10 febrero 2010

Apuntes macisteños

* Mañana liadísima. Horas en el ambulatorio para que me den unas simples recetas para madre. Vuelve al hierro. No le va a hacer gracia. Entiendo el retraso de María Esther: está explicando a los viejos la nueva modalidad de recetas sin receta. El esperar se va a acabar durante al menos lo que dure un trimestre. Llego a casa a las tantas del mediodia y aún debo colgar ropa en el tendedero y preparar un guiso de carne de vaca. Por si esto fuera poco la sartén se medio incendia. Así que seré breve. Y no debería, pues han pasado cosas este último mes... impresionantes.
Primero le agradezco a Francisco sus entrañables comentarios de niñez. Un placer verte por aqui. Lectores novedosos... que se atreven.

* La última página de la geriátrica relación de conveniencia entre Jose el chapero y el alemán ha puesto el punto y final justo y necesario con la muerte del octuagenario. Muerte súbita, inesperada, si. No dimos crédito. Es de suponer que tras la desaparición de Jose (octubre del pasado año), el otro no pudo sobrellevar el miedo a la soledad, el peso de la conciencia o lo que fuera y se quitó de en medio. Ataque de lucidez entre tanta baba senil. Se empastilló de mala manera y a dormir el sueño eterno. Eso es lo que creemos más de uno porque lo que contó la prensa local y la televisión gallega era algo distinto, como suele suceder. Más objetivo (o ciencia ficción). Pone el periódico que dejó abierta la ventana. Al menos fue higiénico. Apareció en la cama. Llevaba días asi. Los vecinos se alertaron al no verlo hacía tiempo. La guardia civil rompió puertas. El hijo se llevará todo el capital, me imagino. Esto no es Romeo y Julieta pero el cabrón del alemán dejó dispuesto seguir a su amado chulito hasta la eternidad. Es la comidilla de connaiseurs de aqui.

* Otro de los chismes que circulan son mucho más livianos y atañen a la carroza barbuda que da la comunión en la parroquia. Una paya feísima, fan irredenta de Camilo Sesto, mala y orgullosa como sólo lo pueden ser las carrozas barbudas, a la que una maricona igual de mayor e igual de mala, parecidísima por cierto al aviador Lindbergh con algo de la Hepburn cuando se le dio por volar al principio de su carrera (es podóloga argentina, en realidad. O sea, no tiene nada que perder) fue siguiendo hasta la sacristía después de que la primera pusiese a la segunda enhiesta y como burranga en un bater maloliente sin concluir el tema. Cuentan que la podóloga de altos vuelos no tenía pelos en la lengua y dejó a la barbuda, que escapó hasta la guarida del señor cura como quien ve al diablo en persona, a la altura de un pingo ¡y delante del sacerdote!: que si una cristiana no debe esconderse en la catacumba si no afrontar el problema de frente; que, abuela como era, le hacía falta más recato; que cómo el cura daba permiso a un pajillero para repartir la sagrada forma (coméntase que es racana en los trozos, que más que hostias da muestras, no en vano ella fue retalera de profesión) y así. Yo todo esto no me lo creo, no me entra en la cabeza que alguien del gremio tenga la suficiente jeta para presentarse con este melodrama al párroco, que considero que es honesto en sus votos. Eso sí, me consta que la barbuda las dá con queso. Las eucaristias, digo. Le estaría bien empleado por orgullosa, discriminadora del homosexual de calle y otras cosas que me les guardo por recato y respeto al lector, que estos duelos de titanas ni le van ni le vienen.

* Termino este ameno apartado de chismología ambiente con Rafa. Una tarde, completamente ebria, me contó que acababa de gritar como una loca por culpa de unas vecinas que fumaban como carreteras en el portal y le metieron picor de garganta que se abrasa. No me quedó ninguna duda de lo primero. El puede. Eso sí, lo del picor de garganta ya me parece que no sea por el humo: es la venérea que arrastra. Al día siguiente, por la mañana, tropezamos en el ambulatorio. Tiene un ojo de la cara rojísimo. Me ha dicho (o nos ha dicho, porque su voz es portentosa) que ha estado rascándose la niña y que sospecha que se le ha desprendido toda la retina. Lo perdí entre el tumulto. Se alejó gritando con ganas y moviendo los brazos como un pajarito agita sus alas. Como ella misma. Yo a Rafa lo respeto una barbaridad. Tengan en cuenta que a sus sesenta años acaba de quedarse huérfana.

* Me alivian ciertos reencuentros. De hace quince dias a esta parte me tropiezo con antíguos amantes. Por la calle, Juan. Dos veces. Una, nos cruzamos y me mira. Iba acompañado. Sigue igual de delgado y de moreno. Con sus gafitas que le quedan tan bien. Otra, saliendo solo de Atox. Qué intrigante... ¿Será un voluntario?. Sé que estuvo enganchado al jaco en su adolescencia, que pidió en iglesias por la puta droja. Pero luego salió de aquel mal rollo. Vine yo, como vendrían algunos más. Y se casó y tiene un niño (bien se encargó una vez, por las fiestas del barrio, que me diese cuenta del detalle...). Me volvió a mirar. Pero cada uno seguía a su vida... A ver si coincidimos pronto en un punto clave para un polvillo rápido. Lo que más me gustaba del chaval era lo acariciador compulsivo que era y lo mucho que honraba mi profano ojete.
Otro reencuentro. Este fue de epopeya. Pedro retorna después de más de un año de ausencias. Justo el día en que escribía sobre mi desvirgue en los Juncos. Publiqué aquello cerca de las tres de la tarde. A las tres y media estaba timbrándome al telefonillo. No me lo podía creer. ¡Qué sincronía!. ¿O es que acaso es lector habitual de mi disparatado blog?. No se lo pregunté. Dejo el resto de su visita para la semana que viene.
Como dejaré también para entonces el nuevo polvete con Victor, que sigue en Vigo pero que me lo topo un lunes por la calle acompañado de un espléndido mozarrón, mayor que él y al que primero se me fueron los ojos debido a lo abultado (y libre, en contínuo movimiento) de su paquete chandalero. Debo reconocer que soy muy poco fisonomista y que en seguida que se me disfrazan un poco me pongo como ciego. Y eso es lo que me pasó con Victor. No me di cuenta de que se trataba de mi chico loco. Mi instinto me decía que me atraía, pero... Iba con una gorra, se había rapado la cabeza. Tal vez no me lo imaginaba en la ciudad, o es que acaso caminar junto a aquel obrerote que hacía dos Victores me obnuviló. Luego me enteré de todo. Era él. Y de quién era el acompañante. Su hermano mayor, ni más ni menos. Todo cuadraba. Si es que se parecen en la cara. Probablemente también en el rabo. Si el del veinteañero es victorioso, el del senior apuesto que será de alucine. Dejo también el encuentro macisterótico para el próximo miércoles.
Y para el próximo miércoles aguardo sumar a los anteriores la cita obligatoria de Jose el escayolista, que aún no se produjo.... Digo obligatoria más que nada porque no suele faltar la semana de San Valentín. Pero, sobre todo, porque ayer nos topamos. La última vez que lo vi fue durante la cabalgata de Reyes, con el crío. Ayer iba caminando por el centro, todo guapetón y afeitado. ¿De dónde vendría, a dónde iría?. ¿Habrá perdido el chollo?. Un hola rápido fue nuestro saludo. Nos vemos pronto, ¿no? le pregunté. Si, afirmó todo convencido. No lo dudo. Peazo de macho del proletariado. Ya saben ustedes que a mí Jose me gusta mucho...

No hay comentarios: