18 enero 2010

Televisión de culto

OH BOY! (1958-59)

Fue el primer programa enteramente musical y sólo para jóvenes de la televisión británica. Todo comenzó con dos espacios piloto que tuvieron enorme éxito. El día y la hora de emisión eran inmejorables: de 6 a 6 y media de la tarde los domingos (cadena ABC). El artífice de todo aquello fue el productor Jack Good, que ya había probado con una fórmula similar en el previo 6.5 Special para la BBC. La única diferencia con respecto a aquel fue la eliminación de contenidos deportivos y de servicio público que salpimentaban las actuaciones de los ídolos británicos del rock and roll.
Los presentadores fueron Tony Hall, un crítico de jazz y Jimmy Heney y los artistas que desfilaron a lo largo de cuarenta semanas (38 episodios más dos pilotos) cubrían un amplio espectro de música que incluía baladas, jazz, skiffle, high school y rock and roll. El marco donde se grabó era el incomparable Hackney Empire, teatro londinense construido en 1901 como music hall.
Es una lástima que se hayan perdido todos los programas, salvo el piloto pues Oh boy! daba buena muestra de lo que se cocía en el Reino Unido en ese período crucial pre invasión Beatles. El pop británico nunca anduvo manco de ídolos y de inspiradas melodías. Las pantallas de cine locales daban a conocer a bonitos de cara como Tommy Steele y Frankie Vaughan, a los que se sumaría rápido el más célebre de todos, Cliff Richard. Cantantes que si bien seguían un patrón importado con sus consabidas mímesis del mito Elvis, resultaban muy cercanos para el público adolescente inglés. Sea como fuere, ese estilo british que muchos asimilamos con la elegancia y pulcritud se constataba una vez más con la implantación de fenómenos pop ya no sólo privativos del mercado americano (a partir de 1962 el pop inglés dio la estocada definitiva convirtiéndose por motivos más razonables en el centro del mundo jóven). Además actores cantantes como Adam Faith o John Leyton eran capaces de aportar algo más que vehículos para la promoción de sus hits en filmes no musicales y a veces sumamente taquilleros, con lo cual su repercusión mediática era universal (caso de Leyton como integrante del reparto de La gran evasión).
Las características de Oh Boy! favorecían la familiaridad del público con un buen puñado de nombres que fueron asíduos al mismo. Cliff Richard fue el más promocionado. Sin duda el chico tenía talento. Pese a su blandura tan femenina ejecutaba los enormes hitazos rockistas (aún con los Shadows llamándose Drifters) con una desenvoltura más que apreciable.
Richard era muy bueno. Y las fans lo adoraron. Sus apariciones dominicales provocaban los delirios de la concurrencia a juzgar por el griterio ensordecedor de las niñas en las gradas. Cierto que estas groupies, equivalentes en histeria a las que amenazaban con derrumbar los paneles del American Bandstand allende los mares, debieron repartir en ecuanimidad sus ovaciones con otro de los pollos del momento, el algo estrambótico Marty Wilde e indiscutible rival rompecorazones de Cliff. Sus duetos causaban estragos emocionales. Entonces nos dimos cuenta de que Cliff sería monísimo pero también algo bajito. A la larga Wilde debió de ceder al blanco y negro televisivo donde mantuvo fugaz sus imposibles quince años mientras Cliff se concentró en una breve pero intensa carrera en el cine a todo color y trascendiendo incluso en nuestro país con el cierre de la década a través de su participación en el festival de Eurovisión 68 donde ya era un personaje muy popular para la audiencia española (sus discos en español, el toque latino junto a los Shadows en varios Lp's de mediados de los sesenta). En esos años postreros es lógico que las audiencias de Cliff hubiesen virado hacia las madres de las crías (¿más maduras?) enganchadas ahora a la secta Beatle (a punto de disolución pero de una estabilidad cargada de connotaciones tanto religiosas como revolucionarias en el subconsciente de toda una generación). Son los efectos del mundo pop que destruye lo que ha creado previamente con una velocidad desmesurada. Pensemos que de la irrupción de Cliff o Marty a la del cuarteto de Liverpool apenas distan cuatro años. En el 68 no serían las hermanas mayores de aquellas niñas del Oh Boy las que mantendrían al cantante en un frágil pedestal sino, repito, las propias madres de todas que aún veían al muchachito (por otro lado, en edad de saunas) con un sentimiento de protección que despertaba sus instintos maternales (si es que aún eran capaces de parir), justo cuando sus polluelas de ayer habían abandonado definitivamente el nido en un acto de emancipación de comuna hippy (con la negativa tal vez a acceder a la maternidad o a llevarla a cabo sólo dentro del matrimonio). Los Beatles siempre parecieron en este sentido (o nos los hicieron parecer) más perniciosos, amorales, menos vírgenes.
Se comentó que gran parte de la pérdida de la popularidad de Marty aconteció antes de que llegasen los melenudos, cuando en 1960 casaba con una componente de las Vernons Girls (grupo de cantantes y bailarinas ya talluditas para ser epítomes del swinging London y que, pese a todo, consiguieron que las creyemos habitantes privilegiadas del rabioso Chelsea). Sus enamoradas consumidoras no se lo perdonaron. Estos ídolos que en Oh boy! compondrían una extensísima lista y que incluía a Billy Fury, las propias Vernons,Tony Sheridan, Don Lang, Bill Forbes, Peter Elliott, Red Price, Mike Preston, Dickie Pride, satélites de la órbita Meek (Michael Cox...), incluso señoras muy años cincuenta, entre satinadas y de mandilón de clase media como Alma Cogan -favorita de Lennon y McCartney- o Marion Ryan -la madre de los autores de Eloise- dependían del amor caprichoso de sus fans, con lo cual, si querían permanecer en el candelero una nueva temporada habían de ingeniárselas para no defraudar con idilios aborta-ilusiones. Visto todo lo que ellas gritaron entre finales de los 50 y principios de los sesenta (en la continuación de Oh Boy! que se llamó Boy meets girls, con Marty casi como protagonista absoluto) asombra que aún les quedara fuelle para recibir en beauté a los melenudos del Love me do. Pero lo hicieron. Muchísimo. Suplicaron Help! con ecos que alcanzaron a toda la galaxia. Y las estridencias fueron terribles, como los colores del pop, como la sicodelia de nuestros sueños más eléctricos.








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