09 febrero 2010

SOLO PARA SIBARITAS

OUM KALSOUM (1904-1975)

Para la fe del pueblo musulmán, Oum Kalsoum está al mismo nivel que el mismísmo Alá. Para el público occidental (hablo del viajero inteligente, el más inquieto, el más crítico con la decadencia de su civilización), Oum aporta una válvula de escape a mundos alternativos y, sobre todo, el misterio que rodea a un camafeo mágico depositado en una tumba (el otro viajero, el turista tópico se conformará con acercarse a ella como mero comprador por obligación de casettes autóctonos de feas portadas, siempre iguales). La voz de esta mutriba (término que en jerarquias musicales orientales se opone drásticamente al de muganhiya o cantante clásica, por cuanto alude a la intérprete que se desvincula de cualquier ortodoxia con el fin de conmover, hacer levitar al oyente) es la voz de los paises árabes, en un radio de acción que parece ser sólo privativo de las leyendas. Oum lo es desde la adhesión incondicional pero también desde la evidencia de una artista absoluta en un entorno y un tiempo bien convulso como el que le tocó vivir. Siglo de catástrofes y revoluciones, del fin de los imperialismos, del derrocamiento de monarquias absolutas y del advenimiento del gobierno de los generales. Y como centro neurálgico, el Cairo de los años cuarenta y cincuenta. Capital cosmopolita. Fue injusto Paul Bowles cuando tildó a Oum en alguna parte de fenómeno kitsch. La Kalsoum no fue Maria Montez, ni tan siquiera la Sumac. Ocupaba un rango diferente al de una simple bellydancer o de una atracción vocal de feria para visitantes absurdos. No era una burda exhibicionista de sus dotes ni bailaba calentito (su magisterio lo ejerció desde el estatismo más expresivo del mundo). Estaba por encima de cualquier moda. Incorporó modificaciones en la tradición, sin despegarse demasiado de ella. Es decir, revolucionando el arte desde sus mismas entrañas. Su repertorio se centró en los temas básicos de su cultura: lo sentimental, el amor incondicional por la naturaleza, por las gentes del pueblo, por la Patria (el panarabismo de la Kalsoum que le hizo simpatizar tanto con los Oficiales libres). Y a la vez, se amparó de estupendos músicos, grandes orquestas, dándole nuevas salidas al género como en España lo estaban haciendo un Marchena o el más cercano y sin igual Angelillo. Sus fanáticos adoradores españoles (estudiosos de lo jondo e incluso los fusioneros que saben de sobra que olé viene de alláh!) han hablado de duende a la hora de tratar de explicar el misterio Kalsoum. Se cita a Camarón. Pero Camarón es un fenómeno posterior, probablemente la última gran figura del flamenco del siglo pasado. Y su grandeza surge cuando la Kalsoum ya había muerto. El equivalente flamenco a la egipcia estaría en la memorable casta de cantaoras de los años treinta. Una Niña de la Puebla, una Pabón o una Pastora. Su aspecto de mascarón de proa, mujer recia y fornida la emparentarían, en cambio (y esto dicho bajo mi punto de vista, tras degustarla en películas cuando aún era una mujer jóven), con una señera de la copla española como fue Antoñita Moreno.
Cada país tiene sus embajadoras de las bambalinas. Ahí está en Francia, Edith; en Italia, Mina; en Mexico una Beltrán o en Norteamerica, Judy. Son mujeres más grandes que la vida. Sus voces forman parte del sonido de culturas específicas. Quienes las vieron en los teatros del mundo, corroborarán que sus presencias tienen mucho de columnas deísticas.




En el caso de Oum era lógico pues su padre, lider de una mezquita local, la adiestró desde niña en los cantos religiosos. A ella y a su hermano, que habían nacido en una pequeña villa y que empezarían a cantar en casamientos y otras celebraciones por módicas cantidades. El padre se vió obligado al principio a travestir de chico a Oum para que pudiera ser admitida la entrada en sus propios espectáculos. Pronto se fijarían en ella el compositor Abu l-Alá' Muhammad y el intérprete de laúd Zakariya Ahmad que la contrataron llevándosela al Cairo. Desde entonces, estos y otros músicos fueron su nueva familia.
En la siguiente década entabló relación con el poeta Ahmad Rami, que la introdujo en la literatura francesa. Otro ejecutante del laúd, Muhammad al-Qasabgi le abriría las puertas del palacio del Teatro Arabe donde cosecharía sus primeros triunfos. La enorme popularidad de Oum le ayudaría mucho a conocer a personalidades influyentes de la política, como el general Nasser, de quien fue incondicional seguidora. El cine se fijó en ella aunque la fijación de la artista con ese nuevo "pretendiente" fue más bien mínima. Apenas apareció en media docena de títulos, la mayoria del efervescente Ahmed Badrakhan. Cine eminentemente popular, donde las concesiones tanto a la estrella como a unos argumentos lacrimógenos buscan en todo momento la comercialidad y, por ende, una fórmula prorrogable. Encontramos en su breve filmografía a una Oum jóven y rotunda, transmisora en la parte actoral de sentimientos primarios pero eficaces, muy en la línea de una Yvonne Sanson o una Libertad Lamarque. Sus canciones siguen siendo lo mejor. La estrella de Oriente en su mejor momento. La duración de los temas se vio reducida en minutaje, tal cual sucedía en los discos a 78 revoluciones por las limitaciones de la impresión fonográfica, con el fin de no entorpecer el hilo de la historia. Y es que la Kalsoum de los directos era capaz de alargar una canción durante más de una hora. La figura cinematográfica de Oum consigue superar el kitsch típico de una industria (que mimetizaba el invento del star system de Hollywood) mediante una seriedad, una falta de ostentación y una sinceridad proverbiales. Los números musicales retienen en ese blanco y negro humilde la espiritualidad de una música única, quedando el resultado, si prescindimos del meollo argumental, a la altura de los cortos ignotos que para miserables productoras norteamericanas filmaban damas del blues como Mamie Smith o Ethel Waters durante el período de entreguerras. Kalsoum le canta a las flores y queda radicalmente distinta a, pongamos, una Jeanette McDonald lanzando gorgoritos seudo operísticos frente a unos almendros primaverales pintados por Nathalie Kalmus. Percibimos (ergo: nos estremecemos) un hondo dramatismo, un afán de trascendencia. Y aunque el portentoso registro de la egipcia puede que sea lo menos indicado para arrancarse por una nana (al niño de padre fugado que está meciendo tras los visillos), Oum -que amamantó con sus letanías a toda una generación de musulmanes- consigue que se transforme en llanto desgarrador de madre, en tanto que su invocación frente a la cuna es una total reivindicación del concepto de lo familiar, tan caro a la tradición (esto acontecía en Fatmah, el folletín con el que dijo adiós al cinematógrafo). Es, pues, admirable, como la estrella es capaz de sobreponerse por su sola personalidad ante unos artefactos populacheros y hasta degradantes que en el caso de otras divas del momento (una pizpireta Samia Gamal, una jocunda Tahia Carioca o una histérica pero divertida Hoda Soltan) quedarían como meros reclamos a gritos de un imposible (por el componente racista yanqui) emplazamiento a una fantasía oriental marca Universal Pictures (al menos, en un hipotético de que los productores se arrepintiesen de traicionar el honorable mito de Las mil y una noches ellas hubieran sido unas más honradas Scherezades, las odaliscas más próximas a un concepto serio de la etnografia tratada en tantos escapismos de bazar de Arthur Lubin y cía.). Y como cualquier producto pop, su visionado (con Kalsoum o sin ella) se revaloriza cuando pasa a ser documento sociológico. Aquí nos topamos con un Cairo rabiosamente internacional. Oum siempre calzando topolinos, los enormes coches de gángsters con sombreros fez y vestidos como el Mature del Embrujo de Shangai, la sala de fiestas donde la orquesta ejecuta el célebre bolero Frenesí para una anónima Gilda de la media luna (melena a lo Hayworth, cejas pintadas en la línea extrema de cualquier diabólica dama negra ideada por Hammett). De la Zeca a la otra Meca. Frente a cualquier conato de frivolidad y moderneces, el amor por la tierra de Kalsoum permanece eternamente vigente.




Con inteligencia, se centró en sus actuaciones en los teatros del mundo. Pese a ser una mujer de apariencia física vigorosa era, en realidad, frágil, y cual Piaf, mantuvo una dura batalla con las enfermedades durante gran parte de su vida. Problemas de visión le obligaron a salir al escenario con gafas ahumadas de distintas tonalidades, por ejemplo. En escena era donde provocaba los más grandes delirios. Resultaba imbatible. Ni la bella y principesca Asmahan pudo con ella. De nuevo, triunfaba la pureza de una raza (Asmahan era de origen sirio, drusa, su vida era disipada, prefería los palacios a los cafés). Otro de los atavíos inevitables era ese pañuelo al que aferraba con fuerza su mano derecha. Hay quien decía que dentro del mismo llevaba una bola de hachís o cocaína que al apretarlo se iba impregnando en su piel, lo que le daba esa resistencia.
Amparada en la segunda etapa de su carrera por el compositor y músico Mohamed Abdel Wahab (que introdujo elementos occidentales en su orquesta como el órgano o el acordeón así como arreglos neoclásicos) logró hacerse un hueco en la sala Olympia de Paris. El aforo estaba abarrotado de emigrantes árabes venidos de diferentes puntos de Europa.
Como toda leyenda viva que se apaga en un momento dado, la muerte de Oum en 1975, víctima de un cáncer nefrítico, provocó histerias colectivas y hasta suicidios. A su funeral asistieron 4 millones de fieles orantes y en el entierro, en la Ciudad de los Muertos, recibió honores de un jefe del Estado.


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