22 marzo 2010

SEMANA ESPECIAL Aquellos juncos salvajes (6)


Capítulo cuadragésimo séptimo



Chicas que madrugan

Cuando a Pilar Miró se le ocurrió la feliz idea de darle al veterano Hermida un programa ómnibus matutino, la televisión de las marujas se animó lo indecible. Admiraba a este periodista de raza, showman a la americana, desde los tiempos de Crónica 3 y luego Su turno. Lo estaba echando ya de menos en esos pocos años en los que dejó de ser presencia asídua. Mi mono de estrellas se subsanó con escasísimos sustitutivos de desigual categoría. Así Pepe Navarro, que cuando se ponía monicaco me llamaba mucho la atención en sus sobremesas y, desde luego, el impar Fernando Gª Tola con sus "presidencias" y luego aquel fiasco de querer llevar la radio a un cutre plató de televisión.
Cuando Hermida aterrizó en las mañanas de la Primera cadena era primavera del 87. Lo único que deseaba yo al acabar la jornada diaria era despertarme a la mañana siguiente con astenias típicas de la estación, alergias inconvenientes o con una fiebre súbita para poder quedarme en casita viendo al mago de las 625 líneas con sus inventos. Por la mañana se llamó. Magazine que incluía series que acapararon audiencias impensables hasta la fecha en esa franja del día. Por un lado, Los ricos también lloran, execrable culebrón mexicano que instauraría una moda que paso a ser norma obligatoria de la televisión pública. Por otro, mi soap opera favorita de los ochenta: Dinastía, ahora a diario y con todas las temporadas (inéditas) seguidas.
Por la mañana
era adictivo. Se logró un contacto familiar entre sus responsables y el televidente. El bagaje de Hermida aseguraba siempre invitados de relumbrón. Pintorescos personajes como Javier Basilio, Emilio Varela o el tándem Mª Teresa Campos-Patricia Ballesteros añadían esa guinda de humor que compensaba los inontrolables ataques de ira del monstruo del flequillo. Y al verlo muchas veces espontáneo y tiránico, con aquellas benditas salidas de tono que el micrófono impertinente recogía de vez en cuando, comprendí que para ser el más grande hace falta también ser el jefe más insoportable, el más paranoico y el más dictador.
Pero lo que más me llamó la atención del programa fueron las copresentadoras o azafatas. Hermida se sacó de la manga una serie de nuevos rostros de mujer (desconocidos pues venían de la radio casi todas) que me engancharon de manera lenta pero segura. Guardería femenina. La simpatía arrolladora de la andaluza Irma Soriano estaba claro que iba a ser la primera en camelarme. Luego esta fue sustituida por la gracia más discreta de la menudita Consuelo Berlanga. La ñoñeria de esa msoquita muerta (¡peligro!) de nombre Nieves Herrero también la asimilé como necesaria después de esos terremotos marujiles de mesa camilla en los que se enfrascaba la Campos jugando a la falsa progresía.
Este programa duró dos años largos en antena. Los fichajes de Hermida se fueron multiplicando, dándonos una de cal y otra de arena (Agustin Bravo, Toni Cantó, la Aroca, Leticia Sabater...). Asi también mi devoción por sus chicas varió según el capricho personal o mi percepción de tal o cual defecto de cada una (nunca tan ellas mismas en la rutina diaria de sus cientos de madrugones). Cuando el programa acabó, Hermida volvió a intentarlo a otras horas, con otras gentes. Pero nunca se repitió el feeling del original. Fue probablemente el último gran programa familiar de la única televisión que mereció la pena en este país. Esto es, antes de la llegada de las dichosas privadas.

