28 enero 2010

SEMANA ESPEC IAL AQUELLOS JUNCOS SALVAJES (4 )

Capítulo cuadragésimo

El hogar del atleta inválido
No sólo de Javier vivía Maciste en su habitación de favoritos. Si había algún favorito de carne y hueso ese era Pedro. Por que cada vez deseaba más el contacto de su piel con la mía, el comentario intencionado que diese paso a un montón de deferencias, por lo general, no resueltas del todo debido a mi patógena timidez. Yo era a esas alturas de la relación un crío muy egoista pues estaba prolongando la llegada del coito del modo más absurdo. Y en cambio el egoista me parecía él. Por su manía de llevarse objetos de casa que tardaba en devolver, por sus rachas de inaccesibilidad, cuando desaparecía sin dejar rastro alguno, parejo a sus cambios repentinos de ánimo que me dejaban planchado, pasando horas muertas en el balcón esperando verle venir pues así me lo había prometido por teléfono (luego creí entender sus cambios anímicos al ir debilitándose su salud mental en años posteriores). Pero en reglas generales, fueron los momentos más deliciosos de la amistad entre ambos, pues esos poblemillas aún se justificaban por lo caprichosa que es la adolescencia. Aquél 1986 que ya iba feneciendo...
Se mascaba la apoteósis. Entre tanto, las frías tardes otoñales las pasábamos oyendo música, repasando las lecciones y hasta improvisando recreos con trozos de revistas porno que se traía de sabe dios qué escondrijo para lagartijas. Si estábamos en mi dormitorio la cama era la gran tentadora. Cualquier nimiedad servía para que nos pusiéramos juguetones. Así trataba de quitarme algo de las manos, yo me negaba y entonces surgía el toqueteo, la aproximación de nuestras caras, la caída simultánea de ambos sobre el somier. Acto seguido, alguien se ponía encima del otro y seguía el cuento. Todo acababa en algo parecido a la lucha libre. Sustitutivo del sexo cuando ya ninguna excusa boba era necesaria para ponernos al magreo viril. Su superioridad física era evidente, más cuando uno estaba pensando en otras cosas bien distintas al bloqueo del contrincante, antes bien a llegar a determinadas partes de su anatomía para sobarlas a conciencia. Era una mezcla irresistible de dolor y de placer siempre ahogado que nos dejaba exhaustos y trempantes. La intensidad con la que acogía esos minutos de lucha cuerpo a cuerpo era tan grande que podía haber estado así toda mi vida. ¿Para qué la madurez?. Seguía teniendo miedo al sexo y aquél deporte me bastaba y me sobraba. Beguine the beguine... Carrusel de los sentidos. Arambol del que esquiva caricias. Corralito de una infancia oculta en un cuerpo de no adulto pero que ya podía procrear. Quería arrebatarle un objeto, él se lo llevaba al paquete, todo ese momento era la felicidad absoluta para Maciste. Hubo veces que mi descontrol era tal que lo que buscaba directamente era el más allá del crio dentro de sus jeans. Y le hacía reir con las cosquillas que le provocaban mis tentáculos buscando una bajada de pitrina. Se tiraba al suelo sobre la baldosa y se ponía picarón y animalesco haciendo el perrito que olfatea el ano del amigo, a cuatro patas, más perra que perro. Nos partíamos el culo en figurado, asi que pensaba si no sería una idea mejor partírnoslo con una botella de plástico. El era más receptivo a la prueba. La botella era la que terminaba hecha añicos pues su trasero adolescente, enfundado en pantalones ceñidos, era pura roca. Luego se volvía a sentar para guardar las formas y yo, empalmadísimo de la muerte, seguía en mis trece de sacar su rabo a relucir. Su resistencia me volvía más loco. Agachado junto a sus rodillas, rozándome la cebolleta sobre su pernera, estaba en la gloria. Esa tarde en concreto no me percaté de que mis padres entraban en ese preciso momento en casa. Papá me vio en aquella situación y agachó la cabeza no sin lanzar un grito seco y capador: No estés de rodillas, coño, creo que me dijo. Desde aquella, a mi madre el niño Pedro le dio mala espina.
