22 enero 2010

Boquitas Pintadas recupera...

...un cuento de 1963 de Gonzalo Suárez

Los surrealistas han inventado las etiquetas y las han pegado en botellas de vino añejo. La botella de Hitchcock tiene una etiqueta antigua y está vacía: "el cine corre por debajo". El caso es que Nadja, sometida al tratamiento fatalmente analítico de André Breton, "me remueve menos" que Marnie sometida a la burda terapéutica de Pygmalion 007. Porque el procedimiento narrativo por transposición de Alfred H. resulta un más eficaz hallazgo para sobrepasar las limitaciones del universo conceptual que el intento de inaugurar anexos en nuestros grandes almacenes mentales a descubrir retales en la trastienda. Por ello, como el dromedario de la caravana, bebo en las películas de Hitchccock por la sed pasada, por la sed presente y por la sed futura (prescripción facultativa del doctor Gargantúa), y eso no es todo. Cuando papá Hitchcock dice a los espectadores: "No se preocupen, el edificio tiene pararrayos" ("Marnie"), acto seguido hace entrar un árbol descuajado por la ventana. Y yo creo, como él, que el arte es la única réplica posible a la vida.


El profesor llamó a un investigador y le proporcionó una lista con trece nombres. Dijo que le interesaba localizar a alguna de aquellas trece personas. El investigador preguntó al profesor si aquellas trece personas vivían en la ciudad: el profesor respondió que lo ignoraba. Mientras hablaban, un ratoncito correteó por la habitación. Como el profesor viera que el investigador había descubierto con asombro la presencia del pequeño roedor, le explicó:

- Viene a compartir la comida de los canarios

Tres de los trece nombres estaban incluidos en la guía telefónica de la ciudad, según pudo comprobar el investigador. Y pensó que su tarea resultaría fácil. Empezó por visitar al señor Emilio Zanet, que vivía en una calle céntrica. Descubrió no sin consternación que el señor Zanet había muerto hacía una semana, víctima de un accidente de tráfico. Pero su consternación se trocó en interés cuando la viuda del señor Enrique Viela, quinto nombre de la lista, le informó de que su marido había muerto hacía cuatro días... en un accidente de tráfico.

- ¿Le atropelló algún coche?-preguntó el investigador.

- No. El automóvil que conducía cayó al mar.

El tercer hombre de la guía teléfónica correspondía también a una persona muerta recientemente en accidente. Aunque esta vez se tratara de un obrero caído del andamio.

- He llevado a cabo la misión que me encomendó -dijo el investigador-; pero antes de comunicarle el resultado, permítame hacerle una pregunta: ¿conocía usted a las trece personas de la lista?.

- A ninguna de ellas-respondió el profesor.

- Pues han sido localizadas. Tenían su lugar de residencia en diferentes ciudades, pero todas poseen una característica común: han muerto.

El profesor acogió la noticia con visible impresión.

- ¿Cómo? ¿Qué dice?

- Una película. De Huston.

- Nunca voy al cine -dijo el investigador.

El profesor abrió un cajón y sacó, una a una, trece cartas. Las depositó sobre la mesa. Las trece estaban escritas a máquina, a juzgar por las peculiaridades de la tipografía. Las trece contenían el mismo texto. Pero al pie de cada uno de los trece textos aparecía un nombre diferente. También mecanografiado.

- ¿Cuándo recibió estas cartas? -preguntó el investigador.

- Hace tres días. Simultáneamente.

El texto de las trece cartas era el siguiente:

"Señor profesor: considero oportuno advertirle que corre usted tanto peligro como yo."

- Ahora se trata de averiguar -dijo el profesor- qué tienen en común estas personas, además del hecho un tanto sintomático de haber muerto accidentalmente. También interesa saber la naturaleza de los accidentes.

Al cabo de tres días el investigador había reunido todos los datos concernientes a las personas de la lista.

- Cecilia Borret. Veintitres años. Institutriz. Estaba asomada al balcón con un niño en brazos. Tuvo un descuido fatal y el niño cayó. Acto seguido, ella se tiró a la calle. Dos transeúntes fueron testigos y nada hace suponer que no se trate de un suicidio.

- Bien. Ricardo G. Rivas.

- Las causas de su fallecimiento resultan más sospechosas. Fue atropellado por un coche que se dio a la fuga y no ha podido ser localizado.

- ¿Profesión?

