30 noviembre 2009

SEMANA ESPECIAL AQUELLOS JUNCOS SALVAJES (2)

Capítulo trigésimo primero

El indiscreto encanto de la pluma adolescente
Y Luis fue entrando poco a poco en mi vida. Una amistad que se prolongó la friolera de veinte años, con sus más y sus menos, pero mientras duró (hablo en pasado pues nuestra actual situación apunta a una ruptura estúpida debida a la dejadez, a la vagancia de reemprender nada por ambas partes, y cuanto más tiempo pasa más se justificaría lo definitivo del asunto) quedó no hace mucho en un cómodo (diplomático, hipócrita) impasse. Y miren que si mi afán por discutir con los amigos siempre me lo tomé como un divertimento peligroso (por lo machacón y destructivo), en el caso de Luis era imposible llevarlo a cabo. Tendría mucha experiencia al respecto pero sabía que es mejor no iniciar los debates cuando estos versan sobre política o moral, o en terrenos donde el era consciente de que yo tenía una superioridad o jugaba con ventaja, pues estos suelen acabar mal, empudrecen las relaciones, dejan abiertas heridas o asoman vulnerabilidades que aún no se habían puesto en evidencia. Asi que ahora reflexionando, considero que si Luis y yo permanecimos en contacto durante tanto tiempo fue exclusivamente por su dominio de las situaciones delicadas que pudieran enturbiar una relación simpática, generosa por su parte y, desde luego, heroicamente paciente con mis filias y fobias. Estos aspectos pertenecen como es de imaginar a nuestra adultez, cuando los problemas ya adquieren una entidad de problemones, no aquellos dolorcillos de la adolescencia que tan ridículos parecen ahora al rememorarlos no sin sonrojo.
Cuando todo empezó a rodar entre los dos, luego de un previo conocimiento mutuo lleno de recelos y prejuicios bobos, la risa era la principal justificación del vínculo. No fuímos entonces una pareja con derechos exclusivos, de cierre a intromisiones del exterior, pues él tenía su pandilla y yo la mía. Pero lo importante de aquellos momentos de tanteo y posible consolidación, que abarcarían tanto ese 1986 como el siguiente, fue la entrada de un nuevo estilo de llevar la diferencia. Era un estilo ultra light (todos éramos unos niñatos bastante gaseables) pero que a mí me cautivó. Estoy hablando de lo queer, de la frivolidad rosácea que tanto me rechinaba, que tan patética me parecía al verla reflejada en determinados estereotipos de homosexual mayor. Sólo que al ser encauzada por un chavalito muy hermoso, tal vez más hermoso que Oscar, pues Luis era rubio y de ojos azules (aunque tan pequeñajo como el niño nadador) me sugería en todo momento unos afeites de niña (caprichosa, mimada y clasista) más que de niño emplumado (ergo ridículo). Como si perteneciese a una remesa tarada de los insoportables pijines perfectos que me atenazaban desde la EGB con un poco de la cachorra Liz Taylor cuando la Metro fue su guarderia particular.
La frivolidad rosácea, al ser asimilada poco a poco, la fuí adecuando a mi personalidad desde unos rasgos cultistas que a Luis con el tiempo le sedujeron mucho. No dejarían de ser una tonteria más. Pero muy apta para hechizos diletantes. Sin yo saberlo, estaba recogiendo con aquellos ademanes ochenteros, la enorme capacidad de ironia que habían vuelto a la crítica cinematográfica londinense de los años sesenta panacea de la minoritaria sensibilidad pop (que se alargaría con el libro de la Sontag). Arrinconaba hasta el parcial olvido el coñazo elitista de los críticos progres del Dirigido por... para adscribirme a otro tipo de elitismos progres más complicados de entender para una cabecita ortodoxa. Hablo de la rival y mayoritaria en ventas. Y es que los del (Nuevo) Fotogramas, pese a esa capa hedonista y superficial, se habían currado mucho cine de calidad, había gentes en sus filas perfectamente válidas y prestigiosas que sabían que aquello de las películas, antes que nada, era una industria y, como tal, una generadora de productos de entretenimiento, sublimes para la masa. Y si había que reciclar el mal gusto de la clase media en nueva moral del cinéfilo moderno (cuando Bocaccio) no se les caería jamás los anillos. Por lo tanto (y sin renunciar a David Lynch y sus exégetas) capté que la revista debería resultarle atractiva tanto a una anciana de la época del tiro liro fanática de Lana Turner como a la maricona de siempre que "para Lana, una misma".
Comencé mi proceso de transformación, proceso que sin el apoyo incondicional de Luis y de las posibilidades de filtrar información desde su ámbito familiar (periódicos, libros leídos por su padre, recuerdos almacenados en el desván de la abuela) y su forma de entender (en la más respetuosa, únicamente válida expresión de la palabra, más cercana a un Kevin Spacey que a Juanito, el golosina) nunca llegaría a producirse. He de decir que tan pronto el proceso culminó, Luis tuvo a bien etiquetarme de marica snob, al no conocer mis antecedentes previos, lo que acabó por resultarme ese detalle un jodido lastre. Un lastre que adquirió tonos escandalosos a finales de los años noventa, cuando surgió en mi vida una crisis emocional al enfrentarme tal vez a una pena de prisión por un hecho luctuoso. Fue cuando el amigo, tras mucho tranquilizarme desde lo razonable, viendo que lo mío era ya (as usual) masoquismo puro, se volvió irónico pero tranquilizador, bromeando al decir que aquello de la prisión no sería del todo malo, pues allí dentro me imaginaba distrayendo al personal montando un Cats revolucionario entre reclusos. Era una salida deliciosa pero a mí me jodió en el alma.

