16 febrero 2010

Dirigido por...fa: Gus Meins y The Newlywed's neighbors (1926) / The Newlywed's mistake (1927)


El dibujante George McManus (1884-1954) fue un artista mordaz, hipercrítico con la clase media norteamericana a través de historietas memorables como Los recién casados y, cómo no, con su obra maestra Educando a papá. Los personajes que él se inventó representaban tanto la vitalidad de una clase social sustentada por el auge económico típico de entreguerras como la ridiculez en la que iban cayendo en cada uno de sus actos al añorar en todo momento una posición superior (burguesa) poco a poco finiquitada del Sistema americano.
Los aficionados al comic clásico siempre están de enhorabuena al descubrir adaptaciones cinematográficas de estas y otras muchas tiras, por cuanto suponen un documento de inapreciable valía, reafirmando lo mucho que guardaron en común en los años veinte y treinta los dos medios de expresión, artísticos por excelencia de ese país. Lo curioso además es que en el caso de The Newlywed (matrimonio de recién casados con hijito destructor) fue puesto en trepidantes imágenes por un alemán emigrado. Gus Meins era un enamorado de los tebeos. Su ajustadísima manera de entender las filias y las fobias del pais de acogida, más que una evidencia. Durante los años diez había sido dibujante de historietas en el Evening Herald de Los Angeles y pronto los estudios de la Fox lo contrataron como guionista de comedias de Mack Sennett (1919). Dirigió asimismo numerosos cortos de humor en la Universal y en la más modesta Stern Bros. Eran los años veinte y Gus encontraba un verdadero filón en las adaptaciones comiqueras, concretamente en las kid strips más populares del momento. Suyas fueron las largas peripecias de Buster Brown, por ejemplo. Y después de colocar todo el nonsense del mundo en la macmanusiana de los recién casados pasó a colaborar con el equipo de Hal Roach y sus increibles Our gang. Esto sucedía en los años treinta, en pleno auge del cine sonoro, si bien vemos como Gus no abandonaba en absoluto la querencia por el mundo infantil.
La serie que nos ocupa es imposible calibrarla en su totalidad en tanto que la gran parte del material (unos 39 cortos) se ha perdido. Por eso que al traernos el canal Arte junior dos de la tanda, uno se pasma con lo alucinante de unas propuestas humorísticas dignas de la mejor escuela del género. Situaciones delirantes, slapsticks a go gó y demoledoras puyas contra el american way of life (en especial, sus instituciones) procuran elementos de vigencia al mismo nivel de otras similares y con mayor reputación. Si bien la única rémora sea el absoluto protagonismo del actor de tres años Sunny Jim McKeen, verdadero monstruo insoportable al que Meins mimaba desde un sentimiento ambíguo de atracción-repulsión que daría que pensar. Los otros protagonistas son, evidentemente, sus papaítos (los recién casados del título. Es de suponer que, por mera concesión a una moral Mayflower, llevarían como marido y mujer unos tres años como mínimo, que era la edad de la criaturita que engendraron). El padre (Joe Dooley) es un anodino hombre con aspecto de funcionario pero que siempre anda envuelto en problemas con la justicia (en The Newlywed's mistake surge en casa un agente de la policia con una orden de arresto por intentar robar el piano de un vecino). Su jóven esposa (Derelys Perdue) es una frívola muy años veinte, preocupada sólo de conservar su status, unas apariencias, un cierto tipo de elegancia moderna. Afeites, vestuarios renovados, confort doméstico, electrodomésticos a la páge. Intuímos que de soltera la madre del monstruito (al que ya podemos ponerle nombre, se llamaba Snookums) estaba noche sí, noche también de flapperescas linen parties por los mejores clubes de la ciudad.
