26 enero 2010

SEMANA ESPEC IAL AQUELLOS JUNCOS SALVAJES (4 )

Capítulo trigésimo octavo

Y a la tercera...
No tripití segundo de bachillerato. No lo hubiera tolerado el mundo. Ni mis padres ni mucho menos los salesianos que me hubieran desalojado ipso facto de allí. Pasé a tercero. Jodido el curso. El más jodido de todos, pese a que se me daba a elegir entre Ciencias y Letras. Por supuesto que no tuve dudas. Ni siquiera me planteé escoger la primera opción para no perder a los amigos, pues a Ciencias se iban Oscar, Luis y Juan. Quedaba Pedro y eso era suficiente. Pero por encima de todos estaba mi odio supremo a la rama de Matemáticas, las Ciencias, a la física y a la química. No olvidemos que seguía a esas alturas arrastrando las Naturales de séptimo de EGB. Hubo muchos, con alma de calculadora electrónica, que se cambiaron in extremis a Letras pensando que el pack para poetas incluiría montones de marías. No era mi caso, claro. A la larga vimos todos que aquello no era así. Griego fue de las más jodidas asignaturas que tuve que soportar nunca. Latín se puso a su altura (aunque lo fui sobrellevando gracias al curita que nos dio, realmente ameno, el director del centro por más señas, más preocupado en que asimilásemos la historia de los Césares con sus épicas -y hasta sus peplums- que de las consabidas declinaciones). Pienso que, una vez más, el problema radicaba en los profesores, en su manera de vendernos disciplina. Hasta la asignatura más de seda como era la de religión con un profesor insoportable se nos podía volver tan de hierro como una señora Filosofía, gran novedad para los de Ciencias y para los de Letras. Filosofía fue otro enorme quebradero de cabeza. Se me escapaban las terminologías cada dos por tres. Era curioso como una asignatura que era impartida por un auténtico majadero en idioma castellano se podía convertir de repente en chino mandarín. Había que tener diccionario para entender la vida. Me cansé aún asi de rellenar esquemas, de subrayar libracos, de esmerarme cuanto pude en aquél primer trimestre. Pero mi paciencia tuvo un límite. Demasiados locos sueltos. El de Historia, con sus maniáticas exigencias de grapar esto y lo otro; inventándose palabros para que sacásemos cualquier útil absurdo, común, de parvulario; mandándonos tareas extras como ir por el casco antíguo para entender cierta Reconquista, hasta allanando casas de estilo modernista, para incredulidad de sus inquilinos, con intención de esquematizar una sala de estar como las que el gran Vicente Risco utilizaba para descansar sus textos de abstraccionista galeguismo.
Tercero de BUP fue el curso que me enterró definitivamente en el panteón de los inservibles. Por supuesto que alrededor todo era seriedad y entusiasmo. Eso no me cogía por sorpresa. A los diecisiete todos habían madurado. Un grupo de nuevos llenaron mis horas de papamoscas contemplando bellezas en tensión intelectual. Aquel guapísimo Araujo que había leído ya a los místicos... Creo que llegué a contar uno por uno todos sus granos acnéicos de la cara, resultándome la tarea como la más amena de la jornada. El siempre increible Marcos capaz de resistir un téte a téte de titanes sobre la razón pura con el profesor filósofo que perdio la razón por completo... Y los primeros ordenadores... En su aula correspondiente que bien podía haberse bautizado el Aula Spectra, tan retrofuturistas nos parecerían de verlos hoy en día. Nunca se estropeaban, lo que me llenaba de amargura. Pero siempre eran reconfortantes esas horas de ordenata porque eran una excelente oportunidad para compartir un pupitre doble con algún chico comprensivo, tal que el mentado Araujo con el que sentí más de una ocasión el dulce contacto de su mano en mi hombro y viceversa.
He de reconocer que tercero trajo alumnos ejemplares, compañeros respetuosos y nobles. Pero esta oleada de buenismo no me cambió un ápice. Seguía en mis trece. Holgazaneando y dispuesto a arrasar en el recreo. Si no acompañado de Pedro, de mis habituales hasta entonces. Pero Luis y Juan, ya no hablemos de Carlos o Javier que disfrutaban de un COU siempre al pie de la emancipación familiar, no estaban muy por la labor. Cada cual con sus problemas, cada cual con sus meriendas.

