27 enero 2010

SEMANA ESPEC IAL AQUELLOS JUNCOS SALVAJES (4 )

Capítulo trigésimo noveno

El comienzo de la melomanía megalómana
Y un día de otoño de 1986 entró la fortuna en casa. No es que fuese una enorme fortuna. Como un milloncejo de las antiguas pesetas que papá había recibido por salirle premiado un boleto de la Loteria nacional. A mamá le compró un maravilloso abrigo de visón que vino a sustituir al algo ajado de astracán con solapas Dynasty. No me acuerdo lo que se echó papá. Es posible que pagase alguna hipoteca pendiente. Sí que fueron al mejor restaurante una noche de sábado para celebrarlo. En cuanto a mí, no pudo haber mejor elección. En vísperas de mi 17 cumpleaños aparecía en casa una estupenda cadena musical marca Thomson, con plato y altavoces incorporados que se instaló en mi habitación de los juguetes con poderes dominadores. Fue un regalo destinado a cambiar mi vida en los siguientes veinte años, con la misma intensidad y facultad de arrastre tiránico que la compra del ordenador en 2005. Esta cadena musical, jamás sustituida, pervive medio desvencijada en el mismo sitio. Le faltan teclas a la pletina, el cajón del plato ya no cierra pero si que me concede el capricho diario de disfrutar de soberbias audiciones de vinilos. Gracias a los cables pertinentes con conexión a un discman me colma desde hace dos lustros de melodías digitales (ahora también analógicas) supremas.
La magnificencia de una habitación coronada por bafles dando a la música una presencia decibélica enorme embargaban mis sentidos (a la par que abrumaban a mis pacientes vecinos) a la altura mayestática de cualquier visita a un templo catedralicio. Cuántas posibilidades se me estaban abriendo ya. Poder grabar canciones en estéreo, aumentar mis soportes técnicos de cara a mis programas caseros. Y, por descontado, empezar a coleccionar discos. Lo malo es que en esto último aún me sentía muy perdido. Los primeros singles en serio iban de Eurythmics a Katrina and the waves sin demasiado entusiasmo. El entusiasmo surgió pronto. Coincidiendo con la apertura de una tienda de discos muy especial llamada Peggy Records. Creo que me lo comentó Javier, estaba en unas galerías céntricas y era regentada por uno de los componentes de los míticos Suaves, el a su manera entrañable Charly. Había que ir. Nuestras visitas eran asíduas. Me imaginaba que gran cantidad de su material provenía de su discoteca particular, cosa que era rigurosamente falsa. Pero fue de los primeros en la ciudad, por no decir el primero, en traer discos de importación, reediciones de oldies y, claro está, mucho arsenal heavy. Frecuentábamos la sección nacional porque tanto Javier como yo estábamos encoñados con la movida madrileña. Para nosotros los singles de Las Chinas, Zombies o Parálisis eran algo inalcanzable. Sin embargo, también palpábamos entre aquel ambiente, a numerosos coleccionistas que venían a encargar lo más raro. Y parecían llevárselo. Fue cuando empezamos a departir con él. Efectivamente, cualquier nombre que le decíamos no estaba en la tienda pero era susceptible de que pudiera ser nuestro. Campechano, tremendamente comunicativo, accesible pues, el músico metido a vendedor de vinilos nos contagió de ilusiones y, ya de paso, de amor por la música, aun cuando lo más probable es que nuestra manera de entenderla fuese radicalmente distinta a la suya. Al menos yo. En el fondo, Javier venía de pasarse su pre adolescencia barcelonesa oyendo heavy metal y eso le daba un punto de confidencialidad con el dueño. Salimos una buena tarde de allí alucinando. Ibamos a hacer una lista con lo que necesitábamos de forma urgente. El disco de Kaka, el maxi de Kikí, Zombies y Nikis, Vulpess ... Emborronamos un folio con alrededor de cincuenta grupos y solistas, sus respectivos títulos de Lp's y casas donde grabaron. En el ínterin seguimos visitando tiendas, más mediocres, pero que de muy vez en