30 octubre 2009

SEMANA ESPECIAL AQUELLOS JUNCOS SALVAJES (1)

Mis memorias comprendidas entre los años 1983 y 1988 (continuación de INFANCIAS VERDES)



Capítulo vigésimo sexto


La larga noche americana
Cuando está más oscuro es mejor... Eso cantaba por aquellos años Fama, un artista de la ambiguedad y la provocación que yo había visto en la tele en la estimable La muerte de Mikel, donde tenía un papel destacado. De la letra de la canción, compuesta por Carlos Faraco, se podía desprender que era una oda a las mugres del putiferio homo, dado el ascendiente cabaretero del transformer. Sin embargo, no me daba por aludido y me encantaba tararearla durante las largas caminatas al anochecer por el casco antíguo de la ciudad de invierno. La nocturnidad era una buena cómplice. Ese misterio de las luces cenitales que no dejan ver bien las miradas de sus caminantes, que ocultan la realidad innombrable del individuo insólito. Según mis sufrires iban a más, más huía de la luz solar para perderme en las tinieblas de los heridos por amor. Y eso que aún no había conocido el amor más intenso, aquél que se unía en fuerzas con el deseo carnal, para arrastrarte a un torbellino de tantas calamidades como no menos sabrosuras.
Mi calvario personal iba al compás del calendario. La luna como confesora. Pero la sala del cine y sus rostros únicos el altar de santos donde yo ponía siempre mi velita de mortificaciones. Otra oscuridad pero, con suerte, fascinante. Películas como La niebla, Alien o Blade Runner basaban sus premisas en la nocturnidad. Era una nueva noche americana, cine negro sin gangsters de la Depresión ni mujeres fatales con el pelo a lo Lake embutidas en vestidos de raso doble piel (la revitalización del cine negro se encalló en los primeros años 80 con el mito del cartero de Cain en sendas películas que a mí me apasionaron por su clima sexual tan de la era del Reagan primero como fueron Fuego en el cuerpo y El cartero siempre llama dos veces). Era género fantástico, apoyado en unos diseños de producción ostentosos y embriagadores. Ratos oscuros, de peleas a navaja, también había en Rebeldes de Coppola. Y el negro se matizaba con el blanco en su Ley de la calle o en el mismo cine de Woody Allen. De pronto, los colores de la vida dejaron de atraerme. Mi realidad se entendía mejor así. Aunque fuese con la técnica artificiosa de la noche americana, técnica que ya conocía por Truffaut y por las apetencias estilísticas de otros directores europeos con solera que preferían reconstruir la vida desde un plató. El acabado inquietante de la ciudad de Blade Runner, por ejemplo, no desmerecía en absoluto a la fantasmagoría barroca de tantos filmes de Fellini, desde Toby Dammit (gran corto, imitadísimo corto, nunca igualado corto), Satyricon pasando por Casanova o Y la nave va... Mi tendencia por el pasado, por todo lo que me mostrase épocas históricas (aunque filtradas por la falsedad de un mago) hacían que me decantase más por el universo de Fellini que por el de Alan Parker o Ridley Scott. Y si me gustó Alien fue por sus características de cine de terror espacial, de retorno a unas fórmulas que identificaba con series de niñez del estilo de Espacio 1999, por ejemplo. En ésta como en su embrión UFO o aquella alemana tan pop art y en blanco y negro de la patrulla Orion, el diseño era preponderante pero a mí me parecía más suculenta la relación de los personajes, la aparición de seres sobrenaturales, esa cosa tan infantil que es la historia que se cuenta. Carecía de referencias comiqueras para llegar al entusiasmo de Carlos, que tan pronto se introdujo como noveno pasajero de aquella nave tan truculenta, percibió el trabajo de artistas y diseñadores de su gremio como H. R. Giger o Moebius. Disfruté la peli sin alharacas pero a la salida volví a detenerme en el fotograma de la cartelera de la entrada, en el que la Weaver luchaba, con dos cojones, en mini bragas. Lo abultado de aquello me hizo sospechar/bromear si acaso el alien no lo llevaba la susodicha en su interior. Todo el valor de aquella cinta no radicaba en su historia, pues ésta no era nada original, sino en la capacidad de crear una atmósfera tan absorbente como una compresa a través de una elaboración estética impresionante. Ridley Scott daría la campanada con Blade Runner. Pero en el mismo momento en que pensamos que Scott nunca fue Orson Welles (saco a colación a Welles porque tanto uno como otro sacaron sus shocks de crítica en los albores de sus décadas respectivas, armando de paso un revuelo publicitario que apuntalaría a sus dos filmes como hitos de la historia del cine), entonces sería conveniente deducir que los desmadres de los fanáticos del director de tanto replicante nos deberían parecer ahora, cuanto menos, muy poco fiables. Volvemos a encontrarnos con trabajos paranóicos de un Hollywood super industrial, que ha llegado a un punto de sofisticación límite y que, en cambio, ha abandonado todo humanismo e inventiva al inspirarse en arquetipos de un cine clásico extinto ya hacía mucho tiempo por meras cuestiones de saturación. A los quince años es lógico que a uno le deslumbre Blade Runner, que lo haga incluso luego, si eres un apasionado de la ciencia ficción, pero si hemos de ser objetivos las obras maestras del cine de esa década han envejecido muchísimo (como en realidad les pasa a todas las que se apoyan en una técnica superficial, en un artificio decadente frente a la vitalidad del arte, en una voluntad posmoderna porque en todo aquello que pretenden imitar se traicionan). Si recordamos a Orson Welles veremos que Ciudadano Kane permanece incólume en su lenguaje revolucionario (además se nos brinda una historia irresistiblemente cinematográfica que, a la vez, no se circunscribe a género pretérito alguno, si acaso al biopic fantástico), que luego su Macbeth en ese viraje al cine de terror con cuatro perras sobrecoge tanto o más que la de la nave de los efectos especiales (¡y qué diálogos!), que Scott jamás pudo parir unos Ambersons en el ínterin porque lo suyo estaba claro que iba por derroteros muy mediocres. La perspectiva de los años, del estudio y la reflexión han palidecido parcialmente los deslumbramientos iniciales de estos filmes de mi adolescencia. No les digo nada de los antes citados Carteros y sus fuegos corporales. Y, aún así, cada vez que se reponen en la pequeña pantalla uno vuelve a recuperar un leve estremecimiento que le hace, por encima de todo esclavismo intelectual, sentirse partícipe de una nostalgia, de un flechazo que jamás anulará una comprensión posterior.

