22 febrero 2010

SEMANA ESPECIAL Aquellos juncos salvajes (5)

Capítulo cuadragésimo segundo

Teleny
"Era un muchacho de veinticuatro años, de talle esbelto , cabellos cortados a lo Bressan, de un extraño color rubio-ceniza, matiz éste debido, como más tarde pude saber, a una ligera capa de polvo, y que contrastaba de manera singular con el negro de sus pestañas y de su fino bigote. Su tez tenía esa blancura mate propia de los jóvenes artistas. Sus ojos, que a primera vista parecían negros, eran de un color azul sombrío y, aunque en general parecían tranquilos, cualquier profundo observador hubiera notado en ellos a veces una espantosa fijeza, como si se hallaran capturados por alguna lejana y terrible visión, para dar de inmediato lugar a una expresión de terrible hastío".

O. Wilde

Haberme iniciado en Wilde a los dieciseis con esta guarrería típica de la colección La sonrisa vertical me hizo comprender que los caminos de la intelectualidad y los del erotismo no tenían por qué ir en líneas opuestas a una trayectoria personal pretendidamente coherente. Con menos palabras: que el sexo y la cultura no tenían porqué ir separados. A Wilde y el dandysmo los identificaba con algo muy cursi. O mejor dicho, extrañamente cursi. Con un inequívoco sabor a depravación y, a la vez, de guardar las formas bajo los acicates de la elegancia escrupulosa. Típica sensibilidad fin de siglo, Wilde era en la España de mi adolescencia -cien años después- sólo recordado por De Villena en sus colaboraciones en La Luna de Madrid. Bien es verdad que pasado el boom de los nuevos románticos, la huella que dejaban estos cantantes en mí no podía ser más híbrida. Gentes como el bello Adam Ant o los no menos hermosos Spandau Ballet convirtieron unas formas de vestir vagamente wildescas en un fenómeno de la moda pasajera con algo de pintar el indio y que no era sino un deja vú ochentero de lo que se había ya operado en los sixties con las casacas sicodélicas (pero originalmente pertenecientes a algún oficial que luchó en las calles de Jartum) vistas en tantos escaparates de Portobello Road. Escaparates decorados, de paso, con posters de un Aubrey Beardsley que había dejado de ser demoníaco para terminar siendo simplemente sensación. Si acaso, con más abuso de rimmel, pues el fulgor del glam aún pasaba factura si lo que se pretendía era jugar en última instancia a la ambiguedad. El terciopelo negro y las chorreras de blonda, los trajes de gaucho y pirata de Spandau que se convertían en las kiffiyas puestas de través no eran menos degradantes que toparse a un dandy posmoderno paseando su maniera por tascas y Rock Ola's (el dandysmo del pueblo consistía en cada uno creerse diferente yendo todos iguales).
Escaso de referencias en torno a lo que fue el mundo de tío Oscar, esperando a que Ivory me impactase con su pastelería gay ante la obra de Forster, iba intuyendo el refinamiento que había en el romanticismo inglés con series tituladas, precisamente, El último romántico (sobre Disraeli) o La caída de las águilas (sobre el fín de las monarquias centroeuropeas) donde proliferaba esa elegancia un tanto desmayada, idónea para embaucar a los middlebrow de la clase media. Siguiendo en la televisión BBC, con los Tudor y las pesadas esposas de Eduardo VIII quedé hasta el forro en mi infancia de tantas lecciones de historia cuando éstas se remontaban a siglos anteriores. Pero Wilde y su época eran un item, un símbolo, un referente. Y, ante todo, un deber, una lectura obligada que no se llegaba a materializar ni a la de tres pues seguía sin sentirme con ánimos suficientes para abonarme a la biblioteca pública.
