25 febrero 2010

SEMANA ESPECIAL Aquellos juncos salvajes (5)


Capítulo cuadragésimo quinto


Fauna ibérica y antropología africana

"Quien quiera identificarse con algún personaje que lo haga. No es mi propósito mantener ningún tipo de rencores."
Introducción de Fauna ibérica. Enero 1987

Conseguí pasar todo el manuscrito corregido de La Zorra de Madrid en unas semanas. Me había traído de Coruña la maquina de escribir y me esmeré en lo que pude en que no quedasen tachones o faltas de ortografía. Era mi primer proyecto en serio y la cosa debía quedar como un libro de verdad. Para completarlo le añadí una segunda parte donde se agolpaban los últimos escritos del pasado curso, esos que me salían a chorro en el meollo de una clase de Griego o Religión. Como eran de temática y estilo diferentes opté por repartirlos en apartados. Un poemario, unas dedicatorias, unos santorales y uno que denominé Pequeños trazos, en realidad mini cuentos de alto contenido erótico-perverso y cinemático-musical: asi Confesiones desde el Balneario era un bosquejo apasionado de una fastuosa Viena by Ultravox videoclipada por Visconti donde una dama á la Proust descendía la escalinata inmensa de un teatro palaciego. Esta sola anécdota me llevó todo el cuento, con lo cual bien podríamos concluir que la importancia de la misma equivaldría al episodio de Odessa del Potemkin aquél. Elaine era una oda a una chica arty, posiblemente Nico cuando estuvo en la Velvet. Sólo que se llamaba Elaine y la Velvet ahora firmaban los discos como Macromassa. Un matrimonio mal avenido reincidía en un aspecto de las relaciones de pareja que me sorbia el coco sin poder decirles ahora por qué: la incomunicación y el final del amor. Carcoma de violador se inspiraba en las sensaciones sonoras que me traía el The river de Bruce Springsteen y las imágenes de La noche del cazador y El manantial de la doncella trufadas de los tics desesperados de Norman Bates: un retrato en primera persona de un fratricida, asesino de su hermana a la que previamente había mancillado para seguidamente arrojar el cadáver al río. Oculto en su cuarto, aún manifestaba dulces recuerdos por el acto cometido mientras aspiraba el aroma de las bragas ensangrentadas de la niña, curiosamente en su primer ciclo menstrual. Se cerraba la selección definitiva con La bella Gloriette, tragedia expresionista en tres actos con trasfondo Belle epoque sobre el aquelarre espantoso acontecido en un burdel parisino pero con más pinta (por el desmadre) de haber sucedido en Mexico D.F. con Ninón Sevilla de pecadora titular. Las consecuencias del tiroteo, los desperfectos del entorno eran de tal intensidad y calibre que resistirían comparaciones con el legendario incendio de Atlanta gone with the wind si solo se hubiera circunscrito a la casa de putas que regentaba Ona Munson. Es decir, demasiada lumbre para un crío que aún se asustaba por un simple chisquero.
Todo orgulloso, con los folios en una carpeta acudí a mis venerables amigos de la encuadernadora. Cada vez más viejos, cada vez más inencontrables entre montañas de fascículos y tomos recién cosidos que amenazaban con dejarlos enterrados en vida. Fácil que sucediese si en medio del caos se traspapelaba un simple folio. A la semana mi pequeña gran obra ya estaba en mis manos. Tapas verdes, ligero el peso. Con una etiquetadora de papá culminé la elaboración de la portada (taaaan cutre) poniéndole el título. Fauna ibérica. En el prólogo estaba todo Maciste. "Todas mis obsesiones de siempre, ahora más acentuadas. El sexo libre y gozoso, la libertad total de la persona y la crítica tajante por todo lo que de represor y sadomasoquista alimenta la religión cristiana. (...) Aunque apueste por el sexo gozoso los personajes nunca disfrutan del acto amoroso. O, por lo menos, sólo hasta el final. Es ese fracaso la realidad del sexo actual. Reiterar el mismo clisé, las mismas posturas, las mismas situaciones que a la fuerza tienen que producir la derrota e incluso el Tánatos final".
¿Desquiciado por los visionados de El tango y El imperio de los sentidos?. ¿Desesperado por mis experiencias con Pedro?. No lo dudo. Importaba que lo entendiese Carlos y pocos más allegados. Luis, Juan, Marcos, Eulogio... Todos dieron su conformidad. Salvo Marcos, que detestó, como era de prever en amigo tan poco posmoderno, aquella aberración de la naturaleza artificial que ocupaba las primeras cincuenta páginas. Me dio coraje dejarle el libro a compañeros con los que no había llegado a intimar, caso de los gemelos Castor y Felix. Recuerdo con verdadero pánico las jornadas que ellos tuvieron el libro en su casa. Piensen que había una declaración de amor en toda regla a un compañero que ellos conocían de sobra (su nombre pero no sus apellidos aparecían en el santoral). Cuando me lo devolvieron esbozaron una sonrisa de satisfacción. Les había gustado. Incluso aquellos toques absurdos, incomprensibles para mi mismo, fruto del desbarre ego trip, fue destacado por uno de los gemelos no como material sobrante o gratuito, antes bien como revelador de muchos misterios que albergaba mi más que interesante subconsciente.

