31 diciembre 2009

PUBLICOS VICIOS (especial "estas fechas")


44. Esto puede acabar muy mal

Al igual que hicimos el año pasado, fantaseamos con los estragos de esta gran noche. En pocas horas, todos pedo. ¿Todo permitido?. Bueno, no tanto como cuando manda don Carnal. Uno va más predipuesto a sentirse modelo de traje de alquiler, a desearse gilipolleces (la mayor parte palabras sin sentido) y, por eso, las Nocheviejas suelen amanecer con enormes frustraciones para mucha gente. Por lo mismo, desde hace muchos años, paso de salir. Además, te clavan (en el único sentido de este verbo coloquial que uno no permite). Así que en estas previas horas aguzamos la malicia, el pajerío mental y planificamos un montón de salidas y entradas en buenas y en malas compañías. En casa, en garajes discoteca o en salones palaciegos. En la propia calle o metiditos en un portal (no precisamente de Belén). Y, lo que es más importante, a precios módicos. Porque, cómo diría el esperpéntico Joe Crepúsculo, "todo lo bello es gratis". Y qué hay más bello en esta vida que la amistad?... Fiándonos de nuestros amigos y confiando que lleguen al final. Cuando el alcohol y otras drogas corren a raudales uno se suele poner muy tontito, con ganas de jugar o con ansias locas de que jueguen con ellos.

Como unas cuantas imágenes valen más que cientos de palabras torpes y esquivas, vaticino en mi bola de cristal instantes de extraordinario homoerotismo entre varones marginales, allá en las horas del alba (primero de enero de 2010). Sea en Indiolandia, Brasil o Torrelodones. Disfruten de la artilleria de videos, un maratón que bien pudiera ser retransmitido por el UHF mañana a la mañana si los programadores a las órdenes de ZP fueran socialistas de verdad (y no unos impostores) en sustitución del espantoso ritual del Concierto, que más parece el baile de la Rosa que una invitación a la danza del meneito. Eso sí que son decadencias y no toda esta alegre juventud que les presento.
Lo importante es dejarse llevar. Los instintos están ahí, mi querida tropa de los valientes.
No dejen a medio terminar lo que iba tan bien encarrilado. Queda el resto del año para guardar las apariencias. Cómo les diría... ¿un machismo protocolario?. Pues eso, que un dia es un dia (y la vida, apenas cuatro). Hagan ustedes según mi palabra.






































































ESCALA EN HI FI (especial "estas fechas")


Mis cien mejores canciones de 2009
(en ningún orden en particular y no todas editadas este año. Simplemente son las que me han llegado más hondo de enero a diciembre)



Giorgio Tuma

100. RINA CELI: La canción del tranvía
099. RINA CELI: Una casita
098. GIORGIO TUMA: Astroland by bus
097. mrs. ELVA MILLER: Strangers in the night
096. THE SHYRELLES: Things I want to hear (Pretty Words)
095. THE SHYRELLES: A Thing of the Past
094. PET SHOP BOYS: Did you see me coming
093. PET SHOP BOYS: Vulnerable
092. JERRY GANEY: Who am I
091. THE GIRLFRIENDS: My one and only, Jimmy Boy



Demis Roussos

090. ALICE WONDER LAND: He's mine (I love him, I love him, I love him)
089. SONNY & CHER: It's the little things
088. TOY FIGHT: Where the avalanches are
087. TOY FIGHT: High noon
086. GOD HELP THE GIRL: God help the girl
085. GOD HELP THE GIRL: Perfection as a hipster
084. GOD HELP THE GIRL: Come monday night
083. PETTY BOOKA: Chotto matte kudasai
082. DEMIS ROUSSOS: It's five o'clock
081. GIANNI BELLA: Questo amore non si tocca


Van McCoy

080. YO-YO MA & JAMES TAYLOR: Here comes the sun
079. KATY PERRY: One of the boys
078. VAN McCOY: The hustle
077. ROBBIE WILLIAMS: King of the bongo
076. RICHARD SWIFT: The original thought
075. RICHARD SWIFT: The first time
074. MINA: Fa qualcosa
073. BRUNO NICOLAI: Spy chase
072. ARMANDO TROVAIOLI: Decisione
071. PIERO UMILIANI: Topless party


Tiga

070. SILVER JEWS: Alyisius, bluegrass drummer
069. SILVER JEWS: San Francisco b.c.
068. JOHN DENVER: A baby just like you
067. DIANA NAVARRO: Desde niños
066. IMPERIO ARGENTINA: Ay qué risa
065. TIGA: Shoes
064. BLOC PARTY: Signs (Armand van Helden remix)
063. P.F.SLOAN: Lollipop train (you never had it so good)
062. KYLIE MINOGUE: I should be so lucky
061. OF MONTREAL: Gallery piece



Juri Camisasca

060. OF MONTREAL: Id engager
059. POVIA: Luca era gay
058. HELEN KANE: Get out and get under the moon
057. HELEN KANE: Me and the man in the moon
056. JURI CAMISASCA: Nuvole bianche
055. JURI CAMISASCA: L'urlo degli Dei
054. GIUNI RUSSO: L'addio
053. THE MODERNAIRES with PAULA KELLY: Holiday for strings
052. ROYKSOPP: You don't have a clue
051. ALDO Y LOS PASTELES VERDES: Mi amor imposible



