25 enero 2010

SEMANA ESPEC IAL AQUELLOS JUNCOS SALVAJES (4 )

Capítulo trigésimo séptimo

Divas sudadas
Regresaba de la playa y me encontraba con Luis alegre como un cascabel. Rivalizando en moreneces, con ganas de amigos pues el verano separaba a los que aprobaron todas, a los que se iban a la aldea o a los simplemente más pudientes (y por lo tanto, capaces de disfrutar en zonas costeras durante dos meses largos). Y puñeteramente ambiguo. No paraba de tararear la cancioncilla chic de ese verano, el Irresistible de la princesa monegasca, la díscola Stephánie, supongo que su bella ideal del momento. Ya Luis por aquella sentía verdadera predilección por las francesitas, o habría que decir francófonas. Recuerdo su admiración (que yo compartía, en este caso) por Sophie Marceau y la Adjani. De todas maneras a mí la Estefanía de marras no me hacía nada de tilín. Tan ancha de hombros, tan mal vestida, con cara como de tontuela caprichosa. Desde luego que era una belleza, pero estilo natación sincronizada. Cuando me enteré que Pedro Ruiz le había regalado en su programa de televisión un caballo pura raza, un semental español, en seguida bromeé que no había mejor amante para tan irresistible jaca. Para ser sinceros, demasiado chico para carecer de pene. Sin embargo, cuando el soniquete de agosto me empezó a martillear los sentidos, decidí que el irresistible iba por mí y entonces me sonrojé. A fin de cuentas, Luis era un chico especial, como lo era Oscar, como de algun modo parecía serlo (o jugar a serlo) Javier. Y yo me empezaba a cuidar. El espejo me decía que iba a ser mi gran cómplice. Los colores me sentaban muy bien. El moreno de mar es lo que tiene, que no es el de río. Estaba radiante por dentro y eso se notaba por fuera. Sin embargo no tenía noticias de Pedro que era quien más importaba que me evaluara. En julio estuvimos completamente incomunicados. Así que dejé transcurrir dos o tres días tras mi vuelta y le telefoneé. Pese a mi persistencia el amigo no dio señales de vida. Su madre me explicó que había salido. Que, como de costumbre, no sabía a donde había ido ni cuándo iba a regresar. Pedro, mejor dicho, su vida íntima, su otro yo, empezaba a revelarse como una de las incógnitas más turbadoras y dolorosas con las que tuve que lidiar a lo largo de veinticinco años. Visto el panorama, opté por compartir agostos con Luis. Por lo menos, este rubiecito tenía más conversación, más afán de aprehender, de escuchar y de compartir. Reseñamos con todo lujo de detalles lo espectacular (y algo interminable) que estaba siendo el ciclo Marlene que le dedicaba a la actriz el Cine club de los jueves (a la espera de Testigo de cargo) y yo le advertía que anduviese atento a la pantalla pequeña pues, en seguida, finiquitada la teutona se instalaría en nuestros hogares la sueca divina, miss Garbo, también diosa de nuestra devoción total. Era una heroicidad. La televisión era el electrodoméstico que menos se utilizaba en verano. Aún así en las noches de calor era el único agarradero para sobrellevar a nuestros dieciseis el infierno capitalino que te impedía pegar ojo. Le hablé de Coruña y él me habló de Pedro, de que lo había visto una vez con sus amigotes en las piscinas municipales. Eso me animó a acudir a ellas cuatro o cinco tardes de agosto.