cuando nos daban sorpresas. Así pasó cuando encontramos sendos recopilatorios de la movida en la fenecidísima tienda Galaxia. Uno dedicado a las maquetas de Jesús Ordovás (El Pecado original) y otro del sello Lollipop llamado Esto es increible. El primero era formidable. Los Bólidos fueron la revelación absoluta. El segundo, amén de incorporar más grabaciones oscuras de Nikis (El hombre del abrigo gris) y de los babosos Hombres G (Marta) a los que les perdonamos inmediatamente la vida, tuvo como protagonistas estelares a Metal y Ca, casualmente el grupo posterior a El humano mecano (del cual aparecían un par de demos en El pecado). Pienso que a ambos la primera escucha en casa de cancioncillas como El último superviviente y Velocidad nos abrió a unos mundos pop fascinantes y locos. Con el inicio de Velocidad, y al ver que seguían sin fallarnos, corrimos a la cocina, nos surtimos de cacerolas, sartenes y cucharas e imitamos el ritmo doméstico (lo fi total) como si padeciésemos complejo de cocinitas mágicas. A la larga pienso que yo fui el más impactado pues todavía necesito cada cierto tiempo volver a subirme a ese tecno ye yé mutante luego tan sobado (pero jamás igualado en ingenuidad) por los tontipops fin de siglo. Y es que Javier cuando acabó la década de los ochenta se cambió la máscara (de Marisol) y se puso otra (de Elvis): estaba ya amarrado a un tupé y a una chupa de cuero escuchando lo más friki y subterráneo del rock and roll de los 50. Y orientado ahora por los doctrinarios críticos de su revista favorita, el Ruta 66. Asi que, mientras esto no sucedía, apuré la etapa ye yé de mi amigo endosándole de vez en cuando cintas que había grabado del programa de Paquito Clavel. Es curioso cómo tragaba con todo. Lo mismo se cachondeaba con Estrellita y su Relojito de pulsera como con Isa Novo y su fronterizo rockabilly gitano Tren de Texas. Pero, por encima de todo, vibraba con el Muy cerca de tí de Anita Belen, tal vez porque nuestros admirados Pegamoides la reinventaron a lo punki para aquel debut cinematográfico de Almodóvar. Nada que objetar. Aún percibíamos el pop inmediato de la misma manera, con idéntica pasión.
Transcurridos quince días después de que le hubiéramos pasado la lista de anhelados a Charly regresamos a su tienda con dickensianas esperanzas. El gozo en un pozo. Estaba en ello. Volvimos a ejercitar las garritas en los cajones de discos y recuerdo haberme llevado el Mini Lp de Fanny y los +, después de sopesar si sería conveniente acercarme al mostrador con un Lp de La Otxoa (que equivaldría a salir del armario para meterme en un bar de carretera, directamente. Dos confesiones en una). No era una mala elección, al menos servía para no salir de allí con la cabeza gacha. Quienes son esos la solía pinchar Juan Pablo Silvestre en su recién inaugurado Escápate mi amor (Radio 3).
Luego de dejar pasar otro tiempo prudencial, Charly nos sacó una enorme bolsa con lo conseguido. Todo maravilloso. Una decena de Lp's espectaculares. Kaka, Zombies, Parálisis, La Mode, el Ep de Paraiso, Aviador, Vainicas, Paco Clavel... Y, lo más importante, el maxi single de Kikí d'Akí con las composiciones de El Zurdo. Malo de los precios para tan huecos bolsillos. No hubo problema. Los podía pagar a plazos. Con lo cual, no lo dudé dos veces. Arramplé con todos, prometiéndole (de verdad de la buena) que me volvería a ver el pelo algún día. Espléndido y generoso Charly. Y siempre, apoyados a su mostrador, no menos espléndidos (y me imagino que no tan generosos) efebos con melenas, super fans que le pedían el oro y el moro. En especial, un día de su programa de radio (Radiocadena española) para pinchar. Micros abiertos dejaba a los oyentes para que hiciesen los viernes por la noche cuatro horas de radio musical. De momento yo me conformaba con pinchar en mi casa. El pop se quedó conmigo para no despegarse jamás. Al menos, hasta el día de hoy.


