24 marzo 2010

SEMANA ESPECIAL Aquellos juncos salvajes (6)


Capítulo cuadragésimo noveno


Voces amigas, enemigas y neutrales
Mi desesperación tendría un buen consuelo en el decir popular. Y, como de costumbre, con una frase nada más. En todas partes cuecen habas, sería. ¿O es que acaso para los que han nacido con una sexualidad estandar la vida es un camino de rosas?. Pienso que en mis horas más bajas ni siquiera las verdades del barquero me suponían un alivio. A fin de cuentas todo refrán cuenta con un contrarefrán y el de este sería Mal de muchos, consuelo de tontos. Sin contar con el tema de que la carrera de obstáculos para un gay es el doble o triple de complicada al tener que enfrentarse a una serie de barreras accesorias impensables para el hetero. Al menos, si uno quiere ligar fuera del guetto.
Mientras mi colmillo se iba retorciendo, y este se retorció mucho y muy temprano, antes incluso que me saliera la muela del juicio, seguí preparándome para las soledades futuras con ayuda de los cachibaches de mi habitación. Y no había mejor compañía que la radio. La flamante radio en super estereo empotrada a mi cadena musical. Tal vez los mejores momentos tenían lugar de noche y con el radiocasette de siempre, al calor de las sábanas húmedas, escuchando a mis favoritos. Pumares era un hallazgo. El crack de la década, detrás de Jesus Quintero. Un tipo bien insólito en las ondas hertzianas. Hacía un programa de cine y eso ya de por sí me sedujo. También escuchaba las tertulias sabatinas de Garci (la sintonía de Teodorakis por Gloria Lasso me sonaba a canto de sirena). Pero Pumares cundía más. Era una especie de ogro viejo, chulo y déspota, que sufría repentinos ataques de ira cuando consideraba imbecilidad supina algún comentario de oyentes que le llamaban para consultar tal o cual recuerdo cinéfilo. Sus criterios para enjuiciar una película eran tremendamente arbitrarios. Reproducidos hoy me parecerían pueriles. Entonces eran patente de corso. Todo debido al respeto que me infundía el comunicador (una enciclopedia cinematográfica con auriculares, un memorión que se autoproclamaba superior a cualquier ordenador vintage). Detalle ilógico pues este hombre no respetaba más que a él mismo y quizá al cine que no dudo que le diese tantos placeres en la vida, aunque con el mismo calado metafísico que el que le deja a un putero la mejor meretriz de su zona.
Pese a los defectos, era un original. Y sus salidas de tono, idóneas para el duermevela. Sus listas de las mejores películas de la historia eran espolvoreadas por las ondas con mucho apasionamiento y sentido de la interpretación (en realidad, Pumares era un personaje que aquel señor encarnaba de aquella manera). Su fonoteca era deslumbradora. Y, aunque terminó repitiéndose más que el ajo, hubo un momento en el que nos hizo creer que todo el Hollywood clásico (desde Valentino a la perra Lasssie) habían dejado registrados en disco sus imposibles facultades para el canto. Discos que el tenía, of course.
Tarde o temprano el mito Pumares me fue cayendo de la peana. Mientras esto no pasaba, seguí alimentando al monstruo cuando compañeros de clase me hablaban del último cabreo, del enésimo juicio categórico sobre un cine-estreno o con el comentario de Marcos sobre lo mala persona que era fuera de micro (indeseable, creo que dijo mi amigo), basándose en testimonios de alguien muy cercano que lo trató en la facultad.
Nunca me atreví a llamarle. No eran horas para andar en penumbra luchando con un teléfono que presidía la mesilla de noche del dormitorio de mis padres. Pero aunque lo fuesen temía que me colgase de malas formas, previo exabrupto, por un "quítame allá ese Kubrick", por poner un ejemplo.