- Empleado de Banco. Su muerte es parecida a la del señor Zanet. Pero en este caso el responsable se halla detenido. Un taxista. Otra muerte poco clara ha sido la de Margarita Haro: le cayó una teja y le abrió la cabeza. Enrique Viela no fue encontrado. El coche apareció, completamente destrozado, en el mar. Sonia Bardere tenía trece años. Víctima de emanaciones de gas. Alberto Prado se desplomó del andamio donde trabajaba; trece compañeros le vieron caer. Se supone que sufrió un mareo.

- ¡Un momento! Sonia Bardere tenía trece años y Alberto Prado cayó ante trece testigos. ¿No resulta una curiosa coincidencia la obsesionante aparición del número trece? -dijo el profesor.

- ¿Es usted supersticioso?

- No, no. Al contrario, me gusta dormir en las habitaciones número trece de los hoteles... Es más, mire...

El profesor abrió las puertas correderas, al fondo de la estancia, y el investigador pudo ver una enorme jaula colocada sobre una mesa de ping-pong.

- Tengo trece pájaros -dijo el profesor-. Y cada uno le he dado un nombre y dos apellidos. ¿Ve aquel que tiene reflejos verdes en las alas? Se llama Ernesto. Ernesto Pérez Lapa.

- Un nombre curioso, para un pájaro -comentó el investigador.

- Perdone la interrupción, y volvamos al trabajo -dijo el profesor, cerrando ruidosamente las puertas correderas.

- En fín, profesor. Aqui tiene usted mi informe. Para su tranquilidad, le diré que no he podido establecer ninguna relación entre las personas muertas, y desde luego puedo garantizarle que en la mayoría de los casos estas personas han sido víctimas de auténticos accidentes. Por ejemplo, ahí tiene el caso de Jaime Gracia Rivas. Murió acribillado a balazos por la Policia, cuando intentaba huir. En esta ocasión nos vemos obligados a descartar la hipótesis de asesinato, al menos de... asesinato legal.

- ¿Acribillado a balazos? ¿Cuántas balas?

- ¿Trece? ¡Qué imaginación tiene usted, profesor! He reflexionado mucho sobre este caso, y he llegado a la conclusión de que no parece tratarse de una amenaza seria, sino más bien de una broma. A todas luces es evidente que las cartas fueron escritas días después de que se produjeran los accidentes, y que estos no han sido provocados ni por una causa común ni por una sola persona...

- Pueden existir trece asesinatos -sugirió el profesor, y sonrió.

- ¿Una organización? Resultaría muy novelesco. Es más verosímil creer que alguien le ha gastado una broma de mal gusto. Alguien que tenía interés en proporcionarle quebraderos de cabeza. Alguien que se tomó el trabajo de recoger en los periódicos los nombres aparecidos en la sección de sucesos. Usted mejor que nadie, profesor, debe tener una idea de quién puede ser esta persona.

- ¡La tengo! Sé que me odian. Son ellos. Y la amenaza es más seria de lo que usted pueda suponer -dijo el profesor.

- ¿Ellos?

- Si, los trece. Acechan. Esperan el día de la liberación.

- ¿Se refiere a...? -balbuceó el investigador, abriendo los ojos con incredulidad.

- A ellos. No me cabe duda. ¿Quién si no? Hace tiempo que observo el odio en sus ojos. Se agitan constantemente, provocan deliberadamente toda clase de ruidos, sólo para humillarme, para vengarse. Porque los tengo encerrados.

Abrió las puertas correderas.

- ¡Mírelos!



El investigador se sintió desazonado. Comprobó que el profesor miraba con auténtico odio a... sus trece pájaros. En seguida comprendió que el profesor, víctima de una absurda manía persecutoria, se había escrito las cartas a si mismo. Comprendió que estaba trabajando para un enfermo mental, y decidió acabar cuanto antes con aquella historia.

- Sólo hay una manera de evitar el peligro -dijo el profesor.

Hizo una pausa y añadió:

- Eliminarlos.

Cerró las puertas correderas.

- Uno a uno.

Paseó por la habitación.

- ¿Qué opina usted? -preguntó al investigador. Este consideró que sería mejor seguirle la
corriente, y además no le gustaban los pájaros.

- Elimínelos -dijo.

Y cuando se encontró en la calle respiró aliviado. Sólo entonces se dio cuenta hasta qué punto era sórdida la casa del profesor. Una casa apropiada para cosechar manías y obsesiones. Un manicomio hecho a la medida de su único internado.

No sabía cómo empezar, y optó por respetar el orden alfabético. Metió la mano en la jaula y sacó a Rodrigo Arroyo. Era amarillo. Los ojos, como cabezas de alfiler, le lanzaban un desafío. Cogió el frágil cuello, con el índice y el pulgar, y sacudió al pajarito como si se tratara de un termómetro.