Esa nostalgia se multiplicaría hasta el infinito en el caso de Rebeldes y La ley de la calle, ambas del genio -a ratos- Coppola. Las dos bebían estéticamente de una época que no viví pero que adoraba a ultranza. Era una vuelta al pasado, sobre todo la primera, al cine de pandilleros, del mito James Dean. Rebeldes nació como encargo. La otra era un trabajo personal. En el ínterin, aparece Corazonada, filme inédito para mí hasta años después (pase TVE) y que supuso la bancarrota del director y del cierre de sus mágicos estudios Zoetrope. La estética de sus dos filmes teenagers entran de pleno en el look Zoetrope, por lo tanto.
El impacto de Rebeldes radicaba en su elenco actoral. Todos eran jóvenes promesas, todos guapos y pin ups. Todo era un pastiche de alto contenido homófilo, nada disimulado por Coppola, antes bien acentuado gracias a su conocimiento profundo del filme poético de Nicholas Ray para Dean y de sus sucedáneos (la cofradía viril de la serie B). Asi pues averiguen quién era quién en la vida de los nuevos Pontipee inmaculados. Curiosamente nadie interpretaba a Natalie Wood allí, elemento incordiante de todas todas en el original. Coppola rodó una puesta de sol para dos muchachos tan intensa, tan apasionada, que su Rebelde sin causa a ratos se tornaba Lo que el viento se llevó después del incendio de Atlanta. Nada que objetar, al menos había desaparecido todo rastro de la execrable Grease como posible influencia de cara a la taquilla. Rebeldes es bastante tontorrona pero hizo diana en mí, a punto de soplar las 16 velas. Andaba falto de patrones rebeldes. Y Ponyboy Curtis (inolvidable C. Thomas Howell) y su Johnny Cade (Ralph Macchio buscándose en Mineo) cumplieron con ciertas expectativas sentimentales.
La pastelona Grease no estaba tampoco en la mente de Coppola al rodar La ley de la calle. La banda sonora espléndida de Stewart Copeland era todo lo contrario a un sunshine pop de segunda mano. La película daba una vuelta de tuerca a la onda pandillera. Pero lo hacía de una forma tan innovadora que quedé irrecuperablemente alucinado. La realización pasaba a ser prolongación anímica de las individualidades de los nuevos outsiders. El ritmo fluido, vibrante por momentos, pretendiendo romper la barrera temporal que impedía que cada una de las acciones sucediese vertiginosamente, las pronunciadas angulaciones, perspectivas reforzadas, travellings interminables convertían este fresco generacional en una película de autor. O mejor dicho, de autor pretencioso pero brillante, capaz de reunir de nuevo en la noche de los tiempos el malditismo ultraromántico de Nicholas Ray para enfrentarlo al demoledor y protéico Welles. No importaba que se incorporase a la trama de pandillas de delincuentes el tema aún lejano para Maciste de la droga. Prevalecía Rusty James y su submundo (o sea, Matt Dillon cada vez más identificable en mi imaginario con el adolescente frágil pero armado) y, desde luego, "el chico de la moto" (que suena a Kenneth Anger); es decir, Mickey Rourke cabalgando como en neowestern entre las proyecciones psicoanalíticas del propio decorado y el intimismo atípico de sus otros colegas de barriada. Daltónico, sordo, demasiado viejo a los 21 años (en realidad tenía casi treinta), absorto en peces de colores, apoyo e inspiración para un Dillon, hermano menor, excesivamente acelerado, a pesar de ese fatalismo del otro que se transformaba en temporalidad irrefutable.
Rourke fue una gran revelación pues en principio no parecía copia de nadie y como modelo jamás daba engreido y prepotente, como les solía pasar a los narcisos macho man del viejo cine (Beatty en All fall down, Newman en Hud).
Volví a Rourke mientras pude y él me dejó. Sólo que cuando de pronto patinó en Nueve semanas y media o se entregaba a un cierto tipo de cine comercialoide en exceso, le dije "adiós, chico de la moto, tu reino ahora sí que ha acabado". Ya estaba en otras cosas como para creérmelo sex symbol para mujeres yuppies. El chico de la moto se había estrellado. Finalmente.
Mi poco interés por regodearme en la grandeza de los juguetes rotos, y Rourke lo es mucho, ha hecho que este actor sea en mi apreciación actual un retrato tangible de la fugacidad de la vida, de lo relativo del éxito. Y de la grandeza de la nostalgia tomada con la justa perspectiva. Porque roto ya se le veía (pero muy bello), sin tener que esperar a éste su presente (clown del cuadrilátero con el rostro deformado a hostias), desde el instante en que entró en aquella maquinaria aniquiladora de Hollywood.