En un pequeño rastrillo encontré Teleny y sin pensármelo dos veces lo compré a un módico precio. Pude haber elegido otros volúmenes de la colección berlanguiana: estaban todos los clásicos. Colección de connotaciones sociológicas típicas de la transición (La sonrisa equivalía para el ciudadano medio lo que la apertura de las salas X o los pornos de kiosco). Libros, por ende, prohibidos durante décadas en esta España donde se solían prohibir los libros. El ABC de la cosa guarra pero con clase, que iba de Pierre Louys a Apollinaire pasando por la inevitable Lady Chatterley. Era literatura heterosexual, por supuesto. Asi que pensando en que se trataba de Wilde me pareció lógico que como representante de las minorías bien podría colmar sin excesivos problemas mis premuras de masturbaciones inteligentes.
Teleny
me entusiasmó. No era una novela abiertamente gay, hay muchos pasajes que incluían amores normales, tan bien descritos, tan minuciosamente gozados en su narración que en seguida deduje que tío Wilde también fue para la posteridad papá Wilde. Todo tendía a lo bello, hasta lo sórdido. A lo remilgado, a lo preciosista. Había exhibicionismo inaudito y enormes sentimientos de culpabilidad. Sexo delincuencial, asesino. Me elevé partiendo de una situación tenida por sus protagonistas por anormal. Y placentera precisamente por ello cuando los amantes se volvían locas. Es decir, que la homosexualidad que nos ofrendaba el escritor era todo lo contrario a un movimiento de liberación moderno bajo las insignias FAGC. Colmó mis expectativas consciente de que aquella novela no tendría continuación en la obra del supremo dandy. Principalmente porque no la habría firmado de principio a fin. Según apuntaba Alberto Cardín en el brillante prólogo a la edición vertical, que la tradujo gracias a unas fotocopias entregadas en su momento por Armand de Fluviá, la paternidad de la obra no correspondería por entero al autor si no que, pasado el manuscrito a las editoriales, el texto fue variando conforme las aportaciones libérrimas de diferentes amigos suyos.
Con Brideshead aún muy presente, me imaginé cosas que no fueron filmadas en la serie televisiva entre Charles y Sebastian. Fueron pajas mentales de alto contenido estético. Y con el librito por bandera (cuya portada no aportaba nada en absoluto) exhibido durante una semana en la cabecera del pupitre, me sentí dandy tristón, volví al negro, a ducharme a diario (y no sólo los domingos) sin pensar que aquella actitud era un poco de derechas (Wilde no era Lorca). O más bien de centro. Porque Wilde era el término medio entre el llanto y la resignación, entre la ironía y el chillido, entre la contención y el desmelene. Homosexual pero no descarado. Artista pero sin desacato para el público. Atrevido pero nunca temerario. El patinazo social con Lord Queensberry fue tan sólo eso, un patinazo (irreversible por la época en que sucedió) pues su trayectoría e imagen antes del delito moral le hacía ser en todo momento aceptado por una sociedad que buscaba y encontraba en él el buen tono y ese punto de excentricidad tan de los suyos.
Lo que yo busqué a partir de mi enganche guarro con el dandy fue más literatura oscura y maldita. No el De profundis sino ligerezas. No dolores sino alegrias. Tal vez la Afrodita o aquellas "once mil vergas" del otro francés. Tantas vergas fueron que no cabrían en ningun álbum plastificado de revistas de porno vulgar.

"¿Podría llamarse lujuria al fuego inextinguible que nos consumía? Ambos parecíamos animales hambrientos que encontraban al fín pasto abundante, y mientras nos abrazábamos con una avidez cada vez más grande, mis dedos acariciaban sus rizos y la piel suave de su nuca. Nuestras piernas quedaron trenzadas y su pene en erección comenzó a frotarse contra el mío, tan duro y erecto como el suyo. Estrechamente pegados uno a otro, uniendo nuestros cuerpos en el más estrecho contacto, jadeantes y sacudidos por violentos espasmos, mordiéndonos y cubriéndonos de besos, debíamos parecer, en mitad del puente, y en medio de la niebla, dos condenados sumidos en el tormento eterno".

O. Wilde

Morrisey
The Smiths se sumaron a mi lista de iconos selectos. Tras Brideshead y Teleny (y a la espera de Maurice y Another country) los soniquetes de Morrisey, Johnny Marr y los otros dos pardillos me ofrecían otro ejemplo de romanticismo homófilo inglés. Sin la sofisticación make up de Spandau, canciones como This charming Man o Heaven knows I'm miserable man me elevaban el espíritu. Me enamoré como tantos muchachos solitarios de los ochenta del viperino Morrisey. Más concretamente de su voz, siempre emocionada y sensitiva (nada que ver con la que se gasta el espanto actual Antony, el de los Johnsons). Chicos tan cool los iba asociando a un tipo de cine, no de ambientación dandy, antes bien suburbial y obrera, típica del movimiento de los angry young man. No había visto sus videos pero no desentonarían intercalando a sus melodías secuencias de filmes de Tony Richardson o Karel Reisz. El grupo se revelaba cinéfilo y bien mitómano. No había más que ver esas portadas, auténticas declaraciones de principios (incluso de inclinaciones sexuales). No sé por qué identificaba a Morrisey con el laborismo. Resultó una idea tan errada que hoy en día me sonrojo al recordarlo. Tampoco es que entendiese sus letras. Pillaba el reel around the fountain y ya me bastaba para conceptuar al autor como de magnífico letrista. Luego supe la repercusión que tuvieron en su país. Que toda una generación de muchachos ingleses los adoraron sin reserva. Que las letras de sus canciones fueron fatídicas para la deificación pues hablaban de chicos y chicas tristes, incapaces de ligar, presos de sus propios prejuicios y dolores adolescentes. Chicos y chicas feos, acnéicos y algunos autistas, como lo fueron en su tiempo Rita Tushingham y Tom Courtenay. Y cuando se separaron provocaron suicidios colectivos entre sus tontos seguidores. En España no nos dio tan fuerte pero su estela la recogieron, aún con el grupo en activo, unos que en verdad daban la talla: pienso que Coppini en su etapa Golpes Bajos fue un pintoresco émulo de Morrisey. En Portugal, otro tanto diría de Rui Reininho de los GNR, cuyo Dunas me encantaba.
Morrisey era el alma de los Smiths. Su carrera en solitario demuestra que en él estaba la pluma, el cerebro, la sensibilidad. Fue una etapa que sus fans tienden a minusvalorar, cuando en realidad es la más sublime de todas. El problema radica en que el encanto físico de este hombre (que nunca supe si era guapo o feo) iba menguando conforme engordaba. Y esto para éste Dorian Grey fue un mazazo. Su carisma mediático sufrió serios perjuicios conforme se aislaba más y más del mundo (y, por lo mismo, del amor al prójimo y del sexo). Nada nuevo en el mundo de los fans. Habría que ver cómo sería el culto histérico por James Dean si éste no se hubiera pegado el gran hostiazo en su Porsche.
Sus declaraciones a la prensa musical siempre han venido cargadas de polémica. Pero no polémicas tontunas como las de los Pet Shop Boys (que se reducen a ser malas con los cuatro grupos que venden. Esto lo copiaron luego Fangoria) sino implicándose en lo político-social. E incorrecto hasta la antipatía de los demócratas (sus opiniones sobre el IRA, su nacionalismo radical, cierto facherío con mucho de racista). Es cuando nos acordamos de estribillos demoledores como Cuelga al Dj (verdadera sentencia inclemente frente al horror del hooliganismo de las raves británicas) pero, sobre todo, de portadas como la de The queen is dead que cobran un nuevo significado, más allá del fetiche erótico de regalarnos la vista con un Delon juvenil. Porque aquello era, además de un tío bueno, un fotograma de L'insoumis. Esto es, de un agonizante que desertó de la guerra de Argelia.
Este disco, así como sus primeros recopilatorios, también fueron exhibidos por Maciste en el pupitre de marras, que cada vez se diferenciaba más del de la cantante mexicana María Eugenia Rubio mientras se iba pareciendo en sus complementos a una pequeña hornacina no apta para las masas. Mis compañeros más educados se mantenían al márgen, entre perplejos y reservados, de lo que era a todas luces una manía de maniático. Pero también había en toda ella un grito ahogado por declararme diferente cuanto antes mejor. Los más brutos, en sus medianías, parecían estar deseando someterme a un desafío de fetiches que implicase el reconocimiento de mi anormalidad sexual. Lo que pasa es que sus inclinaciones eran terríblemente mediocres como para que el reto fuese de igual a igual. Aquel gilipollas que me sacaba una revista de putas y, todo prepotente, me la ponía en las narices. La tarea era la de tener que adivinar cuál era la furcia más buena de la maravilla impresa. No se daba cuenta de que aquello estaba tirado, hasta para el impotente de las rameras serie Z. Porque al impotente (o inmune) hacia lo freak ya se encargaba la sociedad heterosexual de consumo de restregarle con constancia machacona cual era el modelo de belleza femenina que vendía: la hembra hipertrófica, conforme los últimos gustos del pop tetudo. Echaba un rápido vistazo y le señalaba la de domingas más enormes, la de culo más orondo, la de expresión más voraz, la menos fina. El otro, evidentemente, sabía que había acertado, pero jamás daba el visto bueno. A fin de cuentas, el torso de Joe Dallesandro (tan puta como las otras pero bendecido por el pop art), ese que tanto parecía irritarle desde aquel vinilo morriseyano posado en las patas del pupitre, invalidaba por narices cualquier correcto juicio que pudiese salir de las limitadas entendederas de un pobrecito subnormal.

continuará

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