20 enero 2010

Macisterotique


* Ayer por la mañana me crucé con el adolescente del colegio de mi calle que me gusta tanto. Llevaba puesto un pantalón de chandal color marrón. Nunca lo había visto con esta prenda y está fabuloso. Disimulé un poco pero ya disimulo fatal. Pierdo la paciencia, la sutileza, la decencia y me delato rápido. No debo estar para hostias. Cara de secuestrador tendré porque la peña capta las intenciones en seguida. Ya no es como antes. Qué tiempos... Cada vez me cuesta más seguir a alguien. Miran al poco para atrás, me esquivan parándose en un escaparate absurdo y no me queda más remedio que seguir mi camino (como Bing Crosby). Este estudiante, por ejemplo, tan dado a salir solo a comprarse una empanadilla en pleno recreo me dá que me ha calado. Y luego yo confiando de que las veces anteriores ni se percataba de que le metía mano en los tumultos civilizados... No debo arriesgarme con él siendo vecinos. Podía correr la bola. Y si ya hace dos años tuve pequeños problemas con el raperillo del pitbull que fue a cagar, el año pasado con otro al que ni le prestaba atención, pero al que le oí un mal comentario, en este curso escolar no quiero que sea él el motivo de reservadas chanzas entre la peñita que se arremolina a diario frente a mi portal y adyacentes. Pero, una vez más, me reafirmo en que el niño está bien rico. Cualquier pantalón le queda perfecto, tal es su esbeltez y curvas. Dado que el chandal es fetiche para mí constato que su pompis es digno del porno ruso.

He seguido a un deficiente psíquico espectacular. También me ha calado. A la segunda. Y es que a la primera me pasé diciéndole obscenidades. Anda solo. Luego emprende escapadas, te lo vuelves a encontrar en otro callejón como si nada... Pero no me han gustado un par de miradas y otros dos amagos de fuga. He de tener cuidado.

La mañana de Año Nuevo seguí a una delicia de varoncito. Iba por la acera de enfrente. Estaba bien pedo. Sin embargo fue suspicaz. Pensaría que le quería atracar... Lo gracioso es que el mareo lo tenía tan desorientado que hizo que viniese a mi sin tener que cruzar yo. Menudo imán. Perdidiño... Entonces, delante mía, le susurré que me la dejase chupar. Debió de oirme. Se paró, giró muy mal y me dijo nosequé (algo como "¿no te confundirás de persona?"). No le hice caso, pidió disculpas y aceleró el paso. Ya no parecía mareado. A esta belleza sí que podía habérmela beneficiado. Si yo tuviese más tiempo... pero ando a medio correr. Regresé a casa para hacer el cocido. Ya era la una de la tarde. Hora de dormirla.