Parade

050. LA JOVEN GUARDIA: La extraña de las botas rosas
049. LA JOVEN GUARDIA: Estoy hecho un demonio
048. CLAUDIA BARAN: Boob, deedy boom
047. RALF BREMER: Dream girl
046. ROSWITHA: Dein gefahrlicher blick
045. SCOTT MATTHEWS: Dream song
044. PATRICK SEBASTIAN: Alain
043. EDOARDO BENNATO: Sei come un juke box
042. PARADE: Rainbows avenue I
041. PARADE: Astrónomo melancólico



Deastro

040. ANNIE B. SWEET: Tumbado en mi moqueta azul
039. DEASTRO: Parallelogram
038. DEASTRO: Vermillion Plaza
037. FRANCO BATTIATO: Era estate
036. FRANCO BATTIATO: Tutto l'universo obbedisce all'amore
035. MADNESS: Sugare and spice
034. MADNESS: On the town
033. GIORGIO CONTE: Sombrero
032. MARCEL AMONT: La chanson du grillon
031. JOHN & JEHN: Lady spider



Paolo Poli

030. AIR: Do the joy
029. AIR: Be a bee
028. AIR: Sing sang sung
027. LA BIEN QUERIDA: Corpus Christi
026. LA BIEN QUERIDA: Siete medidas de seguridad
025. tema central de serie TV: Eight is enough
024. MIKA: We are golden
023. LA CASA AZUL: Die sexuelle revolution (ft. Françoise Cactus)
022. LA CASA AZUL: Señora
021. PAOLO POLI: Nel cor piú non mi sento


Thomas Dutronc

020.MISS KITTIN & THE HACKER: 1000 dreams
019. MISS KITTIN & THE HACKER: Electronic city
018. THOMAS DUTRONC: Jeune, je ne savais rien
017. THOMAS DUTRONC: J'aime plus Paris
016. RIDE: Twisterella
015. ALIZEE: Lonely list
014. DORIAN: La mañana herida
013. DORIAN: Las malas semillas
012. GIRLS: Ghost mouth
011. GIRLS: Headache



Joe Crepúsculo

010. SPEEDMARKET AVENUE: Accident
009. SPEEDMARKET AVENUE: Way better now
008. SPEEDMARKET AVENUE: The state of Harmony
007. LONELY DRIFTER KAREN: La chouette
006. BENJAMIN BIOLAY: Reviens mon amour
005. KINGS OF CONVENIENCE: 24-25
004. RICHARD HAWLEY: Open up the door
003. JOE CREPUSCULO: Noche eterna
002. JOE CREPUSCULO: Todo lo bello es gratis
001. KALI: Douce nuit (silent night)

30 diciembre 2009

SEMANA ESPECIAL AQUELLOS JUNCOS SALVAJES (3)

Capítulo trigésimo sexto

Inventándome a una zorra
Pensé en Richard González como un equivalente de Fanny McNamara, la pareja de Almodóvar que tanto me entusiasma en su encarnación lunesca de Patty Diphusa. Estrella del underground, Richard podía ser tan varoncito como nos lo puede sugerir el nombre Fabio y tan super mujer como lo podía ser Fanny cuando a ambas se les daba por subirse a un escenario con sobreexposición de lentejuelas, purpurina, licra y piel de tigre. Richard Gonzalez era La Zorra de Madrid, alimaña buena a quien Nazario -si por un momento olvidase sus moros y sus jardines prohibidos sevillanos- hubiera elevado a la altura de un comix alucinógeno de haberse puesto. Como yo nunca supe dibujar, aporreé las teclas de la maquina de escribir queriendo enamorarme de Richard urgentemente. Y lo hice en el preciso instante que notaba que me lo estaba pasando bomba. La Zorra es una fantasía urbanita que ha envejecido lo justo. En el sentido que - y guardando las distancias pues no la quiero comparar con ninguno de los dos- Trailer para amantes de lo prohibido se ve ahora peor que Y la nave va... Los personajes imaginarios se codeaban con los reales en pasmosa francachela. Los vicios más nefandos se compaginaban con los moralismos de mayor carcundia. Idolatría, perversión, incesto, crimen pasional, música gótica, diferentes líneas narrativas, ambiguedad temática y paridas sin tregua se iban simultaneando conforme mi amor por Richard adquiría rango de enganche fatal. Y aquello era fantasía pues yo nunca estuve en aquellos parajes (llámense Rockola, Malasaña o extrarradios eloydelaiglesianos). Asi que según avanzó la historia Richard voló a otros nidos en los que cualquier escritor profesional hubiera requerido del empleo de drogas para hacerlos factibles. Ese verano escribí tres episodios, los dos primeros se perdieron al poco tiempo, causándome gran desesperación. Terminado el verano y aún aguijoneado por el personaje seguí con la historia a partir del salvado tercer episodio.

