23 febrero 2010

SEMANA ESPECIAL Aquellos juncos salvajes (5)

Capítulo cuadragésimo tercero

Cruise In
La última recomendación cinéfila de Luis se llamaba Top gun. Era la película de moda. La que más teenagers congregaba los fines de semana en el Coliseo. Presupuso, por supuesto, que su protagonista me iba a enloquecer. Le advertí que si sólo era un monín de cara raro iba a ser que diese en mi diana sentimental ya que andaba muy liado trabajándole el sex appeal a un retrato de Stalin. Además bastante tenía con sus altas consideraciones en torno a otros pimpollos de plástico tipo Bros, Rick Astley o Black (casi que, en ese aspecto, prefería festejar nuestra devoción mútua por féminas como las modelos francesitas, Jane Birkin y la tan ye yé Christina Rosenvinge). Pero mi amigo debió haberme visto por alguna parte del mueble expositor algún recorte todavía sin clasificar del bello Tom con guedejas Legend y vaqueros Levi's así que su sugerencia no iba sin fundamento. La sugerencia terminó yendo a misa, que es como decir que acudimos a ver la película un sábado por la tarde con todas las incomodidades que esto acarreaba. Detestaba ese tipo de contubernios. Nos aguardaba una masa de criajos, probablemente niñas, abarrotando mi querido cine... Uf, demasiados problemas se agolpaban en mi mente, empezando porque Luis y yo podíamos quedar separados toda la proyección dada la más que plausible escasez de butacas. No fue así pero el resto de trabas hicieron, una a una, acto de presencia para atormentarme: pérdida de la concentración, postura inmóvil para no molestar a la princesita de atrás, espantoso olor a pipas y maices, obligatoriedad de aplaudir y corear al ídolo en determinadas secuencias cual liturgia adolescente que fue... Se repetía el numerito Star wars, Superman y la madre que las parió a todas... Desconecté para hundirme en un profunda somnolencia típica del desubicado que se queda en un recinto semioscuro.
¿No molaba Top gun?. Bueno, si tu futuro inmediato no pasa por alistarte en el ejército de aviación americano es raro que pueda cautivarte asi como asi. ¿No me hacía chiribitas desde la pantalla el bello Tom?. Bueno, alguna. Pero, por ejemplo, lo mejor en plan técnico lo detestaba, que eran las secuencias aéreas. Estas mismas, pensaba para mis adentros, serían motivo inmediato para darle al mando a distancia hacia adelante si es que algún día tenía video y me dignaba en alquilarla. Quedaría hecha un cortometraje de amor castrense (un soft) dado que casi un ochenta por ciento de la pinícula se le fue al director mirando al cielo.
La acción desarrollada en una escuela militar yanqui era lo contrario de mi paraíso ideal. La instructora (una actriz con hermosa cara de caballo Domecq que hoy está perfectamente olvidada) era un ensueño para los muchachos del reparto y otro tanto para los espinillosos que la contemplaban en la platea. Pero eso de tener que ir vestida de macho para que el resto de sus alumnos se fijasen en lo deseable que puede llegar a ser un superior me dio mala espina. Si ese era el mensaje críptico del filme, que lo mandasen en una botella y que se perdiese en el inmenso Pacífico. Para homofilias, las de Oxford o Venecia. Seguía, pues, erre que erre. Pero ¿qué le quieren?. ¡Acababa de correrme con un pasaje de Teleny, el salvaje!.