* Con el barullo consumista de la plebe las pasadas fiestas (crisis tan gastonas nunca he visto antes) me tienta volver a hacer el numerito en el bazar chino. Que es el numerito del tanga. O sea, agacharme delante de alguno para que me vea bien la tira. Eso que suena a cámara oculta en realidad no lo es. Primero, porque este bazar no tiene cámara de vigilancia y, luego, porque soy muy selectivo. No me exhibo indiscriminadamente como las anzuelas televisivas. Esta vez no hizo ni falta agacharme. Todo empezó al fijarme en una pareja de gitanos. ¿Tío y sobrino?. Me centré en el sobrino. Llevaba yo un vaquero de esos que se bajan mucho por detrás (me sobra alguna talla, además) y pasé a su lado con él medio bajado. Pensaba que aquello no le iba a llamar nada la atención, a fin de cuentas el gypsy saggin' les pertenece. Claro que lo mío incorporaba el delicioso detalle del tanga de calidad. Pues bien, el jóven sí que se fijó. Avisó al cincuentón. Qué risa. Estaban mirando cintos. El chiste se lo había dejado a güevo. Aquél que diu: A este gay le hacen falta tirantes. Qué va... El churumbel lo que vio en su retina fue SEXO, no sin tragar saliva y morderse las ganas. Por la estantería contígua escuché sus reservados comentarios. El mayor: A mí eso no me altera... ¿Te altera a tí?... Silencio. Pero sí que le alteró. A él, claro y luego a una tropa que se vino en mi busca con la excusa de inspeccionar todo el bazar.
Al volver a captarme, el jóven se me acercó. Tenía huecos varios para tomar la dirección de la caja. Pero el listo quería pasar bien pegado. Quería rozarme el trasero. Bien que lo hizo el cabrón. No sentí nada tieso pero la tiesura vino en los minutos siguientes. Me aproximé a la zona más discreta del bazar, ferretería y complementos. Escuchaba barullos. Gitanos en caravana, por lo menos. Al principio fueron dos, luego ya conté cuatro. Por lo bajinis se fueron pasando la voz. Me rondó un fulanez que ni puta idea. Rasgos de macho cabrío. Yo ya no tenía ganas de seguir jugando. Me había gustado el jóven y ahora no sé dónde andaba. Quiero decir que me había subido los pantalones. Me fui en retirada, ví al gitanillo buscando forzada conversación con unas chavalas que, evidentemente, no querían tratos. Me alegró que todo aquello le hubiese provocado una erección. Lástima que aquel clan (como de atracciones Jimenez) entorpeciese un mayor acercamiento. De venir él sólo hubiese podido haberlo hecho correr sobre los espejos made in Taiwan que malviven en aquella estantería espantosa.

* Pensé que las Navidades no me traerían este año flirts. Tardaron pero aparecieron. Breve encuentro con un osete de lo más rico. Más alto que yo, más ancho. Lo que más ilusión me hizo fue su barbita. Se la mordisqueaba con mucho gusto. Qué buen cepillo para un beso negro. Besaba con locura. Tremendamente receptivo a mis impulsos. Era un tipo bien guapo. Su polla, fenomenal, además. Pero yo no estaba por la labor de comérsela. Quería follármelo. Tenía un culo de osete. Nada velludo pero bien infladito. Me costó llegar a su caverna con la mano (había mucha carne que separar) y la encontré algo humedecida, probablemente no tenía el cofre muy limpio. Esto me puso bien a tono. Fue el detalle definitivo, porque empalmado estaba desde el momento que nuestras lenguas intercambiaron voraces salivazos. Pena que me corriese tan pronto. Estuve un buen rato frotando la cebolleta por sus contornos. Luego cuando se la clavé hasta el fondo (el mío, no el de él) ya la tuve que sacar para correrme a un lado del báter. Me la limpié con un pañuelo y con frialdad me abroché el pantalón. El adoptó una actitud que me recordaba a mí mismo tantas veces. Como pasivo, no sé si ocasional o recalcitrante se vistió y, sin decir tampoco nada, se salió del lugar quedándose a la espera de otro. Una delicia de visitante.

Ayer por la tarde cerramos el tiempo de Pascua con otro novedoso. Buen machín. Sienes plateadas, pero no mayor. Calculo que tendría mi edad, año más año menos. Tranca espectacular. Perfectas sus dimensiones. No quería besar, o no se me ocurrió besarle. No sé qué fue que al no hacerlo no me empalmé. El, si. Ya lo estaba cuando llegué al bater. Fue fácil el ligue. Le miré a los ojos, dejé la puerta entreabierta y entró. Se la chupé un poco. Le dí la vuelta y me froté contra su culo (fenómeno). Me empalmé ahí. Pero en priapeces él seguía siendo el rey. Así que me dio la vuelta a mí. Prefería endosármerla a pelo. Actué rápido. Le pasé el condón. Me folló. Jugaba además con mi ropa. Eso está bien. Aceleraba el bombeo, me daba caña, luego bajó de intensidad por si me molestaba o hacía escándalo. Me hizo gemir. El también gimió. Cuando se corrió. Lo único que le dije es que tenía una buena tranca. Puso cara de : vaya, que cosa la que me ha pasado... Le doy un seis. ¿Quién sería?.



