29 enero 2010

SEMANA ESPEC IAL AQUELLOS JUNCOS SALVAJES (4 )

Capítulo cuadragésimo primero

La zorra y su zorrezno
Tres meses fue lo que me llevó terminar el tributo a la Zorra de Madrid, el primero de los personaje destinados a engrosar la lista de consagraciones al delirio. Sin embargo, según iba avanzando la historia, el protagonismo exclusivo de la pareja de hermafroditas arties que formaban Richard y Mikel fue siendo eclipsado por el extraño y multiforme hijo de ambos: el pequeño Kane, mezcla de alien mutante, efebo exquisito y super héroe anti sistema. Con Kane cometí un grave error: no supe cómo expresar la fascinación por lo masculino que me quitaba tanto el sueño en cada una de sus variedades físicas. Sabía que era una cuestión de fe en el personaje pues aquel ser se entendía menos que el misterio de la Santísima Trinidad. Esa situación fallida de reversibilidades cronológicas, que a veces rozaban la brillantez y otras rebasaban el bochorno, se perdona por aparecer en mi obra antes de tiempo, quedando en su embrión aromas a fracaso pero aún susceptible, con el tiempo transcurrido, de mirarlo con ternura y no pocos calores, sobre todo, cuando se encarnaba en bellísimo adolescente. Era entonces cuando la pedofilia intrínseca a mi identidad sexual afloró sin ambajes, con sinceridad de autobiografía (Kane podía ser yo y a la vez mi chico ideal, un espejo para fornicarse), revelándose como lo más inspirado de todo aquel cúmulo de insensateces hechas short story. Ciudadano Kane se apoderó de mí y de quienes lo rodearon. Pero, en tanto que autor, tuve la última palabra para ser el único que se apoderara de su alma. Aun por encima de una Zorra machihembra a la que ya no tragaba ni en pintura.
Después de rellenar cincuenta folios mecanografiados y presentados como sueltos, típicos del folletín por entregas, como los que abastecían a la prensa decimonónica, estrené un puente exclusivo a la imaginación. Un punto de ruptura con mi pasado donde la libertad total volaba a sus anchas en el marasmo de estilos y unidades narrativas que irían de la encuesta a la retórica de los mensajes publicitarios, pasando por el cancionero sentimental, el sainete de los Alvarez Quintero y las constantes autorreferencias (incluso Maciste aparecía en el texto siendo violado por su Orlando particular después de un duelo dialéctico de improbables ditirambos). Hubiera sido un estimulante camino a seguir pero me temo que aquél no tuvo continuación. A finales de la década me estaba empezando a cansar de la modernidad y lo urbanita. Me iba a aguijonear de muy mala manera lo retro. Y de ahí no saldría ya.
Mientras acababa la Zorra, seguí alimentando mi vocación letraherida con golosinas llamadas dedicatorias. Algunos de mis vecinos de pupitre me pedían retratos de si mismos, cosa que hice con mucho gusto (y, como siempre, en un pis pas). El tiempo que me sobraba en clase lo dejaba para ir pariendo mini cuentos escabrosos, fantásticos y seudo pornográficos que bien merecían ser agrupados en un volúmen de variados, más que nada para darles una entidad propia. Aquel batiburrillo de hojas desperdigadas aqui y allá eran un acto de desbarajuste creativo a todas luces injusto a tenor de los largos ratos que había pasado en su preparación. De momento, ponía punto final -con esquela incluída- a la Zorra de Madrid, con la seguridad de que Carlos me la leyese de un tirón y dictaminara qué es lo que debía hacer con aquél vampiro de cresta punkie y con toda su prole de castizos neorrománticos.

