31 agosto 2009

SEMANA ESPECIAL Jerry Lewis

4. Período 1964- 1970

Jerry Calamidad (1964. Jerry Lewis) fue un fracaso crítico-comercial. Apenas convenció a nadie. A mi sí. No es que la vaya a calificar de genial, porque no lo es, pero sólo por su último gag, en el que Lewis deja de ser el chico tonto al que se trata en vano de lanzar como estrella pop, para ofrecernos un espléndido número de virtuosismo, digno de émulo de Sennett (la transformación artesanal de un vulgar chandal en traje de etiqueta) ya merecería nuestra aprobación. En realidad, era una especie de prolongación de su previo "Espia en Hollywood", sólo que ahora el punto de crítica pasaba del mundo del cine al discográfico (con la emergente llamarada beat y ye yé). Contó con uno de los repartos más lujosos de toda su carrera (Everett Sloane, Keenan Wynn, John Carradine y un Peter Lorre casi casi convidado de piedra), incluida una autoparódica y, por ello, asombrosa Hedda Hopper, siempre en su papel de hermanita de la caridad portando la libelina una enorme sombrilla de playa a guisa de mítico sombrerito (Lewis se reía de ella en sus propios morros, lo que no dejaba de tener guasa... y media).
Caso clínico en la clínica (1964. Frank Tashlin) es memorable. Siempre he mostrado especial querencia por el humor negro ambientado en hospitales y residencias psiquiátricas (no me pregunten porqué, pues nunca he estado ingresado en cárceles de estas y mis visitas a familiares siempre me agobiaron y entristecido muchísimo). Pero desde los tiempos de la serie de humor inglés Doctor en casa (1979) me han parecido estos sitios unos marcos ideales para el desternille surrealista y cruel. Y Lewis nos dá de esto cantidades ingentes, quince años antes y mucho mejor. Tashlin se muestra inspiradísimo. No sólo hay gags visuales enormes sino que los speechs son muy buenos, también (la sadomasoca paciente que goza contando minuciosamente sus males internos: desde el intestino hasta el riñón). Pero es en el cartoon donde Tashlin alcanza la genialidad. La apoteósis del filme, con la carrera de las ambulancias y las camillas escapadas, la traca final en el drugstore, pero incluso los diálogos de las enfermeras durante la caza son el delirio mezclado con la mala baba elevado al cubo. También es interesante el empleo del color, de una variedad dura e irreal, conforme a esos ambientes de institución de reposo (detalle brillante que luego volverá a probar el propio Lewis como realizador en Tres en un sofá).
Tres en un sofá (1966. Jerry Lewis) es mi comedia favorita de este último período (segunda mitad de los sesenta). Tal vez porque a partir de aqui Lewis se muestra un cómico más maduro, depurado, a lo mejor más serio, o de un humor mucho más sofisticado que el del principio. Poco a poco se va quitando el lastre de tener que representar al tonto del bote, al subnormal a ratos tierno a ratos estrangulable. Es un tipo inteligente, con muchas cosas todavía que decirnos. Y, lo mejor, es que sus pretensiones en modo alguna merman la empatía con el espectador de siempre, el aficionado a sus grandes comedias. Tres en un sofá, por ejemplo, tiene el sabor de los dislates chic de Stanley Donen. Y de Blake Edwards, claro. Filma una fiesta que está entre las mejores del cine norteamericano de los años sesenta, después de Tiffany's y previa a El guateque, por ejemplo (y entendemos El guateque como la simple culminación de las propuestas abocetadas en la orgia de loft de Holly Golightly). El tema de la psiquiatría es analizado con desparpajo, de una manera mucho más digerible que en la soporífera Freud de John Huston. Y aparece Janet Leigh, una de las amigas fieles de Jerry, desde los tiempos de su matrimonio con Tony Curtis, aunque aqui ya afrontaba su declinar.