Otros a los que oía esporádicamente eran a los inefables Gomaespuma. Duo humorístico, y como tal, uno más gracioso que otro (en este caso el chungo era Fresser) a los que les reconocía una vis cómico-surrealista más que aceptable. En cuestiones más típicas de técnica radiofónica, siempre les hallé una preocupación por el cuidado de los efectos sonoros encomiable. El problema es que su emisora, Antena 3 Radio, no se sintonizaba en esta puta provincia, con lo cual quedaban para lo vacacional. Aun así, pienso que estos señores se fueron quemando muy rápido. Su tendencia a recuperar/avivar lo freak de este país era todavía materia insólita. Luego se convirtió en filón. En cuanto a sus historias del absurdo me recordaban por un lado a mis tonterías grabadas con Carlos (es decir, eran niños grandes) y, por otra parte, a las locuras de Caravana de hormigas. Sólo que para un público masivo.

En mi rutinario pelear con el dial me topaba de vez en cuando con voces tan cercanas como que provenían de estudios que estaban a escasos quinientos metros de mi habitación. La radio local seguía siendo un páramo, la perfecta barrera sonora, adocenada y esclava del paisanaje, que impedía que la imaginación venciese a la mediocridad. El gris justo a una ciudad perfectamente gris. Empezaba a despuntar el prepotente Paco Sarria, luego dueño y señor de la Onda Cero de esta provincia. No era nada importante en el 87 este charlatán, aunque se supone que como fanático del medio (a su manera de entender) ya era un tipo bien ambicioso. Cuando lo escuché por primera vez se limitaba a correrse con su voz en modulada frecuencia (con toda probabilidad haría autocontrol porque, si no, ¡qué penita de individuo!), presentándote las canciones románticas y con más clase del pop ochentero (Phil Collins, Dire Straits, Police, Jennifer Rush y así). Y todo como meloso y cercano (tan cercano como que me provocaba la distanciación fulminante, retirando la orejota unos cuantos metros del altavoz tan pronto ejecutaba aquella inflexión dulzona gallega tan suya, que habría ensayando mil veces hasta lo pajero). Lo de la "clase" sería discutible. Aunque reconozco su buen gusto cuando pinchaba a CRA&G con Sólo pienso en tí.
Pero para radio musical, Radio 3, o Nacional 3 FM, o cómo coño quisieron llamar a aquello que poco a poco escoraría hacia una radio fórmula de la peor: que es la que no se atreve a decir su nombre. Por fortuna en el 87 las cosas aun no se habían puesto tan graves como cuando vino el cambio de década y quedó transformada la emisora favorita de mi pubertad en un contínuo horrísono que no lo reconocía ya ni la madre que lo parió (Alfonso Gallego o Victorino del Pozo o quien fuese). Y ese año se festejaba además el décimo aniversario de la movida madrileña. Para mí, sagrada. Descubrí entonces elementos transversales, off o germinales que convertían el fenómeno en algo más complejo: a Makaroff (Explorador celeste), a Salvador (Es una broma), a Luz Casal (El ascensor) y al Ramoncín de Rock and roll duduá. Mezclados, ¡cómo no!, con los de siempre y grupos a porrillo de los calificados de babosos que me entusiasmaron por su frescura y su tendencia al romanticismo sesentero (Flax, Mamá, Los Modelos, Menta, Trastos y Totem). Aproveché para renovar mi grabación del Para tí de Paraíso e ir pensando en agenciarme cintas de conciertos de Radio Futura, Alaska y Pegamoides y Almodóvar y McNamara que vendían a buen precio los undergrúns de Músicas de régimen.
Y de repente, cuando ya había decidido cuales iban a ser los sonidos de mi ciudad de cara a la primavera, un buen día de abril, día capital en mi vida de melómano, surgió él con una flor en la solapa.