Escolar manifesto
También fue año de manis. Por la LOGSE. Era el único acto de insurreción que los curitas nos dejaban practicar. Que todo fuera por ir en contra del pútrido socialismo. La reforma amenazaba con hacer perder privilegios a la enseñanza privada. Entonces ya no regresábamos del recreo: nos reuníamos los de varios colegios en la delegación provincial de turno para corear y berrear. Y, por supuesto, para lo mejor... romper huevos contra la fachada del Organismo. A mi estas cosas me daban una enorme vitalidad. Me recordaban al mayo francés aunque con todas las reservas del mundo. En el fondo, nosotros éramos sólo corderitos en el redil de la derechona exigiendo la continuidad de una serie de privilegios que sólo podían conservarse en un tipo de enseñanza clasista e injusta. O algo parecido pensaba. Estas contradiciones se me escapaban una vez más en provecho de mi comodidad máxima. Salir a reclamar por la calle sin miedo a que los guardias me detuvieran era un mero pretexto para latar y recuperar mi crónico gamberrismo. Hubo muchos terroristas en potencia y casi ninguno fue salesiano a la hora de estrellar huevos. Una vez más, se constataba que el equipo de "los nuestros" estaba muy bien educado. Esto no evitó que se creasen amenazantes listas negras en los despachos de los curas. Pero las amenazas quedaron en nada al ver lo integrados que, en el fondo, nos habían dejado. De las barricadas a los santos niños mártires había un paso de semana santa. No había más que mirar a mi alrededor. Luis afirmaría años más tarde y con toda su convicción de inminente maestro de Educación especial, que de tener hijos no los matricularía nunca en un Instituto Público sino en un privado, es decir, los internaría en Salesianos, a su juicio el mejor colegio de la capital. Esto hace reflexionar sobre el papel demoledor que puede tener una educación basada en la absorción vil y maniquea de nuestras personalidades. En eso, los curitas fueron muy listos (homosexuales tenian que ser). Vampirizaban pero también daban la mejor calidad. Hoy en día el pragmatismo de una sociedad adocenada da preminencia a lo segundo, tomando lo primero como un mal menor que se pasa con la edad. Creo hablar con conocimiento de causa. No sólo por ellos, sino por mis afines, pues el amigo cuando adquirió conciencia ideológica se definió políticamente más cercano a la izquierda nacionalista. Y, cómo no, agnóstico de lo otro. Aun asi, no llevaría a su hijo a un instituto donde, a lo mejor, los crucifijos han sido retirados por el obsesivo laicismo del equipo ZP.
A mí el nacionalismo galego me daba mala espina. Los tiempos beligerantes comme il faut habían desaparecido. El Bloque ya estaba mostrando signos de democratización desesperada, en aras de superar su marginación congénita y dispuestos a servir de pinza ad aeternam. En cambio, me hechizaban los vascos de la ETA (también llamados por los políticamente correctos "los hijos de puta", única incorreción que se permite este amplio sector de la población española). Su capacidad de infundir terror a través de su brazo armado a toda una sociedad de chupatintas, de sedados, de dóciles demócratas me daba el arrojo suficiente para seguir confiando en la viabilidad de un mundo mejor. O, si se prefiere, al revés. Y aunque el euskera, la cultura de allí, me sonaba a polaco (con algo de la materia de Griego) comprendía perfectamente su lucha. Y no aplaudí públicamente sus desatinos sangrientos pero me permití cierta mañana otoñal entablar con el hermano de Héctor una discusión acalorada sobre valientes guerreros norteños en medio de la alameda que acabó en monólogo, speech grotesco (o sea, seudo humorístico) en un momento tan delicado, típico de Telediario's feeling, como era la explosión de una bomba lapa en el coche de un sociata de relumbrón. O sea, de un nuevo rico, de un pobre burgués. El hermano de Héctor llegó a asustarse, recuerdo, ante la provocación, máxime cuando su hermano le había advertido tiempo atrás sobre mis ideas reaccionarias (o directamente nazis) en torno a las gentes de pueblo. Por un lado, me complacía jugando a ser un aristócrata del fascio con complejos de ángel exterminador, por otro surgía en mí cuando convenía una militancia revolucionaria en realidad muy peligrosa de ser defendida en una tierra avejentada y asoballada por tanto cacique de AP. En realidad, lo que estaba exigiendo a gritos es que me reconocieran más cómodo en los extremos. Lo único que reconocieron mis más íntimos es que Maciste había perdido el juicio por completo.
Ignoraba cómo luchar. Nadie quería agruparse y formar un partido político de extremo diestra- izquierda, carecía de información al respecto. Sí que podía hallarla en la casa de la Juventud, donde los pasquines de los nacionalistas más ortodoxos podían tentarme. Palabras como disidencia y amnistía eran tópicazos que sonaban a gloria. Aún el Ché me seducía desde lo físico, desde el carisma de un lider caído en plena selva exótica. Pero el Ché no era Indiana Jones, mucho menos el intrépido Quatermain. Fumar mi primer porro para que se me apareciese el comandante fornicando con Moncho Reboiras tampoco era fundamental. El progrerío, aún cuando viniese de nuevas generaciones, de críos preuniversitarios que ya se habían dejado crecer barbita y decían saber de memoria El capital me repelía en lo más profundo. Las reuniones de los rojeras me parecían cosas pasadas de moda. Iletradas, de nula imaginación combativa. Sórdidas, de alguna manera. Qué pena visitar el bar del local y no encontrarme sentado allí al inmenso Castelao, puliendo alguna caricatura satírica sobre una mesa donde aún cabían una cunca de ribeiro y una tapa de buen pulpo. Eran tiempos de tropezarme con Xose Lois, inefable Carrabouxo, ese mediocre humorista que se ha inventado un personaje de físico coñón y poco más, pues lo que manda en su rutina diaria de decorador de un periódico al servicio del dueño de la Diputación es la técnica de las viñetas como churros y los bocadillos como eternos y facilones juegos de palabras -la dichosita retranca convertida en fórmula a explotar hasta la náusea- en donde la chispa escasea, quedando la militancia reivindicativa del autor tan sólo en pólvora mojada. Y eso es lo peor que le puede suceder a un artistiña que hace patria desde una provincia a la que se ha dado en apodar a terra da chispa. Puestos a elegir en meterme toda una tarde en la habitación de los de la estrella bordada en la bandera gallega, pertrechados de octavillas y ningún revolver y hacerlo en la de al lado, donde se proyectaba un ciclo Hitchcock, seguí optando por lo segundo. Y con la conciencia bien tranquila. A fin de cuentas ningún lider revoltoso ha podido aún afirmar con razones de peso que Psicosis o La soga no sean unas eficaces armas para cambiar el mundo partiendo del mismo interior del propio individuo. Que es de donde deberían partir todas las revoluciones.