Comprando buen pop
Playa, compras y escritura cubrían mis horas de asueto estival, en una tradición que se estaba haciendo cita irrebocable conforme me hacía mayor. Sólo que lo de las compras ya ampliaba sus dominios al mundillo de las tiendas de discos. Coruña le daba mil vueltas a mi ciudad de residencia habitual en todo y en lo de los vinilos no iba a ser menos. Asi que me interné en aquel proceloso imperio donde las abarrotadas estanterias iban divididas por estilos musicales. Me centré en música italiana (una de mis debilidades culturales) y recuerdo agenciarme el Mondi lontanissimi de Battiato (ya tenía una casette de su Ecos de danzas sufi que fue un relativa decepción. No por canciones que serían de cabecera del cantautor como Centro de gravedad permanente y No time no space, sino porque el sonido de las cintas en la cacharra era deprimente, aparte que las traducciones al español no me hacían excesiva gracia) pues su Temporary road -baroque electrónico que encantaría a Momus y con mensajito idéntico al de Un altra vita- me daba mucho subidón (la conocía por Discópolis, programa de Radio 3. Llegué a llamar a Jose Miguel López ese mes para pedírsela un anochecer desde una cabina de teléfonos del parque de Santa Margarita) y la de Eurovisión que defendió con la divina Alice.
Después busqué en el apartado nacional y aluciné con tantas joyitas de la movida (el disco de Kaka de Luxe, lo salido hasta la fecha de Pegamoides, Zombies, Radio Futura... ¡estaban todos!), de primera mano, joyas nuevas del trinque. Para la ocasión, y sin soltar a Battiato seleccioné el 1984 de La Mode. ¿Por qué?. Por que me gustaba el tecno pop, lo sofisticado, la melodía en general y la voz de Fernando Marquez en particular (señor que cantaba muy mal pero que tenía un algo que me atrapaba). ¿Y por qué ese disco tan oscuro en vez de su Eterno femenino, también a mi disposición?. La razón exclusiva es que traía más canciones. Y una cartulina interior con la letra de Cuestión de gravedad por un lado y una tonteria de Montxo Algora por el otro.
Con aquel par de discos, para mí aún monumentales, me encerré en la habitación y me concentré en su escucha (sonido pick up de la marca Salvat. Es decir, seguía con audiciones a lo años setenta). Del de Battiato aullé con Via Lactea. Del orwelliano con La cólera y En cualquier fiesta (Erección era, sólo en apariencia, una brutal oda al miembro viril y la tenía medio grabada en cinta de un programa de Ferreras que la pinchaba, supongo, por razones de cachondeito verderón, en la línea de picardías Semen Up. Y nada que ver, por supuesto).

Mamá, quiero ser artista
Hallábame en estos menesteres cuando aparecieron mis padres muy empingorotados. Estaba visto que iban a salir esa noche y que hasta puede que me dejasen a mi aire por unas horas, lo cual no estaba nada mal. Papá me preguntó si quería que fuera con ellos. ¿Adonde?. Iban al teatro. A ver una revista musical. Mamá puntualizó: vamos a ver a la Velasco. Oh, qué tentación. No lo pude evitar. Sabía que abandonar el sonido Roxy para meterme en la frivolité de las plumas de las coristas era una soberana e imperdonable herejía. Sobre todo si aspiraba a licenciarme en la academia del buen gusto. Pero seguía en mi línea, encendiendo una vela a Dios y otra al Diablo. La decadencia de la revista musical española era algo palpable desde que la enorme Gámez optó por abandonar la opereta. Asi que todo lo que viniera luego eran vulgarizaciones de lo vulgar, sin el encanto de lo antañón, aquello que justificaba el entretenimiento en una España gris, cuando no enlutada. . Tiempos en que la Pinillos, la Tamayo, la Carvajal o Conchita Leonardo eran supremas odaliscas de un falso decorado oriental acartonado hasta el límite, pretexto para el lucimiento cárnico, para la sugerencia seudolujuriosa por medio de un pésimo gusto. ¿Qué quedaba de todos esos restos de ordinariez patria con los estragos de un tiempo implacable en su devenir, en la actual democracia pesoísta coincidente con el arrase no sólo de fenómenos populares como la revista musical sino también con los gloriosos momentos de la copla y la zarzuela?. ¿Quedarían tal vez aciertos puntuales languidecidos en el baúl de la abuelita, afanes de dignificar con aires extranjerizantes, como lo eran, a su manera, los montajes de posguerra de Joaquin Gasa o los Vieneses? (un ¡Taxi... al Cómico! o un Gran Clipper en nada podían compararse con lo que Broadway derrochaba con la más insignificante obra de Porter o Berlin para Mary Martin o Ethel Merman). Ni eso quedaba, pensaba yo. Era todo revival, partituras apolilladas para que las maltratasen seudo cantantes de cabaret, voces sin personalidad, comicastros de tercera más cercanos a Mariano Ozores que al genio de Alady. Pura calderilla, sin más méritos que unos senos turgentes manoseados en cualquier antro porno, unas caras ramplonas y algo patibularias, unas piernas de longitudes kilométricas que a lo mejor corrieron delante de los grises, unos chistes malos berreados en clave de sordos con acento a la maña. Pero, atención. Lo que proponían mis padres era ver a la Velasco. Y eso eran palabras mayores. A la misma fiera que me conmovió tanto en Tormento, en Pim, pam, pum fuego, en su Santa de Avila. Y durante el trayecto me puse nervioso de más. A fin de cuentas, iba a ver a una estrella, probablemente la más grande que ha dado nuestro cine en la segunda mitad del siglo pasado. Como regalos extra, para quien los supiese apreciar, Paco Valladares (galán relamido y otoñal que por su blandura me producía ciertos resquemores, onda Vicente Parra. Casi ni recordaba que había estado ideal como marido de tio Oscar en Estudios 1 de mi niñez. Afortunadamente el salero que Dios le dio venía perfecto para un espectáculo tan frivolón como aquél en el que la lucha de rimmel era a vida o muerte. Parra no hubiera llegado tan lejos. Intuía a doña Vicenta nada autoirónica en su trato con el público, hasta antipática por tanto traumatismo sexual) y Margot Cottens (improbable, por edad, madre de la artista), genial mujer.
Porque aquello se titulaba Mamá, quiero ser artista que no Te espero en Eslava. Y llevaba música de Algueró. Por eso la Velasco, a la que recuerdo espléndida, contraatacó en su devenir biográfico (algo asi como un De Conchita a Concha) con la sempiterna Chica ye yé, tan pronto tocaban los sixties. Fue un momento vibrante (pese al ridículo de la situación anacrónica, de la canción en si, que siempre sonó tan falsa pero puñeteramente pegadiza y que ya a Concha cuando era Conchita en 1965 le quedaba fuera de su edad). Aunque lo mejor de la función fue ver a Valladares emulando en loquerío a un reciente Robert Preston en Victor o victoria, bordando con dorados alguna copla que en los cincuenta daría la gloria a Antonio Amaya en el Paralelo.
El público de señoras ancianas que abarrotaban las primeras filas se volvieron locas. Yo loca no me volví aunque estuve a punto de conseguirlo cuando, en la apoteósis, tiples y primera vedette se acercaron al patio de butacas para repartir lisonjas y algo parecido a los nardos de la Gámez, lo que les daba una proximidad fantasiosa y hasta tridimensional. Agradecí en el alma que mis padres me hubiesen invitado aquella noche. Mantuve mis ojos como platos por si acaso a don Paco se le ocurría sentarse zalamero sobre mis piernecitas huesudas y, claro, para no perder comba ante las evoluciones de la diva en una obra que, por otra parte, era un perfecto vehículo para el lucimiento de su narcisismo simpar. Canciones de mucho chin-chin, decentes números de producción, buen vestuario y esas estrellas incomparables... ¿Qué más se podía pedir?. El sueño de una noche de verano.
A la salida, como no podía ser menos, nos deshicimos en elogios. Y luego, mi padre se puso a recordar lo guapaza que era Queta Claver a la altura de Ana María, y mi madre hizo crítica teatral a cuenta de lo completo que fue el show de la imperial Celia en la tardía La estrella trae cola (una ensalada de éxitos de la argentina al borde de la cojera). Surgieron un montón de nombres más que me llenaron de envidia y me volvieron tremendamente retentivo. El vedetterio nacional era algo que aún tenía muy descuidado...