Branquias bajo el agua
Eran trayectos largos huyendo del páramo, odiseas de pequeños Lawrence en el desierto, sorteando lagartijas, tragando polvo, esperando oasis llamados sombra. Del centro a las piscinas había media hora a pie, bajo un sol de carallo. Lógico que lo primero que a uno le apetecíera, luego de dejar las mochilas sobre la yerba, era darse un prolongado chapuzón. Aguas caldeadas que yo siempre identifiqué con un enorme pilón donde se sumergen los gorrinos más valientes. En los ochenta, aquellas piscinas eran pasto de los gitanos, los malandrines del barrio más conflictivo. Mendas que te podían birlar en cualquier momento las cosas. Un reloj, el cambio para los helados, cualquier bulto. Era lo que había si no querías comprar una entrada en las de pago que estaban enfrente, más vigiladas, por no hablar de las del Polideportivo, en la misma ciudad pero de las que tenías que ser socio si querías acceder a las instalaciones.
No nos pasó ninguna calamidad, salvo un día nublado en el que apenas había gente. Me acuerdo que había ido a dar un paseo por las cercanías. De pronto se me acercó uno de los mancebos más apuestos del barrio de marras. Entre macarra y mangante era el sujeto. Portaba un mínimo slip de nadador como único atavío. El resto, carnes muy bien puestas. Sólo su cara ya era un poema lorquiano con codas de Cernuda. Su pelo negro azabache era el más ensortijado que había visto en mi vida. Me agarró del brazo y me dijo esbozando una sonrisa de dientes negros, entre amenazadora y guasona, que le diese cien pesetas. Le aseguré que no llevaba nada encima (¿qué iba a llevar si inauguraba esa tarde unas bermudas espantosas sin bolsillos que me había hecho mi madre con unas telas de payaso que no conseguian vender en el comercio?. Y pensar que yo le había pedido que se fijase como patrón en unas fotos de Miami Vice). En cambio, el me mintió. Si, porque insistió advirtiéndome que llevaba una navaja y que no se la hiciese sacar. Fue cuando le eché un vistazo al paquete. Lo lucía sudado en la punta de la polla. O bien ese bulto era el pincho o bien el pincho lo llevaba metido por detrás, a lo carcelario. Como ví inviables ambas localizaciones para una navaja, que ateniéndonos a la categoria quinqui del dueño debería ser de dimensiones barberas, lo mandé finamente a la mierda. Creo que pasados unos años éste ladronzuelo y yo terminamos magreándonos en algún aparte mal iluminado. Pero tal detalle no lo puedo confirmar.
Buen momento para que mi Pedrito viniese al rescate. Pero Pedro no estaba. La exclusividad de unas tardes soleadas bien aprovechadas las tenían mis compañeros de verdad, que disfrutaban en el agua clorada como Esther Williams lo hizo en los estanques de Hollywood cuarenta años antes, cuando era sirena USA y no diseñadora paraplejica de una línea de bikinis como fue hasta hace bien poco. Eran una mezcla de un Boy de la Metro y otro de la RKO que hubieran quedado para echar unas brazadas y, a su vez, de las hermanas Kessler en gira por Acapulco. Podían estar sumergidos durante casi una hora sin reparar en nada, como si hubiesen perdido la noción del tiempo, como si el reloj no contase en absoluto en esas circunstancias diría que bautismales. Luego tomaban el sol un poco, y otra vez a chapuzar. Para mí eran motivo de envidia. Luis y Juan bromeaban introduciéndose el uno al otro las cabezas bien al fondo. Buceaban divinamente. Sólo un detalle afeaba aquellas proezas atléticas dignas de un esturión: la piel de Luis estaba plagada de granos purulentos ¡y hasta ampollas! que en contacto muy contínuo con el cloro le hacían sangrar a chorros. Esa visión era terrible. Pero ni siquiera aquel detalle epidérmico lograba que abandonase el lugar de ocio. Eran tritoncillos desubicados pues su hábitat verdadero era el Pacífico bajo un sol de California. Tiempos previos a nuestra locura surfera, previos incluso al Nadadora de Family que tanto nos unió (nunca el Hidroboy austrohúngaro, el Hidroboy sería a su lado el incívico zurullo flotante del gitano que nos mira).