Si Janet fue una estupenda reaparición (con algo de bittersweet), no lo fue menos Anita Ekberg, que ese mismo año colaboraba en un importante papel en Un chalado en órbita, como rusa enviada a la Luna con la clara intención de que engendre con un compatriota. En realidad, ella era la vecina del módulo lunar de enfrente al de Jerry, que había sido puesto como representación de la Nasa del mundo democrático. Su pareja era Connie Stevens (otra que repetía, muñequita Nancy de erotismo plastificado y familiar en comparación con Anitona, pura carnalitá). Como sea que aparecía el reconfortante Robert Morley desde una pantalla de plasma dándoles órdenes inverosímiles, el divertimento estuvo garantizado. Por cierto, la música corría a cargo de Lalo Schiffrin y el tema titular (Way, way, out) era interpretado por el mismísimo hijo de Jerry: el encantador Gary Lewis con sus Playboys.
La fallida Pescador pescado (1969. George Marshall) en cambio, sólo debería interesarnos por esa carga corrosiva en torno a la familia, una de las constantes de Jerry. Sin embargo aqui estaba supeditado al director que tantos filmes había construido a la medida del dúo en los años cincuenta. Bonitas vistas de Portugal y una trama bien enredosa, nos empiezan a anunciar el final creativo del cómico más inteligente que dio Estados Unidos antes de la aparición de Woody Allen. Para corrosiones familiares es mejor que nos quedemos con la previa Las joyas de la familia (1966), pues a él le pertenece por entero la autoría.
La década se cerró con la flojísima ¿Dónde está el frente? (1970. Jerry Lewis), en la que hacía del hombre más rico del mundo que era rechazado por el tribunal de reconocimiento militar hacia los comienzos de la segunda guerra mundial, por lo que resolvía formar su propio ejército, con otros compañeros previamente rechazados, con la intención de derrocar a los nazis. Y si, salía como personaje Hitler, lo que provocó constantes cortes de la censura franquista, que la hicieron en su estreno totalmente ininteligible y, por descontado, restándole la poca gracia de la que ya contaba el original. Era muy sangrante la sátira de los líderes fascistas.
Tras unos años de ausencia, Lewis reapareció de manera bien insólita e inesperada en un título del desconcertante Martin Scorsese, fabricado a mayor gloria del cómico y enfrentándolo a un peso bien pesado de la interpretación: Robert de Niro. Fue en El rey de la comedia (1983), una rareza que, al menos, sirvió para entretenernos por dos frentes. Por un lado, reencontrándonos con el viejo Jerry, preso ya de un montón de enfermedades que lo han convertido en un milagro de superviviencia rayano en lo extraterrestre (cosa que jamás dudamos) y, por otro lado, viendo a De Niro en un papel de aprendiz de cómico, bien alejado de sus habituales tragedias violentas servidas al Método (ese gran actor "a cojones"). En cualquier caso, a dia de hoy El rey de la comedia es un homenaje merecido para un tipo genial, inclasificable y profundamente inteligente. Y su testamento.
Como Harry Langdon, Lewis vaga por su mundo poblado de sombras, con la inconsciencia adorable de un retrasado mental que flota, como Ariel, en una atmósfera de ensueño, poética. Lewis, como Langdon, revela esa sensibilidad exacervada, casi patológica, que podría explicarnos sus cintas como producto de un delirio infantil. Y al juntarse con otros niños grandes, los mismos que confundieron el lienzo de plata con la plantilla de un tebeo, transformándose en un elemento irreal pero siempre dispuesto a hacernos pensar en temas que están ahi, sublimados por el glamour o nuestro afán estéril de confort: la dominación en la que la clase media había caído, con el consumismo, la familia como institución perfecta, la teleadicción y la falsa sexualidad (jamás hubo machismo en su relación con las mujeres). El grado de melancolía que logra dar en la pantalla con el paso de los años, en donde sus tics habituales se limitan a un par de secuencias y ya parecen forzados y destinados sólo a los tontos que no supieron nunca ver en él más que a otro tonto para reirse, es uno de los shocks más triunfales de un autor cuya innegable ambición profesional fructificó en un derroche de talento creativo conforme adquirió vuelo propio. Por todo esto, dedicar una semana a Jerry Lewis en un blog como éste (de raros, de fantasiosos, de comprendidos a medias o ignorados totales), era para Maciste Betanzos, al que tanto le gusta reir y soñar, harto obligado. Y asi queda escrito.