Me traían al pairo la opinión y conclusiones de mis padres con respecto al muchacho. Sus visitas dejaban al final la puerta abierta a los placeres posteriores de Onán, cuando de noche soñaba con los momentos más destacados de tanto roce de vaqueros. A su vez, sus ambíguas proposiciones sentimentales me dejaban noqueadísimo. Sustituyan esto último por el término agilipollado y también valdría. Aquella mañana que afirmó con especial cariño: Tu y yo somos colegas, ¿verdad?. Esta simple pregunta tan cargada de intencionalidad resultaba a mis oídos una declaración de amor, la traducción hipotética del compromiso abierto entre una pareja de enamorados de filme Metro que se juran fidelidad eterna, sólo que en versión efébica. Respondí con un si lo suficientemente inaudible como para que el galancito me pasase sonriendo la mano por el hombro. Quizá pensaría que eso me iba a encadenar a su persona, incluyendo derechos de pernada cuando quisiera mi amo. Ignoraba que yo ya era su esclavo desde el primer día que pisó mi casa.
Pero Pedro no era muy dado a estos deslices de blandura. Era demasiado carnal. Sus trampas, tal vez pistas, las lanzaba a discrección siempre que se encontraba receptivo. Yo sentado en un banco del parque y él de pie, con la bragueta calculadamente abierta, exhibiendo un poco de abultado slip a un palmo de mi rostro atónito, su invitación a que entrase con él en los váteres públicos, las historias que me contaba de un amigo del barrio sobre ciertas competiciones olímpicas con las comparativas del tamaño del sexo de los contrincantes como meta... Recuerdo que con esto se puso muy pesado en esa última fase del cortejo. El tamaño de mi pene era algo que me preocupaba. Era una perfecta arma para mis juegos íntimos, nunca me defraudó pero me daba reparo compararlo con el de otro. El ataque genital prosiguió cuando, de repente, el microscopio que me echó papá por Reyes empezó a llamarle la atención. Analizar la saliva lo encontraba gracioso. Luego pensó que mejor estaba analizar el semen. Le dí la razón pero creí que no era momento (más que nada porque se nos podía cortar la digestión, acabados de merendar que estábamos). Terminó llevándose el aparatejo a casa. ¡Miren quién le fue a sacar rendimiento!. Costó trabajo que me lo devolviera. Según me contaba funcionaba muy bien y se veían unas cosas muy curiosas. No pensé que fuese a rivalizar en hallazgos con monsieur Curie asi que me podía imaginar cuales eran aquellas curiosidades. Le dije que me trajese el chisme pronto, no se lo fuera a quedar, como sucedía con tantos préstamos sin retorno. El microscopio volvió a mis manos en un estado lamentable. Más que el microscopio, los accesorios. Los tubitos de muestras venían pringados de una sustancia amarillenta, reseca y viscosa. Ni unos cuantos gargajos de tuberculoso podían haberlos dejado asi. Supongo que me enfadé y supongo que se me pasaría rápido cuando cambió de conversación y se fue a buscar el Scalextric. ¿Cómo no caer en la tentación?, habida cuenta de que traía para la carrera mi pantalón favorito, aquél que sólo se puso de moda en ciertas chicas de barrio y que, por lo tanto, al muchacho le realzaban el trasero manzana de una forma indescriptible... ¿Tienes pelos detrás?, le pregunté un día. El me respondía todo orgulloso: Oh, no...

