16 marzo 2010

Dirigido por...fa: Malpertuis (1971. Harry Kümel)


"Un cuento narrado por un loco, lleno de sonido y de furia y que nada significa"
Victor Hugo

Malpertuis
es un magnífico filme de horror gótico. Extremadamente elegante, inquietantemente mórbido (que no morboso), espectacularmente bien dirigido. Los fanáticos del terror (que por regla general no son fanáticos de ningún género más) lo han elevado, con toda justicia, a la categoría de título de culto. Los apasionados del buen cine en general han dicho que es uno de los más importantes fantastiques de la década de los setenta. Toda aseveración apasionada con respecto a Malpertuis no carece de fundamento. A cada nueva visión su poder fascinador crece, sus níveles de significación se multiplican dada su inagotable complejidad. No hubo premio en el festival de Cannes de 1972 más merecido. Hizo que muchos cinéfilos despistados ahondaran en el pasado de un director de origen belga que apenas contaba con dos largometrajes en su haber. Y todos bien aprovechables. Fíjense si no en su previa El rojo en los labios, sobre vampiras lesbianas en un desolado hotel de Ostende. Inquietante atmósfera de melancolía y perversión muy típica del cambio de década, cuando un puñado de autores se decidieron por llevar el toque de qualité europeo a un género que se estaba agotando con los abusos de la Hammer.
Hay en Malpertuis una serie de hallazgos plásticos y técnicos que parecen adelantarse a lo mejor del terror setentiano con sus casas encantadas y sus ghosts stories (tengo ahora en mente a John Carpenter). Golpes de efecto, malabarismos de cámara, sorpresa final. Lo que me obliga a desempolvar mi vieja teoría de que Carpenter hubiese hecho maravillas con la novela The shining de Stephen King, tanto como lo hubiera hecho Kümel de haber seguido en esa faceta terrorífica. Como en aquella, Malpertuis sustenta su claustrofobia entre larguísimos pasillos y corredores, entre puertas que se abren a otras puertas, entre laberintos minotauricos desde perspectivas en espiral, tal que unas escaleras de caracol. Pero, como caserón que es, explorando en sótanos espeluznantes y mazmorras lúgubres donde se cobijan los mitos de la Antiguedad griega. Es decir, el material literario en el que se funda es notablemente superior al de Stephen King (y el de más peligro kitsch si no se anda con ojo). Jean Ray es muchísimo más exhuberante.
La historia es bellísima y no la entendemos en su plenitud (si es que algo significa) hasta los impresionantes diez últimos minutos. Todo partiría de la experiencia onírica de su protagonista, un Mathieu Carriére que se sueña como un joven marinero requerido por su agonizante tío para que se haga cargo de su fortuna y de su inmenso caserón Malpertuis (¿qué significa Malpertuis?. El eclesiástico le cuenta que vendría a ser "la guarida del zorro", y el zorro, en las antiguas miniaturas, era símbolo del Mal). ¿Pero lo ha soñado realmente?. ¿Los habitantes de ese lugar son en verdad semidioses rescatados de mil agonías en el mar Egeo por tiíto Cassavius?. Los parientes de este viejo, si son trasuntos de las eternas Erinnias, de la Gorgona, de Prometeo ¿es que acaso han venido a procrear una nueva raza de inmortales?. El final queda abierto a todas las posibilidades, aunque la puerta que comunica con el mundo real parezca cerrarse definitivamente tras las bien esculpidas espaldas de su protagonista, quizá ya para siempre convertido en Apolo, aunque también valdría para Paris, dada su rubísima apariencia. Ah, los buenos tiempos del bello Carriére, a medio camino entre el más inoperante Ian Ogilvy y nuestro primer (e igual de inútil) Miguel Bosé. Paseando sus ridículos andares por una serie de momentos de enorme escabrosidad con expresión de pánfilo. Todo lo contrario de tio Cassavius. Simplemente espectacular. Otra cosa no se podía esperar de