MUDANZAS MONGO

Tiempo de mudanzas. Un espacio para pirateos en la red. Visitamos a nuestros vecinos. Los blogs que nos gustan, pinchados sin rubor.

Este mes nos trasladamos al hogar de este sevillano, apasionado de las grandes figuras de la copla y el kitsch cañí. Sus intermitentes entradas se solventan con la calidad y densidad de sus textos, todos homenajes sentidos a figuras imponentes de la cultura pop española de otras épocas como Miguel de Molina, Ocaña, Costus, Concha Piquer o Rafael de León. Desde aqui van mis más sinceras felicitaciones, dejándoos con una excelente muestra de su trabajo en la red (el blog falsas costumbres), que él amplía a otros rincones como flickr, facebook y myspace.



DESDE EL ALMA HASTA LA BOCA: El verso vivo de Rafael de León.

A principios de los ochenta a casi nadie resultaba extraño que los partidos políticos, que constituían el pleno del Ayuntamiento de Sevilla, rechazasen la propuesta del alcalde Luis Uruñela de nombrar a D. Rafael de León hijo predilecto y rotular una vía con su nombre. La iniciativa finalmente quedó con una glorieta en el Parque de María Luisa.

Se forjaba por esta época una nueva era social y cultural con un claro ánimo de ruptura con todo lo anterior en la mayoría de los sectores. La Copla ya estaba “superada”, era así vista como el reflejo de una España retrasada y llena de tópicos, en la que se exaltaban los sentimientos más elementales y primarios de una forma vulgar. No se daban cuenta que esta etiqueta era la mejor crítica y definición de la Copla que, como género popular por excelencia, ahondaba sus raíces en el sentir del pueblo… amor, lamento, pasión, desengaño, entrega, celos, venganza, sumisión que se vivían en las plazas, zaguanes, colmaos, tabernas, cafés, puertos y mancebías de cualquier rincón del país…

Hoy la realidad es bien distinta. La Copla está reconocida como un género grande, como parte de la memoria colectiva popular y se valora su riqueza musical y lírica. En los últimos años se han reeditado muchos discos, versionado numerosas coplas, se han celebrado homenajes a los creadores del género y varios libros se han editado investigando y profundizando en sus matices, características e historia. La Copla hoy suena en cualquier emisora de radio, como B.S.O de esperados estrenos cinematográficos, como concurso televisivo o como exposiciones y artículos cada vez más presentes en la prensa. A pesar de ello, causa cierta rareza que apenas se den datos sobre el que fue el verdadero creador literario de la Copla.

En 1980 TVE invitaba en uno de sus programas al Maestro Juan Solano y a Rafael de León; durante toda la entrevista el poeta intenta mantenerse en un segundo plano, dejando todo el peso de la conversación a Solano. Y es que Rafael de León fue siempre así, tímido y reservado, poco amigo de los homenajes, reconocimientos y entrevistas. A Rafael de León le gustaba estar, pero estar siempre detrás, observando y supervisando todo, pero sin ser nunca protagonista de nada, de ahí que se cuenten con pocos detalles que permitan trazar su perfil humano.

En 1907 se unieron en matrimonio Don José de León y Manjón y Doña María Justa Arias de Saavedra y Pérez de Vargas, Condes de Gomara. Tan sólo un año después, el seis de febrero de 1908 nacería en Sevilla el primero de los diez descendientes que tuvo la pareja, seis varones y cuatro mujeres.

En la iglesia de la Magdalena el cura, José González Álvarez, bautizó al primogénito con una lista de diecisiete nombres encabezada por Rafael María, José… y rematada por las advocaciones de la Santísima Trinidad, la Inmaculada Concepción y los Sagrados Corazones de Jesús y María, respetando así una costumbre de las familias nobiliarias.

Rafael de León y Arias de Saavedra vino al mundo en la residencia familiar situada en la calle San Pedro Mártir, 14; desde instante estuvo marcado por el aire del verso, puesto que curiosamente en esta calle nació treintaicuatro años antes el poeta Manuel Machado, cuya influencia también estará presente en su obra.

Su inclinación hacia la poesía debió llegarle muy temprano. Algunas personas que le trataron en vida aseguran que con tan sólo dieciocho años conoció a Federico García Lorca. Lo cierto es que en 1926 se traslada a Granada para estudiar en el colegio de Sacromonte, una circunstancia que quizás favoreciese este vínculo. Sobre esto se tienen pocos datos claros a pesar de las diversas anécdotas que contaba Miguel de Molina. A este respecto escribía Sebastián Gasch en su libro “Federico García Lorca: Carta a sus amigos”: “Entre dos actos fui a saludarle [a Federico García Lorca] en el camerino de Margarita Xirgu, Federico daba nerviosas y precipitadas instrucciones a su íntimo amigo Rafael de León, quien al día siguiente debía ponerse en camino para ir a Granada. Volví a cruzar con Lorca cuatro palabras triviales. Aquella tarde no podía suponer que nunca más volvería a verle…”.

La unión de Rafael y Lorca fue amistosa y literaria, la obra del granadino siempre marcó en buena medida las creaciones de Rafael de León. Esta relación fue definida como influencias para unos y como plagio para los detractores de las letras de la Copla. Muchos acusaban a Rafael de León de imitar a Lorca, apodándole “Lorca con sifón”, a lo que el sevillano respondía irónicamente: “Yo es que no hago verso, sino berza”.

Aunque parecía que lo tenía todo, los inicios de Rafael de León no fueron fáciles. El ambiente familiar y su entorno tan estricto fue un obstáculo desde sus inicios, a nivel personal y profesional. A pesar de su amor por la literatura y la poesía, León estudio Derecho siguiendo los deseos familiares. Su personalidad sin límites no fue bien entendida por su entorno sevillano, por ejemplo, mientras que sus hermanos si poseyeron el título de maestrantes, a Rafael de León nunca le concedieron tal honor.

Su declarada homosexualidad fue entonces un motivo de mofas y el dedo que siempre lo señaló, la comidilla de la Sevilla del momento, “el marquesito homosexual” era el título que borraba su nombre entonces. Pero la personalidad de Rafael de León siempre estuvo por encima de todo esto, tal y como lo demuestra el divertido encuentro con la que sería su musa, Doña Concha Piquer.

El 29 de enero de 1931 el hoy Teatro Lope de Vega de Sevilla, antes Teatro de la Exposición, anunciaba el espectáculo de la compañía de Mariano Ozores y Pilar Puchol, en el cartel se avisaba la actuación musical de la denominada “reina de la canción”, Concha Piquer. Rafael de León presenció la actuación y tras ella se acercó al camerino para saludar a la cantante:

- ¿Es usted Conchita Piquer?
- ¿Y usted es maricón?
- ¿En que lo ha notado?
- En la gorra.

La homosexualidad y su amor hacia la poesía y los ambientes artísticos de los Cafés-Cantantes eran conductas poco habituales y no muy bien consideradas en su entorno. Tampoco su forma de hacer poesía estaba muy en la línea de los poetas sevillanos del momento, quizás este factor fuese decisivo en la inclinación de Rafael de León hacia el mundo del espectáculo.

Todo ello, el ambiente familiar y sevillano en contra y su interés por el mundo de la canción, motiva su viaje a Madrid en 1932 para trabajar en la Academia de Arte que Manuel López-Quiroga Miquel, el Maestro Quiroga, tenía en la calle Concepción Jerónima número 10. Sería este el punto de arranque de un nuevo estilo musical, de un nuevo género, la unión de dos genios que marcarían la cultura de España hasta bien entrado los años 60.

Contaba el propio Rafael de León que durante los primeros tiempos vivía gracias al amparo del Maestro y del dinero que su padre le enviaba mensualmente. La primera canción que escribió fue “Rocío”, a Quiroga le gustó mucho la letra y no dudó en ponerle la música, convirtiéndose en el éxito del año. A ella le siguieron “María de la O”, “Maria Magdalena” y “¡Ay!, Maricruz”, cuyas letras aún están presentes en la memoria de todos. Este éxito motivó el recordado telegrama que el Maestro envió a D. José de León, donde le decía “Señor Conde, ya puede usted dejar de enviarle dinero a su hijo. Con esto ya se puede ganar la vida”. Con Quiroga estableció una importante unión, una relación familiar, hasta el punto que el primogénito del compositor es ahijado de Rafael de León.

Estos primeros títulos fueron claves para la consolidación de la fama de Rafael de León, “Rocío” fue la canción más sonada el año de su grabación, “María de la O” fue la auténtica banda sonora de la España de la Guerra y postguerra, siendo hoy una de las canciones más difundidas en la memoria colectiva del país.

Junto a “María de la O, “María Magdalena” fue estrenada en versión teatral pocos años después con un reparto constituido por grandes nombres de la escena española.

Al mismo tiempo que se producen estos éxitos, tienen lugar dos circunstancias muy importantes en su trayectoria. La primera de ellas, la apertura de una nueva academia de arte en Barcelona que motivaría sus continuos viajes a la ciudad condal y la segunda, su colaboración con el poeta Salvador Valverde.