continuará

MUDANZAS MONGO


Tiempo de mudanzas. Un espacio para pirateos en la red. Los blogs que nos gustan pinchados sin rubor


Puede que ya lo conozcas. El escocés Nick Currie, alias Momus, lo renueva a diario. Sus máximas pasiones son Tokyo, su trabajo, el posmodernismo y la mordacidad, en general. Aunque él se autocalifique de postmodernista, su bitácora es muy modelna, a secas. Por cierto, aparece entrevistado en la última página del Rockdelux de diciembre donde habla de click opera (imomus. live-journal.com), de las posibilidades de internet, de la penosa moda del Facebook, entre otras cosas. Avisa que su experiencia de escritor en la red acabará tan pronto cumpla los años. Mientras esto no sucede, seguimos disfrutando de sus japoneserías (¡Kahimi embarazada!), de sus visitas a museos de arte contemporáneo, de sus amigos los artistas conceptuales, de sus viajes y su fascinación por la cultura hindú. Incluso de perlas como la que aqui rescato que editó el pasado noviembre. Todo un señor post dedicado a los comienzos del synth pop en Europa, con referencias a Telex y parada muy especial en el inimitable Alberto Camerini.


ELECTRONIC HARLEQUINS

Yesterday I watched Synth Britannia, a fascinating BBC4 documentary about the development of synthpop in the UK from the mid-seventies on. This was a time -- I remember it well -- when music show Top of the Pops and future tech show Tomorrow's World went out back-to-back on a Thursday night, and it didn't take a huge amount of imagination to start wondering what would happen if you put them together. Kraftwerk first appeared on Tomorrow's World (promising that their next album would be played with instruments built into their suit lapels), but soon came to dominate Top of the Pops, in influence if not in person.








The rest of the documentary is here.

Now, in the parallel world where this is a national synthesiser documentary commissioned by Italian state TV network RAI, it's a much shorter film featuring just one participant: "computer harlequin" Alberto Camerini. Although he was born in Brazil, Camerini became the most Italian of the synthpoppers in the late 70s and early 80s, melding the sound of bands like Plastics and Telex with a persona straight out of the 16th century Italian theatre tradition of commedia dell'arte.

Whereas the synth bands featured in Synth Brittania influenced my very early years, the electronic artists who influenced me from the late 90s on were what you might call "retro-marginal Modernists": acts like Telex, Plastics, and Camerini. I was interested in how electronic sound negotiated with national folklore at what seemed like the edges of the world (Japan, Italy) and back in the mists of time.

The last time I discussed l'arlecchino elettronico -- in a 2001 website piece entitled Synth Pierrot -- YouTube hadn't even been invented yet. It was hard to find a still photo of Camerini online, let alone videos of him in performance on Italian TV. Now, if anything, there's rather too much, revealing the harlequin's roots as a Rod Stewart wannabe, his post-shark ska phase, his late Michelin Man period. Through it all, though, there's something rather intriguing: a man unafraid of stylistic excess, able to meld the ludic, the lunatic and the ludicrous. A man who seems likeable.