Unos días después, encontré a Carlos en el patio del colegio reunido con la pandilla en su integridad. Me acerqué y lo ví todo alborozado y orgulloso. También él había parido algo propio. Aquello no era una novela, es de suponer que siendo un amigo tan pusilánime y perfeccionista, si algun día se le ocurriese escribir un cuento le llevaría más de una década (tirando por lo corto). Se trataba de un fanzine. No de corte salesiano, faltaría más. Lo tituló Zulú y llevaba en la portada una foto en blanco y negro fotocopiado de Humphrey Bogart. Me enganché a la amena conversación que era una presentación en toda regla a sus más amistosos medios de comunicación. Zulú era un fanzine de humor, mitad en gallego mitad en castellano, donde aparecían comics de Héctor y paridas desconcertantes, como esa disección del uso popular del término Carallo en su rica diversidad de expresiones y giros coloquiales, un homenaje al Michael Landon de Autopista hacia el cielo o aquella crónica sobre el viaje de lady Di a Galicia... Todo a base de visiones irónicas de la actualidad muy cercanas en estilo a las que desgranaba cada semana Moncho Alpuente y su equipo de colaboradores en el maravilloso Pais imaginario. Mi única aportación se redujo a una fotografía de la tentadora Jane Russell en The Outlaw (si, la tópica del granero y el escote). Lástima que aquel Zulú no tuviese su nº 2. En cualquier caso y en vísperas de que mi amigo tomase caminos universitarios, su experiencia fanzinosa se iba adelantando a un tipo de actividad muy típica de colegio mayor. Como nota discordante y hasta cierto punto necesaria en aquella presentación (en tanto que coronaba el absurdo), saltó de repente a escena el director del centro (a la sazón profesor de latin), un curita de expresión tan bonachona como anodina que, viendo que se generaba un tumulto en una parte de sus dominios (y ya sabemos que para las personas del antiguo Orden, que es el Orden eterno, más de dos personas juntas en público son sinónimo de peligro de amotinamiento) se abrió paso hasta Carlos y le pidió que le entregase un momento el boletín aquél. "¿Prensa subversiva?", preguntó sin cortarse un pelo al ver la portada. Empezó a hojearlo. A sentir el morboso regustillo del buen censor. Pensé que lo iba a terminar haciendo trizas, dado los ataques de furia que se gastan de vez en cuando estos personajes post conciliares. En cambio lo dejó impoluto (el autor era un alumno de Cou) aunque tampoco lo bendijo. El último comentario que le pillé fue graciosísimo. Al ver la fotografía de un zulú con todas sus barbas exclamó con cómica afectación: "¡Ah, un comunista...!". Ya no pude más y solté una carcajada ostentosa abortada por su fulminante mirada. En el fondo, la autoparodia era el único recurso de supervivencia al que podía aferrarse un curita cincuentón en plena boga del Estado aconfesional. Oh, tontos, pobres de espíritu, aquellos niños que en los años ochenta se dejasen arrastrar por sus viles añagazas, por sus mascaradas y su carga de represiones y manías más gastadas que un Catecismo de posguerra. Ese recreo decidí que mis educandos de toda la vida eran en el fondo puritita chirigota de Cadiz.

continuará

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