¿Me impactó Cruise de chupa de cuero, camiseta blanca y vaqueros?. Bueno, pero eso ya era una constante. Lo mismo podían haber aparecido por allí con esas prendas Don Cicuta y Paco Cecilio que también abriría los ojos de forma instintiva reparando en sus pliegues. La escena de los calzoncillos blancos, con el héroe del Coliseo llorando con el culo en pompa por el amigo muerto también era de lo más emocionante. Pese a todo, Cruise no me cayó muy bien. La adhesión de tantas chiquitas histéricas que me rodeaban acrecentaba esa mala imagen de monigote, típica de un primer Paul Newman. Actor, por cierto, con el que terminó haciendo su primera buena película. Y, de paso, tomando el relevo, nunca más justo, del veterano que se lo concedía a gusto al ver en el guaperas más de un punto en común. Zorro viejo que era Paul.
Como para Luis aquel era su segundo pase me daba ligeros codazos con ánimo de que atendiese a algún detalle inminente que consideraba crucial: calzoncillos blancos, el polvo al fin, la arrogancia de Val Kilmer (nunca tan bitchy)... Mi amigo me suspiraba de refilón. El, en el fondo, estaba encoñado con la McGillis. Era tan buen chico que no me lo decía.
El culto a Cruise vino lento pero seguro. Sólo en fotos (tantas las pajas...). Pero Top Gun llegaba en el momento más inoportuno: mi anti americanismo era atroz, tanto que me convirtió en una persona desagradable, muy intolerante. Sin llegar a los extremos de autoexigirme el visionado de todo el cine para adolescentes hecho en la Unión Soviética, claro. El era un sanote chico americano, un patriota más de la era Reagan. Ni siquiera le recordaba sus formas chulescas en el Rebeldes de Coppola. Su filmografía antes de la de los avioncitos era de pena. Onda Porkys con escarceos en fiascos millonarios como Legend. Mi percepción sentimental cambió por sus fotos beefcake y por Risky Business, ésta vista poco después por televisión (coincidente con mi encoñamiento temporal por la cuadra de John Hughes).
Risky
era buena. De las del género, la mejor. Y Tom vestía como lo hacían los chavalotes de mi década. Degenerado moral, com mi culto a la estética hortera, a lo comercial contemporáneo, Cruise me entró hasta los tuétanos. Me hice tan devoto que a primeros de los noventa acaparaba ya en mi habitación hasta dos mil fotografías del antíguo ídolo del aire. Compré las locandinas exhibidas en la cartelera del cine que pasaba su bodrio Cocktail. Me tragué El color del dinero y Rainman, que no en vano eran oscarizadas cintas. Y el cúlmen de mi mitomanía alcanzó instantes paroxísticos con su interpretación de parapléjico (sobre todo en la escena de los alambres del pene) en Nacido el 4 de julio. A partir de ahí, la cosa fue decayendo. Ignoro por qué, pues en la nueva década fuí puntualmente con madre a sus estrenos. Paramos en la primera Mision Imposible porque me traumatizó enormemente ver a la divina Vanessa como de mala Bond manejando un ordenador portátil en medio de un ambiente mareantemente sofisticado. La Redgrave. Tanta concienciación y militancia para acabar en estos comics. Podía haberme también recriminado a mi mismo ¿y yo qué?. Ay, malos tiempos para la humanidad selecta...