continuará

EIGHTIES FAN

Por Boquitas Pintadas


¡¡¡ LAS FOTOS DE LAS CARPETAS ESCOLARES DE NUESTRA COLABORADORA AL DESCUBIERTO!!!


ESPECIAL MICKEY ROURKE





PARTICULARISIMO


Nombre: Mickey Rourke
Nacimiento: Nueva York, 17-10-55
Altura: 1.75
Peso: Variable, en sus años mozos alrededor de los 73 kilos
Primera película: 1941 de Steven Spielbeg
Director favorito: Michael Cimino
Se avergonzaba en los 80: De haber hecho Réquiem por los que van a morir
Hobby: La moto y el boxeo
Compañero al que más admiraba en los 80: Christopher Lambert


*Filmografía 80's:
1981. La puerta del cielo/Fade to back
1981: Body heat
1982: Dinner
1983: Rumble fish
1984: The pope of Greenwich Village/ 9 semanas y media
1985: Manhattan sur
1987: El corazón del ángel /Réquiem por los que van a morir/Barfly
1988: Homeboy
1989: Francesco / Johnny Handsome / Wild orchid





29 octubre 2009

SEMANA ESPECIAL AQUELLOS JUNCOS SALVAJES (1)

Mis memorias comprendidas entre los años 1983 y 1988 (continuación de INFANCIAS VERDES)


