17 marzo 2010

Estampas de santos


Buñuel y los santos

El martirio de San Bartolomé de Giovanni Battista Tiepolo (1722)

Bacanal

Carnero de 125 pesetas,
rizado abundoso, manual como el vientre
de la mujer de 150 pesetas;
los panes que come el pobre
pueden amasarse de ese vientre
y cocerse con fuego de pulgares.
Cuando cruzamos los pulgares para formar un aspa
se renueva el martirio de San Bartolomé,
que, como se supo después, era un diablo
o un fauno
que se reía de la cruz.
Al morir se lo comieron unas hormigas de oro,
de carne de mora,
de culo de bayadera.
San Bartolomé y el fauno danzaban
cuando las piedras salían disparadas de la tierra
como besos tirados con la punta de los dedos.
De la tumba de San Bartolomé sale una espiga de bronce
por cada beso que pudo y no quiso robar.

Luis Buñuel
La Gaceta Literaria (núm. 50, 1929)


L'amour blessé de Dorothy Tennant (1895)


Olor de santidad

Alguien me dio el empujón fatal. Comencé a deslizarme a una velocidad vertiginosa por un tobogán vertiginoso. Acelerado matemáticamente. Interplanetariamente. Tendido en los 45º, con la sensación de haberme convertido en uno de esos tornillos que sueltan las estrellas precipitados a un millón de vueltas por segundo. Todo vorágine, vueltas, siseos, gritos, flechazos, estómago en garganta, hurras de muchedumbre, gloria, suspensión, temor, frío.
¡Que me estrello! ¡Que me estrello!
Pero nunca llegaba el final de mi caída. Cada vez me sentía más desenfrenado tobogán dentro del tobogán.
Vueltas de peonza de enésima magnitud.
Descenso de columna de termómetro.
Frío de millones de estrellas perforando mi nariz.
La gravitación era tan exagerada que me eché a reir.
¡Hala! ¡Hala! -gritaba la muchedumbre por momentos más enfurecida.
Los siglos se hacían segundos en aquel tobogán rayado como un maüser.
Cuando ya desesperaba de encontrar reposo, prodújose una terrible explosión como cuando estalla el planeta Saturno en un tranvía lleno de gente.
Sentí de pronto una languidez ecuatorial. Un manto de armiño puesto amorosamente sobre los hombros. Un sosegarse de todas mis vísceras, hasta entonces con los pelos de punta. Una somnolencia. Una mano o un ala que se posaba en mi frente. Y una voz eterna que decía: "Ya puedes morir".
Y sentí la entrada de la muerte, de mi muerte, que era como la primera sonrisa de un niño.

Luis Buñuel
La Gaceta Literaria (núm. 51, 1929)

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