Eso hizo el primer día, y se sintió más satisfecho. Al segundo día llamó por teléfono al investigador, y le dijo:

- Todavía no he empezado. En realidad, no sé qué procedimiento utilizar. Me falta valor. Después de todo, los veo tan... indefensos.

El investigador estaba de mal humor, porque eran las seis de la mañana y había tenido que saltar de la cama para coger el teléfono.

- ¡Malditos pájaros! ¡Estrangúlelos!

- Eso es lo que precisamente he hecho ayer con Rodrigo Arroyo Arroyo. Me alegra que hayamos coincidido en este punto. Siempre había pensado que resultaría eficaz. Tenga en cuenta que son trece.

Por toda respuesta, el investigador colgó. Y volvió a la cama.

- ¡Está loco! ¡Completamente loco! -murmuró.

Aquel día le tocaba el turno a Rafael Bardón Piragua. El profesor lo acarició antes de liquidarlo. Era un paájro muy dócil. Llamó al investigador.

- Rafael Bardón Piragua ha muerto -anunció con orgullo.

- Le ruego que no me vuelve a llamar hasta que no haya acabado con todos -replicó con acritud el investigador.

El profesor se mostró de acuerdo. Y al tercer día estranguló a Anacleto Fernado Ríos. Fue fácil, porque aquél era el pájaro más antipático y alborotador.

El cuarto día murió Luis García Fuentes. El quinto. Manuel García Cascada. El sexto. Felipe Hernández Remolino. El séptimo. José Huete Remo.

El profesor volvió a llamar al investigador privado:

- A veces pienso -dijo-, si serán culpables.

- Seguro que lo son -respondió el investigador, abrochándose la chaqueta del pijama.

- Me alegra que usted esté de acuerdo conmigo -dijo eufórico el profesor -. No tenía ninguna duda al respecto, pero deseaba pulsar su opinión. Sé que son culpables. Lo he visto en sus ojos.

El otro había colgado.

El número ocho, José Huete Remo, revoloteó, antes de morir, por la habitación. El número nueve, José López Salpica, no ofreció resistencia. El número diez, Heriberto Martinez Manantial, murió de muerte accidental: el profesor se sentó encima de él.

- ¿Y tú, Pascual? ¿Tienes alguna esperanza?

Pascual Osuna Corriente, número once, pasó a mejor vida.

Aquél día, como de costumbre, el profesor acudió puntual al colegio. Al entrar en el aula, trató en vano de imponer silencio. Los alumnos estaban muy excitados, e iban de pupitre en pupitre alborotando.

- ¿Qué ocurre? -preguntó el profesor.

Rafael Bardón Piragua le informó:

- En el tintero de Ernesto Pérez Lapa ha aparecido un pájaro muerto.

- Habrá entrado por la ventana -dijo el profesor.

Todos querían tocar el pájaro, y el profesor lo cogió y lo colocó en su mesa.

- ¿Habéis visto la película de Hitchcock? -preguntó el profesor.

- No es apta para menores -dijo Manuel García Cascada.

- Imaginaos que unos pájaros se reúnen para mataros, ¿qué haríais?.



- Defendernos -dijo José Huete Remo.

- Pero, ¿cómo os defenderíais?.

- Pues cogeríamos cada uno un fusil de perdigones y mataríamos a los pájaros -sugirió Anacleto Fernando Ríos.

- ¿Y si fueran trece? -preguntó el profesor, y excrutaba los rostros de sus trece alumnos.

- Mataríamos a los trece -contestaron al unísono.

El profesor se puso en pie, se volvió hacia la pizarra y dijo:

- Imaginaos que vosotros sois los pájaros y que vais a atacar a..., por ejemplo..., al señor Hitchccock...

Los alumnos se rieron.

- Imaginaos -siguió diciendo el profesor -que el señor Hitchccock advierte vuestras intenciones y se apresta a defenderse. ¿Qué haría el señor Hitchccock para defenderse?.

- Matarnos, desde luego -contestó Manuel García Cascada.

- ¿Y qué haríais vosotros para defenderos del señor Hitchccock? -siguió preguntando el profesor.

- ¡Matarle antes a él! -respondieron con júbilo.

- ¡Magnífico! -exclamó el profesor-. Haréis una redacción sobre cómo mataría cada uno de vosotros al señor Hitchccock, si fuérais pájaros en lugar de niños. Ahora bien, debéis traer el ejercicio el próximo día. Y os las arreglaréis para que cada redacción no tenga más de cuatro líneas, escritas a máquina.

