24 febrero 2010

SEMANA ESPECIAL Aquellos juncos salvajes (5)


Capítulo cuadrag
ésimo cuarto

Noches de vino tinto
Acababa el 86 aún sin Martes y 13 en el televisor. Pero no hacía falta que dieran las campanadas rituales para que ya fuesen mis humoristas preferidos. Los Morancos me dejaban indiferente. La primera ocasión que los ví pensé si no serían unos guiris ingleses pasados de cerveza de paf de allí. Fíjense lo que me despistaban estos hermanos trianeros. Aún Cruz y raya no eran la maldición que luego fueron. En cuanto a Faemino y Cansado eran mi espina clavada, pues a Carlos le hacían mucha gracia y a mí ninguna. Como tampoco Las Virtudes, por muy insólito que resultase un dúo femenino pretendiendo hacer humor. De todas formas eran tan parlanchinas como las urracas de los dibujos y tan gritonas como las desesperantes Hurtado cuando fueron Super Tacañonas.
Sin duda, el gran hallazgo de la TVE estuvo en encomendar las nocheviejas a Josema y Millán. Marcaron un hito. Se supone que vistos hoy, aquellos especiales perderían buena parte de gracia. Ya no sólo por detalles coyunturales que el tiempo habrá dejado en muy poca cosa, sino por el propio hecho de la emisión en un festejo semejante donde la predisposición a la juerga en familia parecía ser obligada, amén de acompañarla por un buen champán que todo lo achispa y activa la risa floja.
Mi relación con el alcohol siempre fue lamentable. El champán de Nochevieja me adormecía, por lo general. Muy pocas veces me emborraché. En absoluto bebiendo perdí el control hasta el punto de un coma etílico. Los efectos del alcohol sobre Maciste, fuesen cuales fuesen las marcas de las botellas plimpladas, eran todo lo más peripatéticos. Melancolía gallega, tristeza e impotencia, incapacidad de mantener una conversación brillante con un interlocutor. Y si aquello era una fiesta en un bar, rodeado de gentes que hacían lo mismo, me revolvía en mi limitado espacio y me sentía una mierda impersonal en medio de una masa de borregos autómatas. Todas las Nocheviejas de mi adolescencia se han borrado de un soplo al calor de un vals de las velas imposible. No niego que saliese siempre. Pero ninguna "edición" la recuerdo histórica. Se repetían inexorablemente. Eran exigencias de un guión ramplón. Dividían a mis amigos en dos bandos. Por un lado estaba Luis, Juan, Diego y Alberto, que se lo tomaban como un rito especial, pues se vestían de etiqueta y acudían al Liceo donde tenían cotillón asegurado como las burguesas de la posguerra. Por otro, Carlos, Héctor, su hermano y Javier, que entraban dentro de lo que yo consideraba más normal. Vestuario informal y a galopar hasta la zona de vinos. Por supuesto que mis entradas de Año las pasaba con estos últimos.
La fauna nocturna se multiplicaba esa noche más que ninguna otra noche, viniendo gentuza de otros lugares, no sólo de los pueblos limítrofes, también los hijos de la emigración o nuestros vecinos portugueses. Por eso que se me hace muy difícil exponerles cuales eran esas criaturas incondicionales que formarían la canalla nocturna típica de este lugar. Los posibles herederos de los protagonistas de la inolvidable Esmorga de Blanco Amor. Los hallaríamos el resto del año pero servidor el resto del año prefería guardar cama pues siempre me he considerado un animal diurno. Odiaba las jaquecas, las resacas, la automedicación y el ponche de huevo. Pero, sobre todo, la felicidad impuesta, las fiestas de calendario, el carnaval sólo cuando lo permite el poder establecido. Pese a ello, como cualquier hijo de vecino, también caí en la tentación de la máscara, de la mini falda y el pelucón. Pronto lo dejé cuando afronté una mini etapa de mi vida dedicada al travestismo underground y seudo arty. Fue tan intensa que la quemé en un pis pas. Exactamente cuando la