25 marzo 2010

SEMANA ESPECIAL Aquellos juncos salvajes (6)


Capítulo quincuagésimo


Lolitísimo
Desde que le confesé a Luis la pérdida del himen su trato conmigo fue cambiando. Es posible que el aun fuera un niño casto. Yo al menos lo veía como epítome de la virginidad en todos los sentidos. Pero no una cosa a lo Mary Pickford. Más bien a lo Sue Lyon. O Cruise en aquella. O sea, con ganas de perderlo y perderse. Le presentía virgen en la más amplia extensión de la palabra. En el cultural, por ejemplo. Ya escribí que asistía a mi iconostasio particular con admiración y sana envidia. Compartir con él los últimos descubrimientos de cine o libros fue uno de los placeres más grandes de aquel período de amistad. Era tan receptivo que en seguida sabía de mis preferencias y presto corría a informarme de un artículo publicado en no sé cual suplemento al que podría sacar mucho partido. Creo que por primera vez comprendí el valor de la amistad verdadera a partir de los actos contínuos de generosidad que nos donábamos. En el caso de mi sexualidad floreciente también quiso, sin avisar, subirse a mi catre. Se me puso mimoso. Comprendo que las conversaciones bien veristas relatando mis polvos con Pedro, esas fazañas baterescas y así pondrían a cualquier efebo -con voluntad de mojar- como moto. De ahí, lo que vino. Al no llegar a haber hecho nunca nada a las claras, entendí todos sus lances como puros juegos infantiloides, de adolescente perverso. El físico menudo de Luis propiciaba que la imaginación siguiese el curso de mis propias fantasías (todas con colores Disney). Era un lolito dibujado, un Tadzio con apariencia de adolescente de teleserie americana. Tan rubio, con sus ojos azules, tan pijín, esos hierros en los dientes... Era una niña. Asi que nuestros pasatiempos absurdos, metiditos en enormes cajas de cartón de las que había en el comercio de papá y que una vez subí a casa (no me pregunten porqué, ¿para hacerme un bunker?) me retrotrayeron a otros tiempos. A las meriendas callejeras con Susana, Arancha y Martita dentro de los portales vecinos, en esas mismas posiciones, jugando a lo que jugaban los niños antíguos con las niñas antiguas. Y, como de costumbre, sin la posibilidad de acceder a sensaciones adultas: llámese erección. Las caricias, ahora, de este querubín, sus hipnóticos amagos de felación no me impresionaban lo suficiente. Pero estaba bien a gusto con él. Porque imaginaba que así y no con el método de la perforadora podría sentir antes eso tan bonito que es el amor. Con mayúsculas o minúsculas, daba igual. Pero amor con todas sus letras. Temía además que el tamaño de mi pene le pareciese muy pequeño, pudiese pillar hedores ante mi justita higiene o cualquier otro detalle de los que arruinarían la típica fiesta parroquial con novicias cuando las luces se apagan. Luis todavía con baches de estos seguía conservando una bendita mirada de curiosidad permanente. Sólo había que entenderlo. Aquellos caprichos de la edad tan suyos... Unas veces receptivo y otras un extraño. Pero también es verdad que siempre estaba presto a un revolcón vestidos y de coña sobre la cama cuando había un tercero en discordia con nosotros. Fomentábamos la ambiguedad. Por ejemplo, con Pedro. Este detalle lo único que favorecía en el semental eran ganas de aplicarnos en el culo un buen correctivo (lo siento, pero Pedro con el clima adecuado era muy directo). En mí, en cambio, no aparecieron ansias de camas redondas. Si no otra cosa bien estúpida: los primeros celos. Si Luis hubiese tenido entre las piernas coñito no me sentiría entonces tan mal cuando Pedro le devolvía caras de lujuria. Como suponía que no era asi y que el amigo meaba normalmente de pie, aquellos juegos perversos acababan pareciéndose a unas amistades peligrosas dirigidas por John Hughes.

