20 enero 2010

Estampas de santos. Por el reverendo Belcebú von Bleu

EL SACRIFICIO DE ISAAC (1635) de Rembrandt Harsmenszoon van Rijn

Queridos hermanos. Siempre resulta apasionante acercarse a la historia de Abraham y su hijo. Además yo creo que es uno de los momentos más dramáticos que nos ha propuesto la pintura a costa de la salvajada de las Antiguas Escrituras. No hace falta que el niño quedase con vida, que se salvase en el último momento como si Griffith, inventor del last minute rescue, estuviese controlando la situación fuera de plano (y es divertido pensar que Dios era Griffith). Porque aunque Isaac no llega a mártir (probablemente, en el orden cronológico, el segundo mártir tras Abel), las trazas las llevaba todas para que así lo fuera.
El tratamiento de Rembrandt es terrorífico. Fijaos en esa ancha mano del padre que empuja hacia abajo la cara del adolescente. Fijaos en el propio adolescente, ocupando un primer plano apoteósico, que ha sido desvestido y tiene las manos atadas a la espalda. Atención a cómo arquea hacia arriba el suave y blanco torso al estirarle Abraham el cuello para degollarlo, torso que se convierte en el fulcro de la composición.
Resulta sorprendente esta visión del pintor en una época de su vida en la que todavía no era padre (acababa de casarse con la infortunada Saskia que le iría dando hijos muertos, hasta que nació Titus, el triste Titus, que sobrevivió a cambio de la madre) y residía en un barrio judío de Amsterdam donde pudo encontrar numerosos rostros y cuerpos que le sirvieron de modelos a sus escenas sobre el Antiguo Testamento. En cualquier caso, no es la suya una visión única u original, pues forma parte de la iconografía abrahámica y cuenta con centenares de versiones parecidas.
Si bien siempre hemos imaginado a Isaac como un tierno infante los pintores prefirieron mostrarlo como un muchacho de unos quince años hasta el punto de coincidir así con la escasez general de mártires infantiles que nos propone la Biblia (no así la historia apócrifa de la antigua Iglesia, sobrada de nenitos). Salvo determinado niño Juan Bautista en el desierto, el resto de los santos más célebres lucen talludines. Eso sí: igual de abrasados por las llamas, asaeteados (caso del paradigmático Sebastián) o perforados en distintas partes de sus cuerpos. Y todos exánimes y desvaídos, morbosos y eróticos.
El icono más potente sería Cristo que, como sabrán, murió de muy mala manera pasados los treinta, una edad muy poco idealizable para los pederastas del dolor pero de una intensidad erótica infinita para cualquier adorador de los cuerpos masculinos perfectos, del male art en general. Es una pena que los estudiosos hayan prescindido, no sé si por respeto, miopía o por miedo a enfrentarse a la jerarquia eclesiástica, a contemplar a un icono tan valioso desde esa clave. Puede que ya vaya siendo hora de romper eternos tabúes al respecto.


AMEN

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