Cine por un tubo catódico
Tengo apuntados en mi diario de adolescencia muy pocos títulos cinematográficos que me impactaron tras visionarlos en sus diferentes pases televisivos en ese primer semestre del 87.
Considerablemente menos que en años anteriores, no sé si porque veía menos cine en televisión o porque mis entretenimientos/posteriores sueños diarios con Pedro me robaban bastante tiempo que antes ocupaban las películas. Señalé entonces por orden de emisiones la estupenda factura de Lenny (Bob Fosse).Y, por descontado, lo grandísimo actor que era Dustin Hoffman en los años setenta. Comencé a reparar, aunque sin grandes impactos emocionales, en el escultural Steve Reeves al medio ver Hercules y la reina de Lydia y Los últimos días de Pompeya. Ni la musculatura de gimnasio yanqui del seudo actor ni los peplums italianos en general conseguían aún llamarme la atención. Seguí asistiendo sin carnet que lo autorizase a la cuota mensual de Cine de medianoche que daban los viernes a la una de la madrugada. Y me tragué Vestida de azul que era de transexuales e incluía escenas horripilantes de quirófano. También recuerdo haber visto a horas golfas ¡y con mamá! Interior de un convento sin que pasase gran cosa (ni tan siquiera pequeña) en el salón de casa. Es más, creo que ambos nos quedamos dormidos (por mucho que se tratase de invocar el espíritu de Stendhal para que lo recogiesen los snobs más ateos), visto lo aburridas que en el fondo eran las historietas de aquellas monjas medievales tras las sacrosantas paredes que las cobijaron. Y reaccioné mejor con el maestro Fellini cuando se puso Satyricon, posiblemente su película más frondosamente homosexual. A esas alturas del ciclo, los programadores estaban dando signos de agotamiento, pues lo que hacían era tirar de bodrios facilones como los del antaño provocador Marco Ferreri que, si hay que ser sinceros, eran más irritantes que osados. En cualquier caso, a Ferreri a partir de su comilona se le estaba empezando a ver el plumero.
No así se le vió a Clint Eastwood, al menos en términos peyorativos, que conseguía una y otra vez reinventarse a si mismo cuando se pasó a la dirección. Y si nos remontamos a su Escalofrío en la noche hallaríamos las bases de su obra magna en tanto que apuntaba maneras, si bien de forma desigual. Thriller con aroma a telefilme y aspiraciones de terror doméstico bien curioso. Hay quien dice que Eastwood puso sólo la jeta y toda su personalidad mientras que la cámara se la dejó, por si acaso, al estupendo Don Siegel. Pero eso es lo de menos, esa primera visión me resultó acojonante. Además Eastwood hacía un papel que me llegaba al alma (un locutor de radio nocturna). Definitivamente era superior en su evolución artística al siempre multimillonario en taquilla/niño mimado (¿a su pesar?) de Hollywood Paul Newman, al que colocaba ya en un tercer puesto en el ranking de maduros rubios y con cerebro (el segundo era Steve McQueen).
Muy pocos títulos en seis meses de televisión, sin duda. Aún me sorprendo que no me terminase de enganchar al nuevo ciclo sobre Cine italiano que proyectaba Cine Club los jueves. El hecho para mí definitivo de que abundasen los De Sicas del período mussoliniano para luego -saltándose la cronacha- seguir con el neorrealismo rosado de la saga Pan, amore favorecía mi cabreo, fruto de una etapa de mi vida fuertemente ideologizada, en la que buscaba sólo los testimonios de una realidad cruda o las críticas veraces a los regímenes fascistas antes que lo edulcorado de un sainete o lo verista de una reconstrucción halagadora de lo burgués. Malo cuando se eludía el compromiso. Lástima de mi inopia y cerrazón, pues muchos de los títulos que conformaron el ciclo no volvieron a proyectarse en años (si es que lo hicieron). Yo seguí sin tener acceso a ellos hasta hace relativamente poco gracias a las descargas en la red. Tanto Teresa Venerdi como Maddalena o el Garibaldino eran inéditos en nuestro país cuando Pilar Miró los compró exhibiéndolos con carácter de alhajas para connaiseurs sin complejos. Que no era, al parecer, mi caso. Siguieron inéditos en mi retina. Como tampoco le presté atención al cine brasileño que vino luego. Apenas media docena de cintas parecían ser suficientes para montarse ciclos y este simple detalle tan chapucero por lo incompletista ya era motivo para restarle importancia a un pequeño acontecimiento que aún contaba con alicientes de la categoría de Vidas secas o Macunaima.
Como sea que los clásicos siempre eran un plato suculento y fácil de preparar para los programadores de turno (los ingredientes necesarios estaban siempre disponibles), el de Orson Welles quedó tan redondo como la mayestática panza de un Falstaff. Asi, aparte de sus direcciones, se incluyó alguna que otra película en la que él sólo interpretaba (Alma rebelde, El extraño, Impulso criminal). De todo aquel ciclo la que más me hechizó fue Campanadas a medianoche, síntesis shakesperiana que el maestro consiguió rodar gracias a los esfuerzos del productor Emiliano Piedra. Se sobreentiende que ésta maravilla se hizo en España. Y como país industrialmente subdesarrollado, por cuatro perras pero con infinito ingenio (baste con quedarse con la secuencia de la batalla para darnos cuenta de que Orson era un superdotado). Campanadas es un trabajo excepcional y una de las películas que más amo.

continuará

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