Capítulo vigésimo quinto

Dobletes (en busca de afines)
Resultados finales en la primera semana de septiembre. De las seis asignaturas del curso, sólo había recuperado dos. De primero, Matemáticas, aprobada con un Bien. A Ciencias naturales de 7º de EGB no me había presentado por verguenza. Y la verguenza con mayúsculas vino luego. En casa ardió Troya. ¿Mi paso por el colegio había llegado a su fín?. De ser así sería algo que ansiaba en el fondo de mi alma, pero también el miedo a un futuro encerrado en el comercio de papá no me dejaba motivos para un simple suspiro. Por lo tanto, me agarré a la posibilidad in extremis de continuar mi periplo degradante repitiendo curso. No hubo conversaciones drásticas con el director ese año para convencerle de nada. Simplemente permanecía mi plaza, era un alumno cuyo padre pagaba religiosamente las cuotas mensuales y se le consintió. Prefería lo malo conocido aunque también es verdad que en este bis lo que iba a primar sería lo bueno por conocer. Pensaba en los amigos que iba a perder con el trasvase, jamás en los que se agregarían a mi paupérrima lista de confidentes, que iban a ser gloriosos, tan o más perdurables que los que en apariencia dejaba atrás (o en un curso superior). El dolor de desaparecer del mundo cotidiano de Carlos, por ejemplo, me atenazó durante las primeras semanas. Cuando nos veíamos a la salida de clase, él había incrementado la cuota de amigos. Su snobismo y pragmática recalcitrante le hacían lucir radiante con sus nuevos libros, sus nuevos profesores, su nueva opción (de Letras), más cerca del Parnaso de los Poetas muertos. Seguía siendo superior a mí intelectualmente, creatívamente. Ahora ya la distancia iba a ser infinita. Me sentí desplazado. El tampoco procuró eliminar mi sensación de abandono quizá porque tampoco se la dí a entender jamás. Por fortuna, la vida te trae contínuas sorpresas, enganches de estreno y, lo que antes comentaba, la aparición de otros amigos capaces de soportar mis rarezas que, a lo mejor, también eran las suyas. En cuanto a papá, abandonó la idea de volver a matricularme en una pasantía o de alquilar un profesor particular. La economía no era nada boyante en casa. Además, era de suponer que si el hecho de repetir otra vez, desde la primera página, un mismo curso no me bastaba para sacarlo adelante es que ya no había por qué mantenerme pegado a un pupitre jamás.
Los nuevos compañeros me ayudaron mucho en lo tocante a eliminar ciertos miedos autoimpuestos. Los viejos ya me tenían muy calado. Estos me calarían tarde o temprano, pero en ese factor de madurez que uno tiene ya a los quince, aún cabía la opción de ir moldeando una máscara o un caparazón que me mantuviera en incógnita hasta el final del curso. Iluso de mí. Yo era incapaz de permanecer en el anonimato. Mi personalidad estaba lo suficientemente asentada como para no dejar de venderla constantemente. Tenía facultades literarias, gran sentido del humor, tendencia al gamberreo más salvaje, cultura extraescolar abundante. Buscaría presto a mis afines entre esa turbamulta. No lo hice los primeros días. Los observaba. Lo primero en que reparé fue en quién era el más sexy, quién el más guapo de cara. En mi repaso visual las clases de gimnasia eran primordiales. Ya había escogido a un sex symbol indiscutible. Un cachorro de atleta llamado Moure, capaz de mantener durante minutos el desnudo integral en los vestuarios al término de las hazañas en la cancha. También los había afeminadillos en el lote del año. No reparé en ellos más que un segundo. A otros los conocía de pasada, por amistades comunes. Me hizo gracia encontrar dos o tres caretos conocidos, que habían repetido también. Era el caso del niño Pedro, quien todavía no contaba con mi aprecio. No sabía de qué iba el zagal y ahora no pensaba descubrirlo. Los compañeros próximos de pupitre me preguntaban a veces, no sin recelo, cosas de las materias. Poco les podía ayudar, más allá de unos chismes inanes sobre tal o cual profesor. Particularmente, me sentía igual de aterrado ante aquello que debía sonarme de algo pero que no me sonaba en absoluto. No tenía retentiva más que para los autores de la literatura universal. Incluso el latín, que tan bien se me dió luego, era un hueso. La evasión estaba a la vuelta de la hoja. En una cuartillla en blanco me ponía a lo mío, ¿desbarajustar el mundo?. Retomé las Faunadas, aquellas columnas diarias sobre temas de actualidad que entregaba a Carlos a las diez de la mañana. Pero, ¿para qué?. No tenía lectores que me siguiesen. Al menos, de momento.
Pronto llegaron dos. Cerca de mí estaban Marcos y Eulogio, ambos amiguetes de Carlos. Eran dos tipos bien distintos. Casi némesis. Pero les unía el gusto por el rock sinfónico y las guitarras de los mamuts de los setenta. Marcos era ya un sapientín, un impenitente lector. Eulogio no leía más que las partituras de las canciones de Eric Clapton. Marcos en el terreno frívolo de la sexualidad parecía mantenerse al márgen. Eulogio daba cachondo. Y aunque ninguno me despertaba instintos predadores, me encontraba bien a gusto en su compañía. Hubo feeling. Más acusado en Eulogio. Más discreto en Marcos. En hora de redacción para la clase de Lengua española, Eulogio se volvía loco rellenando folios con sus épicas fantasías. Mis fantasías iban del hiperrealismo al costumbrismo de un pasado familiar, incluso no rechazaba la carga social, lo que debía dejar algo noqueado al profesor de turno (curilla progre que tomaría todo mi comunismo como un alegato de cristiano de base). A mi coleguilla se le antojaba imposible que él, habiendo escrito tanto, no superara el cinco de nota, mientras que yo con medio folio había sido puntuado con un notable alto. También a mí me sorprendía, ya no sólo porque solía errar más de lo que debiera en las acentuaciones y en ortografía en general, sino porque venía de la novela río, sin concesiones. Creo que esa etapa de frugalidad léxica pasaba por mi contínua escucha de las dedicatorias radiofónicas de Fernando Poblet en Tiempos modernos, que no ocupaban más de una carilla. De hecho, ese otoño comencé a parir las mías sobre un montón de gentes. También probé con la poesía. De vez en cuando me sentía gongoriano y escribía con una retórica rarísima, como de repente saltaba a los malditos franceses del diecinueve. Hubo poesías que remitían a La Polla records porque me obsesionaba su Canción del productor. La luna de Madrid puso el resto, esos toques de posmodernidad en mi estilo sin estilo. Aquello no tenía freno. Muchos de esos textos me causan ahora verguenza enorme, infinita. Entonces los concebía con total intención. Salvaría uno o dos, no más, con la prudencia de quien no ha conservado de aquello más que la mitad. Ahora que lo pienso, aquel año de repetidor me lo tomé como un año de lo más sabático.

