11 enero 2010

Televisión de culto

STINGRAY (1964-65)

En una de mis múltiples conversaciones telefónicas con el toledano Manolo (larguísimas e intrascendentes en las que se habla más de lo humano que de lo divino, aunque para nosotros todo lo humano que resaltamos por su interés pasa a ser divinísimo de la muerte y que en la última incluyó un speech apasionado por parte del mesetario pro Laurita Valenzuela, en tanto que creía injustamente desaprovechada en su carrera cinematográfica), salieron a relucir las series con marionetas de Gerry y Sylvia Anderson. Estaba yo muy prendado del Captain Scarlet y así se lo expuse. Mi amigo me respondió con un "de niño me daban mucho miedo". Su afirmación me hizo sonreir pues pensaba el niño tan mariquita que debió ser Manolo. En cualquier caso, son traumas que uno debe respetar pues cada cual los alimenta en su subconsciente, como me pasa a mí con aquel Pinocho de Mario Monicelli. En la recreación del personaje de Collodi me amparo en la fea estética de los años setenta, estética que puede conseguir arruinar hasta cualquier mito Disney. Sin embargo, las series de animación de la pareja Anderson entran de lleno en los años sesenta, y esa es la década del fulgor pop, de la mirada medio perversa medio infantil, del dinamismo, del fetichismo por los objetos mecánicos y super coloristas. Pienso que hoy en día todos sus inventos marionetiles conservan un encanto muy especial, a ratos ridículo, a ratos embaucador, pero siempre divertido, sin malos rollos (aunque también es verdad que puedan al niño perspicaz levantarle tristezas súbitas en tanto que entienda a sus amigos sostenidos por hilos de plata como unos parapléjicos algo sarasas con limitadísimas dotes para emprender una simple carrera a patas). Estoy por asegurar que si yo fuera de la quinta de Manolo, y visto el impacto que en mí ejercieron los muñecos de Jim Henson, cada Navidad de los sesenta estaría soñando con la llegada a mi "cuarto de los juguetes" de los mil y un gadgets que generó la fábrica de los Anderson (a su manera, tambien magnificent).

Stingray fue la tercera de las propuestas salidas de la productora AP Films, tras Supercar y Fireball XL5. Y fue la primera en color. Si Supercar era un vehículo que podía viajar por tierra, mar y aire, y Fireball XL5 una nave espacial, por lógica, en la siguiente, tocaba un submarino. Pero no un submarino cualquiera, sino uno con la tecnología más desarrollada y alucinante. Según avanzaron los años, los avances técnicos eran mayores y asi se consiguió un grado de perfeccionamiento que culminaría muy pronto en la más célebre de las series de la pareja: los Thunderbirds.
Mientras Lady Penelope no tomaba forma, Stingray aportó a una criatura con rango de diosa y que se llamó Marina (precisamente así se tituló la serie en España, en Sudamerica se optó por el más propio Meteoro submarino), entre sirena varada y Antinea. En cualquier caso un intento de otorgar magia femenina a los oníricos paisajes acuáticos donde se desenvolvían los acuonautas protagonistas. Marina era una hermosa marioneta, carente de habla, que en los primeros capítulos alimenta un misterio tal que levanta suspicacias entre los personajes positivos, aunque pronto verán que ella está de parte de los terrícolas. Como solía ser habitual, los encargados del diseño de las marionetas se inspiraron en actores del star system. Y Marina no podía estar más a la moda. Les salió Briggite Bardot, señorita que podrá serlo todo menos una hechicera de la pantalla (particularmente pienso que también alberga algo de Ursula Andress, -otra que de fascinante no tiene ni su Ayesha-, no en vano estaba aún muy vigente el impacto del primer Bond en el cual la moza suiza emergía de las aguas cual sirena masculinizada pese a sus protuberancias obvias). Es por eso que Marina sea un personaje fallido a la larga pues, aunque siempre calle, su cerebro parece estar hueco y su expresión ser la de puro tedio, como de hartazgo de toda esta peña que la ha sacado de las profundidades. En cuanto al héroe indiscutible, o sea, el guapo y moreno Troy Tempest se creó partiendo de los rasgos faciales de James Garner (prefiero en apostura al Captain Scarlet, desde luego mi sex symbol marionetil favorito de la fábrica Anderson). Resultan curiosos los modelos de villanos en el caso del rey Titán (Laurence Olivier) y el agente X2 Zero (facialmente Claude Rains y en la voz Peter Lorre).