Luis y sus amigos. Era inseparable de Angel, el saleroso oficial de la clase y eso ya me tiraba para atrás. Angel sería un buen chico pero había dado señales de perspicacia en detalles que hubiera preferido que se mantuvieran ocultos (mi ritual de esnifado del pupitre de Emilio). Me habría calado en seguida, se lo habría contado a Luis, que de aquella era su mejor amigo, no lo sé. Nunca supe nada de sus vidas privadas. Eso fue lo realmente grande de todos. Mi sinceridad era arrolladora, avasallante, literaturizable. Y eso supuso que Luis se entregara a mí como paciente receptor de confesiones. En cambio, jamás me atrevía a preguntarle por sus dolores, por sus enamoramientos, por nada que implicase una infiltración en los territorios del corazón. Mismamente existían junto a Luis y Angel, dos muchachos unidos entre sí a través de vínculos yo diría que sagrados. Eran Diego y Alberto, amici per la pelle. La relación de Diego y Alberto siempre me pareció tan misteriosa como turbadora. No hablo de ellos, en modo alguno, como unos Bridesheads de instituto. O por sus aficiones, que en el caso de Diego eran terribles (en música siempre a la última de lo petardo), no tanto Alberto (exquisito indie, como también lo era Luis, adoradores de Morrisey y el sonido Sarah records), sino por ese pacto de discreción que dejaba sus momentos íntimos (y hablo de nuevo desde una suposición cargada de malicia) para la alcoba. Con Diego nunca tuve feeling, con Alberto sí, obviamente, dado su encanto rubio, azulado y pequeñito y esa querencia por lo anorak.
El último del grupo se llamaba Juan y era fabuloso. Dueño de una bonhomía, de una tolerancia total en nuestros momentos más desmadrados, estupendo en su sentido del humor (siempre más receptivo que transmisor de risas) y que devendría a mediados de los noventa en un sentido desmitificador y fuera de toda falsedad posmoderna de lo español, cien por cien identificable con el credo mondobruttista, al cual no sólo la panda de Luis sino la mía y la de más alla nos adherimos al instante.

Luis es posible que fuese el cabecilla, el nexo de unión de su pandilla. Angel estaba deseando que se produjese nuestro acercamiento. Pero al principio todo fueron recelos. Más por él que por mí, pues una niña clasista puede ser terrible. Nuestros primeros contactos transcurrieron en el aula de audiovisuales durante las clases prácticas de inglés. Era ya primavera, una temporada caótica para esa asignatura pues la profe oficial había quedado preñada y la vino a sustituir una pobre mujer, nativa, cruce imposible de Mary Poppins y doña Croqueta, a la que se le torturó hasta extremos insostenibles desde los pupitres. Para la mentada era un alivio meternos en aquel aula especial, pues eran momentos lúdicos, curiosas prácticas consistentes en la audición de discos pop cantados en inglés de Inglaterra, de Texas o de Almeria (donde los westerns). Ni que decir tiene que su invento no sirvió para que ampliásemos el dominio de la lengua y sí para escuchar las tonterias que se traían de sus casas los resabiados que ya compraban discos. Es decir, que sonaba mucho Police y U2. Y si a alguien se le ocurría poner a Mark Knopfler era censurado por la teacher aduciendo que ese señor no decía ni I love you ni dreams come true: sólo tocaba la guitarra.
Luis o Angel, no lo recuerdo, trajeron el inconcebible Like a virgin de Madonna. A mí la tal Madonna me parecía un horrísono comercialoide y estúpido. Luis me miró con asco cuando comenté algo de esto. El asco fue recíproco cuando no se cansaba de elogiar, por encima de las limitadas cualidades de un disco mediocre ( enésima falsa recreación de las melodías clásicas del pop -los girl groups de Spector- para una juventud actual que habían vibrado de niños con Olivia Newton John en Grease y ahora querían más de eso), la belleza de la nueva diva. Y eso ya me repateó. Aquel impersonal glamour que exhibía la prefabricada aquella, tan pálido reflejo de un Hollywood perdido para siempre, era descorazonador. Una emigrada italiana, de antecedentes barriobajeros, en modo alguno podía aspirar a la verdad genuina de toda una Norma Jean.
Pese a la falta de sintonía, el trato fue a más. Era, como de costumbre, el roce el que fue haciendo el afecto. Titánica proeza, pues muy dificil es en la adolescencia conservar las amistades. Más que nunca se deben superar las barreras que imponen los tontos prejuicios. Está visto que el sentido del humor pero, sobre todo, el repudio mutuo por unas tendencias machistas irrespirables y que eran las de la mayoría, pueden unir en frente común hasta a las personalidades más extremistas y un poco repelentes como, en el fondo, éramos ambos.