Gus Meins conocía a fondo las leyes básicas del humor visual y nos dejó, en especial en el corto del vecino, unos sensacionales gags llenos de gracia y velocidad. Momentos que ya antes donaron individualidades (Lloyd, Keaton, Chaplin, Langdon) ahora aplicados a una familia de clase media. Toda la parte primera que sucede en el jardín que comunica las dos casas parece recoger una tradición milenaria que arrancaría de los mismísimos Lumiere (ahí las maldades del bebé con la manguera que tomaría como préstamo El regador regado). Y en el jardín todos los objetos comunes se tornan endiabladas armas que el querubín utiliza para aniquilar a su petulante vecino, como bien nos enseñó otrora el mago Méliès. La siguiente secuencia es vertiginosa, pues saltamos de un brinco loco hasta las avenidas de la localidad por donde circulan a mil por hora el vecino convertido en auto humano al ir a rastras (atado por la pierna a un coche con una cuerda) y el niño feliz sobre su estómago a guisa de pasajero.
Snookums no deja títere con cabeza. Trae a todo el mundo por la calle de la amargura. Se ampara, más bien se aprovecha, de su situación de menoría, y utiliza sus derechos para ridiculizar a los mayores, sean quienes sean (esto luego lo haría muy bien la Temple, si bien lo suyo era mímesis-afán de desprestigiar-eclipsar a la diva adulta para ponerse en su lugar, inmunizada por el candor de las abuelas yanquis): jueces, policias, los vecinos o los propios padres. La omnipresencia del niño es lo que puede hacer los cortos un pelín cargantes. Su manera de vestir, esos complementos, su extraño churrito capilar (puntiagudo, como si se tratara de un unicornio o un punkie en pruebas, que se baja y se sube según los bajones anímicos) corresponderían a un crío más pequeño. Eso acentúa su antinaturalidad. Lo malo es que el actor Sunny Jim tenía mucho desparpajo y era muy guapo (hubiera sido un Little Nemo perfecto). Rubio. Ojos azules. Dientes de leche blanquísimos. Carita de ángel, en definitiva (probablemente un caprichito fuera de las cámaras para el director, que años después se vería envuelto en un luctuoso caso de abuso de menores por lo que lo encarcelaron una temporada, condicionando este hecho el resto de su vida).
Sunny fue una gran mini estrella de las matinés en los años veinte, antecedente en repercusión mediática a la super baby diva antes citada. Pero antes de que Shirleycita llegase (tal vez paralelamente al furor del charlotiano Chiquilín) y se dejase arropar en la cama del hospital por el mismísimo Thomas Mann, preocupado por su sarampión (estos tedescos...), antes incluso de pasar al molde a través de millones de muñecas fabricadas en serie que la reproducían en plenitud pre púber estuvo este niñito. Con el permiso de su familia real conoció a presidentes, posó como un sex symbol para silentes pedófilos (esa foto que publico más arriba que parece decir en didascalias: Ven, estoy solito en mi moisés. Te dejo que me midas la temperatura) y, ¡cómo no!, consintió sin excesivos pucherines que explotasen su imágen en caramelos, gorras, figuritas y muñecos. Cobraba cantidades desorbitadas. Nada nuevo en aquella Babilonia a punto de descubrir el horror de los micrófonos.
Sunny siguió unos años más haciendo cine. Es posible que de haber sobrevivido a la década de los treinta se hubiese enganchado muy acertadamente a la serie Our gang. Pero no pudo ser. Una enfermedad de la sangre se lo llevó al limbo de las criaturitas celestiales a la tierna edad de ocho años. El pelo pincho lo heredaría Alfalfa (mucho más feo pero sin duda más digerible). Y es que pese al vitriolo de Meins y McManus, el ejecutor era tan o más estrangulable que las víctimas que le salieron al paso (por muy representantes que fueran de algo bien severo).
Meins acabó suicidándose a principios de los años cuarenta. Al parecer no aguantó la presión moral que acarreó el asunto aún reciente de su arresto policial. Le habían rescindido hacía poco su contrato con la Republic. El torbellino Snookums acabó de alguna manera también con él. Dejó viuda y un hijo de veintidos años (el actor Douglas Meins, que vio truncada su carrera de manera fulminante por el escándalo de papá).


Otros títulos de la serie:
The Newlywed's surprise (1927) / The Newlywed's Christmas party (1927) / The Newlywed's servant (1928) / The Newlywed's success (1928) / The Newlywed's pests (1929)

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