21 enero 2010

Escala en HI FI. Por Cordelia Flyte

Noble beast de Andrew Bird (2009. Fat Possum, Bella Union Records)

Silbando al viento de invierno
Es un disco éste, como tantos que traemos a esta sección, para degustar con el móvil desconectado. No vivimos tiempos de reposo, de meditación. Eso es lo malo. Nuestra gran tara. Todos vamos con prisas y así no se pueden encarar las obras maestras. Pienso que una escucha acelerada del Noble beast, típica de obseso del mp3, es un enorme error, casi una blasfemia. Si encontramos huecos a nuestro estrés común, probemos su degustación una tarde de domingo neblinosa, nevada y tristona, en la soledad de nuestra habitación. Si todo va bien surgirá de inmediato la magia, quedaremos atrapados por unas atmósferas barrocas y a la vez sencillas, disfrutaremos incluso de esa cantidad de intros y outros con los que ha querido adornar el músico de Chicago su octavo trabajo hasta la fecha. El barroco con sensibilidad y sentido del equilibrio entra mejor.
Folk de mesa camilla, aires Nilsson, americana llena de alma, psicodelia dulce, guiños a la electrónica (cortesía de Martin Dosh) con voz delicada a lo Jay Jay Johanson (¿qué habrá sido de él?), sublimes crescendos donde antes eyacularon neorrománticos con pedigrí como Rufus, Divine Comedy, Fleet Foxes, Sufjan Stevens o Final Fantasy. Es decir, pop independiente americano que merece la pena.
Trovador moderno con violín bajo el brazo y silbidito contagioso en los labios. No se preocupen, no es carne de spot, no busca reconstruir, codicioso de fortunas, el Young Folks de Peter, Bjorn and John. En el fondo su apellido manda, es un pájaro de muy buen agüero. Así que Oh no, con un poco de suerte, se salvará de la degradación implicita a toda difusión masiva, quedando en mini himno para los happy few (que celebró Stendhal). ¿Se acuerdan del final de The story of the impossible de Peter von Poehl (2006)?.




Melancolía y belleza. A ratos mansedumbre, a ratos calma tensa... Deslumbrante power folk en Fitz and the dizzy spells. La sensibilidad estremecedora de Tenuousness (se me viene a la cabeza en su primera parte los mejores escalofríos de Beth Gibbons o Isobel Campbell, los que nos transportan a lugares desolados, perdidos en los mapas pero plenos de elementos feéricos) y, sobre todo, Masterswarm que encantaría a Nilsson, ya mentado. Un prodigio de canción, la inspiración en su máxima potencia creativa. ¡Qué arreglos!.
La desigual duración de los temas no debería ser nunca motivo de sospecha de plomez de un disco pop. Salvo a los fanáticos del "de tres minutos", los que van a piñón fijo. Andrew como autor reflexivo y puntilloso sabe lo que conviene para cada criatura llamada canción. Qué se puede acortar y qué añadir. Es el padre, el dueño y el señor. Lo único que se le puede achacar es cierto bajón o desinflamiento en Fitz antes del orgasmo de los silbidos, ese orgasmo de la parte central que uno está deseando que llegue pero no arranca o tarda de una manera insólitamente lánguida hasta ponernos nerviosos (suponemos que pretendía ser una canción cien por cien alegre). Salvo esto, nada que reprocharle. Mientras hay calma escuchamos el viento soplar, silbar. Y a mi siempre me han gustado los discos con silbidos, otra de mis debilidades desde la primera vez que escuché una vieja canción inglesa llamada Whistle Down the Wind (1961). Aún no les he mencionado The Privateers, Natural disaster, Ono o Nomenclature. Es mejor que las vayan descubriendo ustedes con un poco de tiempo. Búsquenselo a Andrew, merece lo mejor. Sé que es puro egoismo pero hará nuestra existencia más feliz.


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