pandilla se obcecó en montar una Factory neoyorquina en la buhardilla de Javier. Entonces hubo muchos excesos. De litrona del Super y pocas drogas, que aquellas eran caras y nosotros no éramos de posibles. Igual sucedió esa Nochevieja. A pocos cuartos, poca alegría. En cambio, a mí me hubiera bastado con mojar los labios en un cubata para estar a punto de caramelo, con mi frase genial, con el chiste privado para cada uno de los comensales, con ese chascarrillo idiota pero que por el milagro del feeling quedaba desternillante. Lo malo es que me invitaban a beber y entonces la cosa se gafaba. Afortunadamente, aparecía de pronto Pedro, solitario por alguna extraña razón, y se unía al grupo. La situación en ese punto parecía haber cambiado pero lo único que había cambiado era la pavez de Maciste que había subido en grados etílicos, incapaz de traslucir sus sentimientos o quiza de jugar con el amigo, de vivir con él una noche a tope, volviéndose a hundir en el marasmo de la ofuscación mental. Del embotamiento. Del no dar pie con bola. Se desahogaba con el amigo más reflexivo y consecuente, el que quedaba firme tras cualquier orgía báquica, que siempre era Marcos, y el otro le daba la razón en todo (le hablaba del absurdo de la vida y efectivamente, nada de aquello tenía sentido, pero sólo había que dejarse llevar unos horas más. Todo acabaría luego). Mi grito ahogado era un intento de confesar a alguien tolerante el hecho de que Pedro estaba allí y que lo que quería era echarme a sus brazos, gozar de la noche a dos, beber nuestro romance como locos mundanos para, más tarde, pero no mucho más, perdernos en la oscuridad de las callejuelas de la parte antigua y sólo entonces consumar nuestra pasión de adolescentes. Salíamos de un bar y nos metíamos en otro. Confettis y guirnaldas. Luces que se deformaban según el ritmo de la música. Miradas estúpidas y comentarios inaudibles (¿probablemente la risa que nos produjo la última machada hecha poema rock del chusco Xaime Noguerol en la prensa local?) que eran respondidos con un "sí" y un rictus de lo más convencido. Ciertos toqueteos a extraños milagrosamente receptivos. Extraños que aceptaban un roce de bragueta, una dulcísima presión nalgar contrapuesta de forma escandalosa al rechazo de Pedro, que se arrimaba más otro, probablemente por haberle invitado entre sonrisas, que yo calificaba de lujuriosas, a una consumición. Metido en una espiral inacabable donde las horas no parecían pasar nunca. Y a mi alrededor juventud y cansancio, frenesí y aburrimiento.
Sólo cuando nos despedíamos de la zona de vinos y nos internábamos como vitelloni por el barrio chino, nunca tan desértico, conseguía levantar el ánimo. Volvíamos a recobrar ese aspecto genuino de grupo especial. A pesar de todo, Pedro seguía próximo pero distante y era perentorio separarlo, aunque sólo fuese unos metros, del resto de los amigos pues buscaba una intimidad, o cuanto menos, la puesta en marcha de un plan que nos arrojase a esas horas de la madrugada a mi lecho. Dormir con él, ¿acaso no hay deseo más bonito en alguien que ama?. Pedro ya se apartaba él solito para echar una meada en la fachada de un edificio bien ruín, que era cuando acudía a su lado. Pero el niño se limitaba a proteger su pudor. ¿Un gesto de mantener las formas?. ¿Misteriosa personalidad?. Algo de todo. El grupo nos esperaba paciente, había que recibir el alba en el último local cool, donde se ponía garaje y otras cosas. Herido por la actitud mojigata de quien creía novio, renuncié a todo, pese a la invitación de Carlos. Me fui a casa ruinoso y amargado. La noche no es para mí, cantaban el grupo Video. No entiendo a los poetas que dicen que el amor prohibido se manifiesta más libre a esas horas. En mi caso la noche era mi prisión con cerrojo a cal y canto.

Busca algo barato
El Rastro de La Coruña. Cuando merecía la pena. Cuando asentaba sus reales en la Plaza de María Pita, uno de los ayuntamientos más bonitos de Galicia. Qué curioso que fuesen mis padres los que me llevasen a él aun sin la constancia de las posibilidades que un lugar como éste le iban a abrir a un niño fantasioso. Fue como iniciático. Papá en vez de arrastrame por las orejas al barrio de las putas me invitó al rastro, con permiso de mamá. Es más, con mamá incluida en el lote. Y no digo tonterías. Porque para mí el rastro fue una cita tan inexcusable, una droga tan dura como lo pueda ser para el salido terminal cualquier burdel. El rastro, como las librerias de viejo, como los báteres públicos, billares y las salas de exposiciones pasaron pronto a ser mis zonas de esparcimiento obsesivo. Saciaban mi hambre de cultura y sexo. Me apasionaban. Todavía hoy, siempre que paso por un quiosco o un retrete, no puedo evitar parar a mirar el panorama expositor. Igual que les digo que odio a ultranza las cafeterias de moda, también afirmo que amo con la misma intensidad un mercadillo de antiguallas.
El enganche fue tan brutal que apenas le doy explicación al rememorar los comienzos de todo, a principios de 1987. Aprovechando algún domingo de escapadas, o la semana santa, mis padres tenían la costumbre tras la visita al cementerio de pasear por los puestos que se distribuían por la Plaza del Ayuntamiento. Era lógico que debía ir a su paso, que iba sujeto a su reloj, pero me fijaba muy mucho en todo lo que se me mostraba a mi alrededor. Puestos variopintos, gentes no menos insólitas, gozoso material de extraña procedencia... Papá y mamá manifestaban una afición por las esculturas, bibelots y miniaturas de bronce. A veces compraban candelabros de lo más horrendo, puro pompier, con los que luego decoraban algún espacio vacío del apartamento alquilado. No le daba excesiva importancia a sus gastos mientras estos no afectasen a mi renta semanal de quinientas de las antíguas pesetas. Lo malo es que no tenía la suficiente independencia para perderme un rato a mi aire en aquel espacio nuevo pero con olor a rancio. Espacio lleno de vitalidad, de follón. Centro de charlatanes de inútil verborrea que vendían sus famosos elixires, gitanos lorquianos que adobaban toda clase de cachivaches y le adivinaban a uno si iba a quererle la persona que uno quería, perdularios que no tenían donde caerse muertos, mozos ligeros de pies y sutiles de manos, quintos con pocas pesetas en los bolsillos que dudaban ante la cartelera del Rosalía o perderlo todo en la calle de la Teta con una señorita de vida alegre de más, limpiabotas atentos al más leve descuido del parroquiano para clavarle, sin venir a cuento, un par de suelas de goma. Brujuleando en los mares de la diversión estaban los chamarileros del tres al cuarto que tenían su tienda abierta a todos los vientos entre fondas de mala muerte. Todo se compraba, todo se vendía en la plaza más concurrida de La Coruña. También mis sueños, un inmenso mundo infantil de infancia que no me perteneció pero por el cual albergaría pronto una profunda nostalgia. Super héroes y hadas, cromos de Blancanieves y soldaditos de plomo a punto de morir por inanición repartidos malamente entre Privates y Party's (lo que aumentaban mi confusión y arrobamiento. ¿Era acaso eso la quintaesencia de la posmodernidad?). Y los discos. Pilas, cajas enteras de ellos soportando una presión inaudita, acaparando el polvo de las modas y los ritmos pasajeros.
El Rastro es tiempo restituido para el cazador de ilusiones que cuente con todo el tiempo del mundo. Tiempo para perderse en el marasmo de su propia biografía hecha fetiches. Ya he dicho que no era mi caso. Pero terminaría siéndolo cuando se trasladaron a la plaza de San Agustín los pocos puestos que pagaban la cuota municipal. Y quien dice plaza, dice bajos y locales de electrodomésticos. Los límites del callejero. Barro del extrarradio. Capriccio en medio de la sordidez. Pisos de particulares y pisos emisoras donde había un archivo fonográfico cerrado como una caja fuerte que era para morirse. Perdiendo las uñas entre miles de vinilos en formato Ep. Jodiéndome las rodillas de tantas horas agachado buscando un viejo volúmen de la colección Pulga, un número concreto de la revista Triunfo o del cuadernillo del intrépido Defensor de la Cruz. Toda aquella odisea del coleccionista compulsivo aún estaba en el génesis. Como cualquier vicio, otra forma de acabar esclavo.


continuará

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