* Vuelvo a las navidades. Mi amigo Freddy, el mulato salvadoreño, el que vive en la casa parroquial, me ha visitado dos veces. Aun no siendo mi tipo me está entrando el muchacho. Claro que para eso debo usar algunos trucos. Por ejemplo, apago la luz. Luego, le pido que no hable mientras estamos en faena. Pero no me engancha. Hay algo que me repele. Primero, su falta de brío, luego su excesiva y casi absurda sudoración. Máxime esto último cuando en casa no tenemos calefacción y las pasadas fechas fueron de frío polar. En cuanto a su falta de brío va unido directamente con su carácter. Es un hombre bueno, comprensivo, muy curita por dentro (me ha llegado a decir: No soy de los que tratan a las personas como objetos). Lo cual no es óbice para que en lo más íntimo de su ser oculte una parte perversa bien curiosa. Le he advertido que hay que hacerlo con condón (él es activo). No hay problema. Me ha regalado una caja de preservativos que deben ser de lujo porque al principio creí que se trataba de un estuche con un perfume. Pero se pone el condón y no consigue empalmarse. Entonces se lo quita y ¡zaca! el milagro de Fátima. Con esto quiero decir que lo que él busca es follarme a pelo. Lo que no deja de ser una manera muy papista de encararse al sexo. Le importa tres cojones que luego se le ulcere o se le caiga a cachos. Bien, el caso es que esto no le ha pasado. Ni la tarde de la Nochebuena ni la de víspera de Reyes. Empiezo a dudar de que mi venérea sea auténtica.
Vaya con el negrito del Domund... Pero es muy majo, y en Reyes me trajo el roscón, que fue un detallazo teniendo en cuenta su economía. Me ha hablado del carácter de esa gente de la Iglesia, para los que trabaja y me puso los pelos de punta. La monja de la cocina irascible de más, el director un hijoputa que nadie aguanta (él sí, por la cuenta que le tiene. Está de portero, así que la cocina no la pisa nada más que para servir y comer). Dice que malpagan a los cocineros. Que cada año, cuando se hace balance, sobra mucho dinero, así que económicamente la casa es de una insolidaridad mayúscula con sus empleados. Sólo se salvarían los curas ancianos, claro, pero esos están hechos unos zorros viejos, con un pinrrel acá y otro allá. Le recomiendo paciencia.

* El 30 de diciembre vino a casa Jose. Fenomenal, como siempre. Pero no pude correrme. En su recta final me folló panza arriba. Y me fue imposible desconectar. Cerraba yo los ojos y eso fue peor. Si las vistas son espléndidas... Un macho malafeitado, un obrerazo recién salido del curro mirándome con ojos pornográficos pero sin perder la compostura (impertérrito, vamos). Lo mejor: dos ósculos raros que le robé. Antes de marcharse le dí su regalo de Navidad: una caja roja de Nestlé. Le pedí a cambio... que volviese pronto (no me atreví a pedirle los gayumbos siempre currados que me trae: el mozo estaba demasiado serio). No dijo nada.
En la Cabalgata lo ví con el crío. Es aún un niño muy pequeño. Pensé que ya iría a la Cabalgata con sus amiguitos del cole. Pero todavía está en edad de creer en esas cosas y de ir de la mano de papá. Me miró pero torcí un poco la cara. Había demasiado tumulto para que mi feo gesto le hiciese pensar en lo orgulloso, absurdo y borde que soy. Si en el fondo a él le importa un carajo como soy o como dejo de ser. ¿Sabrá cómo me llamó?. Se lo dije hace mucho, casi diez años ya, justo cuando nos conocimos, y no se lo he vuelto a recordar ni se ha dado nunca la ocasión de que me tenga que nombrar. Lo nuestro parece Last tango in Paris a punto de cumplir sus encuentros de plata...

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