El hombre nervioso
¿Cuando empezó Flor de pasión?. ¿En el 79?. Por fortuna para mí lo conseguí sintonizar, si no la primera noche, una de las primeras de cuando el emblemático espacio suyo pasó a ser de cobertura nacional. Cuando fichó por Radio 3.
Lo que pienso ahora al mirar fotos del maestro es... ¡qué viejo está Juan, cómo pasan los años!. Y más rápido pasan cuando uno lleva ya sin escucharlo diez o más. Escucharle como
lo escuchaba, o sea, con papel, boli y lamparita de noche. Apuntando sus datos, grabando sus perlas sonoras... incluso sus silencios por el ahogo de una emoción o su propia llantina de sensiblero anómalo. ¿Cómo intuía yo que su voz se iba a romper ante el comentario de una película, de una serie de TV favorita, de una muerte inesperada de un heroe personal de la música?. Porque lo conocía. Con la escucha fiel uno termina adivinando que significan todos y cada uno de los matices especiales de sus locutores locos. Y de Pablos era, y es, una rara y adorable criatura, compleja, llena de filias y de fobias, de una erudición que sobrepasa lo meramente melómano... Y frente a todo, su enorme humanidad.
En unos pocos años más, será una leyenda anciana (de espíritu jóv
en) como su admirado Angel Alvarez. Su poder de comunicación, el mismo también.
Aquella primera noche la recuerdo de una plácidez atípica. Die
z y media de la noche. Paul Mauriat. Se presentaba. Estaba que no paraba. Efectuaba ruiditos por doquier, crujidos de hojas (la partichela), caídas de vaso, su propia guturalidad, su risa nasal, sus grititos incontrolados... sus suspiros al final de cada canción. Es posible que hubiese provocado su noche de estreno (para todas las Españas) un pequeño desastre interno en el locutorio. Fue lo que me chocó en él. Ni siquiera lo conocía con detalle, y eso que había tenido una oportunidad de oro tras su paso imponente por el Auanbabuluba (programa histórico que me duele haber visto sólo en contadas ocasiones) en donde terminó de redondearse una personalidad apasionada, de desbarajustador Rompetechos, con un puntito de panoli feote de guateque, el que nunca liga pero se queda con las chicas gracias a su bonhomía y gracejo incomparables (y sus dotes de bailarín patoso, claro es). Visualmente de Pablos era un personajillo de la Bruguera que al hacerse de carne y hueso tuvo la mala fortuna de ser transplantado en un cine progre, sociata, ochentero que no lo merecía (sus peculiaridades le harían idóneo para engrosar, discretamente, en casi extra, la lista de secundarios de oro de nuestro cine añejo), pero claro, también es verdad que Juan venía de la progresía más unidimensional. Con lo cual, Ozores y Armiñán lo ignoraron. En cambio Trueba y Colomo se lo apropiaron muy gustosos.
Estaba yo con la noc
he reveladora. Paralelo a su nervioso estilo, se le añadía la sorpresa de unas cancioncillas insólitas. No me sonaba ninguna de nada. Los artistas, apenas unos cuantos. Sobre todo gracias al sentimiento petardo de Paquito Clavel. Steve Miller Band, France Gall, Les Surfs... eran sus íntimos. Los que necesitaba a su lado en el debut. Todas las canciones sonaban muy bien, eran bonitas, no explotadas, no eran los típicos oldies de turno (esos de los recopilatorios de grandes almacenes, que salvo una o dos sorpresas te hacen aborrecer por lo machacada una década tan provechosa como fueron los años sesenta)... y, de pronto saltaba con cantautores italianos, con la increible Giuni Russo invitándome a gozar de un sol primaveral y mediterraneo, o alguna novedad española en forma de pildorazo ramoniano a la par que castizo. Todo atípico, todo sonaba fresco y agradable. Todo tamizado por la voz sedosa y bienquista de un Juan de Pablos que con la costumbre se fue calmando hasta convertirse en mi bálsamo diario. Mi droga nocturna. Mi Vicks Vaporub a 45 RPM. Malas horas las diez y media de la noche (hasta las doce menos cuarto) para engancharse. Por lo menos para mí, tan televisivo. Luego pasaría por diferentes horarios (a las ocho de la tarde, a las cuatro...). Y yo detrás. Pero antes de que esto sucediera -y comprobando como sus fieles le hacían peticiones musicales- también me animé a llamarle. Recuerdo haberle solicitado un especial chicas ye yés españolas. Me respondió que era muy interesante y que lo pensaría. Al cabo de unas semanas, en aquel verano del 87 me (nos) regaló setenta y cinco minutos con sus favoritas (Rosalía, Marta Baizán, Mimo, Sylvana Velasco, Karina, Gelu, Lita...). Sus comentarios eran tan entrañables a la vez que ajustados... Mezclaba sus recuerdos de niñez y adolescencia con datos biográficos de la artista. Eso enriquecía aquella monografía que por suerte, le quedó pequeña, prometiéndonos un continuará.
Con el tiempo me enteré que todo ese material bizarro, que él denominaba las recoleterías, ocupaba en sus comienzos un ochenta por ciento o más de Flor de Pasión, allá a finales de los setenta. Por desgracia, Juan a finales de la siguiente década estaba evolucionando hacia el doo wop (gracias a la ingente cantidad de reediciones que habían aparecido en el mercado y de la que no paraba
de surtirse). Y de ahí a hacer un programa de rock'nroll y rockabilly sólo hubo un paso. Tal vez esa fue la etapa más flojita, cuando se emitía de cuatro a cinco de la tarde. Había que comprenderlo. Un espacio musical que se complacía en no repetir las canciones debería avanzar hacia nuevos paisajes del pasado (esto unido a las exigencias de una prole rocker, pesada como ella misma, que le bombardeaba con cartas había terminado por despersonalizar un poco la esencia de la Flor. Quedó siendo un programa de dedicatorias). Nada que no pudiera subsanar el propio Juan con unas dosis de ironía y de poderío inteligente. En cualquier caso, las aguas volverían a su cauce con el tiempo y, en tanto que movimiento cíclico, los herederos de Eddie Cochran se fueron con el rock a otra parte. Incluso mi pasión por el duduá empezaba a levantarme enormes sarpullidos de piel, hasta llegar a concluir que aquellos millones de grupos vocales sonaban todos igual.
El tono intimista era el que mejor le iba (y le seguirá yendo) a Juan. Sus vivencias personales, domésticas o interurbanas, con las cajeras del supermercado, con las chicas que veía en el metro, sus odiseas de un día de compras, o sus anotaciones improvisadas de sus días de rodaje no eran nada en comparación con sus miedos expresados a viva voz ante la muerte, el dolor
o la soledad. En Radio El País me han dicho que llegaba a contar cosas que atañían a su sexualidad que me quedé pasmado, en concreto a sus calenturas ante determinadas señoritas de la pequeña pantalla cuya visión le había excitado tanto como para acabar masturbándose. Todo este grado de confesionalidad, convenientemente aderezado con músicas ad hoc (y sus influjos infalibles para redondear la catarsis emocional), favorecía que se creara un vínculo de complicidad con el /la oyente tan grande que aquello devino en diván de psiquiatra. Miles de muchachitas de pueblo, ahogaban sus penas de aislamiento sincerándose vía telegráfica con el locutor. Eran crías menores muchas de ellas, obsesionadas con James Dean y que abrían su corazón ante un pobre desgraciado con el suyo bastante resquebrajado. Esto, al parecer, le ocasionaba bastante estrés, llegando a replantearse qué era lo que estaba haciendo allí. Si presentar canciones o ser una Miss Lonelyhearts con ínfulas de Wolfman Jack. También de esto último me enteré a posteriori, porque Juan no leía integramente estas cartas. Me enteré incluso después de que le mandara las mías, abriéndome a su vez. Contándole mis dolorcillos adolescentes por un muchacho que ni se fijaba en mí pero del cual estaba perdidamente enamorado y que respondía al apodo de Quico, un compañero de colegio.


continuará

1 comentario:

Chusky dijo...

Flor de Pasión, que recuerdos...
Aunque hace muchísimo que no oigo el programa (creo que ahora es de 21:00 a 22:00 horas) muchas de las canciones que radiaba en el programa forman parte importantísima de la banda sonora de mi vida intima. Y considero a Juan de Pablos un amigo, aunque jamás haya llamado ni escrito a su programa.
Será muy triste cuando se vaya.
Lo mismo que Fantasía Mongo...