23 marzo 2010

SEMANA ESPECIAL Aquellos juncos salvajes (6)


Capítulo cuadragésimo octavo


Los zarpazos de las busconas
Con los primeros calores de marzo, los que anunciaban la primavera y desterraban las ruinas del invierno inclemente, también iban apareciendo mis urgencias por el sexo. Eran urgencias puramente retóricas pues andaba bien abastecido de esos placeres gracias a mi amigo del alma. Pero esto no parecía bastarle a un crío con el leviatán en el cuerpo, inmerso en una vorágine de sensaciones lujuriosas y que deseaba prolongar más allá del cuarto de los juguetes. Por ejemplo, justo a pocos metros de mi casa. No hablo de saunas, ni de bares, ni de discotecas, ni de cines ni sex shops. Hablo de alamedas y de báteres públicos, estos últimos distribuidos a lo largo y ancho de mi ciudad, cuando las empresas de autobuses aún no se habían agrupado en la estación. Disponían todas de instalaciones bien concurridas pero pésimamente cuidadas, donde entraban y salían viajeros y maricones, o si lo prefieren, viajeros a la vez que maricones. Entonces mi cruising era extenuante. Me limitaba a ser mero observador cargado de libracos bajo el brazo. Lo mío era atisbar penes en erección con enorme disimulo. Disimulo mayor cuando el otro se concentraba sólo en una meada, no fuera que el tipo no entendiese o no le fuese yo, que esa era otra. Existía en mí todavía el prejuicio del patito feo, del rechazado social. Y aquello si es que se llegaba a producir, tenía que ser el colmo del diferente. El peor de los rechazos estaba en los sitios de ligue. Porque ya si te mandaba a la mierda uno como tú ¿qué me quedaba en esta vida?. Por eso observaba mucho, en segundos planos, que casi siempre fueron trampantojos de la vergüencita. Metido en un retrete ruinoso y consolándome con observar a tal o cual por los agujeros de las puertas. El mito de la puerta manchada de caca. Y sus contactos, sus dibujos soeces, sus teléfonos y matrículas de coche. No dudo que alguna vieja loca desesperada hubiera hasta dejado inmortalizado su número de cuenta bancaria con tal de que un salvaje de las Antípodas como los vistos en los documentales se lo follase vivo allí mismo.
Polvos rápidos. Jadeos de parejas en el contíguo que avivaban mi imaginación con aromas de repugnancia. Repugnancia por todo. Por los olores del sitio, por sus protagonistas (más feos que Picio y más eternos que Matusalén), por los efectos irracionales de la homofobia que todo quisque lleva dentro y que, curiosamente, no veía en mí a la hora de enjuiciarme.
Del paraíso que me iría poco a poco y a su manera proponiendo Pedro a las cloacas aquellas fueron transcurriendo mis horas más recalentadas. Hombres nada agraciados que me invitaban a entrar en su celda de amor con prudencia al ser menor de edad. Chicos masculinos pero completamente inaccesibles dados sus gustos diferentes y que me hicieron comprender que existe una tradición bien asentada entre el colectivo gay, del joven que quiere al maduro, tradición pobretona que favorece siempre a la vieja carroza y que parte probablemente del instinto de la búsqueda del opuesto (como aqui el opuesto no puede serlo en el género se va encontrando en lo cronológico) más que del mito griego, más estético, del tutor y el alumno. Y, finalmente, muchachos monos pero con mucha pluma que me asediaban entre baldonazos de antropofagia. Me inspiraban tanta incomodidad estos últimos que si alguna vez caí con ellos fue por enajenación mental. O sea, al sufrir un eufemismo de violación. Asi que la cosa derivaba en un desastre de falta de erecciones por mi parte y de climax bien triste por la de mi contrincante. No repetían jamás. Con el paso del tiempo seguía prefiriendo ser espectador en la sombra. O, como mucho, toquetear por encima de las ropas en claro signo de apurar un morbo de lo fetichista que en mí venía de los tiempos de maricastaña.