A lo largo de treinta y nueve capítulos los residentes en Marineville se prestaron a un sinfin de misiones en las cuales no podían faltar ni el derrocamiento de imperios secretos, nocivos para nuestra civilización, el peligro de los vertidos petrolíferos (por ende, la patrulla se revelaba ecologista), monstruos marinos (lamentablemente escasos, aunque se agradeció el tratamiento dado al caso Ness con el famoso monstruo escocés como divertimento para turistas) etc.
Técnicamente ya hemos señalado que Stingray superaba con creces a las anteriores series de la pareja. En especial con las marionetas cuyas cabezas ya eran intercambiables, liberándolas de la rigidez expresiva habitual. Es decir, podían poner más caras. Los efectos lumínicos aportaron una sensación mágica muy hermosa, aprovechándose en ese sentido de ese recién estrenado sistema color. Se trabajó con enormes tanques de agua y las maquetas de casas, edificios y, sobre todo, de naves continuan entusiasmando a los aficionados a la marquetería. El naifismo en su máxima potencia.
Todo parece encantador en Stingray. Y claro que lo es si lo miramos con los ojos de la ingenuidad. En el fondo, los Anderson (matrimonio aún bien avenido) trabajaban con un equipo reducido de técnicos, guionistas y músicos que eran una verdadera familia: Allan Fennen y Dennis Spooner (guiones), Derek Meddings (efectos especiales), Barry Gray (música). La unión profesional de los Anderson se rompió con la separación de la pareja. Esta se produjo a mediados de los años setenta, cuando ya no sacaban series de marionetas y se habían pasado a los personajes de carne y hueso. Justo al final de la primera temporada de Espacio 1999 (donde encontraríamos a Maya como una curiosa conclusión del mito Marina pero con más posibilidades de acción), prolongación de la previa Ufo (en realidad, un "más de lo mismo" pero ahora con actores de verdad) finalizaron su compromiso. Con todo, pienso que el verdadero maestro era Gerry (artesano que llevaba currando mucho desde la posguerra. Los tiempos de la mítica Gainsborough). Silvia, en el fondo, había llegado a su vida a finales de los cincuenta como simple secretaria de su productora de televisión, ascendiendo por amor al rango de experta dobladora de muñecos e inseparable de los proyectos del marido. En Stingray no puso la voz a ningun personaje (su gran aportación fue Lady Penelope, que suena a canción de The Beatles pero bajo los sones del inconfundible Gray). Sí lo hizo la espléndida Lois Maxwell, a quien muchos recordarán en el papel de la señorita Moneypenny en la serie Bond de Sean Connery (era Atlanta, la fiel compañera de Troy Tempest, aunque de noche duerman en habitaciones separadas -Troy se acuesta al lado de su inseparable Phones Sheridan, como mandan las leyes del homoerotismo animado, que no en vano coinciden con las de la Decencia-, muñequita más que marioneta, típica tontuela que se suele celar del cariño que su novio dispensa a Marina, que se permite el lujo de lucir camisones del cuello a los pies para pasearse por caserones de las highlands, algo que hasta tacharía de "cursi de frenopático" la mismísima Doris Day. En resumidas cuentas, Atlanta era una ama de casa en potencia cuya ocupación en la Base fue la de supervisar al calor de unos monitores mientras sus compañeros eran enviados a alguna misión al fondo del mar. Ventajas de ser marioneta del género femenino pero, sobre todo, de ser hija del comandante, un pedazo de cascarrabias que no se despegó un sólo capítulo de su medio de transporte, una suerte de auto de choque que serviría para alimentar la duda sobre si toda esta tropa no eran en realidad una panda de minusválidos donde el menos cojo-Troy, claro- era el rey).


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