Al día siguiente, el profesor estranguló al pájaro doce: Juan Palacios Lubina.

Los alumnos le entregaron los ejercicios. Antes de guardarlos en su cartera, el profesor los contó.

- Falta uno -dijo.

Volvió a contarlos.

- Sólo hay doce. Veamos, ¿quién no ha hecho el ejercicio?.

Ernesto Pérez Lapa se puso de pie.

- Yo, señor profesor.

- ¿Y por qué no?

- Por que no soy un pájaro, y aunque lo fuera tampoco mataría al señor Hitchccock. No quiero que nadie muera por mi culpa.

Y el chico se echó a llorar.

- Ernesto Pérez Lapa - dijo el profesor- es un buen ejemplo para la Humanidad y habría que premiar sus excelentes sentimientos, pero no es un buen ejemplo para la clase, porque no ha cumplido con su deber. Por tanto, señor Pérez Lapa, se quedará usted conmigo hasta que haya hecho el ejercicio.

Y cuando estuvieron solos, el profesor dijo:

- Veo, Ernesto, que flaqueas, y aunque comprendo tu estado de ánimo, me permito aconsejarte, una vez más, que hagas un esfuerzo por sobreponerte. Ya te advertí que no debías contar a nadie nada sobre la amistad que nos une. Estas son cosas de hombres, que las mujeres, por ejemplo, no aciertan a comprender. Y tampoco comprenderán tus compañeros. Por el contrario, cualquier cosa que digas, te acarreará nuevas desgracias.

- Las desgracias -dijo Ernesto Pérez Lapa -ya no pueden ser mayores.

- Eso te parece a tí -replicó el profesor- porque la querías, y lo comprendo. Yo nunca me opuse a que la quisieras, recuérdalo. Lo único que quise evitar es que hablaras, porque temía las consecuencias... Y no por mí, como pudieras creer, sino por ti, como has comprobado. Y ahora, dime, si fueras un pájaro...

- No puedo dormir, no puedo comer, no puedo ni un solo momento dejar de pensar en ella.

- Dices las mismas tonterías que un adulto, Ernesto. Vamos, vamos. Siéntate, y trata de concentrar tu atención en el ejercicio que debes escribir.

- La veo muerta -siguió hablando Ernesto-. Muerta por mi culpa. Yo la maté.

El profesor le cogió por los hombros, y dijo en un arrebato:

- ¡Lo importante es que nadie conoce la causa del suicidio! Incluso creen que se trata de un accidente. Me consta, porque he hecho investigar. Creen que Sonia tuvo un descuido y dejó el gas abierto. ¿Comprendes? No hay ninguna carta, ningún testimonio. A nadie le dijo lo que tú le habías dicho.Nadie ahora, salvo tú y yo, sabe nada. Y es preciso que nadie lo sepa jamás.

Y después añadió, con más tranquilidad:

- Tú has perdido
algo que querías, pero, en cambio, sólo tienes trece años y puedes volverlo a encontrar. Yo, en cambio, ¿sabes lo qué he hecho? Mis pájaros. Como te lo prometí. Hoy has tenido la prueba. Yo nunca podré criar trece canarios como aquellos.

- No era necesario que los matara -dijo Ernesto.

- Lo era. Debía solidarizarme con tu dolor. Y el amor que les tenía me ayudó a matarlos, uno por uno, con odio. Esta noche mataré el último, y la jaula quedará vacía.

- Como yo -dijo Ernesto.



A las seis de la mañana, el profesor llamó por teléfono al investigador.

- Le telefoneo, como usted me pidió. Hoy he estrangulado al número trece, a Ernesto Pérez Lapa.

- ¡Enhorabuena! -dijo el investigador- ¡Imagino que ahora podré, al fín, dormir tranquilo!

- Sólo deseaba hacerle una última consulta. He encontrado al autor de los trece anónimos. Se trata de un alumno mío, un muchacho de trece años. Pedí que los trece chicos de la clase hicieran una redacción escrita a máquina, con objeto de confrontar la tipografía. Y no me cabe duda. He descubierto al muchacho que me amenazó.

- Ya le dije que se trataba de una broma -habló el investigador-. No podía tener otra explicación.

- Pero es el caso -siguió diciendo el profesor-, que temo haberme comportado con excesiva durezza.

- ¡No se preocupe! ¡Matar pájaros no es ningún crimen!