El ambiente. Todos se conocían. Corros que cuchicheaban. "La tiene enorme". "No tiene nada, una cosita así pegada a los huevos". "Pone el culo". "No quiere condón". "¿Sabes quien murió?". "¿Qué ha sido de aquél chulazo?". "Le dejó sin pantalones". "La rajaron para sacarle los dientes de oro". Buenas frasecitas que se van pillando al tun tún durante una amena conversación entre tiradas de cisterna.
Homosexualidad y sordidez. Malas lenguas. Bocas que no paran. Era cuando menos se hacía. Entonces me iba a otro parque. Según los horarios podías saber quien quedaba de guardia a esa hora. Y un buen día, en aquellos servicios tan cara al público, tan improcedentes y quizá por ello tan tentadores, caí con uno. Un señor de la hostelería. Uno que tiene una tasca en la zona de los vinos. Un hombre vulgar, tirando a sucio, sin mayores méritos que una dotación machaconamente exhibida a lo largo del pasado invierno. Uno que tenía -y todavía tendrá si no le ha caído a cachos de tanto machacarlo- un rabo del tamaño del pene de Furia y con el que tomé confianza sólo porque le veía más que a mi tía la de Oleiros. Primero se me fue la mano a su monstruo. Y luego, al agarrarme con sus dedos gordos y peludos por el cuello para que me inclinase, se me fue la boca. La primera polla que chupé en público. De un anónimo. De un cualquiera. De alguien que no era mi amigo ideal. Todo transcurrió a un nivel de estricta animalidad. Sin ternura en el trato, ni astucia en el acoso, ni inteligencia en el ataque más allá de controlar la entrada para no ser descubiertos. Un hombre casado. Lo supe por la alianza. Lo terminaría sabiendo porque aqui nos conocemos todos. Sospechaba que algunos de los asíduos podían tener esa doble vida porque por la calle los veía de vez en cuando amarrados a señoras con pinta de parientas. Lo que aún no podía saber es que aquello era la norma: el ochenta por ciento habían pasado por el tálamo. Y es por eso que en las estadísticas la homosexualidad o bisexualidad da cifras tan reducidas. Así nunca salen las cuentas. Las cuentas luego las tiene que sacar el impertinente de turno, el ocioso de las idioteces que no conducen a nada, a partir de una apreciación diferente de lo que es este submundo. Sólo que el submundo puede ser tan complejo como compleja es la humanidad. Y por eso, en parte me atrae. Me atrae incluso más que un polvazo rutinario en un báter que ya dejó, si alguna vez lo hizo, de despertarme la lascivia.
Habría más escarceos ese año, no lo negaré. Sólo que los tengo olvidados por completo. Pude haber jugueteado con muchos maduros que no eran de mi agrado. Esto era mi ruina moral porque me debí ir creando una fama local de maula redomado. Raro era cuando me empalmaba, no me gustaba practicar el francés, me negaba a ser sodomizado, ¿besar? ni loco... Como mucho manipulaba sus penes y asunto arreglado. Salían tan contentos. ¿Pero quién me arreglaba a mí el asunto?. Si algún anciano succionó mi pene hasta dejarlo al rojo vivo éste nunca conseguía descargar. Entonces caminaba por las calles aturdido, como perro en celo, y, a su vez, con terror a perder el control y avalanzarme (tipo página de Sucesos o portada de Jara y Sedal) contra cualquier estudiantito mochilero. Un puto enfermo. Lo único que me creó todo ese caos a la larga era un estado de nerviosismo parecido a la neurosis. No habría mucha diferencia entre el joven y temeroso Maciste de aquellos años y cualquier trans de mediana edad que hubiera digerido fatal el tijeretazo. Ambos íbamos abocados a la insatisfacción permanente. En esto fui un precoz. La razón de que los pocos chicos que me gustaban