Platón en el pupitre de enfrente
En medio del desastre académico, tanto el inminente 1986 como 1987 fueron profundamente fecundos. Nunca antes ni después hubo tal torbellino de asimilaciones, de conocimientos, de revelaciones. El cine, la literatura, la música, el adiós al virgo (¿por qué no?). Todo estalló al fín en mi vida aciaga. No era un crío feliz, había sufrido mucho con mi otredad. Pero también es cierto que gracias a esos cambios que estaban por llegar pude solventar tanta precariedad con paso firme, con la seguridad de que la vida era maravillosa gracias a la cultura. Me dejé arrastrar por el marasmo sin darme cuenta que dentro de mi cerebro algo no marchaba bien. Mi timidez me hartaba y la quería superar por medio del exabrupto, del pataleo, del exhibicionismo. Pero jamás la vencí. En mi interior seguía habiendo un acomplejado. Por una sexualidad distinta, por un físico cochambroso de patito feo, por una nula valía para los estudios, por el miedo a un futuro al que era imposible diseñarle una entidad según mi gusto absurdo y surreal. Durante esos dos años clave fue agudizándose mi neurosis. Y fue una gran tortura intentar luchar contra mí sin ayuda de nadie. Miedo a la gente, a comunicarme con los demás. Incluso a reunirme con mis padres durante las comidas. En cambio, necesitaba que alguien me jaleara, me llevase la corriente, o ya puestos, que compartiese mi mundo con la confianza de que era de los dos. Gran parte de mi timidez era motivada, reincido, por mi tendencia sexual. Eso lo sé de sobras. Me parecía absurdo que esto me dañase a esas alturas del siglo. Yo era un mocito que se sabía el Poeta en Nueva York de memoria. Entendía La Gata sobre el tejado de zinc caliente. Padecía lo de James Dean. Gozaba de facultad para reirme de mi mismo hasta la extenuación. ¿Por qué entonces me dejaba embargar por los miedos hasta el desequilibrio emocional, si en el fondo, yo era virgen y nunca nadie quiso lapidarme por una tendencia hasta la fecha llevada tan en privado?. Siempre quedaba ese último momento, el de la soledad, el vacío de encontrarme más solo que la una y reconocer que así iba a ser por el resto de mis días. Un libertino de fachada en cuyo interior se iba haciendo añicos un masoca puritano, a lo mejor eso estaba siendo el inteligente Maciste.
Segundo de BUP toma 2, al menos, partía de la novedad de unos chavales que no me habían colocado tal o cual etiqueta. Surgieron poco a poco apegos entrañables, encantadores, memorables, que degeneraron con el trato en amoríos platónicos, jamás correspondidos, acaso sólo intuidos. Y nada más. Que ya es bastante. El crío en cuestión se llamaba Oscar. Platón en el pupitre de enfrente. Era dulce, aniñado, tenía mucho de niña, pero no era un afeminado. No había pluma en Oscar. Era deportista, además. Nadador del pabellón. Madrugaba todos los días muy temprano para entrenar durante una hora. No era el típico mazas altísimo de anchos hombros, aunque estaba muy bien proporcionadito. Lo que pasa es que era retaco. Pero su cara me trastornaba. Han pasado los años y Oscar vuelve a mí a través de un olor a jabón. No a cloro de piscina. Sino a jabón de sales.
Pasamos muchos recreos juntos. Fue el primer chavalito que me hizo sufrir con sus caprichosos estados de ánimo y también a babear con su apabullante generosidad y alegría. Capaz una mañana de confesarme que le gustaba a horrores un compañero del aula, sin el menor rubor, sin antes haberles puesto adjetivos a nuestras inclinaciones adolescentes. Cupido clavaba más honda su flecha. Era un triple dolor. Uno, por la carga homoerótica de sus palabras, inéditas hasta la fecha dentro de mi círculo; segundo, porque a mí quien él deseaba tambien me hacía tilín y eso me enrabiaba de celos en múltiples direcciones; y tercero, porque Oscar me usaba como confidente y nada más, lo que me disminuía aún más si cabe ante el espejo, dados mis complejos y a pesar de ser yo más alto que mi amigo. Es verdad que formaban una bonita pareja, pero el otro era un tonto redomado que ante cualquier avance del querubín quedaba noqueado, incapaz de pillar por completo sus oscuras (pero bien sencillas) intenciones. Cuando sacó algo en conclusión, oí sus comentarios fuera de lugar, preguntando a su alrededor, sin cautela si Oscar era maricón o qué le pasaba. Lo aireó todo aunque yo no lo quise oir. El seducido me cayó como el peor hijoputa del mundo. Niñato capaz de romper una situación tan curiosa con un halitósico cacareo de gallo herido en su virilidad. El interfecto me ponía mucho pero pronto se devaluó ante mis ojos. Lo encontraba repugnante, tal como él halló asquerosa, probablemente, una declaración de amor valiente, desnuda, a lo kamikaze. Ignoro en qué consistió el avance, aunque recuerdo que el pequeño nadador a la desesperada podía llegar a ser muy directo. Sin embargo, Oscar había quedado de aquélla abatido. Además del rechazo del ser que amaba, se le juntaba el nacimiento de la duda del grupo en torno a su anormal conducta. A la larga sería una señal de alerta de que había que andar con los pies de plomo en estas cuestiones de los sentimientos raros.
Oscar me fascinó durante mucho tiempo. Exactamente los diez meses que estuvimos juntos en clase. Los recreos que me concedía eran mi séptimo cielo. A él le dediqué, por supuesto, unas líneas ingenuas, cursilísimas, parrafadas para antiguas lectoras de Florita, en mi santoral 86 que aquí transcribo. Han pasado veintitres años de esto y aún me provocan leves regustines de un amorcillo platónico ído con el primer acné de los sagrados oficiantes de Puberilandia:

Santo Oscar, pequeña coqueta

Consagró toda su vida a la coquetería. Excitante, perverso, insinuante. Manifestó desde temprana edad su voluntad de dedicarse a tareas acuosas: inmersión, emersión, submarinismo. Encandiló por su olor a Heno de Pravia y su limpieza virginal. Enamorado de las caras blancas, sin excrementos de espinillas. Prefirió entregar su corazón a seres de su tamaño. Y con su insinuante e inocente sonrisita de niño bien, con su naricita pilla, con sus ojitos de querubín y con su caminar de asumido presumido me enamoró. Pero también enamoró a todos los que cayeron en sus redes. Santo Oscar que estás en los cielos, nunca te olvidará uno que te quiere. Coqueta que dañas el alma.Amor imposible del invierno del 86. Me llevaste el corazón, ratita presumida.

continuará mañana

Cancionero Mongo


EN EL ASCENSOR de Varela y Martínez Abades.
fox trot cubista (circa 1920)
Por la gran EMILIA BRACAMONTE


Carmelita y Amador
se han jurado eterno amor,
pero no tienen dinero
Y así cuando da en llover,
se les ve al anochecer,
soportando el aguacero
Cierta noche, por su mal,
esperando en un portal,
él miró hacia la escalera
y vió que en el ascensor
se debía estar mejor
que en otro sitio cualquiera.
Y al portero le dijo: Es preciso
que nos suba hasta el último piso.
Pues pensaba muy bien Amador
que no hay nada como un ascensor,
para hacerse el amor.




Dentro ya del ascensor
Carmelita y Amador,
al pasar por el primero
ya van locos de placer
y no ven que al ascender
ya han pasado del tercero;
y una vez en el final
sucedió lo natural,
que el amor es imprudente,
y de su cariño en pos
olvidáronse los dos
del pasado y del presente.
Y no ven desde aquel paraíso
que ya están en el último piso.
Y seguía pensando Amador,
que no hay nada como un ascensor
para hacerse el amor.




Como el timbre no sonó,
el portero sospechó
lo que allí estaba pasando,
y cumpliendo su deber
les obligó a descender
cuando más se van amando;
y una vez en el portal
no recuerdo del final,
pero dicen que el portero
abusa del ascensor
para demostrar su amor
a una chica del tercero.
Y los dos, cuando se hace preciso,
subir suelen al último piso,
porque piensa igual que Amador,
que no hay nada como un ascensor
para hacerse el amor.