Luis comenzó a venir a casa, pero siempre acompañado de su carabina. Esos primeros encuentros en mi intimidad los propiciaba mi requerimiento de voces diferentes para mis programas de radio enlatados. Yo de aquella ya manejaba muy bien mi voz, la sabía engolar, modular, masculinizar pero urgían nuevas aportaciones. Las vocecillas aflautadas de ellos eran tan de cabritillas Disney que me daban hasta regustín. Y, sobre todo, esa verborrea de peluquería de Angel, apostillada en su justo tono por el otro eran lo que yo necesitaba para un proyecto que se titulaba Domestic Pop. Y de fondo, la timidez divertida de Juan, incapaz de decir nada, aportando todo lo más risitas cómplices que a mí me parecían la guinda necesaria para un programa con público en directo.
Luis estaba asustado con mi desparpajo, ese mundo interior que iba descubriendo y en el que entraban de igual modo las aportaciones de críos como Carlos, Hector y, en menor medida Javier, Eulogio y Marcos, dueños de una personalidad potente y con otra forma de reirse de las cosas. Aquellos eran el absurdo total y también la tolerancia con el mundo amariconao de los nuevos. Luis tanteaba el terreno para ir metamorfoseándose conforme a mis gustos (que bien podían ser los del resto). Conocía de paso gente interesante y se admiraba que yo pudiese juntar en una misma habitación a criaturas de gustos tan dispares como el siniestro de Ortiz, el glam negroide de Carlos, el jevi de Hector, el sinfonismo de Marcos y Eulogio, la new wave de Javier, el punk de Franchu o el tecno alemán de Pedro. Después de aquello, me eligió a mí (tal vez, según su sensibilidad, lo menos malo).
Solía Luis ojear con el otro, en medio de aquella marabunta de estilos, cintas, aparatos de radio y apuntes, mi enciclopedia del Cine. Comentaban mis nuevos visitantes los retratos de las grandes estrellas del ayer. El adoraba a Marilyn no sé si tanto o más que Angel, divinizaba desde luego a la Divina, se sentía colgado por la belleza de la fea Katharine Hepburn e incluso se arrodillaría ante la gran Bette si en el salón la alfombra estuviera más limpia. Newman y James Dean eran debilidades personales, y habría más en cuanto al género masculino, algo que se me pasaría inadvertido a la primera de aquella, dados sus múltiples cuchicheos a sotto voce.
Con el final del curso y las separaciones temporales, comprobé con orgullo que una nueva ramificación había surgido en el árbol de mi vida, en el pasatiempo indispensable de la amistad. Cada vez estaba menos solo.


continuará

EIGHTIES FAN

Por Boquitas Pintadas

¡LAS FOTOS DE LAS CARPETAS ESCOLARES DE NUESTRA COLABORADORA AL DESCUBIERTO!


ESPECIAL MATTHEW BRODERICK






Fecha y lugar de nacimiento: 21 de marzo de 1962
Ciudad de Nueva York (Nueva York, USA)








* Filmografía 80's

1983: Max Dugan returns / War games
1985: Master Harold... and the boys (Tv) / Ladyhawke /1918 / Cinderella (Tv)
1986: On Valentine's day / Ferris Bueller's Day Off
1987: Project X
1988: Biloxi Blues / Torch song trilogy
1989: Family business / Glory
1990: The freshman

27 noviembre 2009

SEMANA ESPECIAL AQUELLOS JUNCOS SALVAJES (2)