No sé nadar
Uno de los peores tragos que pasé en aquellas experiencias clorhídricas fue cuando Luis quiso enseñarme a nadar de otra forma que no fuese como un perrito. El problema surgía ya en la manera de introducirme en la piscina. Para ellos era humillante usar la escalerilla, destinada según me informaron como soporte de ayuda para niños pequeños y señoras gordas. A mí tirarme a lo loco me daba un pavor descomunal. Prefería el mar porque uno iba tanteando el terreno según caminaba, y eso a pesar de los impredecibles hoyos. Sin embargo odiaba las superficies resbaladizas de las piscinas, caer mal, sabe dios lo que odiaba yo... En cualquier caso, fueron siempre respetuosos y pacientes. Al ver que demoraba la inmersión una zagala inenarrable vino por detrás y me quitó de un empujón la tonteria. Roto el iceberg, Luis y Juan no se hicieron esperar y empezaron a darme sus particulares lecciones de nado. Me parecieron éstas tan sencillas que me animé a avanzar junto a ellos a las zonas donde no se hacía pie. Yo a mi ritmo, de aquella manera canina. Iba bien relajado, controlando la respiración, escuchando a mis profesores sus afirmaciones rotundas de que donde no se hace pie es donde uno más disfruta. El reto propuesto era llegar al otro extremo. El caso es que de pronto me dio una venada de irresponsabilidad. Me volví realista. Estábamos solos en el medio y medio de una piscina que parecía ya en mi nueva percepción océano para un náufrago del Titanic. Estaba claro que aquello no lo había hecho nunca, que no sabía nadar. Que empezaba a tragar ya demasiada agua y que por lo tanto algo fallaba. Que, en definitiva, estaba haciendo el ridículo delante de cientos de espectadores, a saber cuántos de ellos lectores de mis novelas. Entonces miré a mis amigos que se lanzaban expresiones de zorras. Y mis brazos quedaron rígidos, mis ojos a la birulé, mi moreno se fue a tomar viento. Me hundí. Anímica y físicamente. No consigo recordar cómo pudieron ellos arrastrarme de nuevo al punto de partida (¿qué ahogado recuerda los detalles de su ahogo?). Supongo que les dí entre tanto algún codazo o así. Para ellos fue un juego a tres. Pero para Maciste fue la primera vez que sintió la muerte de cerca. Y el famoso túnel que dicen ver todos los "al borde" acababa en un sumidero sin tapón con final en el entrañable rio Miño.
Pasados los años me convertí en un nadador simplemente discreto. Jamás le he perdido el respeto al medio. No llego a las fobias de Natalie Wood pero comprendo lo que debió sufrir en su vida ante la idea aterradora de morir ahogada, cosa que como sabrán los mitómanos de ley, terminó aconteciendo en aquel yate de Robert Wagner.
En lo que restó de verano preferi quedarme en la yerba, deleitándome con el naturalísimo exhibicionismo de los machitos calós, los que no podían bañarse en pelotas por un mínimo decoro pero que aún así llegaron muy lejos en osadías cuando se zambullían en calzoncillos blancos que calaban todo, absolutamente todo. Por no hablar de los que no venían allí más que a sacarse algo de roña, aportando ellos el champú y el ayuntamiento el agua, pues en la chabola carecían de lo último. Clanes enteros, diría que eran. Estaba visto que iba a ser carne de vestuarios en el futuro. Pero de momento ni me percataba de las posibilidades de la zona de duchas ni quería ofender a mis amigos, que seguían pegando cabriolas olímpicas bajo un sol de injusticia.
Y una tarde de septiembre coincidimos al fín. Pedro estaba allí. En las de pago. Cómo no se me habría ocurrido venir antes... Fue un encuentro fugaz. Hola y adios. El salía de los báteres y yo entraba a cambiarme. Dios, cómo estaba el amigo con náutico negro. Era un precioso ejemplar de mancebo, facsimil a todo color del Bill de Aventuras del FBI. Esperé unos segundos y lo seguí. Bajo unos pinos, toda su basca. Gentes que no reconocí. Chicos y chicas de barrio barullando sobre sus toallas. Todo era jolgorio. Qué poca atención me había prestado el cabronazo. Fue cuando sonsaqué que el verano cambia muchísimo a los ligues. Y que el verano ya había comenzado para él en las fiestas del Corpus. Que hay que buscar la fidelidad en los amigos de verdad. Y Luis y Juan, pese a mi minusvalía total para lo deportivo, podían ser el mejor sustitutivo al encoñamiento masoca.
Regresábamos entre chistes y canciones. Con sed, devorando un polo, sacando piedrecitas de las chanclas, riendo como pequeñas hienas por menudencias de la edad. Maciste disimulando la pesadumbre. Y aún la incrementaba más Luis cuando sacaba una Super Pop y me enseñaba un reportaje de unos tal Bros cuando eran trío de dos rubias y una morena y me decía que qué guapos eran aquellos artistas. Yo le decía que si sin excesivo entusiasmo y entonces él, para que me soltase la melena que todavía me quedaba, me preguntaba que cuál me parecía más guapo de los tres. Y entonces le respondía que el moreno porque los otros daban demasiado amariconaos, como de tener el vicio de incestuarse en las literas de su habitación noche tras noche. En mi apreciación, prefería a los morenos. Pedro era moreno, claro. Lo moreno iba a misa. Sigue yendo. Es un acto de fe recalcitrante.

continuará

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