- No le hablo de los pájaros, sino del muchacho. Me han telefoneado del colegio para decirme que el chico no ha vuelto a casa. Todos están muy alarmados. Y lo peor es que, al sentirse descubierto, habló de suicidarse. ¡Ya sabe usted cómo son los chicos! Y éste era un alumno muy impresionable. Desde luego, como todos, me odiaba. Pero era muy impresionable.

- Imagino que habrán dado parte a la Policia -dijo el investigador.

- Si, desde luego. Ya comprendo que usted no puede hacer nada por encontrarle. Pero, compréndame, me siento un poco responsable, me horrorizaría que sucediera algo irreparable. Al fin de cuentas, era como usted muy bien había supuesto, una broma. Pero, no obstante, me gustaría que usted mismo echara un vistazo a los ejercicios y comprobara si estoy en lo cierto.

- ¿Cómo?. ¿Quiere que vaya a esta hora?.

- Se lo ruego. He matado a trece pájaros inocentes -dijo el profesor, conteniendo la risa -, pero ahora se trata de un muchacho, y un muchacho no es un pájaro, creo yo...

Y dicho esto, abrió la ventana y dejó que Ernesto Pérez Lapa, el pájaro número trece, que tenía aprisionado en la mano, volara en libertad.

El investigador llegó a la casa del profesor cuando la luz del nuevo día todavía conservaba la palidez lunar.

- ¡Veamos los ejercicios! -dijo nada más entrar.

El profesor abrió la cartera y colocó trece hojas sobre la mesa.

- Las he mezclado todas, para no influenciarle. Asi podrá elegir la que usted crea que ha sido escrita con la misma máquina que utilizaron para los anónimos.

El investigador se mostró indignado.

- ¡Me está usted tomando el pelo! -exclamó.

- Olvidaba advertirle -dijo el profesor- sobre la naturaleza pintoresca de los ejercicios.

- ¿Ejercicios? Estas hojas han sido escritas con la misma máquina y repiten idéntico texto...

- ¡No es posible! -dijo el profesor - Debe exisitir un error de interpretación. ¡No es posible!

Y leyó:

" Si alguno de nosotros trece ha sobrevivido, sólo tendrá que volver a cantar desde su jaula para acabar con usted."

Apenas había leído aquel texto, tras las puertas correderas un canario empezó a cantar.

- No es posible -musitó el profesor. Y, a pesar suyo, avanzó y abrió las puertas.

El investigador se quedó paralizado.

- Mi mejor pájaro ha vuelto -dijo el profesor.

El cadáver desnudo de Ernesto Pérez Lapa, alumno número trece, estaba encogido dentro de su jaula.


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Estos relatos, los relatos de Gonzalo Suárez (Oviedo, 1934), son, con seguridad, lo más inquietante, sorprendente y genial que ha producido la literatura no-oficial española de los últimos años, equiparables tan sólo a las historias de Poe, Lovecraft o Bierce: Suárez es lo más próximo a la idea de "escritor maldito" que hayamos dado al mundo de las letras de este país, y tanto sus libros como sus películas hacen uso de un sentido lúcido del pensamiento, de una especial lógica diabólica, que crean un universo personalísimo que arrastra al lector, o al espectador, lo llevan a su campo, juegan con él y terminan liberándolo con un habilidoso guiño final o manteniéndolo, sin esperanza, en su desasosiego.
En trece veces trece, el malabarismo combinatorio de raciocinio puro y sugestión inconsciente alcanzan, en nuestra opinión, su grado más elevado, y ésta es la razón por la que AZANCA ha decidido incorporar el libro a su catálogo, tratando de llevar de nuevo al público un escritor que, pese a que parece haber abandonado la escritura por la cámara, está llamado a ser ampliamente reconocido como lo que es: Una figura de primera línea, que ha ejercido y seguirá ejerciendo notable influencia, influencia que habría que calificar de subterránea, pues parece haber pasado desapercibida a ojos de la mayoría de la crítica, quizás por ignorancia, en los autores de aparición más tardía, y que ha servido de pie para guiones de cine propios y ajenos. La obra de Suárez, pese a los esfuerzos realizados por un reducido sector intelectual, permanece virtualmente desconocida del gran público y silenciada por la critica en general, aunque ha sido valorada al máximo por los pocos que la han leído y reiteradamente citada, entonces, como caso ejemplar: es, de hecho, una obra para iniciados, para adeptos que se pasan de unos a otros los pocos ejemplares a mano, algo mágico y maravillante. Confiamos en que este nuevo intento de desvelarla se verá coronado por el éxito y la luz, que no hay motivos para la oscuridad y la catacumba.
Trece veces trece se publico por primera vez en 1963.

AZANCA

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