15 febrero 2010

Televisión de culto

O VIGILANTE RODOVIARIO (1962)

Si quieren exotiquismos aqui tienen uno bueno. Uno que merece la pena. Ignoraba yo hasta hace muy poco de la existencia de esta serie brasileña vintage sobre las aventuras de un policia de carretera (todavía identifico la televisión más exportable de ese país con folletines infames al compás de una sintonía de Rita Lee). Laguna imperdonable en tanto que O vigilante rodoviário no tiene nada que ver con Malu, mujer. Surgió mucho antes. Y se inscribe en el género de aventuras policiales, que no en romanticonadas ochenteras para chachas ociosas. Acaparó la atención de los espectadores patrios a lo largo y ancho de dos décadas, tanto en su estreno como en sus múltiples reposiciones y, finalmente, en su remake de 1978 (con el galanazo -tipo culebrón- Antônio Fonzar, tras los pasos morenos de Eric Estrada mas que de su predecesor). Fue pues un fenómeno pop que para los no conocedores despertará sin duda una fulminante atracción. Que el interés se mantenga durante los 38 episodios que duró la serie original ya es otra cosa. Pero nada como una buena manga ancha. Además, tengamos presente los múltiples factores que una serie de acción de este tipo acarreaba a priori en un pais subdesarrollado como es Brasil. Poco presupuesto, rodajes apresurados, guiones a piñón fijo... pero cuando entramos en situación, sobre todo, si empezamos con el capítulo piloto, nuestra sonrisa de complicidad está asegurada. Y, en parte, soñamos con una revelación. Por que O vigilante buscaba mediante un personaje al parecer muy querido entre sus gentes (cosa que no me imagino yo en España; esto es, con un equivalente que exaltase al cuerpo de la guardia civil, por mucho cuerpazo que tuvieran, pues aqui fuimos más dados a glorificar a un Luis Candelas, un Curro Jimenez o a una Morena Clara antes que a cualquier odioso representante del Orden establecido) recobrar el espíritu de los viejos seriales americanos, siendo el más inmediato (y "televisible") Rin tin tín (efectivamente, el protagonista llevaba perro incorporado). Hasta en la duración (diecisiete minutos al principio) hay vestigios miméticos de un pasado marca Republic, pongamos el caso. Por que el maniqueísmo de buenos y malos, siempre jugando con los estereotipos, se da por descontado. En esto de las series policíacas el maniqueismo tiende siempre a ser norma. Pensemos en series americanas de alto presupuesto que vendrían después como Starsky y Hutch o Los hombres de Harrelson, tan tontas como un tonto recuerdo de infancia, sólo salvables por su maravilloso dominio de la acción. Dominio que pertenece por derecho propio a una década (los años setenta) más que a un medio concreto.
Es curioso como a su protagonista, Carlos Miranda, el personaje lo iba a marcar por los restos (durante los sesenta no paró en la gran pantalla de ser el entrañable Carlos subido a una Harley Davidson o bien a un Simca Chambord 1959, incluso al retirarse del cine acabó formando parte de la policia rodoviária, que digo yo que sus compañeros lo verían como aquella mascota canina con la que compartió en la ficción tantos baches y cunetas y no como uno de los suyos) y, en cambio, en cuanto a su proyección mítica, al menos en lo que fue la serie propiamente dicha, él mismo se mantuvo en un curioso discreto segundo plano. Quiere esto decir que, aún siendo el titular o héroe, su labor en defensa del bien no se hizo nunca ostentosa. Hubo capítulos en los que no aparecía hasta los minutos finales. Y sus acciones nunca fueron típicas de super hombre. Era un "funcionario" más. No hubo énfasis ni triunfalismo en sus pequeñas grandes proezas. Claro que más de un espectador actual puede que censure a Miranda definiéndolo de nefasto galán cliffhanger, completamente inapropiado o incapaz para vencer tantas dificultades que se le van presentando en su camino, pero también es cierto que dicha discreta capacidad lo hace más humano. Y en tanto que representación de un cuerpo de Vigilancia, respetuoso y muy real. Por lo tanto, O vigilante antes que narcisismo jamesbondiano o titanismo marvelero, transmite entrañable cercanía a la par que proselitismo gremial. Como un héroe neorrealista a la altura de un cartero o el panadero del barrio pero con derecho a utilizar armas o usar los puños pues ya sabemos que lo suyo es aplicar justicia sin perder compromiso de servicio público.
Fueron pues los malos los elementos más extraordinarios debido a su variedad perturbadora. Atracadores, fugados de la justicia, traficantes de perlas, robacoches, codiciosos de tesoros de ancianitas... Todos parecían salidos de un titular de la página de sucesos. Asuntos de la vida cotidiana que se iban resolviendo no sin dejarnos la moraleja de que hay que tener cuidado, pues afuera el peligro acecha a los hombres de bien. Si a esto le añadimos los consejos de prudencia en la carretera a los conductores, comprenderemos que O vigilante además cumplió una enorme función de educación vial digna del más astuto Ministerio del ramo que gobierno haya tenido (como muestra ahí están los planos finales con letreros y señales de aviso sobre reducciones de velocidad, situados la mayor parte en el km 38 de la Rodovia Anhaguera, que es donde se filmó toda la serie, al ser ésta una zona de intensa luz solar durante gran parte del año, lo que aseguraba la buena filmación).
Lástima de los inconvenientes anteriormente citados. Hubo capítulos espantosamente dirigidos. Mal montados, de un ritmo lento, inexcusable en una serie donde la acción y la emoción llevan preferencia. Ary Fernándes, su responsable, acertó de pleno en el episodio piloto, abandonándose luego a la improvisación, a la filmación a destajo, chapucera, a sus más y sus menos. Pero Ary, al menos, estaba materializando un sueño personal, un sueño de infancia que era ver a un héroe nacional haciendo las delicias de grandes y pequeños a la hora de la merienda. En esto fue pionero. En toda Sudamerica no existía personaje televisivo seriado de características similares. Y fue un suceso. A pesar de que Miranda luciese lechugino en el rostro y mantecoso en caderas, que procurase de un doble para las secuencias de mucho meneo, de que el perro policia trabajase más las posturitas amariconás que otra cosa, que los tiempos muertos gafasen unas cuantas historias. En el imaginario colectivo del brasileño nacido después de 1950, O vigilante rodoviário es sinónimo de un primer compañero de infancia, de una novedad que les perteneció por entero. Y, visto desde afuera, de la comercialidad de un gadget, de la emocionante voluntad de copiar la serie B usaca, de un momento mítico coincidente en el tiempo con la internacionalización de la bossa nova, de la modernidad pop. El Brasil más amable y falseado (sus secundarios pobres pero honrados, colaborando con la justicia, sonriendo con alegria de samba. Alegría siempre con algo de tristeza en el fondo).
Crónicas de un pueblo... sin favelas.





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