28 octubre 2009

SEMANA ESPECIAL AQUELLOS JUNCOS SALVAJES (1)

Mis memorias comprendidas entre los años 1983 y 1988 (continuación de INFANCIAS VERDES)


Capítulo vigésimo cuarto


Carne ó caldeiro

Aparecía papá el viernes por la noche con unas ganas de tirarse en la cama hasta el lunes que no veas. Tras una semana laboral de autónomo hiper estresado emprendía la ruta de esos doscientos kilómetros que nos separaban. Fin de semana en familia, tomando el sol y poco más. Dos días se pasan volando. Los domingos por la mañana, según si hacíamos planes previos con los propietarios, nos íbamos a su finca. Hablo de mis tíos, o bien los de Oleiros (sí, mis primos Albertito y Dani) o a los más paisanos de Cambre (Silvina y cía). Yo de mal a mal prefería a los segundos. Me comprometían menos. No había chavalería de mi edad. Eran gente de campo. O, habría que puntualizar, de mar pues todos trabajaban en el muro (venta de pescado). Era un ambiente que no me resultaba tan hostil, nada enviciado como el de mis otros primines, su mujeriego padre y su demasiado progre mami. Además la finca de tía Silvina era enorme. Podía perderme en el riachuelo, conversar para mis adentros (incluso para mis afueras) bien a gusto, sin tener que pasarme las horas de la siesta encerrado en el coche mientras los otros no paraban de hablar, alargando hasta lo indecible el tradicional "café, copa y puro".
Sin embargo ahí estaba, ceremonial, siempre, la terrorífica hora de la comida. Juntarnos en una enorme mesa al aire libre hasta veinticinco personas, algunas ignotas para mí. Mi timidez enfermiza me obligaba a digerir los abundantes platos con enorme malestar. Y me terminaba odiando, incapaz de culpabilizar a nadie pues aquellos eran manjares deliciosos. Nunca he vuelto a comer unos cachelos, una carne ó caldeiro, unos bistecs adobados como los que preparaban las mujeres de la finca. Trabajaban con esmero, sin duda. Ahí radicaba el misterio. Cada una aportando su toque personal (y multirregional, pues había una andaluza y otra mañica) pero, ante todo, manejándose en equipo con la idea fija de que las cosas debían estar siempre en su punto.
Llegábamos al mediodia y Silvina y sus amigas ya estaban en esa faena. Mi madre dejaba en la mesa unos pastelitos comprados durante el trayecto y Silvina le decía con ese aire suyo tan poco sofisticado, tan de mujer del pueblo, que para qué nos habíamos molestado, si aqui había de sobra y que hartos nos íbamos a ir. Mientras tanto, los hombres hacían cosas propias de su sexo. Algunos se iban a pescar, otros a cortar hierba o a recoger patatas. Lo que tocase. Gente del mar que luego en secano procuraban mantenerlo todo productivo y fértil. La única persona de mi edad era mi prima Silvinita, que a veces estaba por allí y otras no. Jamás pregunté por nadie. Es más, rara vez abrí la boca por si a mi tía se le ocurría llenármela con una buena morcilla casera. Su obstinación para que me nutriese sólo se entiende desde mi extrema delgadez de entonces. Me vería anémico o parecido. También mi prima era una muchacha bastante delgada y, por ello, me caía muy bien. Me resultaba atractiva. Por su pelo largo, lacio y color rojo panocha, su rostro lleno de pecas, su piel blanquísima, lechosa, con algo de palidez lunar, su fragilidad Rosetti o Millais. Toda ella era una gran novedad. Y tan tímida como yo. Tanto que casi nunca coincidíamos en escena alguna por si acaso nuestras miradas se cruzaban. Ni recogiendo moras ni huyendo de algún diablo en forma de insecto a la orilla del río aquél. Pero eran horas de paz, de buscada soledad, que sólo se trastocaban durante la larguísima hora de la pitanza. Cuándo podría levantarme de la mesa sin parecer un maleducado era una incógnita. Prefería aguantar apretando los puños. Todo ese mundo adulto me resultaba tedioso, noble pero tedioso.
Una sobremesa de ese mes de julio del 85, acabados los postres, aconteció algo imprevisto y que de nuevo respondía en argumentos al reclamo de Eros. Un cuerpo espléndido, al principio no identificado, surgía de no sé qué divino cuadro renacentista. No era un camarero. Tampoco un animador con ínfulas de stripper para una despedida de solteras. Era el primo de mi prima, un jóven algo mayor que nosotros, agraciado en extremo, moreno de verde luna y con la suficiente labia como para encantar hasta a una serpiente. Estuvo sentado cerca mía todo el rato, me hubiera fijado si me hubiera atrevido a levantar la mirada como dios manda en alguna ocasión; por ejemplo, entre plato y plato. Se había levantado de la mesa el primero dispuesto a darse un chapuzón en la piscina. Lo cierto es que a este chico yo lo había visto muy poco esa mañana. Tal vez había llegado a última hora, rezagado del grupo por la resaca del sábado noche.
De este primo lejano controlaba su biografía incluso menos que la de Silvinita. Lo recuerdo en invierno, con bonitos ojos y no menos bonitos jerseys de lana de muchos colores y formas. Recuerdos fugaces en la cocina, compartiendo intimidades con ella y yo sobrando, como si en el fondo ambos viviesen su pequeño mundo de novios a la altura de un cuento de hadas prerrafaelitas mientras que mi papel era como mucho el del inocentón lector que abría su libro con ansias de que se me confesara tan atractiva historia de amor. Formaban una hermosa pareja. Pero muy diluida en mi pensamiento para que alcanzasen en mi apreciación veraniega rango de mito.
Y el mito, esta vez individualizado, dionisíaco, se consolidó aquella tarde de marras. Porque, de pronto, el jóven se destapó (en todos los sentidos) como un hermosísimo atleta. Mientras duró su baño, sesión de nado en la piscina que apenas divisaba nadie desde la mesa, ni la más mirona, dada la distancia, fue centro de los cuchicheos del grupo de mujeres. Hablaban de cortes de digestión pero lo que prevalecía era lo torito, lo fuerte como un roble que era el mancebo. Tales disquisiciones me empezaron a inquietar. Mi inquietud fue taquicardia cuando salió del agua y se vino donde nosotros con la chulería del que se lo ha pasado bomba sin ningún peligro físico. Sin embargo, el peligro físico para mí era aquel Tony Curtis. Es más, al que estuvo a punto de darle un corte de digestión fue al niño Betanzos, que aún tenía toda la comida en la boca, tal era la galanura, las prendas (poquísimas) del visitante. Nunca había visto un ejemplar de adolescente tan perfecto en el colmo de la desnudez. Si acaso en algunas esculturas de Fidias, que miren que llovió. Ataviado con un minúsculo slip de natación, lucía tan glamouroso que inmediatamente me provocó una congoja callada, congoja que no me ocurría desde la primera vez que ví a Warren Beatty en Esplendor en la yerba, en la tierna niñez. Venía chorreando, su piel morena lanzaba unos destellos por el reflejo del sol, como de purpurina, que acabaron por cegarme. Estaba rojo como un tomate, incapaz de bajar la mirada hasta el meollo de sus indecencias. Afortunadamente las mujeres, de actitud natural aunque achispada por los efluvios del Ribeiro, hacían balance sin cohibirse y aún les daba tiempo de encontrar peculiaridades. Por ejemplo, repararon en el pelo del jóven dios. Era cierto. Adonis había ido a la peluquería y mostraba gallardo una pelambrera rizada sólo entendible al haberse entregado al arte de la permanente en frío. Qué escándalo, que osadía. Tan viril y recurriendo al unisex. ¿Era acaso una premonición del hombre Beckham del siglo 21?. Es posible que lo hubiera copiado de alguna teleserie o de algún jugador de fútbol que lo hubiese puesto de moda entre los lectores del Marca. Sólo sé que a él le sentaba de maravilla. Que era un angelote Lenzi en la edad del pavo. Que sus bucles iguales a los de Johnny Sheffield cuando se llamaba Bomba, el chico de la jungla. Que yo en el fondo me había enamorado de este expatriado de las Olimpiadas de Los Angeles y que no aportaban gran cosa los cotorreos de aquellas hacendosas Aldonzas que no me ofrendase en 3d la madre naturaleza en forma de genuino tritón. Todo lo más, sería bienvenida la comentarista deportiva Paloma del Río, profesional en lo suyo y de una picardía deliciosa en tanto que había en ella una sexualidad latente que enriquecía sus retransmisiones. El bello e imposible no le tenía nada que envidiar al Maxwell Caufield de Los Colby o al Bobby de Dallas. Estos pipiolos habitualmente practicaban el beefcake en sus respectivas piscinas de culebrón con la constancia de quien se quiere relanzar como producto para consumo femenino. Carne de Playgirl. Y para otras sensibilidades.
Bajando al terruño, sin Olimpos que me excusasen, la realidad es que el impacto del aldeano Venerandito de mi preadolescencia, hacía tres años, reaparecía para mi dolorosa dicha. El sustituto de aquél tampoco duró gran cosa. Fue un episodio piloto (para integrados), un espejismo pictórico de estilo naturalista (para apocalípticos). O, tal vez, el recordatorio bien directo de que en los pueblos, la materia prima siempre es de primera calidad, incluso superior a la de las capitales, invadidas por la aséptica moda ochentera del gym cura- estrés y el fitness suburbial.



continuará mañana

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