ribeira sacra.

continuará

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