de veras no quisieran besar, ni siquiera necesitaran un precalentamiento acentuaba mis pesares. Si esto era el ligue homosexual era la gran mierda. Pedro ya me había dado los primeros indicios. Jamás le pude sacar un beso. Le robé unos cuantos, desde luego. ¿Pero es que hay que robar también en el sexo?. Todos esos rituales de las películas románticas. No hablo de interludios con violines. Ni tan siquiera de los primeros acordes del Be my baby. Un abrazo, unas caricias, unas frases precisas, inevitables achuchones... Estaría mal acostumbrado pero no concebía el mete y saca sin aquellos pasos previos.
Pedro no era el problema más grave. A fin de cuentas fuímos campeones del darle mil vueltas. Los del báter eran los jodíos. Incluso en estas clandestinidades debe operar una lógica. La de allí era evidente. La cosa tenía que ir rápida. El tiempo es oro. Mi tempo era otro. Las miradas me aterrorizaban. Mi timidez no cuadraba en lo descarado del entorno. Así que prescindí de jugar a lo loco. También estaba el prejuicio del qué dirán. Los había demasiado cotillas. Empecé a cojer ojeriza a esta o aquella. Si sabía que una estaba por mí pero hablaba con un fulano al que no podía tragar por viperino entonces ya no había que hacer nada conmigo. ¿El motivo?. Terminarían las doscientas sabiendo de mis dotaciones, de mis filias y mis fobias, de lo que me gustaba o me dejaba de gustar tan pronto se cerraba el pestillo.
Al decidir que el pescado ya se había vendido saqué el balance: había visto muchas pollas pero todas volando en otras direcciones. Me consolaba con la de mi amigo.
La monogamia quedaba como la solución más cómoda. A pesar de estos escarceos no me sentía zorrón, culpable de cornamenta. Tampoco le decía lo que se cocía en bambalinas. Dentro de nuestras limitaciones (las típicas que se fundamentan en el vínculo con el camarada y no en el mariconismo) aprendía más de placeres con él que con todos los viejos sodomitas de la comarca. Estaba enganchadísimo a Pedro pero de una manera extraña, sin sentido. Aunque sabiendo cómo era el percal. Con la desilusión y luego la gloria. O viceversa. Con la gloria de nuestros orgasmos plenos. Con la desilusión sólo mía de que nunca seríamos novios oficiales. Que aquello tenía otros nombres, todos muy discretos. Que si yo no quería adoptar el rol del que sufre debía ponerme al loro cuanto antes. Que él tenía sus rollitos con lobas de barrio y yo podía también ir haciendo lo mismo con lobas alternativas (me acuerdo de una forma dolorosa de dos anécdotas que debería haber borrado para siempre de mi traumatología particular: una, cuando me espetó que porqué no me ligaba al peluquero de moda en la ciudad si tenía tantas ansias de amor y, otra, cuando una tarde de bajones anímicos me apareció con un single de Locomía con el afán de que me calentase un poquitín con los fashionismos que aireaban en portada aquellas damas de los abanicos, lo que me terminó hundiendo aún más en la miseria). Que me utilizaba en el fondo, aunque con buenas maneras y relativa educación (educación que fue adquiriendo con los años, por que los primeros estaba hecho un bandido). De alguna manera, el sentido de aquella relación con él me hizo afrontar el mundo real con no pocas frustraciones y desvelos pero con una seguridad, según entré en la veintena, bien lamentable: la del descreído contumaz, el que va caminando por la vida con la eterna desesperanza de haber escogido el camino más placentero según sus gustos particulares pero que, a la vez, resultaba ser el más equivocado de todos los posibles.

continuará

1 comentario:

Chusky dijo...

Yo también tuve mi época de "water-cruising", que (gracias a Dios) hace unos diez años que pasó y de la que no tengo muy buenos recuerdos.