Y el himen se fue a tomar por culo
Asi estuvimos meses. Cuando yo quería, él se inhibía. Y viceversa. ¿Cuándo nos pondríamos de acuerdo?. Su insistencia en el tema de aquellas absurdas olimpiadas para gallitos falómanos devinieron en celebración de actos sin pompa ni prosopopeya. No encendimos pebeteros ni preparamos coronitas de laurel porque lo nuestro iba en otra onda. Al parecer, sólo se necesitaba una cinta métrica y la chorra de cada cual bien tiesecilla. Llegó el momento de la verdad, que no tenía por qué ser hacer el amor con gritos de rotura de himen, sangre sobre la alfombra o mandíbulas dislocadas. Sólo sacarla, medirla, apuntar en el tablón los resultados y guardarla de nuevo en su jaula. Pero la imaginación calenturienta de Pedro iba muy bien trazada. Aquello no era rollo castrense o deportivo en la clínica de reconocimiento. Nos olvidamos rápido de competir. Ambos estábamos flácidos. Con lo cual hubo pajeo. Pronto el pene de mi amigo se puso tieso. Y era magnífico. No muy grande pero superando la talla estándar. Lo que más me gustó fue su glande y la perfecta línea recta que formaba desde la punta al inicio de sus bien pendulones testículos. Los nervios se apoderaron de mí y no conseguí llegar ya no a su altura sino simplemente a ponerme erecto. Cuando se dio cuenta entonces dio un giro inesperado. Se puso de espaldas, luego se bajó los gayumbos por detrás y colocó sus nalgas en mis genitales. Restregaba sus perfectas redondeces de tal manera que me puso a mil. Pedro me animó entonces a que lo penetrase. Aquello me dio que pensar (si me hubiera abandonado a los instintos...). Eran varias las dudas. ¿Qué pasaría si me reventaba la polla, o si yo le reventaba el ojete?. De metérsela, ¿saldría llena de mierda?. Ya puesto de mierda, ¿era buena de sacar con agua y jabón?. Aunque no fuera así, ¿olería mal durante la enculada?. De nuevo, nervioso. Mi fantasía hecha realidad pero a lo crudo, me acojonó. Se me vino abajo. Pedro era paciente, el rapaz más generoso del mundo. No sólo porque me dejaba mi tiempo, sabiéndome un pedazo de virgen, sino por donar su pompis que seguía machacando mi rabito cada vez más empequeñecido por la agobiante presión. Tuve que desistir y él, a regañadientes, optó por sentarse en la silla. Su cosa seguía mayestática, insultante, preciosa. Si acaso algo sucia, lo que me hizo mantener distancia. Casi no nos dirigimos la palabra aunque seguro que cada uno tenía algo que pedir al otro. Le comentaba alguna idiotez y él respondía que le interesaba mucho profundizar en el tema de la penetración. Lo dijo con tal gravedad que consiguió no parecerme un ataque vejatorio, antes bien un motivo de reflexión de cara a lo que se avecinaba de seguir con el jóven. Si le hablaba del vello de su pubis, él me comentaba lo curioso que era que se me enrojeciese tanto el glande. Nos olvidamos de cintas métricas aunque sus dieciséis centímetros fueron medidos muchas ocasiones en el futuro. Para acabar la sesión, una sesión en la que nadie eyaculó, le regalé una pequeñita chupada, muy breve pero suficiente como para que me abriese a vómitos. El sabor no era todo lo agradable que yo presuponía de tan opíparo manjar.
Al día siguiente me mantuve tenso por la idea de que Pedro se hubiera ido de la lengua o que no me quisiese a su lado por mi inactiva polla. Pero Pedro era uno de los compinches más discretos del mundo. No así yo que corrí a contarle aquella iniciación harto anunciada a mis fieles alcahuetas Luis y Juan. Me oyeron con tanto interés, me preguntaban con tal curiosidad, me aconsejaban con tamaña precisión que mi tontería trocó en entusiasmo, en profundos deseos de reencontrarme con el amigo (a ser posible, en un abrazo). Y lo encontré, pero como si nada. Hola y adiós. Durante un par de días Pedro no quiso saber nada de mí. Me remordió la conciencia. Fue todo momentáneo pues el paso siguiente fue el sexo puro y duro. Desnudarnos del todo e intercambiar fluidos como es debido. Experiencia que surgió con diecisiete años y de la manera más normal, que algunos podrían conceptuar como anormal en sumo grado. Disquisiciones y prejuicios sociales aparte, contarían por encima de todo mis propias reflexiones al respecto, pues mi sexualidad era mía y no de la sociedad. En ese sentido, puedo afirmar que en modo alguno me sentí culpabilizado- tampoco orgulloso- y que seguía siendo el mismo. Es decir, ignorante de lo que hacer con mi cuerpo. Mientras, mi alma continuaba estando vacía (tal vez por que yo buscaba en Pedro una revelación a dos y él tan sólo me quería como experimento -¡otro más!-. Lástima que no me acordase de los clásicos. Como aquellas palabras que el siempre descreído George Sanders, rey inglés, le transmitió a Linda Darnell, trepa pero no tanto, en Ambiciosa: "Eso del amor correspondido es algo tan frágil que se puede desvanecer en cualquier momento"). La pérdida de virginidad, con sus dolores físicos del comienzo que iban derivando al placer más absoluto, en realidad no me habían logrado quitar la tontería.

continuará

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