Today I've selected what is, in my view, the essential Camerini. Since he's a very visual and physical performer, you don't have to speak Italian to appreciate what's going on here. Let's start with the Rod Stewart phase, pre-electronics:


Alberto Camerini: Serenella

You can already see the admirable willingness to make himself ridiculous, the physical language and garb of the harlequin. All we need now is to add electronics. This next one may sound, to Folktronic fans, a little familiar at the start:


Alberto Camerini: Rock'n'Roll Robot

Tanz Bambolina alternates between a verse that sounds as if he's been listening to DAF and a gulpy-gaspy 50s revival chorus straight out of Grease. Visually he's Bowie in Ashes to Ashes, a matador with Flock of Seagulls hair, an "automatic clown" a retro-rock Pierrot. The audience are apparently robots too -- they applaud throughout:


Alberto Camerini: Tanz Bambolina

"You shouldn't cry" sounds more like Stiff label New Wave -- or Martha and the Muffins -- than synthpop, but I love the look:


Alberto Camerini: Non Devi Piangere

Another wonderful costume -- sort of Rollerball-influenced -- here:


Alberto Camerini: Neurox

I like the synth trumpet flourishes and time sig change in this one:


Alberto Camerini: Morgana e il Re (1981)

And here's 1982's Telex, which really does sound a lot like the Belgian band of the same name:


Alberto Camerini: Telex

Here's the very Analog Baroque Mon Ami, again about robots and marionettes and Scaramouche:


Alberto Camerini: Mon Ami

I love the little break at 1.50! Could we call this -- on the model of "bamboo music" -- "macaroni synthpop"?

Finally, The King of Plastic, which again might sound familiar in places to Momus listeners:


Alberto Camerini: Il Rei de Plastica

29 diciembre 2009

SEMANA ESPECIAL AQUELLOS JUNCOS SALVAJES (3)

Capítulo trigésimo quinto


Opio

Con las vacaciones de verano (Coruña city, of course) me reencontré con mi querida Olivetti. Prometí enfrascarme en un nuevo proyecto literario no bien pusiese mis ideas en claro. Quería parir a una criatura superior, mezcla de Audrey y el lumpen Factory (ya empezaban a revolotear Warhol y su comparsería en mi vida de bachiller esponja, tal vez a través de Interviews conseguidos por Luis sabe dios en qué peluqueria chic. Si mi memoria no me engaña, era la época en que la excentricidad del snob oficial de New York me parecía lo más). Habría que plantearse si esa criatura sería masculina, femenina o neutra. Y si ese Nueva York no quedaría mejor idealizado en un Madrid posmoderno y fetén. Acariciaba las teclas de la máquina con cariño y profundo respeto. De alguna manera era un salto al vacío, la intención de enterrar las sagas sudistas de siempre para rendirle un tributo sui generis a mis años ochenta a través del formato crónica.
Me fui entrenando con otras lecturas. Por casualidad de los dioses, entré en una librería de viejo de la parte antigua y sin mucho tiempo para revolver me sentí seducido por una edición setentera, creo recordar que editada por La Fontana Literaria, del Opio de Jean Cocteau. Este librito, desaparecido hace mucho tiempo de mi biblioteca, fue importante entonces por lo que tuvo de revelación de un personaje que a mí me fascinaba desde que vi La belle et la bête (1946). Autodidacta, visionario, feroz egocentrista, multidisciplinar, irreverente, creador de un universo de esferas quintaesenciales, no es raro que a un adolescente curioso, ávido de sensaciones nuevas, de gurús en los que confiar, le dejase impactado. Era acercarme además al surrealismo, movimiento que trasladado a la cotidianidad me parecía el único medio legítimo de supervivencia del que disponía el diferente. Su homosexualidad, nunca oculta, añadió las dosis perfectas a una coctelera en la que desde ya congeniaban Cocteau y Lorca, Platón y Sócrates, Gil de Biedma y Oscar Wilde. Aquel libro era inaprehensible. Carecía del talante suficiente para ahondar en sus recovecos más crípticos. Esto, es bien verdad, me dolía en lo profundo. No se trataba de un artista adolescente que se enfrentase a la obra de un genio con vocación de traductor, sino la de un simple lector que quería dominar un terreno inhóspito como era la mente enferma por las drogas. Opio era un jodido reto (en tanto que hermético diario personal, donde se incluían aparte de los estados de ánimo surgidos durante una cura de desintoxicación, críticas literarias y opiniones acerca de otros literatos) pero superable mediante la fascinación, la misma que vendría a confirmarme en la creencia que Cocteau era un ser apasionante y tan snob como luego lo sería Warhol (aunque el francés con más chicha).
De rebote, me enamoré de Gómez de la Serna, de quien ya era devoto por sus greguerías. Don Ramón se ocupaba del prólogo, un prólogo de treinta páginas en las que condensaba la biografía del autor, además de incluir anécdotas apasionantes de vida en común junto al mismísmo Ortega. Hablaba de los estrenos en nuestro país de La voz humana, monólogo que yo conocía por la versión de Rossellini para la Magnani, uno de los cénits interpretativos de este monstruo romano.
Y luego estaban los dibujos de Cocteau. Esa faceta era para darle de comer aparte. Con el tiempo llegaría a mis manos todo el material gráfico. Material homoerótico, espléndido y audaz. Y el autor de Les parents terribles se convirtió definitivamente en un referente básico. Y aunque su unión sentimental con Marais fue una de las cumbres del amor entre iguales y, sobre todo, en mayúsculas (a la altura mítica de un Aquiles-Patroclo, Adriano-Antinoo, Verlaine-Rimbaud, etc.), lo que fundamentó Opio me reveló que Raymond Radiguet era preferencial en esa lista. Incluso por encima del querido Jeanot. Porque el verdadero motivo de aquella crisis que arrastraría al genio a la depresión, consumo de opio y posterior internamiento en la clínica de desintoxicación fue el final trágico de Raymond, primer amor, escritor bohemio, muerto con veinte años y muso desde el primer momento por su inconformismo, rebeldía y belleza ("es el alumno que se convirtió en mi maestro", diría el poeta). Relación a simple vista más idealizable que la de Cocteau-Marais (pese a lo legendario de estos dos personajes, que lo fueron mucho) si contamos con los elementos clásicos del amor homosexual basados en los conceptos eratos-erómeno.
A esas alturas, la incomprensión de muchas partes del texto en su lectura de 1986 fueron males menores al lado de la aureola extraordinaria que se me estaba ofreciendo y que iba a quedar asimilada en mi imaginario de "aprendiz de escritor con prisa de ser maldito". Algún dia retomaré su lectura, volveré a comprar el libro perdido. Pasados casi veinticinco años mis propias heridas seguro que le prestarán otra perspectiva a aquellos jeroglíficos. Pero es curioso que aún conserve en una libretita la copia a tinta de un pequeño texto que por alguna extraña razón, ni remotamente entiendo porqué este y no otro, apunté y que ahora transcribo:

El decir a un fumador en estado contínuo de euforia
que se está degradando equivale a decirle a un pedazo de mármol

que está siendo deteriorado por Miguel Angel,

a un pedazo de tela que está siendo manchado por Rafael,

a una hoja de papel que está siendo emborronada por Shakespeare
o al silencio que está siendo interrumpido por Bach.



Matador

Y se estrenó en mi coruñés verano del 86 Matador. El último Almodóvar, tras un 85 de sequías. Asi que me esmeré en encontrar la ruta de aquel cine perdido en otros barrios nada céntricos y me dispuse a venerar, sin habérseme avisado, sin haberlo presentido tampoco, al icono erótico más fuerte de lo que restaba de década. Antonio Banderas. Este nombre suena hoy en dia a latino en Hollywood, a malagueño universal, a perfume para hombre, a potaje que repite, a casi cincuentón aburrido. A mis dieciseis, cuando yo lo descubrí en aquel cine desvencijado, en reformas, que no era ni sala cerrada ni cine de verano, cuya pantalla era de mínimas proporciones como para proyectar algo decentemente y que debajo de ella no había forillo ni pared que nos amparase si no la misma calle, hueco por el que podías ver las piernas de los viandantes, por el que se amplificaban hasta ensordecerte los claxons de los coches; alla mia etá, digo, Antonio fue un hechizo de amor perdurable, no un rollito de verano, pues ya apunté que el moreno se quedó conmigo hasta que ya no pude más (que fue Hollywood).
Banderas en Matador. Su guapura dulce, incontaminada, secreta.... Aquella timidez que escondía una bendita neurosis proviniente de su educación (la que Helga Liné -y luego Julieta Serrano- le procuraban desde un Opus de diseño)... Matador partía, además, de un guión de Jesus Ferrero, el único novelista español contemporáneo, de los que promocionaba hasta la exageración La Luna de Madrid , que leía con agrado. Era una historia de Eros/Tanatos con el transfondo del mundillo de las escuelas de tauromaquia. O sea, era una historia con alto poder de fascinación, aunque no original (como bien sabía por Sangre y arena). Poco me importó que el resultado fuese un desbarajuste, una pequeña pieza de mierda de inconexa, deslabazada estructura narrativa, un insulto para el cinéfilo de ley. Porque estaba él... Y también Eva Cobo, que durante un tiempo me hizo tilín. Pero a mí mi sexto sentido ya me decía que en Eva no reparara mucho, pues la veía muy poquita cosa en cuanto a presencia como para que fuera a quitarle en el futuro papeles a Carmen Maura: era como si Sandra Sutherland se pusiera de bobita a hacer un anuncio de colonias. En cambio, Antonio (ignoraba que ya estuviera anteriormente con Pedro metido en un Laberinto de pasiones) era magnético para los entendidos, tenía un ángel que traspasaba la pantalla, la cámara lo quería (¡y tanto!). Además su papel tenía miga y él, qué carajo, estaba como un tren, con sus jerseycitos de misa de doce o sus chandals para la lidia. Y en sus tensiones sexuales con el gran Nacho vibramos al unísono.
La ví dos veces ese mes. Compré revistas de cine donde apareciese el muchacho. Me valían desde los Fotogramas de luxe a los Tele Indiscretas de papel barato. Arranqué hojas. Empapelé carpetas. No tantas. Sus fotos, aún pequeñitas, delataban que le faltaba un impulso (pues hervor de actor colosal nunca tuvo demasiado, por muchas miradas de chulazo latino que nos pusiera con o sin antifaz) para ser fenómeno de masas a la altura de un Tyrone Power. Yo lo quería opusino pero díscolo. Eternamente veinteañero y esquivo. Con sus traumas y NUESTRO. Bueno, MIO. Compañerito ideal para el nuevo curso. Mientras esto no sucedía, apuré el mes de vacaciones a vueltas con la fauna cornúpeta de Almodóvar. Era momento de que echara humo la vieja y pesada Olivetti de papá.


continuará

LIBRERIA QUEERMAN (especial "estas fechas")

Arqueologías Andros Queerman* presentan...
Por guardar la línea





SISSI Revista juvenil femenina
Número extra. Almanaque para 1962



* Andros Queerman es trabajador sindicado de la revista Luxuria & Confettis

28 diciembre 2009

SEMANA ESPECIAL AQUELLOS JUNCOS SALVAJES (3)

