30 septiembre 2009

Postalitas repes

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* Programas de mano pertenecientes a la colección privada de M. Betanzos

Revistero campy

Por Gilda Love


Il Musichiere

Arnoldo Mondadori Editore


Milano. Anno II. N.80.
11 Luglio 1960.
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Reportaje



Hit parade por regiones



Una de trapitos, con Flo Sandon's



Programación del día en la Rai



Breves



Cancionero

29 septiembre 2009

SEMANA ESPECIAL DIVITAS PORTEÑAS (y 3)

14. OLGA ZUBARRY (1930- )

La espalda desnuda de los ángeles
Cerramos esta mini serie con otra de mis favoritas. A Olga cuesta trabajo verla como una diva al uso. De hecho, ni divita fue. Jamás se refugió en las martingalas de un concepto estereotipado. Fue la primera artista cercana de verdad. De hecho, en ocasiones se la podía tocar. Lo malo es que la tocaban los cerdos. En unas cuantas películas, de inolvidable recuerdo, padeció la libido de desaprensivos, siendo ultrajada por su encanto de muchacha sin experiencias carnales. Sus ojos expresivos y grandes, como de gacela se convirtieron en su máxima defensa. Esos labios demasiado traviesos como para permanecer quietos (al menos en sus primeros años, aquellos temblores fueron un recurso un tanto absurdo que luego subsanó con la madurez).
El sexo llegó precoz al cine argentino, con diecisiete años solamente. Fue una prueba arriesgada que ella afrontó con valentía de jabata. Nada más lógico en una actriz que empezó muy jóven delante de las cámaras. Tuvo la fortuna de que según pasaban las primeras menstruaciones sus papeles fueron madurando. El cine argentino contaba con unas cuantas estrellitas en la edad del pavo (las mellizas Legrand, Maria Duval) idóneas en su puerilidad para manifestar los dolorcillos de un primer amor perfumado con esencia de rosas. Sin embargo, en un corto plazo de tiempo aquellas muñequitas del polisón evolucionaron bruscamente hacia un modelo bien distinto, cayendo en los tics más desagradables de la burguesa de ringorrango, la mujer fatal ajada por alguna venérea devastadora o la matrona de clase media aburrida de su matrimonio. En cambio, con Olga el antes y el después fueron totalmente comprensibles porque se nos mostró el durante, su transición, asi de sencillo. Si bien empezó tontita, después de El ángel desnudo (1946. Carlos Hugo Christensen) todos entendimos el proceso por el que adquirió una dureza, un temple. Lejos de parecernos un salto abismal, la vimos como la actriz más coherente de entre todas las mujercitas de su generación.
Fue ésta la película que la puso en el mapa. Sabor a escándalo. Aún no estaba formada en el sentido actoral pero fisicamente era demasiado tentadora para el pedófilo que la mancilló. Este era el escultor amigo de su padre que se cobraba asi una deuda del pasado justo cuando la cría venía a pedirle un préstamo económico (el que salvaría a su progenitor de una estafa que había cometido). De alguna forma, no sabemos quien fue más desaprensivo: si el padre que la entregaba al otro en sacrificio o el propio artista, un decadente con pinta de Mandrake, que vivia rodeado de estatuas, obsesionado por el retrato de una mujer, que no en vano era la madre de Olga, antiguo amor imposible y que ahora veía materializado en la juvenil visitadora. Independientemente de estos matices casi poeianos, que no nos creemos, prevalece un sentimiento pedófilo inaudito para la época. Es por ello que el desvirgamiento de Olga tenga algo de histórico. Si bien su entrega final al menorero culmina en un acto de inmolación típico de las mártires, el solo hecho de mostrarnos su espalda desnuda con precisión milimétrica, la escena playera con Olga en bañador, revelando sus considerables protuberancias mamarias, no deja de albergar en su misma insistencia una abierta apuesta por la carnalidad de las ninfas (rubensianas) que la elevan sin discusión a mito erótico inédito (sólo en filmografias europeas, en la nórdica por ejemplo, encontraríamos equivalentes tan desacomplejados). Para Olga, ya hemos apuntado, este papel fue algo más. Dejaba atrás la insustancialidad de sus filmes teenagers. Estaba preparada para la vida. Una vida que no le iba a ser fácil. No fue ella de grandes salones, antes bien representaba a la muchacha pueblerina, indefensa en la gran ciudad, con ese punto de neorrealismo necesario en un cine abotargado entre tantos carnavales burgueses. Es cuando nos damos cuenta que Olga se parece mucho a la maravillosa italiana Anna Maria Ferrero. Y empezamos a soñar, aunque sea en colores sepia.

Scream girl
Una carrera tan copiosa como la suya, que alcanza seis décadas dá tiempo para enfrentarse a muchos roles. Hubo escarceos con el cine de terror (o simplemente fantástico). Ningun estudioso de ese género habrá reparado en Olga a la hora de incluirla en su lista personal de scream girls clásicas. Y, sin embargo, la chica gritó mucho en, al menos, un par de títulos como fueron El extraño caso del hombre y la bestia (1951) y El vampiro negro (1953). Son dos películas muy malas, apenas reseñables más que por haber llegado en un momento en que la cinematografia latinoamericana todavia no había hecho de lo macabro un filón (sobre todo, el cine mexicano). La primera era una adaptación espantosa del Dr. Jeckyll y Mr. Hyde de Stevenson. Se explicaba al principio que la acción podía estar desarrollada en cualquier época, pero estaba claro que la época coincidía con la de su realización, pues los médicos y psiquiatras que aparecían por alli no paraban de pronunciar palabras como "existencialismo", "náusea espiritual" o "angustia". Los argentinos arrimaban el ascua a su sardina, pero la sardina estaba muy cruda para que nos atrajese el sabor de sus tripas. Mario Soffici no logra crear una atmósfera de misterio nunca. No sabe hacer terror. Lo suyo es el cine negro y por ahí se mueven sus personajes. Hay otro problema, no nos damos involucrado, por torpeza narrativa y del guión, en la angustia de Jeckyll. No existe una profundidad psicológica, sólo lo vemos alterado por contínuas transformaciones físicas que no puede controlar, como el pobre viandante con diarrea que tiene que ocultarse aqui y allá para evacuar sus urgencias. No hay poesía, los actores están muy mal. Salvo Olga, cocotte drogadicta, muy enviciada, que es seducida por el señor Hyde, de la que no consigue más que desplantes. Se contenta con acabar con la vida de un sereno. Lo dicho, todo muy prosaico, como de chiste, si me apuran. Sólo se salvaría la huida del alter ego por el tunel del metro, con una fotografía ligeramente neoexpresionista. Pero eso ya vendría ímplicito en las convenciones estéticas del noir, al que antes aludimos.
El vampiro negro (1953) es otro desastre, ahora a cuenta del inmortal M langiano (1931). Se aprovecha el parecido físico de Nathan Pinzón con Lorre y ahi le surgen las niñas del tormento. Silbando el más pegadizo opus del Peer Gynt (himno oficial de los "hombres del saco") se le olvidan los remordimientos, pero los crímenes los va llevando a cabo aunque casi no nos enteremos (cuestiones de censura, probablemente, más que poesía de la elipsis), transformándose en el vampiro negro en el decir de la calle. Al director Viñoly Barreto se le ocurre que puede ser una buena idea fundir en el maníaco al Jannings de El angel azul y al mentado Lorre en quien se basa, por eso vemos al anodino profesor metido en el cabaret, buscando que alguna furcia le dé su amor con ojos de merluzo. Es cuando aparece Olga, que se llama Amalia (aunque en el antro todos la conocen como Rita), de nuevo scream girl (presencia un intento de asesinato). Y las compañeras, cuando la oyen gritar, pronuncian frases que son gemas de lo politicamente incorrecto: "A veces a mi también me gusta que me peguen, pero no grito". Pobre Olga, chica de alterne que trabaja sin denuedo para su hijita. Esto no lo entienden los hombres de orden (dichosa hipocresia, y doble moral), el mismo fiscal que le pregunta entristecido: "No comprendo como una mujer que tiene una hija se puede mostrar así ante un extraño" (iba con mucho escote). Esa niña va a ser víctima propiciatoria de M (que, en realidad, aún no lo dijimos, se llama Teodoro) pero Olga, presa de un ataque de persuasión in extremis, le arranca a la pequeña de sus brazos y es cuando el estafermo huye por las cloacas, siendo capturado por los habitantes del submundo, que no consiguen verlo en su marginalidad de igual a igual. Lo que en el filme de Lang había de conducta antisocial redimida desde la razón humana aqui se resuelve por el mensaje cristiano típico de un salmo de mañana de domingo. Y aunque Teodoro grite ante el tribunal que lo va a ahorcar "Siempre estuve solo", la última palabra la pondrá la Biblia rubricando la penosa moraleja en alto grado de misericordia: "Levántate Señor, entiende mi causa y zgame según tu justicia, porque sólo tú conoces el mal que provocó mi culpa".

Las chicas de la plaza de... Mayo (y Marianela. Sobre todo, Marianela)
A principio de los años cincuenta no es raro encontrar en los cines bonaerenses filmes interpretados por la Zubarry. Trabajaba a destajo, apoyada siempre por su marido, el presidente de la Argentina Sono Film. No había espacio para la rivalidad con otras actrices de su generación pues la Zubarry era distinta a cualquiera. Su físico anunciaba a la chica más actual. Olga encontró una buenísima desenvoltura representando los inquietos años cincuenta. Títulos como Ellos nos hicieron asi o Sucedió en Buenos Aires son copias de un estilo italianizante, típico de directores como Luciano Emmer, experto en repartos corales, con personajes que se van entrecruzando aunque cada cual tenga una vida que contarnos. Sin embargo, a la contra de las italianas (Domenica d'agosto, Le ragazze di Piazza di Spagna, Paris siempre Paris) que proyectaban una imágen de simpatía arrolladora, cuyas gentes parecían tocadas con el divino don de la gracia, esa locuacidad inventiva, con una enorme humanidad sin por ello caer en lo lastimero, el neorrealismo rosado argentino vira al gris, sus protagonistas ante un golpe de alegría súbita adoptan mohines tristes, sonrisas apagadas, como si en el plató un militar los estuviera apuntando con un fusil. No hay demasiada dicha en las expresiones del grupo de estudiantes universitarios de Ellos nos hicieron asi. Pero son graciosos de manera involuntaria. Forman un grupo de teatro experimental. ¿Y qué es eso?. Nos fijamos en la pantalla con atención. Olga se ofrece a diseñar decorados tipo Dalí. El mandamás menta a Stanislavski que en sus labios suena a panadero italiano del barrio. La noche del estreno vemos a cuatro monicacos sobre un escenario de decorados abstractos (como mini titanics a la deriva, sin ningun gusto ni tendencias surrealistico- homosexuales que legitimen el kitsch). Olga parece una princesa de Tolstoi. Es galanteada por tres chicos en frac. Sus nombres son rusos. Los dialogos atufan a boulevard porteño. Es el final, asi que se cierra el telón y los abuelos aplauden con lágrimas en los ojos. El apuntador sube a celebrarlo. Hay más cosas, cada jóven tiene sus problemas en casa. Los padres de Olga, por ejemplo, están separados. Asi que cuando viene un día a visitarla el padre ella lo recrimina muy duramente, alega abandono. Luego ve que su madre se besa con un fulano en el umbral de la puerta de casa. Armándose del valor de las justicieras sin causa, le echa un rascapolvos a la madre que ni te cuento. Olga hace de mojigata. La galantea el compañero más parecido fisicamente a Vittorio Gassman que dio el cine argentino. En ese punto, la imagen de la Ferrero se nos viene a la cabeza y eso nos hace perdonar sus indiscreciones de niña pava. La comedia ligera a lo Emmer se torna dramón insoportable cuando el bacán gassmanizado la medio viola en un aparte. Película fallida.
No lo es menos Sucedió en Buenos Aires (1954), otra coral. Hace de Rosalía, viene del campo a la gran ciudad. No tiene dinero, no conoce a nadie, va armada y en busca de alguien que no sabemos, ni lo saben los que la ayudan a su llegada a la urbe. Por ejemplo, el taxista que se enamora de ella. Le paga la pensión, quiere mojar (por ser Zubarry), pero se arrepiente (la moza sabe latín) y le pide perdón. Es cuando le cuenta todo. Un mentecato la ha engañado, dejado sin blanca, ni mácula. Lo encuentran en el Tabaris, cabaret de moda, de farra con querindongas y estraperlistas. Son unos rateros. Coincide que roban unos diamantes y los ocultan en un taxi, matando al ocupante, compañero de todos los protagonistas amigos de Olga. Entonces, su enamorado, que es un Fangio al volante, toma cartas en el asunto. Y, otra vez, lo que podía haber resultado un delicioso sainete costumbrista se torna una chapuza con lágrimas, gimiqueos, humanidad de pacotilla, paternalismo de ancien regime y esa estética de policíaco que tanto bordaban. Dirigió Cahen Salaberry.
Apareció sofisticada junto a Alberto Closas (no se merecía otra cosa este árbitro de la elegancia) en El honorable inquilino (1951. Carlos Schlieper), aburrida comedia dramática (nunca la hibridez de estilos típica del cine latino permitió más justamente utilizar términos antagónicos) de ladrones con clase y que atufa a teatro desde la primera secuencia hasta la última. Es pues un título de nulo valor cinematográfico. Si acaso puede revelarnos una lejana inspiración en la magistral Arsénico por compasión de Frank Capra, con su caserón lleno de personajes insólitos (hasta cierto punto), sus ancianas despistadas y la pareja jóven protagonista como centro del cotarro. Y pare de contar. Olga se llamaba Ana María (precisamente) y pasaba del color negro a otros más alegres conforme se iba prendando del gangster Closas (que al principio lucía una barbita de intelectual rive gauche. En realidad, venía a reverdecer las maneras de un Ronald Colman, allá por los años treinta. O sea, todo muy viejuno. Como el encaje de la abuelita).
Estrenó 1955, el año más intenso de trabajo (media docena de títulos), siendo Pecadora, cuando tantas veces antes se había buscado en el cine argentino que lo fuera. Cantaba el Yira, yira en un cafetucho. Era una autoconfesión pública sin ser aún consciente de ello. Y es que la letra profecitaba su vida futura. Si, la suerte le iba a ser grela a la moza. Como siempre fue una pobre desgraciada, manipulada por un hombre enredado en el chantaje de un usurero. Roberto Escalada era el galán que la engrupió. Se enamoraba como una perdida de él, más por necesidad que por hechizo natural. La filosofía de la puta Zubarry era que las mujeres "así" temen más que ninguna otra a la soledad. Y el amor, un amor, cualquier amor es remedio básico. Escalada la fue transformando en dama negra (al estilo Hollywood), el modisto Juan de Las Longas le diseñó unos cuantos vestidos de raso negro ceñidos como doble piel para que ornamentalmente lo pareciera. El peinado calcado al de Audrey Hepburn en Vacaciones en Roma la distanciaban del look típico de una rumbera de Lara (el título de la película podía inducir a pensar que se trataba de una variación de los dislates de Rosa Carmina), mientras que en su fatalismo y reclamo desesperado, muy femenino, de amor anunciaba a Cabiria, la prostituta infeliz. Pero no se lleven a engaño por mis palabras. Pecadora es un filme bastante malo. Enrique Carreras, el director, no valía para los melodramas. Era más de musicales arrevistados. Y aqui se nota el mal oficio, pues el Yira, yira suena hasta la pesadilla. Y la música incidental tan machacona, aturdidora y absurda lo destroza todo (diálogos, tensión...). Para amantes de los pequeños detalles, aparecían en breves cometidos Susana Canales, más guapa y fina que nunca y el primerizo Carlos Estrada, reptiendo sus policias trajeados. Lo más curioso de todo es que partiera de una obra teatral de Miguel Mihura (Una mujer cualquiera que ya había conocido una adaptación en nuestro país en 1949 mucho mejor con María Félix y Antonio Vilar, contando con Rafael Gil en la dirección).
Estuvo muy antipática Olga como pianista selecta en Concierto para una lágrima (1955. Julio Porter) pues su ambición y entrega a su arte eran tan obsesivas como para renunciar a la familia y al amor de pareja con toda la convicción del mundo. Siempre por encima de todos los que se cruzaban en su camino, llegó a despreciar en público a unos barbudos dodecafónicos que animaban el humeante ambiente de las cavas de existencialistas sólo porque ella, que pasaba por allí, aquello que tocaban no lo consideraba música. Tanta prepotencia se desmoronaría por si sola si pensamos que su repertorio (de un romántico desaforado) consistía en una serie tópica de piezas idóneas para el consumo de una clase media que odia la música clásica (con lo cual veríamos que los arrebatos de Olga son bien poco respetables al quedar, como mucho, a la altura de la Durbin cuando alcanzaba la cumbre de sus ideales...-y la Universal, del prestigio-, del lado de Stokowski). Y su animadversión por el snobismo burgués se desmentiría con el vestuario lucido, autoria del inefable Jamandreu, que antes que a una monja de las corcheas le hacían parecerse más a una maniqui aspirante a Zully. La Zubarry aspira a aprender pero nunca da alumna, su temperamento es de una maestra. Son detalles que en el guión no se utilizan como crítica, pues éste prefiere centrarse en el más populachero del despotismo que afecta a los hombres que la quieren y, sobre todo, a la madre que añora su presencia desde su aldeita que la vio nacer. Por lo tanto, el castigo a tanto egotismo fue el común en estos asuntos. Le sobrevino una enfermedad de muchas letras que le dejaba las manos paralizadas. Esto le hacía reflexionar sobre el sentido de la vida hasta ir poco a poco curándose en humildad (echando unas lagrimitas). Tanto se enmendó que se recuperaba de la polio y volvía a tocar en los grandes teatros de la música. Eso sí, con más lágrimas en los ojos. Que para algo ya había quedado humanizada.
Sin duda, la mejor interpretación de Olga en los cincuenta la hallaremos en Marianela (1955. Julio Porter), desconocida en nuestro país adaptación de la novela de Pérez Galdós. No es temerario, ni snobista, afirmar que la Marianela de Olga es la mejor de cuantas se realizaron antes o después. La Zubarry es la mejor pues Mari Carillo la encontramos muy poco señora (y ella siempre lo fue: de la escena, que no del cine) y a la Durcal improbable, pues en cualquier momento puede echarse a cantar alguna del Algueró sin venir a cuento. La argentina, en cambio, está maravillosa como florecilla asilvestrada que va empudreciéndose con ese complejo de fealdad por culpa de esas espantosas gentes que la rodean. Y qué gracia tiene cuando se le aparece en el prado la pin up y ella se la confunde ¡con la Virgen María!.
En 1960 rodó una película algo demencial. Se llamaba Las furias y era adaptación rigurosa de una obra de teatro de Enrique Suárez de Deza, es decir de nulo valor cinematográfico, nefasto intento de copia de La casa de Bernarda Alba y Tennesee Williams pasada por una sensibilidad de radionovela. Reparto eminentemente femenino encabezado por la gran Mecha Ortiz, contaba las insanas relaciones (llenas de represión, frustraciones y rencor) de un pequeño nucleo familiar encerrado en las cuatro paredes de una casa. Junto a Mecha estaban la hermana, la hija y la nuera. Olga hacía de la amante del hijo. Era una mujer muy rica, según contaba Mecha, a pesar de que su trabajo parecía el de una simple oficinista. Todos los personajes estaban muy mal trazados, siempre al borde de la histeria, pero llama la atención uno en concreto que va de lo grotesco a lo repulsivo: el de la hermana que encarna la super bitch Alba Múgica, una solterona de edad que alimenta dentro de sí una ninfomanía truculenta que la arrastra a robar el vestido nuevo de noche de su sobrina y ponérselo ella en una fiesta particular y solitaria en la oscuridad del salón mientras bebe y baila con un galán inexistente. Acto seguido sale a la verja de la puerta y espía a la sobrina que ya ha regresado y que está siendo acosada por su novio completamente borracho y del que consigue librarse. Entonces Alba, presta, acude a recoger al hombre caliente y lo arrastra hasta una salita donde consuman las ganas de ambos. El día siguiente lo consagra a restregarle a Mecha y la sobrina su mala acción enseñándoles incluso los restos del vicio esparcidos por el habitáculo asi como las partículas seminales que han quedado pegadas sobre el vestido can cán de la niña.
Olga sólo aparecía en dos secuencias. Al principio y al final. Anunciaba en la segunda la muerte de su amado provocando el desastre emocional de "las furias". Y todo bajo los acordes de una inspirada partitura de Astor Piazzola.

Final abierto
La cantidad ingente de filmes de la actriz y la falta de una gran parte en mi colección global me impiden en este espacio acercarme al mito de forma más exhaustiva, quedando el asunto harto incompleto. Como con cualquier otro post, dejo éste abierto a futuras actualizaciones. Sólo resaltar que en los sesenta frecuentó el cine musical para ídolos pop como Palito Ortega o Lito Nebbia. Era ya una madurita interesante, con lo cual ante las hordas de ye yés, se amoldó a un estilo de vestir serio y a la vez actual, conformándose con ser la ricachona promotora de algun evento festivalero para que los chiquilines de la nueva ola se luciesen, sin prescindir de enamorarse del cantante de turno (para terminar claudicando frente a la prometida oficial, más jóven, mientras se retiraba en un acto de elegancia que la honraba. Esto pasó en Somos novios).

MUDANZAS MONGO


Tiempo de mudanzas. Un espacio para pirateos en la red. Visitamos a nuestros vecinos. Los blogs que nos gustan, pinchados sin rubor.


Este mes nos trasladamos al hogar de Todd Brandt. Creo que sobran las palabras, si ustedes pinchan el link que hay a mano derecha (en el apartado de blogs favoritos lo encontrarán) comprenderán rápidamente cuán unidimensional es el mundo de este señor. Para los ajenos a este tipo de extremismos, les diré que algunos entienden su propia sexualidad de esta manera. Para los afines, su blog es un verdadero manjar de exquisiteces frívolas (básicamente, fotos e imágenes de Youtube). No les negaré que es amazing y tope pink, pink, pink!. El dichosito concepto del glamour del marica USA elevado a la máxima potencia. Y no, no se trata de ese dictador de las apariencias que responde al nombre de Carlos García Calvo (¡qué diferente soy de la plebe...!), aunque por ahi debe andar la cosa... Para tomar a ratitos (como a la hora del breakfast at...).



STIRRED, STRAIGHT UP, WITH A TWIST

Welcome!

At Stirred, Straight Up, with a Twist, it helps to remember that it is permanently 1962 (give or take a decade); and that the problems of the real world can be solved with a touch of glamour and a dash of style.

We celebrate the gods and goddesses of celluloid and vinyl, with nary a trace of elitism: Jeffrey Hunter or Cary Grant; Eydie Gorme or Maria Callas, we worship them all, and accord them their proper place in the pantheon of greats.

We also have absolutely no theme whatsoever, make posts at random, and our entries can be viewed alternately as charmingly eclectic, or annoyingly erratic. But, we hope, at least entertaining.

A finale note about our Virtual Jukebox of Fabulosity: all of the selections are from our own, vast, charmingly eclectic, annoyingly erratic collection of vinyl and CD's. The playlist rotates every week, but everything is archived here.


Why Don't You...

...play a sly trick on a style icon?


This January 1963 Bazaar cover has been the source of controversy and speculation since it first hit newsstands nearly half a century ago. The cover model ("Dani") was rumored to have been made up to parody the legendary Diane Vreeland Vreeland, who had recently defected from Bazaar to its arch rival, Vogue.


Certainly, Dani was a marked switch from the remote, icy mannequins who usually graced the fashion magazine covers at the time: her near-camp, wry smile; decidedly "handsome" features; blue-black hair; and flamboyant cigarette holder make a good case indeed for an extravagant "in joke" perpetrated by Bazaar and photographer Richard AvedonAvedon. The ensuing cover made enough of an impact that even columnist Walter Winchell jumped into the fray. The mystery remains unsolved, but another clue lies further within the same issue's pages:


This striking image appears in a fashion layout entitled "Carte Blanche Chic," a seven page spread in which two other models appear in all but this one photo. This chic lady makes just this one, prominent, full page appearance, and is noticeably older and styled quite differently from the other two models. She also bears more than a passing resemblance to Kay ThompsonKay Thompson as"Maggie Prescott" in Funny Face (1957) - a character acknowledged as being based, at least in part, on Mrs. Vreeland.



If she were aware of the joke, we'd like to think that Mrs. Vreeland took it with good humor, and also as a compliment to her singular, influential style. After all, to get one over on D.V. took - let's face it - pizazz.

28 septiembre 2009

SEMANA ESPECIAL DIVITAS PORTEÑAS (y 3)


13. FANNY NAVARRO (1920-1971)

Ultraperoniana
El caso Fanny Navarro es uno de los más sangrantes del star system argentino. Fue una gran estrella bajo el régimen de Perón, cuando éste cayó en septiembre de 1955 (con el triunfo de la Revolución libertadora) pasó a ser ciudadana bajo sospecha, castigada al ostracismo y relegada a papeles secundarios en películas execrables en donde ni siquiera figuraba en los títulos de crédito. Su final fue muy desagradable, con apenas cincuenta años moría literalmente de hambre, en la más absoluta miseria y en el más injusto de los olvidos. Digo injusto pues no fue ésta la única mujer afecta a un régimen político concreto, sin embargo las otras (y los otros, claro) lograron gozar de fama y respetabilidad aun cuando sus años de gloria hubieran pasado. El compromiso de Navarro con Perón y Eva Duarte alcanzó terrenos íntimos y personales hasta el punto que hicieron vibrar a cotillas adict@s a los acontecimientos de alcoba. Fue querida del picha brava Juanito Duarte, el cuñadísimo, el que de la nada pasó a tenerlo todo, el que en su corrupción cayó en un torbellino de vicios y lujos que pasaban también por las estrellas de la gran pantalla. A fin de cuentas, Juanito tenía poder en la industria del espectáculo. Como sea que aquella relación parecía estar sentenciada, y con ecos que se prolongarían varias décadas hasta la muerte de Fanny, el hermano de Evita apareció un 9 de abril de 1953 con el craneo volado de un disparo. La versión oficial declaró suicidio. Muchos calladamente pensaron en asesinato (el asesino sería el propio Perón). Con los revolucionarios posteriores, vino el macabro robo de su cadáver, la decapitación del sifilítico y la muestra pública de su cabeza con intención de que se percatase el pueblo de que había sido un crimen.

Gritando soflamas populares
Fanny era presidenta del Ateneo Femenino "Eva Perón" (asociación de actrices), su arbitrario poder para humillar y marginar a otras grandes en taquilla motivó que aquellas se exiliasen si es que querían seguir comiendo (Niní, Libertad). Pero ¿era Fanny buena actriz?. No era mala, hay ocasiones que nos cae cargante, demasiado sobreactuada, demagógica en sus decires y, lo que es peor, no auténtica. Cuando se mantenía en la reserva de los secundarios hubo veces que estuvo hasta conmovedora. Cuando encontraba papeles adecuados, ajenos a tanto divismo, se soportaba mejor. Le sentaba bien lo sórdido de una callejuela nocturna y mal iluminada, no las fanfarrias de un desfile matinal. Pena de dogmatismos. Uno de los ejemplos más representativos de esta mujer al servicio de una ideología sería su interpretación en la controvertida El grito sagrado (1954. Luis César Amadori), probablemente el título más propagandístico del régimen en unos años donde, curiosamente, el fervor popular por Perón había decrecido muchísimo (enemistad con la Iglesia, alejamiento del militar del pueblo por esa fascinación suya por el glamour hollywoodiense quintaesenciado, a su manera de entender, en el festival de Cine de Mar del Plata). Un derroche impúdico de patrioterismo a propósito de la resistencia decimonónica de la Argentina ante la dominación inglesa y en donde la heroína Mariquita Sánchez de Thompson (la propia Fanny) se transformaba en portavoz de una mitología peronista completamente válida. Mariquita y Eva Duarte se unían en un mismo gesto crucial: la izada de la bandera de los descamisados. En la película, un esclavo llegaba malherido a la casa de Fanny y caía muerto a los pies de su cama. Entonces ella, en un subidón nacionalista, le arrancaba la camisa ensangrentada, la ataba a un palo y formando una bandera salía a la calle reclamando independencia y libertad para los desfavorecidos. La seguían amigos, los pobres de la zona, se armaban con piedras, cantaban himnos populares en contra de los dominadores ingleses. Buenos Aires liberada. La interpretación de la Navarro es ampulosa, a veces grotesca cuando le toca ser ancianita encorvada, sus diálogos son mitines bien reconocibles... Si Aurora Bautista por su Agustina de Aragón quedó parcialmente etiquetada como actriz franquista (etiqueta que ella misma superó con facilidad con papeles osados que desafiaban la censura oficial), Fanny se vio incapacitada para tal proeza (primero, porque sus implicaciones entraban en el mismo tuétano de la mujer; segundo, porque los cambios políticos estaban a la vuelta de la esquina).
El grito sagrado es una película muy mala. Interminable, además. ¡Qué épica tan fallida, qué inconsciencia la de tratar de emular grandes espectáculos como Lo que el viento se llevó!. En ningún momento se llega ni siquiera a la sombra de un arbolito de Tara, porque el cine argentino carecía de la técnica, el ritmo, el derroche de medios de una MGM. Sin embargo, inasequibles al desaliento, enredando la madeja, estirando el chicle se siguieron gritando soflamas, por si no les hubiera quedado claro a las sordas de la última fila, en favor de una patria nueva, el estado ideal que defendería a los pobres y oprimidos: "El amor al trabajo surge de la libertad para realizarlo. Un pueblo oprimido no puede amar su tarea". Hay otro detalle en pro de las similitudes de Mariquita con Eva Duarte, más allá de la coartada sentimentaloide. A ambas se les había denegado su acceso en el velorio del padre (en el caso de la primera, por su rebeldía romántica al oponerse a contraer matrimonio de interés; de la segunda, por ser hija ilegítima).

Cine pop con mensaje ad hoc
Rastreando en la filmografía de Fanny en los primeros años cincuenta, nos damos cuenta de esas huellas peronistas dentro de un cine que juraba no recurrir a lo propagandístico, pues los deseos del general eran darle al público en todo momento evasión y no realidades. Pero lo subliminal aparece sin remedio en filmes como Deshonra (1952), por otro lado, excelente título de cine carcelario (de mujeres), donde la interventora (papel encarnado por Mecha Ortiz) habla a las reclusas: "Las autoridades me han hecho el honor para ordenar los principios de humanidad que inspiran los actos de todo buen gobierno", "La cárcel debe ser una escuela de readaptación para devolver a la sociedad mujeres libres". Y cuando una presa grita "Menos discursos y más comida", la interventora le avisa que ya no tiene porqué esconder la cara para hacer una protesta. Fanny, que había llegado ahi embarazada, víctima de un hombre rico y sin escrúpulos, moría cuando nacía su hija, quedando la pequeña como símbolo de una nueva sociedad donde la injusticia había quedado felizmente superada.
Ese dramatismo marca Navarro reaparece en unos cuantos títulos más de su edad de oro. Una mujer del arroyo, en los mejores momentos. Pero como proletaria con afeites de heroina de lujo no tendría perdón de su Dios. No hay nada que nos resulte más ridículo que verla en Suburbio (1951) cuando la acción social del gobierno transforma un barrio lumpen en una lujosa zona. Pues bien, el personaje de la Navarro era de una muchacha orillera, pero su vestuario venía firmado por Christian Dior. Al parecer, esto despertó las risas del público en su estreno.
Carcajadas estentóreas debería despertarnos a todos los adictos al hachis Marihuana (1950), donde en cambio Fanny estuvo excelente, crítica tan feroz como infantilista de esta droga, al parecer generalizada en los bajos fondos de la capital argentina. Su demonización llega al más absoluto de los absurdos cuando la ley y los médicos culpan a la planta de provocar el instinto criminal del fumador, cual pócima del doctor Jeckyll o parecido. Tanto despropósito se redime parcialmente en las secuencias noir de la bajada a los infiernos del consumo, sus cuevas, donde la música percusiva y monótona es aderezada con los bailes africanos, en una brillante desviación macumbiana que la salvaría del estercolero del vulgar filme de explotación. Sin demagogias posibles, de los labios de una mujer colocada no pueden (ni deben) salir sentencias más razonables que aquella de Sálvame o viaja conmigo. Pienso que es su mejor película. En el fondo, era un punto de ruptura con un pasado muy frívolo. Fanny Navarro venía de secundar a cómicas como Catita u Olinda Bozán, intrascendencias musicales para otras del estilo de Melodias porteñas (1937) o Cantando llegó el amor (1938).

Fanny al desnudo (y muerta de hambre)
Los críticos destacan como su mejor actuación la de Marta Ferrari (1955. Julio Saraceni), interioridades de una diva del teatro en edad dificil, cine de "entre bastidores" que por culpa de guiarse en patrones inalcanzables como Eva al desnudo (incluso Forever female) se hunde en el más espantoso de los ridículos. No se salva nadie ahi, ni la esforzada Fanny con su rostro cubierto de cremas rejuvenecedoras, dialogando con su propio reflejo en un espejo con bombillitas, tratando de convencernos de que es la Margo Channing del Cervantes, ni la apostura del lindo Juan Carlos Barbieri (como Evito Harrington) buscando la pasión natural en las actrices de su edad, ni la música incidental de Piazzola (por muy Piazzola que fuera), insistente cuando la ocasión no lo estaba requiriendo y muy poco evocadora de los años veinte (Piazzola se limitó a ser él mismo, genial pero nuevo). Afortunadamente, no hay moralejas políticas. Sólo se apela a la soledad de la intérprete otoñal, con el único consuelo de que su más fiel compañia es el público (idea bien peregrina, pues no hay especie más variable, olvidadiza y cruel que ésta).
Los años sesenta son nefastos para esta diva. Buscó refugio en la televisión, pero no salieron demasiadas ofertas. Su situación económica se tornó insostenible. El final, ya lo hemos contado. Pese a ser una personalidad algo antipática, una actriz que podía estar bien unas veces y garrafal en otras, merece por su importancia en el devenir de la historia del cine argentino (y en su transición de lo viejo a lo nuevo) un acercamiento serio, sin apasionamiento, ni llagas abiertas por parte de sus compatriotas. Sin embargo, el tiempo en la Argentina parece no pasar nunca lo suficiente como para que esto pueda llegar a producirse algun día.

continuará

Femenino singular

VIOLETA PARRA (1917-1967)









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