Orson Welles que le da vida en su agonía. En una única secuencia resuelve la papeleta el maestro, yaciente en una ambersoniana cama, rodeado de sus familiares que esperan sus últimas palabras como agua de mayo y que más que palabras resultan sentencias condenatorias para cada uno de los miembros. Welles incisivo, pletórico, cruel, cínico, siempre gigante, pasándoselo bien. Muerte de titán que hace estallar tormentas afectivas al destinar a todos los semidioses al camino imposible de todos los Midas de este mundo. Arrancándoles lágrimas de cocodrilo, destinándoles una sepultura dorada hasta que se pudran sus caretas de piel humana. Y de nuevo esa escenografía a veces barroca, a veces expresionista (escenas como las del baile de máscaras me retrotraen a los cuadros de James Ensor o de Georges Rouault) tamizada por un constante erotismo, nunca ofensivo antes bien estetizante y de raras sutilezas (la relaciones entre Carriére y su hermana Susan Hampshire, la hermosura clásica de Carriére alterando los instintos de todo quisque desde lo suave, lo presentido, lo consentido o lo mancillante) y el halo romántico (sublime la revelación final de la Gorgona) al que la maravillosa partitura de Georges Delerue aclimata musicalmente con clave de pasión, recodo íntimo y tensión violenta.
Todo lo que yo pueda aportar en este post desde una óptica fantástica será a todas luces un deja vú pues se ha escrito mucho y muy bien en torno a Malpertuis como cumbre del terror contemporáneo. Ahora bien, no debería -en tanto que blog personal- dejar pasar un aspecto pienso que importante al ser Kúmel un artista muy relacionado con el nuevo cine alemán. De alguna manera, como profesor en la Academia de Cine y televisión de ese país, estaba al tanto de las aportaciones renovadoras de gentes como Fassbinder, Herzog o Schlöndorff. No hay más que reparar en el arranque del filme (un filme que, hay que aclarar, se trata de una coproducción franco-belgo alemana), los diez primeros minutos, antes de que se pierda Carriére en esa naturaleza lovecraftiana que conduce a la estancia, a las pesadas puertas del caserón, para comprender que Herzog o Fassbinder estaban siendo asimilados por Kümel con todo el derecho del mundo. De Herzog por esas líneas mágicas, casi hipnóticas, de locura, incluso bizarras (el plano del niño cojito) que nos ofrece de los paisanos de la localidad. De Fassbinder por ese realismo sucio, poco contemplativo, expresionista y decadente de toda la escena del cabaret. Lástima que la Marlene Schygulla de turno aquí fuese búlgara afrancesada de nombre Sylvie Vartan, siempre penosa. Pero el breve impacto de contemplar a Carriére vestido de marinerito (según patrones sastreriles que debieron haber marcado la obra promocional de monsieur Gaultier) y apoyado en una pared con cierto aire de languidez y a la vez disponibilidad que parecen adelantarse al poster de Querelle, es comprender que de nuevo Kümel hubiese sido un director adecuado para llevar al cine novelas que terminaron llevando otros: o sea, el texto de Genet (curiosamente malograda por Rainer Werner). No en vano su touch para lo sáfico (derrochado en su previo Rouge) garantizaría inmejorables resultados en lo gay. En cuanto a Schlöndorff, por su deificación del joven Törless.
En cualquier caso, esto sólo vendría a confirmar que Malpertuis es más que cine de horror para el halago de los adictos a las psicotronías y el freak show. Es una obra maestra polivalente e inabarcable. Un oasis claustrofílico por encima de modas y apropiaciones simplonas y esquemáticas. Con toda probabilidad, el tope de su extraño autor en tanto que me parece más redonda que la vampírica.

1 comentario:

Diegogue dijo...

es cierto, Malpertuis es una obra maestra, sólo he podido ver ésa y la otra que mencionas de las vampiras sáficas, pero es un director que hizo muchas más cosas
un saludo