Capítulo trigésimo



El oráculo de los gafipastosos

Para estas memorias, para recuperar la mía, estoy revolviendo cajones demasiado herméticos por el desuso. Y me asombran la cantidad de gadgets, postales, recortes que guardo de mi adolescencia. En especial, me ilusiono con los prospectos de películas vistas en el cine club local. Qué estupendos ciclos organizaban otrora, algunos fueron decisivos para mi primera formación. Con ellos y el vital (y gratuito) complemento que era la programación cinematográfica de la segunda cadena, me iba poniendo las pilas en una materia de la que sólo contaba con las referencias, estudios, fotogramas de los libros que me iba agenciando, bien comprados o decididamente robados. Me enterneció encontrar ayer por la tarde el par de folios fotocopiados y grapados a lo cutre con los que me obsequió la organización cinéfila para el pase de Rocco y sus hermanos. En cualquier caso, la nota informativa era una edición de lujo, en tanto que se conmemoraba la sesión 900. Es decir, novecientas semanas proyectando obras de arte o, cuanto menos, difíciles de degustar en los circuitos convencionales. En palabras del director: Posibilitar que el ciudadano se relacionara con el cine de calidad, con esas obras que legitiman un medio de expresión con el epígrafe de séptimo arte. En ese mismo texto onomástico, se incidía en un aspecto fundamental y absolutamente necesario para que aquella labor de titanes pudiese perpetuarse en el tiempo. Esto es, había que procurar una mayor participación del publico. Es cierto. De las veces que asistí apenas eran cuatro gatos y un ratón (que era yo), bien avenidos todos, con expresiones un poco afectadas, casi siempre gafipastados ellos y muy mayores, tanto que me provocaban lejanía y a la vez mucha tranquilidad pues eran gentes educadas, adultas, incapaces de hacer ruidos espantosos con lo que fuera, de gritar en las escenas clave. Apenas había mujeres, lo que me fue afirmando en una misoginia que empezaba a dar señales peligrosas de tiranía de género. De que el sexo opuesto carecía de la convicción de que la cultura era tan primordial para sobrevivir en este perro mundo como el mismo oxígeno (si acaso más), incluso de espíritu aventurero, casi clandestino diría, pues había mucho de heróico en meterse a horas intempestivas de la noche, con un frío del copón, en un salón de actos sin estufas, con butacas demoledoras para la columna vertebral, para ver imágenes en movimiento fuera de todas las modas, de todas las corrientes, de todos los convencionalismos. Esa ausencia de mujeres en los sitios en los que se solían desarrollar mis aficiones culturales pronto se extendió a otros campos sagrados como el de las librerías de viejo, las tiendas de discos (viejos o del trinque), las ferias del coleccionismo o las pequeñas salas de conciertos. Lo que más me podría indignar es que ellas en esos momentos se estuvieran peleando en cualquier videoclub hortera por alquilar las pocas copias disponibles de la reciente Memorias de Africa. La gran gesta de las emancipadas fin de siècle.
El silencio del público del arte y el ensayo era estremecedor cuando tocaba el repertorio de un Griffith, por ejemplo. Pero en el pase antológico de Rocco, los suspiros, el susurro de viril emoción e incluso mi sonada de mocos por el llanto irrefrenable fueron una constante a lo largo del extenso metraje del drama. Y eso que iba predispuesto a todo. A la elegancia de un director del que había tenido el honor de ver Ossesione, Senso y Bellisima, pero también su trilogía alemana de la última época (ese navegar entre lo popular y lo aristocrático donde era maestro de maestros), a la ternura neorrealista de un previo ciclo televisivo con las joyas de Rossellini y De Sica. No eran aquellas emociones redichas, destinadas al gusto populachero de las plateas del pasado, como solían ser las historias yanquis, falseadoras de la realidad, ajenas a la poesía de los tiempos muertos. Al contrario, el neorrealismo era un testimonio de una verdad en medio de un contexto caótico (la dopoguerra) no tan irreversible como para que un destello de lírico humanismo nos dejase al final respirar hondo. Encima, Rocco incluía una construcción dramática tan apasionada como una ópera en varios actos, hablaba del nucleo familiar, de la dificultad para que éste se mantenga unido tras el trasvase migracional de lo rural a la gran ciudad (el mito milanés). Aparecía la belleza de Alain Delon, en menor medida de la Cardinale, de Spiros Focas en calzoncillos y, sobre todo, de un acojonante Salvatori, como para que mi entrega desde el primer fotograma (bajo los acordes del Bello paese mio...) no fuese absoluta. Me dejo un elemento absorbente y totalizante que se llamaba Katina Paxinou, actriz griega, aqui perfecta en un papel que la Magnani no hubiera bordado por edad (aunque kiria Katina parecía jugar a ser la otra, en realidad estaba acogiéndose a un modelo supremo, a una tipología bien amada: la de la gran madre mediterránea, fuente y origen de todo sentimiento. Y aqui patria en el exilio. Como estudiaban los niños italianos en las escuelas: Quando si parla di Patria, viene in mente la madre). Sólo sé que la secuencia larga en el puente de la Ghisolfa, con la violación de Nadia (patético personaje, inmensa Girardot) y que Visconti aún prolongaba hasta la consunción en la terraza del Duomo, me dejó más noqueado que el último rival en la lona del dios Delon. Nunca había visto escena tan fuerte de estupro en cine añejo, ni siquiera las sordideces de un Ferreri ochentero podían compararse en impacto y buen gusto. Por no hablar de la entrega en sacrificio de ella, brazos en crucifixión, simultaneándolo con imágenes del combate de Rocco que le iba a proclamar campeón de Italia. Y el climax final, tan subido de tono que pudo caer en lo grotesco, sino fuera porque las reglas de la ópera imponían sus leyes de manera implacable y los gritos en versión original las realzaban en plenitud belliniana.
Salí molido de aquella sesión 900. Mi cuerpo, mi mente estaban profundamente alterados. Los comentarios de los gafipastosos en las filas parecían lanzarse al vacío cual octavillas garibaldinas en La Fenice, buscando corroborarse en tertulia, en formación de camaradas por el arte. Yo escapé, como siempre. Pero había amarrado una cantidad de senaciones que atañían a mi espíritu, tal vez engrandecido tras aquél visionado.
Reparé, eso sí, en la programación de la semana. Prescindí de volver a aparecer por allí de momento. No me llamaba la Von Trotta (ciclo de la mujer trabajadora). Pero anunciaban antes de primavera A nuestros amores de Pialat, Las noches de la luna llena de Rohmer, la Pasion de Godard, Donde sueñan las verdes hormigas de Herzog y hasta El año con trece lunas de Fassbinder (ya tuve bastante con su puta santa el año anterior que me aburrió mortalmente, aunque pude sacar una conclusión matizable: que Fassbinder era grandioso pero su ropa interior dejaba mucho que desear). Sin embargo, a ninguna acudí. La primavera iba en cambio a traerme un nuevo ciclo de antología de título Clásicos del cine mudo. Entonces sí que pagué entrada. Bien a gusto.