El disc jockey salvó
mi domingo
No todo era música en la intimidad. Los domingos por la tarde Javier y yo empezamos a acudir a una macrodiscoteca de pueblo, la más grande de Galicia, según anunciaban las publicidades, que se llamaba El Cumial. Acababan de reabrirla, con lo cual, la promesa de unas modernísimas instalaciones bien podía arrastrar a cualquier aprendiz de saltimbanqui en edad de lucirse. Como sea que la susodicha estaba a varios kilómetros de la ciudad, en el pueblo del mismo nombre, había que coger un autobus de ida y vuelta. Llegados al sitio todo era alucinante. ¿Recuerdan a Tony Manero?. Nosotros igual. No nos gustaba el cincuenta por ciento de lo que allí se pinchaba. Llaménle prejuicios o estar en Babia porque comparándolo con lo que se debe escuchar hoy en día en las discos debería ser una barbaridad de aprovechable. No había aún llegado el house, mucho menos el acid house y abundaban cancioncillas de pop anglosajón, masacrados, si cabe, por esos penosos intermedios de recreo para el pinchadiscos con abuso de Max Mix, lo que daba un efecto de poutpurri contínuo sólo salvable cuando aparecía el momento nacional. Entonces los dos nos volvíamos locos y saltábamos a la enorme pista para danzar con Loquillo (Yo para ser feliz), con Resentidos (Galicia canibal), con Golpes Bajos (La fiesta de los maniquies), con Siniestro (Bailaré sobre tu tumba) y, con lo mejor, Alaska y Dinarama (A quien le importa). Curioso que en su estreno no cayésemos que se trataba de un himno gay en habla castellana, tipo arco iris del amor. O no le poníamos etiquetas de colores al amor o algo raro nos sucedía. Tal vez sea, y hablo en general, porque en la Galicia interior estas cosas no se pillan ni a la de tres. El caso es que A quien le importa era, para todos los que la disfrutamos en las tardes del Cumial, un himno a secas. Y eso ya era suficiente para que fuera coreado. Un himno a la algarabía, al despiporre y lo pegadizo del pop más clásico. Otro tanto de lo mismo podríamos afirmar de los habituales Communards, Bronskie Beat, Pet Shop Boys, Frankie goes to Hollywood o Dead or alive. Nos hacían empapar la camiseta sin pensar en lo que escondían realmente aquellas letras: odas al sudor mariconil, al cuarto oscuro y a los hombres de bigotazo pringado con semen VIH. Electrónica pasada de bytes, producciones de Stock, Aitken and Waterman para la catarsis colectiva que tan bien entendieron en el turn of the century los nostálgicos DMX Crew o Stuart Price. Y de nuevo, esos impecables estribillos que ningun minimalista tecno o house podían joder.
Fiestas dionisíacas, sin alcohol ni tonterias de ligoteos. Javier, cuyo físico nunca me dijo nada, en sus constantes arrimones, en su comunicación tan próxima, me puso lentamente receptivo. Y como nos rechinaba Jennifer Rush, preferimos entendernos sin sexo con el derroche de testosterona de Europe y su Final de la cuenta atrás. Era el momento en que nos corríamos a lo metafórico. Los jevis de su niñez transfigurados en superventas para todos los públicos, en llenapistas de provincias. Europe eran unos falsarios, unas nenazas de puro look Eurovision, si, pero el suyo era un temazo que lo tenía todo. Un riff pegajoso, unos vozarrones de chachas cuyos ecos se podían oir hasta en Seixalvo... Y ese solo inevitable. Nos tirábamos al suelo haciendonos los macarras de la muerte, imitando a los mendas con guitarra y los paletos de alrededor se retiraban, por si acaso. Como si aquello fuese un duelo de zorras en el barro, Javier y yo apuramos los segundos finales de la cuenta atrás hasta la eyaculación. La mía, pues en más de una ocasión me eché encima del compañero de baile en acto equívoco (que no admitía ninguna equivocación, tan digno de kamasutra para lectores del Popular 1 era el tal), lo que provocaba ligeros pero entendibles cabreos en el rapaz: le hacía daño, físico y moral.
Cuántos numeritos en zonas oscuras interminables. Movidas en los baños. Ganas de dar el cante encendiendo cigarros que podían ser de chocolate Suchard pero que hacíamos que pasaran por lo ilegal: droga nueva, que dejaban a los gañanes -vírgenes de vicios modernos- asombrados y criticándonos por lo bajinis: Es la marigüana, vámonos, que es la marigüana... Siempre risas y de nuevo a lanzar cabriolas por la pista pequeña, cegados por los reflejos de luces de una crystal ball envidiosa de nuestra felicidad. Y cuando los lentos, a reposar fatiguitas, poniéndonos melosos, riéndonos de la baja y el jirafa, de la putarraca de la minifalda vaquera, de la tetuda feota y tan guay que se fritó el pelo en Rizo's, del julai que ayer iba de Esteso y hoy se había dejado coleta a lo Bosé, envidiando servidor no poder bailar con nadie aquella preciosidad mansurrona de Umberto Tozzi que sonaba a vinilo cascado. Fueron en verdad grandes domingos sin Tableros deportivos, sin soledades por el casco viejo... El fin de semana acababa para las Cenicientas de barrio a eso de las nueve y media, hora de coger el bus de vuelta. Y, ya en casa, a darse una duchita reconfortante y a cenar ligero escuchando a la Tamargo con su consultorio sentimental (Radio 3).
La dolce vita,
que no en vano la cantaba de aquella el hortera del Ryan Paris...


continuará

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