19 enero 2010

Dirigido por...fa: Rekopis znaleziony w Saragossie (1964. Wojciech J. Has)

Por Ramón (futuro Terenci) Moix, enviado especial de la revista FILM IDEAL al 13 Festival Internacional de Cine de San Sebastián (1965)


La mayor parte del filme actúa por un proceso de fascinación, siguiendo derroteros que no son nuevos en la historia del arte pero que en el cine, y dentro de este proceso, se me antoja sumamente original. La fascinación es, en primer lugar, resultado de una fantasía básica admirablemente recreada, en un derroche de imaginación prodigiosa. Se trata de una simple labor de mezcla realidad-fantasía, fórmula que desde Preminger a Bergman, desde Méliès a Fellini, ha probado siempre ser muy agradecida cuando es tratada con inteligencia o un nimo de sensibilidad. En este caso concreto del filme de Has, se trabaja sobre una mezcla ya establecida en el original literario y, partiendo de él, la recreación del espíritu romántico del autor. Calidoscopio de un mundo que sólo el viajero romántico del XIX podía apreciar, oculto en la cotidianidad y la superficialidad de la naturaleza, El manuscrito encontrado en Zaragoza evoca en todo momento las grandes colecciones de cuentos de la Historia de la Literatura, desde Bocaccio a los delirios anónimos de Las mil y una noches. A medias entre el espíritu oriental y el occidental de los grandes exaltados de la época, Jan Potocki cree ver en toda apariencia el oculto misterio de la vida en su totalidad. Como lo surrealistas, en la mediocridad del mundo adivina un submundo fantasmal o angélico al que el hombre sólo puede alcanzar por un abandono absoluto de su voluntad. Y como Potocki, J. Has ha visto en el surrealismo la cautivadora solución a unos problemas que en apariencia no existen y que, cuando la cámara -como antes la pluma- rebusca en el reverso de las apariencias reales, surgen violenta y sinceramente, con un fragor tal que sólo pueden producir imágenes fragorosas, calenturientas, barrocas y monumentales.
Esto es en esencia El manuscrito encontrado en Zaragoza. Surrealismo consciente sobre el surre
alismo no premeditado de un escritor que, como los grandes románticos, era pintor, poeta, músico, arquitecto a la vez. Obra loca pero cuidadosamente ordenada, en la que todo encaja como un engranaje aun cuando todo parece ir a desbaratarse de un momento a otro. Obra sin tradición, aun cuando abarque numerosas tradiciones plásticas y literarias, que se desliza durante ciento cincuenta minutos de proyección con un rigor y un equilibrio admirables, que hacen pensar en los signos cabalísticos utilizados en el pasquín de lanzamiento. Admirable recreación de un espíritu ibérico cuyo folclore es el amor y la muerte, el moro y el eremita, el buen vino y la serpiente encerrada en un joyero.


Vayamos por partes. No me gusta el prólogo, demasiado breve, en que un soldado napoleónico y otro español encuentran el manuscrito que narra las peripecias bien extrañas del jóven capitán Alfonso von Worden (interpretado magníficamente por Cybulski). Realizada torpemente, esta secuencia decepciona aún más cuando se rememora -por asociación forzosa- al final del film. La primera parte, es decir la aventura de Cybulski en Sierra Morena (una Sierra Morena desértica, nido de serpientes, buitres y ahorcados) con el sueño del mesón, las hermanas moras lesbianas, el regreso a la realidad, que más tarde sabremos aún era mentira, tiene los momentos más surreales, los signos más cabalísticos, mezcla de aquelarre y retorta de mágico, de toda la película.
La segunda parte, titulada "Cuentos de Madrid" es un admirable prod
igio de puesta en escena, ritmo, composición, ambientación, que no recurre ni un solo instante al surrealismo -atrevámonos a decirlo- más o menos facilón de la primera parte. Los "Cuentos de Madrid" se encadenan uno en otro, nacen y mueren uno en otro, en una capacidad cíclica que me recuerda Las mil y una noches. Dona Rebeca Uzeda, la hermana del mago que lleva a Cybulski a su castillo, ya dirá a propósito del encadenamiento de las historias: "Es como la vida. También la vida es una calle muy ancha que tiene muchos callejones. Nos perdemos a través de ellos y, buscando la salida, vamos a parar a otro más complicado". Al final, sin embargo, las historias se van aclarando, mueren una en la otra hasta que la última vuelve a ser la que primero empezó e, integrada en la historia general, que es la de Cybulski dentro del libro que leen los soldados, toda a su final. Esta parte de los "Cuentos de Madrid" bastaría por si solo para justificar el único premio justo que se ha dado en San Sebastián este año y denunciar la injusticia de no haberse llevado los principales.
El movimiento escénico, la recreación ambiental, los fabulosos figurines, la dirección de actores, alcanza en esta parte la difícil dimensión de lo insuperable. Es una sucesión de grabados al boj magníficamente acentuados por una fotografía, en blanco y negro para dyalisco
pe, que hace del film una verdadera acumulación de presencias artísticas sin detrimento de sus valores en cuanto expresión autónoma, como obra cinematográfica en si.
Laberinto del tiempo y laberinto del espacio, mórbida y sensual, juego del erotismo y la muerte, profundamente nuestra, como una estampa del "Rinconete" o una visión del "Diablo cojuelo", esta historia desencadena en un
plano que no tiene fin más que en su principio. Con el manuscrito que narra sus delirios -¿qué hubo de verdad; qué era mentira?-, el capitán acaba loco de atar y deja tras de sí el manuscrito, sobre una mesa, en un plano mágico en que el viento y el polvo empiezan a mover sus hojas. Plano admirable, cuya continuidad en el momento inicial del film, cuando el manuscrito es encontrado, por el que el tiempo no concluye nunca y se establece la coartada estética por la cual Cybulski pudo haber vivido esta historia en el siglo XVII -o soñado esta historia-, Jan Potocki haberla recogido en el dieciocho y el magnífico grupo de colaboradores de "Kamera Film Unit" filmarla en 1964; sin detrimento de la objetividad y respeto de cada cual por cada cual.
Finalmente, El manuscrito encontrado en Zaragoza es, con palabras del eremita-jeque: "La posibilidad de que lo recuerdes todo a través del tiempo y de que todos permanezcamos en tu recuerdo para siempre". Una obra extraordinaria que fue para el jurado, y, parafraseando a Hamlet, "caviar para el vulgo".

Revista Film Ideal. Núm. 172
15 de julio de 1965

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