La televisión informativa
Algún lector habrá reparado en mi ausencia de comentarios para La bola de cristal, un programa de culto, generacional, que pasa por ser de los mejores infantiles emprendidos nunca por televisión alguna en este país. Habida cuenta que me he declarado numerosas veces teleadicto y adorador de la movida madrileña es cierto que la ausencia parecería una negligencia hasta para el que esto firma. Sin embargo, confieso que si no he hablado de la dichosita Bola es porque no la ví nunca (al menos, entera). Los sábados por la mañana de mediados de los ochenta yo no paraba en casa. Ni siquiera en La caja de ritmos coincidía ya. Me quedé en Sabadabadá y Pista libre. Veía menos la tele juvenil.
A las horas de comer, nos reuníamos los tres en la cocina y en la tele aparecían las presentadoras de la regional con sus cosas (la Navaza y su alegría militante, la pobre Pilar y su fealdad y mal vestir extremos), o sino, a la tontuna Julia Otero, con su peinado repelente pero tan de moda en el concurso 3x4. Eran rostros femeninos, como el de Isabel Garbí, que no me decían gran cosa. Reconocía su naturalidad y su buena dicción, pero ese aderezo de sex symbols de andar por casa me daba grima. La dicción en el caso de los rostros parlantes varones venidos de Sant Cugat era para quitarse el sombrero. Constantino Romero, Jordi Hurtado, el señor Estadella (inolvidable Tito B. Diagonal), Sardá poseían magníficos vozarrones, capaces de disimular el acento catalán, tan marcado en cómicos insoportables como La Trinca o, algo menos insoportable, en Rosa María (adoré luego a esta Carol Burnett española, doliéndome mucho no haber podido dejar grabadas en cinta de video sus docenas de bajadas irónicas por aquella escalera estelar que daba inicio a sus shows y que eran lo mejor de los mismos).
La programación del año trajo importantes novedades para la segunda cadena. Clara Isabel Francia, su directora, destinó a las ocho de la tarde programas de servicio público que en mi mente tuvieron categoría de innovadores: espacios de gimnasia con Eva Nasarre y otro de cocina con Elena Santonja fueron mis favoritos. Pero aquello era sólo la recuperación de propuestas arqueológicas. En los sesenta ocupaban las horas matinales, experiencias que no cuajaron entonces, detalle que la Francia sabía de sobra. Su apuesta era arriesgada. Además incluía un curso de inglés estupendo (el Follow me) que me enganchó a la primera (pero en la segunda, claro).
La sorpresa más grata en cambio no estaba ahí. Nuevos rostros se asomaban a los telediarios de la cadena de más audiencia. Carlos Herrera, la Campoy, Paco Lobatón y Angeles Caso fueron sus nombres.
El impacto Caso fue de los fuertes en mi vida. Otra vez la mujer venía a hechizarme desde terrenos imprevistos. Luego de Sandra Sutherland no había sentido enganche alguno por una presentadora. Y menos diciendo noticias. Es decir, no hablándome desde una plataforma juvenil. No me perdí ni uno de sus telediarios. Hasta el entorno me parecía atractivo. Como sus ropas de moda sociata. Con su tuteo esclarecedor. Tras el bache sufrido en los informativos tras la desaparición del seminal Crónica 3 (el binomio Lalo Azcona-Hermida fueron en mi niñez lo más de lo más), nunca un informativo me había resultado tan digerible. A lo mejor, lo que me resultaba alimentable era ella, la asturiana ilustrada, muy por encima de figuras adorables desde otro sentido, ajeno al platonismo, como la impar corresponsal Rosa María Calaf, toda camp.
My fair lady. Su dulzura, sus ojos enormes y expresivos, su permanente, ese aura de mujer inteligente y capacitada para la comunicación (si bien luego trasladándolo a un medio tan insospechado para un rostro parlante como era la literatura), que luego demostró ser en unos cuantos libros de éxito, con sus biografías de heroínas poderosas pero vulnerables en el fondo, en tanto que incomprendidas en su tiempo, arrastrando una falsa imagen desde el pasado, como protagonistas. Que bien pudieran describir, desde otros parámetros, a la propia autora, cuyo recuerdo de momentos mejores la sacaban en mi imaginación mismamente de las páginas de miss Bronté. Sus posteriores declaraciones tras abandonar la caja tonta alegando apatía por el medio, amén de inseguridad, desubicación, extrema timidez y su vuelco en la radio nocturna, ya con temas literarios, al lado de De Villena a principios de los noventa, terminaron por corrobar la valía de una mujer cuya extraña belleza física se veía aumentada con creces por otra interior, no menos intrincada, que a mí me dejaba perplejo.
Entre tanto su cambio de registro no se producía, ahí me tenían esperando la hora de su informativo. Mis predilectos eran los momentos de arranque y, desde luego, la despedida, justo cuando la veíamos más suelta, sonriendo o comentando algo a su partenaire, recogiendo los papeles o llevándose la mano al micrófono para que la dejase en paz de una santa vez. La imposibilidad de verla a cuerpo entero me traía por la calle de la amargura. Y también me hacía reflexionar en torno a lo que era lo que me estaba pasando con determinadas chicas de la pantalla para que dejase de soñar un segundo en los niños de mi generación para ponerlas a ellas en el centro de mi interés sentimental. Eran esos instantes en que lo femenino mandaba. O ese otro tipo de mujer, la donna di cultura. Es cierto que fuí muy vago en mis reflexiones porque, a la larga, pocas vueltas le dí al tema en cuestión. Sobre todo, cuando el marasmo de cuerpos con colita empezó a exigir de mí una atención exclusiva.