Libros guardados (en el bolsillo)
Robé dos libros ese último trimestre. Ambos de cine. Uno de Bernardo Bertolucci de Esteve Riambau y Jose Enrique Monterde, donde diseccionaban brillantemente al director italiano abordando puntos cruciales de su cine, coincidentes con la situación socio-político-cultural europea de su momento de plenitud. El relevo del neorrealismo, la premonición del mayo del 68, la ruptura formal y política, la colaboración cine-televisión, el escándalo sociológico y el posibilismo político iban aclarando el opus de un cineasta comprometido, originalísimo y brillante. Lectura densa para un crío de diecisiete que se solía perder en el fárrago rompecabezas de las clases de filosofía. Le puse más esmero a estos textos que a los del colegio, textos que se acababan en La luna y que ahondaban mucho en una época casi desconocida pero para mí arrebatadora como eran todos los sesenta. Nombres como el Living Theater fueron rigurosamente apuntados en mi agenda. El teatro combativo era algo en lo que debería reparar cuanto antes.
El otro iba de Fassbinder, director alemán que me alucinaba desde hacía un par de años (La ansiedad, Las amargas lágrimas, Advertencia...) y del que hacía nada acababa de ver su provocadora La ley del más fuerte (Cine de medianoche). La edición a cargo de Augusto M. Torres era una traducción de textos ajenos. Tres artículos de ensayistas franceses, amén de siete entrevistas con Fassbinder de variada procedencia (de nuevo surgía el teatro off-off como forma de ruptura, como medio de comunicación de una ideología, de una ética, de reinterpretación de la Historia reciente). Y, lo más fetén, el estudio de Fassbinder sobre la obra de Douglas Sirk, páginas que devoré una y otra vez y que me hicieron acercarme con otros ojos al sentido del melodrama de ambos autores, a priori, a años luz el uno del otro.
Dos libritos, pues, que todavía conservo en la estantería correspondiente de mi biblioteca y que de vez en cuando releo cuando siento la necesidad de encontrarme no tanto con unos personajes únicos del cine europeo que me ayudaron a entender el cine como algo distinto a un espectáculo para las masas, sino con el espíritu de una época, la fortaleza del beligerante y, a la vez, con una parte de mi mismo, de la que no puedo ni quiero renunciar, por más modas que pretendan embriagarme con sus rutilancias fatuas.

Los programadores se afrancesan
El ciclo televisivo sobre la Garbo tuvo mucho de desafortunado. Apenas seis títulos (ninguno, evidentemente de la época muda, pues TVE parecía tenerle pánico a los silents) y todos muy vistos. Me parecía inconcebible cómo con Marlene se habían esmerado tanto y luego se desinflaron con una Garbo escasita y re-vista. Tras ella vino Chabrol, algo con menos sentido aún que lo anterior pues, tras la Divina, lo que deberían haber puesto era un Divino (¿Brando?). Eso sí, me enganché a sus primeros títulos. Cosas que nadie quiere como Landru o El tigre se perfuma con dinamita, apreciable cine negro y de aventuras, muy comercial que, paradojicamente, es el que menos les gusta a los cinéfilos finos (el estilo Bond se dejaba intuir en esta última). En cambio, a mí me chifló Landru por la manera de exponer los crímenes fuera de campo, un toque de savoir faire que luego recuperaría el marido de la Audran en la memorable Le boucher (que no se emitió entonces) y del Tigre me quedé con la impactante escena de la maravillosa Margaret Lee encadenada en los barrotes de una lujosísima cama. Bondage a lo franchute, si quieren, pero que pondría los primeros grilletes a las jugosas interpretaciones psicopatológicas del sadismo pop junto a la Belle de jour de Buñuel.
Sin duda, si de algo valió el tele cine que cerraba 1986 fue para que me olvidase una temporada de la tirria que me producía la pedantería nouvelle vague (en particular) y lo francés (en general). Me limpié las gafas de los prejuicios, pues los oídos ya se habían agudizado gracias a lo mejor a Aute cantándome Cine, cine, que debería haberse titulado en realidad Cine, cine... pero de Cahiers.
Había vida más allá de Les Charlots, Louis de Funes y Fernandel. Y lo continué apreciando con Louis Malle y un ciclo breve pero intenso del que me apasionó El fuego fatuo (sobre todo, el suicida Maurice Ronet y la música de Satie). Y un domingo por la noche luché contra el sueño (siendo vencido) y me tragué la mitad de esa joya de Carné que se llamó para el siglo Los niños del paraíso (1945). Es decir, la poesía de Prevert y el préstamo novelero balzaciano elevando a la sublime Arletty, como Garance, a los cielos de ese Paris excepcional de 1840, donde oteamos a sus teatreros y sus hampones, sus aristócratas y sus cortesanas, sus boulevares y sus prisiones. Como sea que duraba casi cuatro horas (mas los anuncios) de poco sirvió el esfuerzo. El fresco se me recalentó tanto que me dejó frito.

continuará

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