Capítulo trigésimo cuarto


Terroristas de patio de butacas
Afortunadamente para mi salud mental, aunque lo que vaya a contarles les va a sonar a subnormalismo profundo, mis afeites de niño cinéfilo pedante trocaban en gamberrismo ilustrado cuando a Javier y a mí nos daba la venada. Y es que, aunque me extasiase con Dreyer, también disfrutaba con las tonterias de Spielberg o de Wes Craven. A fin de cuentas, lo del cine club Padre Feijoo era un lujo que me caía a cuentagotas, mientras que los fines de semana y sus tedios capitalinos eran, cada siete dias, una serie de horas libres que había que llenar como fuese. Los cines de estreno solían programar cabestradas teenagers que podían inspirar un sin fin de grotesquerías en nosotros, tan aficionados a la performance. Javier vino a sustituir a Mario en ese aspecto, si bien las locuras callejeras de aquél las concentramos en las salas de cine y, luego, en las macro discotecas de pueblo.
Hubo un Jaws 3d en el que el acomodador a punto estuvo de echarnos del cine tan pronto entramos. Creo que Javier ( y si no fue él, uno muy parecido) me empujó contra el pobre empleado del teatro que nos había puesto en fila india con él de guía, iluminando con su linternita para que no tropezásemos en la oscuridad. Casi derribo al anciano, tan majo. Nos cojió inquina. Anduvo merodeando por nuestra zona durante toda la proyección del telefilme.
Javier no se cortaba un pelo. Sobre todo, lo que más me gustaba del chaval era su alucinante pasión preparatoria de los happenings. Salíamos de su casa pertrechados con una serie de objetos absurdos que nos servirían para montarnos otra peli por nuestra cuenta. Asi en el pase de Holocausto canibal vaciamos lo podrido de su nevera (queso con moho, salchichón reseco, incluso mermeladas, natillas caducas o cualquier sustancia susceptible de ser confundida con la casquería humana), le sumábamos material cortante (cuchillos, punzones...) y a disfrutar del splatter. En Holocausto concretamente había que esperar una enormidad para que cuajase la gracia. Pero llegadas las escenas canibalistas, allá nosotros sacábamos de salami y a morder carne inmasticable de desagradable sabor. Lo importante era hacer bulla, lanzar eruptos, provocar a la gente que nos rodease un gracioso rictus de risa y asco. Además de poner a prueba nuestra capacidad de aguante..., porque eso de estar mirando a un canibal italiano como se merienda un buen trozo de efecto especial de esa calaña tiene memoles. Para rematar, nos venían las nauseas y casi echábamos la bilis dentro de nuestras bolsas del super. El público de alrededor, que a esas alturas ya se habían enganchado a nuestro show privado, sabían que aquello era la lógica conclusión a tanta glotonería cinéfaga.
Recuerdo con particular cariño la sesión de Cobra (1986), la última burrada del Stallone con el Pan Cosmatos que se proyectó en el Coliseo sin ningún público más que nosotros. Es rigurosamente cierto. No es que los espectadores de mi ciudad se hubieran vuelto exigentes de repente en esto de las pelis, es que era un martes de nieblas infinitas y en una segunda sesión, que es siempre la más amorfa. Tampoco fuimos pertrechados de ropa de camuflaje, o sea comme il faut. Pero sí que llevamos navajas, sacacorchos y otros objetos punzantes porque queríamos ser anti vietnamitas (o lo que cayese) de ocasión. Sentí un placer enorme viendo todo aquel teatro, mi favorito, sólo para mi (y mi amigo) pero también me desilusionó que nadie fuese a presenciar las payasadas a cuenta del gilí de Stallone y su santa esposa (aquella monstrua de apellido Nielsen, que la pobrecita no hizo carrera al carecer del talento surrealista de su más digna precedente física, la atómica Jayne Mansfield. Y para no ser crueles con la supuesta fémina, diremos que tampoco don Silvestre fue ni de lejos un Mickey Hargitay de mis ensoñaciones más peplum, por no decir que Mature las tenía más buenas -sí, las pelis). El telefilme de Pan Cosmatos era una chapuza, carne de videoclub. Tan pronto empezó a disparar a lo loco, as usual, sacamos de artilleria. No soportábamos sus primeros planos, el enemigo definitivamente era aquel palurdo. Si el neo fascismo USA de la era Reagan pasaba por este adalid de parvulario se hacía perentoria una campaña nostálgica pro Nixon. Y como el infantilismo del bodrio se hizo más desquiciante el nuestro se desató con todo el libertinaje del mundo. Salimos agazapados de la fila de butacas, acuclillados disparamos con pistolitas de fogueo a la pantalla cuidándonos muy bien de un posible ametrallamiento, llegamos a los cuatro escalones que daban al escenario... et voilá!, alcanzamos la zona suprema de la pantalla. Nuestras sombras se proyectaron al igual que las sombras de aquella Cobra a la que Maria Montez hubiera vencido con su primer contoneo de bazar oriental sin que ningún acomodador o proyeccionista hiciese acto de presencia para llevarnos al orden. Hubiera sido lógico que el encargado de turno frenara fulminante la proyección cortándonos todo el rollo. Al no ser asi, alucinamos en colores. Reimos como nunca y como afortunadamente no dirigía Woody Allen no nos tragó el celuloide pues hubiese sido penoso habernos quedado a vivir con aquel Harry, el sucio de andar por casa (y su señora gomia, que Zeus la tenga en el más justo de los olvidos del lado de Grace Jones y similares). Con la grima que daban...

Super nenas de barrio
Llegaban otra vez las fiestas del Corpus. Año radicalmente distinto al anterior. Mi relación con Pedro iba viento en popa aunque de aquella manera. Quiero decir que no llamaba por teléfono para quedar: el nene podía surgir cuando uno menos se lo esperaba. Una noche de viernes en la que no tenía pronosticado salir apareció por casa. Me animó a que saliéramos. Me dio un subidón, como a Natalie Wood en West side story cuando se preparaba para el gran baile de compromiso con el dulzón Tony. No recuerdo si me vestí para la ocasión con mi mejor vestido de encaje, en cualquier caso predominaba el blanco pues cada vez me sentía más ilusionado, más feliz, más guapo. Por desgracia, aún no entendía a los hombres (ni siquiera a aquel hombrecito tan ambíguo que me rondaba tanto). Cuando se les da mucha importancia ellos se tensan y te mandan a la mierda. Cuando tú te muestras esquivo entonces ellos se vuelcan en tí. Sea como fuere, fuimos de tómbolas, escuchamos canciones de verbena y compartimos unos minutos de risas y complicidades táctiles (llámense roces) bajo la sombra amenazante de la mujer como objetivo primordial del compañero. El ambiente no podía ser más oportuno para un muchacho de extrarradio. Los cuatro gatos y cinco zorras que por allí movían el esqueleto eran muy conocidos de Pedro. Basca del arrabal, muchachitas apretás, mini falderas a la altura del conejo y golfos poco garbosos e igual de apretaos con especialísimas sonrisas piorréicas y ojos vidriosos (¿algun tuerto?) que sólo pedían sexo. No es que los mirase por encima del hombro, sólo que no quería más compañia que la de mi amigo. Estaba visto que teníamos intereses distintos. Al encontrar al grupejo aquél supo que la noche iba a ser más larga e intensa con ellos (y sobre todo, ellas) que conmigo. O me enganchaba a tiempo o me daban la espalda. Perfecto. Pedro había venido a utilizarme como obvio refuerzo para el ligoteo tradicional, contando con ese "llamar la atención" que siempre resulta más potente por parejas que cuando se va en solitario. Sinceramente, su idea y sus constantes comentarios previos sobre la posibilidad de enrrollarnos con alguna pava viciosilla no me hacían ninguna gracia. Es más, la modorra me embargó en seguida, las ganas de darme el piro fueron fulminantes. Menudo ambiente aquél tan pésimo, con lo bien que hubiéramos estado juntos en algun rincón mal iluminado buscando nuestras respectivas braguetas mientras los covers de Georgie Dann o Iván nos unían para siempre como les habría pasado antaño a nuestros padres con Sepúlveda o Manolo Escobar. Asi que como aún no estaba de ser, lo dejé no bien se distanció unos metros para conversar con una fascinante mini Marta Sanchez.
Me perdí por zonas inhóspitas, buscaba amor a la desesperada y no encontré un mísero cuerpo que me quitase la tonteria. No en vano todos los caminos que cogía eran bajadas porque, en el fondo, mis impulsos de huir hacia abajo materializaban en una metáfora previsible lo que albergaba en mi subconsciente: el hundimiento de un espíritu todavía muy ingenuo. Pedro, como luego tantos tíos, fue el primero en darme una de cal y otra de arena, de llevarme al cielo y, de repente, a las simas de la desesperación juvenil. No le achaco mala fe. La opción bisexual que me estaba brindando como un juego era estupenda. El caos del revoltijo de cuerpos, irresistible. Lástima que lo que a mí me apeteciese era seguir el orden que imaginaba habíamos pactado desde su primer acercamiento. Primero con él y luego lo que surgiera. Pero todos aquellos seres venéreos de su barrio eran lo contrario a una iniciación en libertad, a mi gusto y, aún por encima, sin el morbo de una preparatoria larga que con Pedro estaba siendo de lo más estimulante (aunque para él debía ser un coñazo -tio bregado- dada mi indecisión patológica).
De aquella, esas reflexiones brillaron por su ausencia. Pedro me estaba dando mala vida y punto. En lo sucesivo, sus demoledores castigos los iban a motivar siempre zagalas con pinta de chochonas. Todo vulgare. Al situarme en menor escalafón que ellas me hacía sentir peor que un guiñapo. Lo nuestro tenía que ser algo superior, como sagrado. La cruda realidad puso las cosas en su sitio cuando, tres o cuatro años después, una ladilla de coño saltó a su pubis y de ahi al mío en una suerte de itinerario de la marranería que barrió toda idealización, todo aquel subterfugio grecolatinizante que me arrebataba a través de mis lecturas esporádicas del gran Catulo, fundamento o pretexto en el que se tenía que basar la relación con el mozo. Fue cuando en vez de dejarlo definitivamente, le juré amor eterno y, a la vez, "bajé a la calle" sin reparar en consecuencias. Y pudiendo ser seudo Marcial, me quedé en presunto Julio César.

continuará

EIGHTIES FAN

Por Boquitas Pintadas


¡LAS FOTOS DE LAS CARPETAS ESCOLARES DE NUESTRA COLABORADORA AL DESCUBIERTO!



ESPECIAL TOM CRUISE








Fecha y lugar de nacimiento
: 3 de julio de 1962
Siracusa, Nueva York, Estados unidos de América







* PERSONALISIMO

Nombre auténtico: Thomas Cruise Mapother IV

Altura: 1, 70 m



Album escolar
del ídolo




* FILMOGRAFIA 80's

1981: Endless love / Taps
1983: The outsiders / Losin' it / Risky business / All the right moves
1985
: Legend
1986: Top gun / The color of money
1988: Cocktail / Young guns (sin acreditar) / Rain Man
1989: Born of the Fourth of July
1990: Days of thunder