continuará

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26 noviembre 2009

SEMANA ESPECIAL AQUELLOS JUNCOS SALVAJES (2)

Capítulo vigésimo noveno

El acoso de Pedro (o El paciente conquistador)
Los recreos con Oscar eran tan placenteros como frustrantes. Placenteros porque el muchacho era una delicia. Divertido, nada típico y dueño de una mordacidad que a mí me estimulaba bastante. No dejaba títere con cabeza. Ni siquiera la suya. Pero a Oscar nunca lo ví títere, sino bibelot precioso, uno de mis primeros amores platónicos de verdad. Aquella confesión homoerótica me enterneció tanto que a veces sentía deseos irrefrenables de soltarle de sopetón que yo sentía lo mismo... pero por él. Mi cobardía natural me hacía andar con rodeos que el atajaba en un pis pas con una frase ridiculizante a mi persona. O tal vez ni frase. Con un monosílabo exacto y preciso ya me anulaba como pretendiente correspondido y agachaba la cabeza. Sentía que tenía razón. ¿Quién era yo más que un puto payaso?. El repetidor. El sólo hecho de tocarlo me ponía muy nervioso, tan siquiera para agarrarle por su ancho hombro con el fín de que caminásemos por el patio al mismo paso. Oscar no es que fuera duro de roer, es que era misión imposible. Yo seguía siendo un patito feo, el era muy lindo. Mi plumaje era oscuro, siempre de negro por debajo de aquel chubasquero verde que jamás se puso de moda, salvo en mi cuerpecito de alfeñique. Chubasquero arrastrado de año en año porque me negaba a llevar aquel McCloud de cuello aborregado que papá tanto vendía entre los recios hombres de la montaña. Para mi gusto, esa prenda si que había pasado de moda. Estábamos en plena fiebre de la arruga bella, del lino blanco de los Miami vice. No es que ansiase ser un modelo de Adolfo Dominguez pero, a veces, me preguntaba si no sería buena idea para lograr seducir al interesado que al menos me diese la luz... Entre el acné y mi palidez natural lo poco que se me veía era como para echarse uno a temblar. Oscar no era una réplica en mini de Don Johnson. Su mundo era el del tecnicolor, de los manchones hedonistas de las piscinas de Esther Williams. Cuán distintos, si. El yin y el yan. Nosferatu de paisaje urbano contra la sirena de Neptuno. Al amigo le bastaba que fuese su confidente. Me daba por burro, por lo tanto, debía ser tonto, con lo cual, cualquier cosa que me dijese no sería flor de escándalo, de titular en el boletín mensual de los hijos de san Juan Bosco. Me la tragaba y ya se quedaba a gusto. Oscar me veía como un autista discreto. Puede que fuese eso.
Sin embargo, también yo tenía muy aguzado el peligroso don de la verborrea venenosa. Eso nos hacía reir una barbaridad. Tanto que nuestras carcajadas fueron captadas por Pedro, el niño pedorro, el del fondo de la clase, el que no se sabía bien de qué palo iba, el que no tenía muchos amigos, más de los que implicaba la desesperada situación de lapa. Pedro empezó a pegársenos en los recreos. A Oscar esto no le pareció del todo mal. Al principio yo no lo entendía. La actitud del chaval frente a nosotros era el de simpatía algo forzada, comprensión ante cualquiera de nuestras réplicas, regalos de pipas al obseso de las pipas que era mi compañero, incluso se permitía el lujo, de vez en cuando, de hacer gala de una mordacidad subida de tono. Pero, el resto era una incógnita que no tenía razón de ser en nuestro itinerario diario. Reparé pues en su físico. Hasta cierto punto era comprensible que a Oscar no le disgustase. A Oscar le atraían mucho los culos de los chicos y el de Pedro era, a su manera, un manjar. Oloroso, pero manjar al fin. Era un poco más alto que él, de complexión atlética, bien formado y poseía un rostro si se quiere vulgar pero en modo alguno desagradable. Su ropa delataba la procedencia. No era un pijo, por supuesto. Tampoco un niño rico pero corriente como Oscar. Tampoco un gualdrapa como yo (el típico que podía vestir bien pero no quería por taaantos complejos). Pedro en el vestir se delataba como chico de extrarradio. No entendíamos cómo habían podído matricularle en el colegio, estando su casa a media hora larga a pie, atravesando puentes, túneles y laberintos típicos de un zoco, sinceramente. Ignorábamos su pasado de EGB. Tampoco era muy dueño de hablar de si mismo. Prefería escuchar. Era especialmente receptivo a nuestros comentarios ambiguos, como de niñas traviesas y malas (mi amigo, sobre todo, era en esto un experto). Era cuando el tercero en discordia respondía con un lascivo "¿con que si?" u otro "pero, entonces, vosotros sois...", a lo que Oscar reaccionaba con un "boh, menudo idiota" (que quería decir que no había entendido nada el maromo). Pero Pedro no se veía ofendido en su virilidad. Al contrario, la azuzaba llevándose la mano a la bragueta. No podemos decir que en pantalones Pedro estuviese bien abastecido. Pero el que más usó le quedaba como un guante. Un modelo de vaquero que solían usar más las tías que los tios. Realzaba sus pantorrillas; en especial, su trasero en forma de manzana. Era perfecto. Tocable. Al menos, eso empezé a presentir con el trato diario. Pero el encoñe con Oscar era muy fuerte aún. Y su presencia me seguía incomodando.