Estrenos sin desmayo
Hubo una buena remesa de estrenos el último trimestre de 1986. Woody Allen seguía cundiéndome. Días de radio fue la cita del año con el maestro judío y de sus regalos (porque yo así conceptuaba aún las pelis de este señor) más hermosos. Un homenaje sincero a su infancia a través del invento de la radio. Era una película sensible y sofisiticada, glamourosa y humilde. Una película que no caía nunca en localismos pues los españoles de la posguerra también sabíamos lo que fue ser educados al calor de una radio de cretona. Divertida y trascendente. Y salía Mia Farrow, que es una actriz que le da rabia a todos mis amigos pero que a mí me transmitía calidez. El ambiente no podía ser más macisteño. Tanto como que no salía ni un sólo aviador del ejército norteamericano realizando unas maniobras orquestales de la muerte. Lo hacían Roger e Irene fingiendo estar en camisón porque se acogían al divino embrujo de la magia hertziana. Secundarios de antología. Matrimonio de la radio de los años cuarenta expertos en potines sobre famosos y cuya sección matutina eran unos desayunos de los que rápidamente me apropié. Tanto esta secuencia como todo el filme de Tati visto el pasado verano (Mon oncle) con su diseño del hogar del protagonista me causaron tal impresión que mi programa de radio casero pasó a llamarse Domestic Pop y recogía las esencias vintage de unos mundos tan distintos (autobiográfico uno e irreal el otro) como los que me habían revelado ambos cómicos.
Estética aparte, los estrenos de la temporada de invierno tenían sabor a realismo disfrazado de parábola, a problemas de adolescentes en tiempos que juzgaba heróicos. Cine hipersensible y tierno. Películas que hoy ya nadie recuerda como Mona Lisa, El año de las luces o Yesterday. La primera era una fábula maravillosa de Neil Jordan, donde se utilizaban referentes básicos como el cuadro de Leonardo o la melodía de Nat King Cole para ahondar en aspectos claves de la persona enfrentada a una sociedad hostil: la integridad del individuo, básicamente. La Manipulación ajena, también. Cathy Tyson como prostituta de lujo le daba mil vueltas a la futura Pretty Woman. Y Bob Hoskins simplemente se salía. Me hizo llorar.
El año de las luces no me hizo llorar (y eso que era una comedia agridulce) pero algo de baba se me escapó con Jorge Sanz, adolescente de mi quinta. Pese al progrerio de Trueba, pese a que se pasaba de refilón por el crollo de la guerra civil entendida por un bando, las cosas se enfilaban de otra manera. Se hablaba de la iniciación sexual en una España reaccionaria y capadora y se hacía desde una holgura de medios de la que carecía el cine precedente de este director. Sin embargo, la película para mí era Jorge Sanz, por más que a la Verdú (presencia cargante por antonomasia de nuestro cine más reciente) se la vendiera como la revelación total. Jorge era abrazable y tan pajero como yo. Era un amor entre balbuceos (empezaba a no entenderse lo que mascullaba, tara que aún no me resultaba molesta. A fin de cuentas a James Dean cuando fue Carl Trask, su padre lo tuvo que mandar "al este del edén", que era la manera de mandar antes a la mierda a los hijos, porque no se le pillaba gran cosa). Mi recuerdo del niño de Crónica del alba, incluso de su pequeño Conancito facilitó que me enterneciese más si cabe al ver cómo de bien se había desarrollado el mozuelo (nada de desgarbo ¡y antes de la época del desarrollismo!).
Por lo tanto, los mini mitos y amores de entonces iban apareciendo por casualidad. Sin recomendación. La vida misma. Ese flechazo, esa capacidad de conmoción tiende a ser la mejor, la más perdurable. Pasó algo similar con Yesterday, película polaca de Radoslaw Piwowarski sin mayores referencias que las de haber sido premiada en el último San Sebastián. Era la primera vez que entraba en el Valle Inclán coruñés, una especie de Cines Renoir a la gallega, probablemente la única sala de por aqui dedicada a emitir películas subtituladas. Y fue una maravillosa sorpresa. Porque sin saberlo me topé con otro adolescente como riguroso protagonista (Piotr Siwkiewicz) desplazado a unos años queridos (mediados de los sesenta), justo cuando el huracán Beatles sacudía hasta los inviolables cimientos de los paises del Este. Yesterday era en palabras de su director "una película sencilla que habla de cosas importantes". Supongo que esta agradable definición aludiría a esa costumbre del cine polaco de buscar implicaciones sociopolíticas hasta en la anécdota de una canción pop si es preciso. Pero su mensaje era bien tragable, porque aludía a los sentimientos, a la incomprensión del mundo adulto para con una juventud ansiosa de una modernidad que le había sido vetada. Los toques de comedia se alternaban con otros más graves, en donde la Iglesia quedaba muy mal parada, al igual que la Polonia cerrada de Gomulka. Mi afecto por aquella pandilla estudiantil, muchachos que querían formar un grupo emulando a los de Liverpool, fue inmediato. El leitmotiv de la tonada inmortal de Lennon y McCartney acentuaba una cierta catársis emocional que en el caso de realizadores como Kusturica resultaban, en mi opinión de entonces, como un "quiero y no puedo" de lo más tostón. El joven Piotr no tendría la consideración cinéfila de un Zbigniew Cybulski, actor por el que me interesé pronto al leer que en los sixties la crítica lo calificaba como el James Dean polaco a raiz de sus papeles inconformistas y rebeldes con el maestro Wajda pero, considerando que el bisoño Piotr había hecho un gran trabajo y que tanto Yesterday como Manuscrito encontrado en Zaragoza, interpretada por Cybulski veinte años antes, habían sido premiadas con el máximo galardón en el mismo Festival de Cine, no debía ir muy desentonado en mis reflexiones al equiparar a uno con otro. Reflexión del día, en todo caso. Seguían mandando en mí más el corazón y el instinto que una profundización metafísica o la coherencia intelectual. Meses después, con Au revoir les enfants logré la cuadratura del círculo.

continuará

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