17 febrero 2010

Estampas de santos. Por el reverendo Belcebú von Bleu

LOS CUARENTA LEGIONARIOS DE SEBASTA

Queridos hermanos. Pero ¿qué pinta me traen hoy?. Yo que vengo circunspecto y patidifuso con algo de atolondrancias... Y es que me acabo de encontrar este volúmen de hojas amarillentas de la Era de los mártires perteneciente a mi mentor (q.e.p.d.), fray Gerardo de los Valles, que me viene como anillo al dedo meñique para mi homilia de stasera.... Atiendan bien. Busco en el índice. Y, una vez encontrada la página, ya sólo pido que me escuchen:

" Sucedió un poco al norte de Melitene, en la ciudad llamada Sebastia (más exactamente Sebaste) donde la legión tenía quizás un fuerte destacamento.

" Los cuarenta legionarios eran bastante jóvenes, más o menos de unos veinte años; en su "testamento" envían el último saludo a los seres queridos; y uno sólo saluda a la mujer, al hijito, uno sólo a la novia, mientras que los otros saludan a sus padres que viven todavía; por lo tanto, la mayoría debía de hallarse en la primera juventud. Al llegar al campamento la orden de Licinio de que los soldados debían participar en los sacrificios idolátricos, ellos se negaron claramente; arrestados inmediatamente, fueron atados todos a una sola cadena, asaz larga, y luego encerrados en la cárcel. La prisión duró mucho tiempo, probablemente porque se esperaban órdenes de la superioridad, quizá -dada la gravedad del caso- del mismo Licinio. Durante esta espera, los encarcelados, previendo su fin, redactaron su "testamento" colectivo, que escribió uno de ellos, un tal Melecio.

"Llegó la sentencia que condenaba a los cuarenta a morir por aterimento; en pleno invierno debían pasar la noche desnudos en la superficie helada de un estanque y esperar allí su fin. El lugar escogido para la ejecución parece que fue un amplio patio que había delante de las termas de Sebastia, donde los condenados se veían sustraídos a la curiosidad y a la simpatía del público y al mismo tiempo podían ser vigilados por la gente de servicio de las termas. En el patio había un amplio depósito de agua, una especie de estanque, que estaba en comunicación con las termas. Basilio dice que ese lugar se hallaba en medio de la ciudad y que la ciudad estaba junto al estanque; quizás el depósito de agua, al servicio de las termas, no era sino una derivación del verdadero estanque exterior.

" Sobre esta lastra formada de hielo, a una temperatura muy baja, debieron ser espantosos los tormentos experimentados en el cuerpo desnudo. Para aumentar el espasmo de las víctimas, se dejó abierta con toda deliberación la entrada de las termas, por la que salían, juntamente con la luz, los escapes de vapor del calidarium; para los mártires era una visión terriblemente sugestiva, porque habrían bastado unos pocos pasos para librarse de los tormentos y asirse nuevamente a la vida que iba escapándose de sus cuerpos minuto por minuto. Pero había en medio una barrera insuperable: Cristo invisible, del que ellos habrían tenido que renegar. Las horas pasaban terríblemente monótonas, ninguno de los condenados se alejaba de la superficie de hielo; el vigilante de las termas asistía como trasoñado a la escena.

" De repente uno de los condenados, extenuado por los espasmos, se arrastró hacia la puerta iluminada; pero allí, por un hecho fisiológico normal, apenas se vio envuelto por los vapores calientes, murió. Movido por esta escena, el vigilante, en un transporte de entusiasmo, decidió substituir al pusilánime, reintegrando el número de cuarenta; despojándose de su vestidura, se proclamó cristiano y se extendió sobre el hielo entre los otros condenados.

" El alba del día siguiente iluminó un campo de cadáveres. Uno solo de los cuarenta vivía todavía; era el más jóven, un adolescente al que algunos documentos dan el nombre de Melitón. Esta tenacidad de vida sorprendió a su madre, una cristiana de fe admirabilísima, la cual estaba presentada cuando los cadáveres eran colocados en un carro para llevarlos a sepultar; al ver que dejaban aparte a su hijo porque vivía todavía, le cogió en sus brazos y le llevó ella misma al carro, para que no quedase privado de la común corona. Esos brazos que unos años antes le sostuvieron como niño de pecho, ahora le sostenían como atleta triunfante. En este abrazo maternal expiró el adolescente".




Ay, hermanos. No me digan... están abatidos, diría que ausentes... No. Les aburre mi discurso. Era de los mártires, ni más ni menos. Me decepcionan ustedes, si, asi de claro se lo digo. Ya caigo... ¡han venido disfrazados!. ¿Será posible?. Indignos sodes de estos cuéntulus. Me retiro a mi celda a perfilar un peplum. Vade return.


AMEN

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