Madrid en pedo (viaje a ninguna parte)
Que me había empezado a acostumbrar a los mimos de Luis se confirmó por completo durante la excursión de fin de curso. Volvía a poner los pies en Madrid. Madrid no me había dejado buenos recuerdos durante una primera estancia. No sé por qué pero no me gustaban las excursiones. Quizá todo me sonaba a tarjeta postal vista y no vista, de esas que nos ponían los curas en filiminas. Para lo único que me valía ir a Vigo o La Coruña con los del cole era para extender mis coñas con los amigos en diferentes radios de acción. Y , pese a todo, luchaba con uñas y dientes porque mis padres me soltasen del nido.
Ver Madrid en dos días seguía siendo un plan muy precipitado. Visita al museo del Prado y al Escorial fueron las claves de nuestro itinerario '87. Reparamos en dos cuadros. De cerca el inmortal Guernica me pareció una birria. Muy sobrevalorado. Para decorar la guardería donde iban los tataranietos de la Pasionaria estaría perfecto. Y las Meninas muy meninas y todas con caras de buscar conversación. Pena de que a los curas no se les hubiera ocurrido de igual forma pasar por Prado del Rey, por las ruinas del Rock Ola o por la Torre de los siete jorobados.
Lo importante era compartir lo que fuera con el rubito. Empezamos bien: compartiendo la habitación en un hotelucho cercano a la Puerta del Sol. Como carabina seguía teniendo de su parte a Angel, personajillo rosáceo que cada vez me repelía más (tres eran multitud en cualquier suite, ni en las de Lubitsch se hacían tantas concesiones), dada su pluma contenida tan desagradable (como el gordo vergonzante que mete barriga aguantando la respiración) y su exagerado sentido de la responsabilidad (la secretaria perfecta: me espantó que se trajera un necesér con un montón de fruslerías de aseo. De haber competido mi propia madre con aquel supuesto niño, hubiera quedado mi santa como más guarra que una francesa, ella que siempre fue limpia como los chorros del oro fundido). Luego estaba ese aire de estar de vuelta de... todo lo que podía estar pasando entre los otros dos compañeros de cuarto. Gracioso es que nunca pasó nada que saliese en las publicaciones porno aunque por cosas de los 17 años (¡qué enfermedad!) me hubiera gustado que así fuera. Como un viaje de novios. A fin de cuentas, éramos inexpertos, estábamos en el Madrid de las verbenas y el almanaque de la habitación marcaba 2 de mayo.
Desde luego que sonaron cañones esa noche. Nos dejaron libres y yo aproveché para declararme al amigo. Necesitaba antes ponerme a tono. Y lo que me puse fue bien pedo. Otra borrachera de pena. Tipejo más pesado no se vio en la Betty Ford. Angel y Luis habían hecho proyectos. Querían ir al cine o a liberarse con una revista de Tania. En mi estado era improcedente. Me pagaron todo (con tal de que no abriera el pico): mis entradas del metro, mis cafés reconstituyentes, mi Fotogramas con la portada de Antonio Banderas... Entre los vapores etílicos aún recuerdo las guarrerías que le decía al oído a Luis. No eran muchas pero sí cargadas de intención. Quería esa noche que viniese a mi cama y durmiese conmigo. ¿La disculpa?. Echaba de menos a Pedro. Sólo la peste de mi aliento debió repeler al ninfo que se retiraba prudentemente de mis abrazos de hermano. Sabía que podía ser capaz de dar una escenita. Delante, incluso, del resto de los Salesianos. Mi desinhibición a las dos de la madrugada era típica de las siete de las del alba.
Chafada la noche llegamos los primeros al hotel. El conserje nos conceptuó de ursulinas achispadas. El más emocionado era yo. Al fin juntos. Tenía que destrozarlo ya. Pero esto no pasó.
A la mañana siguiente mis compañeros de cuarto estaban de morros. Los demás se zafaban de nosotros, probablemente tildando para sus adentros a los maricones de "gentes que se aburren", contándonos que habían estado en una boite con señoras igualicas a las que salían en las pelis de Pajares y Esteso (teniendo en cuenta que soltaron muchas gracietas a cuenta de las peripecias del Padre Barbitas que les acompañó al puticlub con una fulana espectacular y de gran pelucón, sonsaqué que nos habíamos perdido el rodaje de El hijo del cura).
Pero no eran momentos de bromear, claro. Emprendíamos camino a El Escorial. Ya ni entré. Luis tampoco. Total ¿qué había allí dentro?. Habían parado de pasar cosas interesantes en ese fortín desde hacía cuatrocientos años, tirando por lo bajo. Cuando lo de la gota. Además mi amigo parecía con ganas de querer aclarar dos o tres cosas. Yo seguía en una actitud pelma, entre resentido y casquivano. O sea, abofeteable. Como sea que dicha actitud no hacía juego con las entendederas del otro (antes bien corroboraban que seguía sin superar la mona) nos enfrascamos en una discusión de padre y muy señor mío. Que fue cuando temblaron los cimientos. De las palabras nos fuimos a las manos. Y entonces, sin precisar de Goyas, nos volvimos artistas. Concretamente heroínas de Cifesa como no lo fue nunca Agustina de Aragón cuando decidió parecerse a la Bautista. Pescozones, patadas, empujones y algún que otro hostiazo. Y todo a un palmo del precipicio famoso. No sé cómo Felipe II desde su tumba no se revolvió al oirnos, ordenando ipso facto a sus tropas reales la detención de los dos mamelucos. En un cruce temporal, como de Time Tunnel, es posible que estuvieran muy liados luchando del lado del pueblo de Madrid contra la invasión gabacha.
Ya de vuelta en el autobus las puyas no cesaron. Conforme se hacía de noche nuestras ganas de venganza, de reclamarnos deudas habían llegado a extremos insostenibles. Luis iba justo en el asiento de atrás, con Angel, siempre prudente y, a la vez, cizañante. Durante una hora me estuvo amenazando con joderme el cuero cabelludo con un blandiblú que se había comprado en un quiosco recoleto, que ya son ganas de gastarse los dineros en bobadas. A su edad con un blandiblú. Inventando el tontipop. Al menos Maciste se iba a casa con un fenomenal Lp de Franco Battiato de su etapa San Remo, que eso no lo conocía ni el Iñigo, ni el Manrique ni el propio artista (por verguenza). Sobre mi cabeza fue planeando durante varios kilómetros la gran alopecia. Llegamos a nuestro destino íntegros pero muy afectados. Madrid, que mata. No reconocí ni mi propio entorno. Seguía out.
Pronto asumí mis culpas. Había estado patético. Ahora que lo recuerdo me viene a la mente aquel capítulo de Los Soprano en el que se iban los machos a Italia y el sobrino de Tony, tan ilusionado en un principio con esa vuelta a los orígenes de una raza, terminó pasando la estancia metido en su mundo de drogas y sin salir del puto hotel. En mi caso el alcohol me disculpaba como a él le disculpó la adición a la farlopa.
Pasarían casi diez años antes de que volviese a pisar el Foro. A la tercera fue la vencida. Fue entonces cuando rompí violentamente con otro de mis mejores amigos. Aquella ruptura no fue definitiva pero me dolió una barbaridad. Terminé por convencerme que se había operado una maldición que vendría de lejos (la de Bringas lanzándome en la cunita miradas como cuchillos, por lo menos). Con lo que idolatraba yo esa ciudad. Con lo que me gustaban los schotises. De Madrid al infierno, vamos. Pero cagando hostias (que diría padre).

continuará

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