Una mañana de domingo, fría mañana del mes de febrero, Pedro y yo nos encontramos por casualidad en los salones recreativos cercanos al colegio. La sala estaba semi vacía asi que jugamos ambos una partida al Moon Cresta. Empezamos a hablar de música. El estaba un poco harto de un fulano de clase que no le quería dejar no se qué disco de Depeche Mode. Yo le comenté que me gustaba mucho el grupo de marras y que por algún sitio de casa tenía alguna cinta con lo que buscaba. Que se la pasaría sin problemas. El caso es que se puso muy pesadito con la idea de que lo invitase a casa. Quería aquello ya. Durante el trayecto se amarteló a mí, criticando a aquel compañero egoista y felicitándome de que no fuésemos todos iguales. Y vino. La cinta no la encontré pero sí que le enseñé mi habitación.
De pronto, el chaval comenzó a quejarse de un súbito dolor de pierna. Para ser exactos, de muslamen derecho. Se tiró en el lecho sin que yo consiguiese dar crédito. Ya se había fijado en los barrotes de la cama en forma fálica, lo que me puso a la defensiva. Me pidió, con insistencia de niño perverso, un masaje. Tuve una erección. No sé si fue su pantalón, su manera de yacer, la situación (inédita en mi vida)... Quiero decir, era una imagen que no me caía nada nueva. Estaba en mis fantasías, deudoras posiblemente de alguna secuencia tópica de telefilme para adultos con Morgan Fairchild, la Brittany o Audrey Landers de zorrildas que engañan (el lo habría aprendido de algún astracán del Pajares y el Esteso). Reaccioné con cautela. Mis padres aún no habían regresado de misa. No había por qué preocuparse de tan siquiera rozarle con mis dedos. Le masajeé el tobillo, también el gemelo. El quiso que subiese más. Llegué al muslo derecho, era carnoso, fibroso, duro. Sentía la presión del izquierdo que retuvo mi mano por un instante. La retiré con fuerza y cambié de conversación, dejando caer que no le pasaba nada y que lo que tenía era que ir al médico, dada una inflamación extraña que percibí en el breve contacto. Pedro sonrió malicioso. Su sonrisa terminó por decidir que una nueva pasión había nacido en la vida de adolescente del legañoso Maciste.
Yo quería eso mismo pero con Oscar, porque a Pedro no lo conocía de nada, no era mi tipo, un zagal... De haberlo conocido Pasolini le hubiera colocado unas mallas de la época de Chaucer. Y a saltar por los callejones de un cuento de Canterbury. En cambio, Pedro empezó a transformarse, por su pícaras maneras, en una tentación sólo entendible desde el catre de Maciste. En la posible solución a sus urgencias. Estaba claro que el chico tenía una intención. Y un bagaje. No quise saberlo de momento. Me ponía en lo peor. Tendente siempre al melodrama. Del prostíbulo de Chaucer a la prisión de Wilde. Si caía en la trampa, ¿es posible que se fuera de la lengua?. Debía estudiar ese caso algo más. O, pongámonos románticos, deberíamos conocernos mejor.