Cruzados mágicos
Mis armas para la transgresión eran mis escritos, mis salidas de tono (ese dar el cante) en la calle con los amiguetes y ciertas actividades improvisadas que hoy en dia recuerdo con no poco sonrojo. Anticlerical de mí... Recuerdo ir a comulgar una mañana de colegio y sacar la ostia de la boca con todo el descaro para enseñársela a los de mi banco. Luis, con su deliciosa mordacidad, me animó entonces a que me la volviese a meter en la lengua e intentase hacer un globo con ella. Me reí a lo escandaloso y seguí a lo mío. Al salir de misa, con cautela y con ella en el bolsillo la pegué en una columna muy vistosa del patio del colegio para asombro de todos. Y ya estaba auto excomulgado. Es posible que cualquier soplón hubiese dado el chivatazo. No lo noté. Lo importante era romper el orden establecido. Y lo rompí mucho, a escala interna, aquella semana que nos dedicamos a los fotomontajes en casa. Juan, diestro con las tijeras y el pegamento, se puso a armar unos puzzles muy sui generis que se nos ocurrieron a partir de retratos de la madre Teresa y el Papa Juan Pablo II. Sobreimpresionábamos por encima de estos santos del siglo XX cuerpos desnudos, en plena trifulca, previamente recortados de una revista porno. La coyunta entre ambas estrellas de la Iglesia Católica nos volvió de alguna manera seres satánicos. No hubiese sido extraño que de repente un rayo nos partiese en dos a cada uno. No fue así porque el edificio siempre tuvo un excelente pararrayos. El caso es que nuestros cut'n'paste llegaron a manos de mis padres y se armó una buena. Posiblemente también me hubieran cachado en la misma la revista porno. Retornaron las caras largas, como de circunstancia, de mi preadolescencia cuando me descubrieron el medallón del demonio y los textos blasfemos.
Pasada la verguenza, mis irreverencias continuaron en proceso imparable. Y si estando con Javier en la habitación se les ocurría a un par de testigas de Jehová llamar a nuestra puerta para anunciarnos algo mayúsculo pasaban éstas a ser víctimas del terror ateo. Las insultábamos, las tratábamos de zarrapastrosas por lo que nunca podrían ser chicas Avon, les preguntábamos por la Virgen, de otras cosas feas para ellas como la transfusión, la sodomía y el bestialismo. Las amenazábamos con violarlas con objetos crísticos similares al falo de un burro. Huían escandalizadas escalera abajo que era cuando, para redondear la faena, les devolvíamos sus fanzines Despertad arrojándoselos envueltos en llamas. Sus gritos finales nos provocaban las más sonoras carcajadas de la temporada. Eramos terribles. Fanatismos de China Blue. Personajes como de tebeo de Jorge. Qué delicioso atacar a las beatas con armas tan facilonas como el sexo libre, la libertad sin más. Seguíamos a las que se nos ponían en nuestro camino, las que habían osado molestarnos y las bombardeábamos con preguntas íntimas. ¿Por qué es mala la homosexualidad, vieja?. Se cerraban en redondo, iban cansadas, muertas de los pies, en retirada, pensando lo bueno que sería que un coche nos atropellase allí mismo para que las dejásemos en paz. Y como nos quedaba una pizca de humanidad, aunque no lo crean, las soltábamos para que se fuesen por sus cuestas del Calvario, haciendo la calle, dándolas por perdidas, reconociéndolas atrapadas sin salida en una secta cutre que las estaban explotando a lo tonto. Aunque, a lo mejor, lo de las sectas podía estar bien. Había que pensar en hacer una, a nuestra manera. Todo era poco cuando se trataba de prolongar una adolescencia que amenazaba con desaparecer por el inevitable paso del tiempo. Que para nosotros eran sólo cursos académicos.

continuará

No hay comentarios: