26 febrero 2010

SEMANA ESPECIAL Aquellos juncos salvajes (5)


Capítulo cuadragésimo sexto


La esquizofrenia de unas memorias
La única memoria del escritor, la última salida del romántico, es la esquizofrenia. Esto es particularmente cierto cuando las experiencias vitales han sido utilizadas con fines literarios. Al ser convertida en literatura una experiencia se altera, y al ser recordada nuevamente es imposible escapar a la deformación de que fue objeto. ¿Dónde empieza la verdad, dónde la ficción?. Esta misma pregunta ha sido formulada tantas veces que cada creador debe dar su propia respuesta. Nunca serían iguales.
He convertido mis experiencias vitales en obra literaria que nunca vio la luz (salvo ahora con este blog), y esta reconversión hace que lo real y lo imaginario se confundan contínuamente. El niño Kane o Nadiuska Montez o Mórbida von Convulsions pude ser yo, el barrio romano donde se crió Paolo son siempre las calles donde viví. Del mismo modo que allá al fondo de mi búsqueda de la felicidad están Pedro, los Joses y el Niño arquitecto.
Con todos estos componentes, da igual que la historia transcurra entre moros, rumanos o esquimales. La quimera es siempre la misma. Y como quimera máxima, la que contiene la última verdad, surge el inaprehensible misterio de la creación.
Imposible delimitar campos que ya han sido hollados en tantas ocasiones. No existen fronteras posibles. No hay compartimentos estancos. Al contrario: estos se salen de madre, se invaden mutuamente, se apoderan de temas que pertenecían a uno y de manera imprevisible pasan a otro.
Memoria, literatura, presente y pasado, lo que imaginamos y nunca fue, los sueños que tuvimos y nunca se cumplieron, las realizaciones inesperadas que se impusieron a nuestros logros, todo pasa a la literatura y, al hacerlo, todo forma un absoluto que se parece mucho a un juego.
Escenas que viví se transforman en secuencias que ahora interpretan mis personajes o mis colaboradores bajo seudónimo (y por eso los quiero, porque son mi yo, atreviéndose a ser mucho más sinceros de lo que nunca supe ser). Si a ello añadimos fragmentos de agendas y diarios que redactaba en aquellos años, se comprenderá que la esquizofrenia del creador planee contínuamente sobre la realidad y acabe gobernándola.
Al final no sé si Ortiz, Jose el chapero o Jose el pueblerino ingresaron en esta locura o si sólo contribuyeron a formarla. Se convirtieron en personajes literarios gracias a la carga romántica que arrastraban sus fracasos, pero yo no tardaría en traicionarlos incorporando mi sentido crítico, de modo que la ternura y el desprecio se dieron la mano por algún tiempo. Y en su transcurso, continuaban triunfando las taras del mundo del cine.

Desajustes propios de la edad
A los diecisiete años, pendiente sólo de mi formación, no me concedía tiempo para observar los cambios que se estaban efectuando en mi carácter. Proseguía, así, el desbarajuste mental en una serie de intenciones que, además, ya no eran en absoluto ingenuas: eran las de un espontáneo que se enviciaba con los propósitos fabricados por otros. Fui perdiendo la frescura en aquellos últimos años ochenta del mismo modo que se perdía la espontaneidad a causa de las desaforadas ambiciones de la adolescencia. Y eran éstas, principalmente, el afán por la sabiduría y la necesidad de afirmarme más allá de la sinceridad e incluso negándola, si convenía. Quién sabe si no se perdió la frescura cuando mi memoria intentó condensar la memoria de los siglos.
No debí constituir, en esto, una excepción entre los adolescentes, de antes o después. ¿Cuál de ellos se da cuenta de que está avanzando, a veces contra sí mismo, para afirmar su personalidad futura?. No conozco otra época de la vida que favorezca mutaciones tan veloces e incontrolables ni en semejante cantidad. Sólo ahora acierto a ver cuán múltiples eran. Desde mi presente, veo a tres personas distintas que se llaman Maciste y alternan en un solo invierno del 87. Son un niño, un adolescente y un hombre prematuro. Los tres pugnaban por dominarme, sin respetar ninguno el espacio concedido a los otros. Sentía dolor por el niño, que se iba perdiendo tras una niebla indecisa; me angustiaba por el adolescente, cuyos cambios acusaban el paso de los días, horas y minutos. Me horrorizaba ante el hombre que, esbozándose, acabaría matando los otros dos.
Aquellos cambios inconfesados me producían una profunda sensación de angustia, que no relacionaba con los procesos lógicos de la transformación sino, a la inversa, con la desaparición de períodos anteriores. Como había pocos difuntos amados, no habría sido lógico utilizar la muerte como punto de referencia. En su defecto, enumeraba obsesivamente a los seres que habían intervenido en escenas de mi vida pasada y ya no estaban en ella. Eran esas ausencias las que me desesperaban, por considerarlas el germen de sustituciones futuras, muchas de ellas inmediatas. Al mismo tiempo, hacían que lo sustituido se revelase mucho más bello y, por tanto, su ausencia más dramática.
Era dudoso que pudiese atribuir mi angustia a una fase del crecimiento. Fui vulnerable a esta sensación desde mi infancia, desde que sentí desaparecer las entrañables costumbres que habían marcado mi reducido ámbito familiar. En las películas, en las novelas, seguían emocionándome particularmente las escenas que mostraban el efecto de los años, como aquellas en que el niño aparecía convertido en hombre. Mi crecimiento, pendiente aún de aceptación, se desarrollaba con el concurso de fetiches largo tiempo conocidos. Iba sobreviviendo sin enterarme de lo que hacía. Más que fijarme en modelos literarios, pude haber buscado soluciones en mi propia capacidad. A esto lo llaman los entendidos crearse las propias defensas. Cierto que me quedaban bastantes por descubrir, pero la mayoría ya iban apareciendo cuando niño y se hicieron inexpugnables gracias a la protección del egoismo. Por no reconocerlas en su justa utilidad, se impuso la ficción una vez más. Necesitaba aprender el recurso defensivo de los pícaros y practicarlo a fondo, partiendo de un arquetipo simple, propio de manual. Desde mi cubil urdiría todas las astucias, todas las tretas que, si no me servirían para conseguir una hogaza de pan, que ya tenía asegurada, me ayudarían a triunfar frente al mundo.Y así de bien me lució el pelo. Porque de las situaciones desesperadas pasé a imaginar las más cotidianas y no hubo ninguna de las que no saliese triunfante y con grandes ventajas a mi favor.
En tales reflexiones transcurrían mis días, creándome la ilusión de que con tanto devanarme los sesos filosofaba y que, al hacerlo, ascendía a un grado superior de la cultura a la vez que me marcaba unas intenciones de lucha dentro de ese campo minado, jungla de asfalto, que me aguardaba a la vuelta de la esquina. Seguramente en el primero de los casos estaba trasladando juegos infantiles a una obsesión que se pretendía adulta porque había nacido en una librería de libros pecaminosos.

continuará


* Fotos de Herbert Tobias procedentes del blog de Toniok

1 comentario:

Chusky dijo...

Que pena que se termine Fantasía Mongo. Por cosas como esta vale la pena leerte.