Mientras tanto, sucedieron recreos lluviosos, en los que Oscar gustaba de quedarse en los soportales o dentro del espantoso bar de los curitas, donde se zampaba su bocata de chorizo. Mi enganche con las maquinitas me arrastraban a esas horas a los recreativos, a tope de chavalines a esas horas. Controlaba mucho una, cuyo nombre no recuerdo, mezcla de fantasía espacial y Comecocos. Era tan profesional en la misma que congregaba siempre a un nutrido público de fans a mi alrededor. Oh, benditos tiempos aquellos de apretujones adolescentes... Por varias veces noté la bragueta de un crío que oprimía mis nalgas lisas, tapadas por el largo chubasquero. Me costaba trabajo desviar mi atención de la pantalla para mirar quién era el abusón. En cualquier caso, el contacto aquél me llenaba de ímpetu y no fallé un disparo de mi pistola sideral. Al llegar al Game over y batirme en retirada ante los aplausos mudos del gentío, aparecía Pedro alli, sonriendo como aquella vez, pero al fondo, en la cola (tal vez había cambiado de posición en el momento preciso para que no sospechase). Si asi fue, Pedro y yo seríamos iguales en nuestro fanatismo por el sexo. Y esos momentos furtivos, de aprovechamiento de la carne por parte del pulpo mientras la cabecita del acosado está absorta, llena de pájaros de acero que eran naves nodriza, condicionaban nuestros mundos privados elevándolos a masturbación recurrente en la soledad del hogar. El deseo del uno por el otro parecía cada vez más claro. Y el sentirme deseado supuso toda una conmoción que, poco a poco, cambió mi actitud con respecto a mi cuerpo.
Pronto Oscar fue sustituido por Pedro en los recreos diarios. También lo fue a la salida de clases. En el fondo, vivía en las quimbambas y yo era un niño del centro, donde todo bullía. Nuestros paseos por la ciudad eran desasosegadores. Se pegaba a mí tanto, que con un paraguas en la mano era imposible no rozarle el paquete o el culo. Esto me empalmaba siempre. Su torso contra mi espalda, el mío contra la suya al entrar ambos a la vez en una tienda me estremecían. Sus pequeñas trampas buscando el roce me desarmaban. No creo exagerar si les digo que recuerdo las salidas del colegio en contínua erección. Podía prolongar ese estado lo que durásemos juntos, fuera hora u hora y media. Consiguió volverme obseso por su piel. Y hay que decir en su descargo, leído el capítulo anterior, que nunca se le escapó en mi presencia una ventosidad de las suyas. Era receptivo a mi mundo pero a veces me hacía sufrir, sobre todo cada vez que se negaba a subir a casa. Empecé a comprar discos de tecno pop para que viniese a pedírmelos. Y Pedro en casa, en la habitación de los juguetes era un peligro de ambiguedades. Correcto siempre y, a la vez, implacable, buscando entrar a matar. Si no mató antes fue por culpa exclusivamente de mis indecisiones. Pasé todo el año 1986 dándole largas en ese sentido. ¿En qué sentido?. No quiero decir que me estuviera pidiendo que le abriera el culo para que pudiera de una puta vez meter su cipote. No. El sólo quería verme la polla. Que nos masturbásemos a dos, como suele suceder por esas edades. Es posible que del lugar donde venía él (el quinto pino y el resto matojos) fuese algo común. A mi me aterrorizaba la idea de que me viese el pene. ¿Y si luego quería hacerme suyo de mala manera?. Mi terror ante el dolor anal era algo que ya me superaba. En cambio, en todo fue educado, condescendiente y generoso. De poner algo, él sería el que pusiera el culo. Esto me lo reveló el día de nuestro primer encuentro serio. El decisivo. Carne sobre carne. Habían pasado la friolera de doce meses desde la anécdota Depeche. Mucho tiempo con respecto a unas memorias tan pormenorizadas, asi que será mejor esperar unos cuantos capítulos para hablarles de cómo perdí mi virginidad. Que fue, ni más ni menos, por una burda cuestión de aburrimiento del personal. Pero, entre medias, quedaba lo mejor, lo más jugoso. Lo imborrable. Lo previo. Los juegos, las palabras equívocas. El desarrollo de un abc de lo homoerótico del lado de una persona que parece sentir lo mismo que tú. El masoquista placer del cortejo a la antígua usanza.

continuará