En Barcelona, Rafael de León vive la Guerra Civil. Dicen quienes le conocieron que la contienda y sus consecuencias lo sumieron en una profunda tristeza. El asesinato de Federico García Lorca le causó un enorme impacto, del que tardó en recuperarse. Por otro lado, estaba el exilio de su colaborador Salvador Valverde. El poeta establecido en Sevilla se vio obligado a regresar a su ciudad natal, Buenos Aires. Durante la dictadura fue prohibida su obra y la pronunciación de su nombre como autor de las canciones que había creado con Rafael de León y el Maestro Quiroga. Por suerte, antes de todo esto los tres artistas ya habían compuesto su creación más aplaudida: “Ojos Verdes”.


Rafael de León con Salvador Valverde y el Maestro Quirga al piano.

Volviendo años atrás, tampoco le fue fácil la II República. La instauración del nuevo régimen político le supuso un cambio en el modo de vida de su familia, cuya posición política siempre estuvo en la línea de Primo de Rivera. Sin embargo, la vida de Rafael estuvo rodeada del ambiente liberal de la época. Por ejemplo, sabemos que estuvo afiliado junto a Valverde a la CNT.

Las posturas extremistas de los tiempos de guerra lo llevaron a la cárcel relacionado con unas detenciones de personalidades del mundo del espectáculo acusados de derechistas. Pasó una larga temporada en prisión, incluso algún testimonio indica que cayeron sobre él hasta dos penas de muerte. Su libertad llegó en 1939, cuando el bando nacional toma la ciudad. A pesar de ello, una de sus obras “María Magdalena” fue estrenada en el frente republicano.


Artículo publicado en 1933, donde el propio Rafael de León denuncia el plagio de su éxito "Manolo Reyes".

La posterior dictadura tampoco le resultó fácil a Rafael de León. La Copla fue vista como un género que exaltaba las costumbres españolas, por lo que era del agrado del régimen. A Franco y a su esposa les gustaba mucho la Copla, Juanita Reina siempre fue la favorita en El Pardo. Aún así, la censura fue implacable con las letras de las coplas, cambiando en varios títulos algunas partes; León se autodefinía como un feminista declarado y confesaba tener problemas con la censura en este sentido. “Callejuela sin salida”, “Tatuaje”, “Yo soy esa” fueron algunos de estos casos, pero sin duda el más famoso fue el de “Ojos Verdes”, cuyo primer verso, “apoyá en el quicio de la mancebía”, debía ser sustituido por “apoyá en el quicio de la puerta mía”; cosa a la que se negaba rotundamente su intérprete más famosa Doña Concha Piquer.

Los años cuarenta trajeron un éxito clamoroso para Rafael de León. En esta década la consagrada Concha Piquer estrenaba “Tatuaje”, “Doña Sol”, “Romance de la Otra” o “La Parrala”, que en un principio no era del agrado de la valenciana, hasta el punto que la llegó a quitar del repertorio, incluyéndola ante la insistencia popular. Muy ilustrativas fueron las palabras de una periodista que relataba una actuación de Concha Piquer en el Teatro Calderón de Madrid en 1940: “El Teatro Calderón se viene abajo… Al salir del teatro todos tararean dos de los estrenos de la noche, que se harían rápidamente populares, “La Parrala” y “La Petenera”.

También estrenaba en esta ocasión “Ojos Verdes”, el título más aplaudido. La copla había sido estrenada por Estrellita Castro en Sevilla, después la cantaron Miguel de Molina y Consuelo Heredia, pero no lograba despertar los aplausos del público. El Maestro Quiroga no dudó al final de su vida en decir que era su mejor canción y por ello insistió en ella, dándosela a Concha Piquer, quien no la tomó con demasiado entusiasmo. La letra en un principio no le gustó y menos el estribillo. “Maestro, ¿no le parece a usted mucho verde, mucho verde?”… el resto de la historia ya es conocida…

Un año después publicaba su primer libro “Penas y alegrías del amor”, una recopilación de grandes poemas. Sería su último recopilatorio de poemas puesto que a partir de entonces se dedicó de lleno a la producción de letras de coplas.

Otra gran novedad que ya marcaría su vida profesional fue la colaboración con Antonio Quintero como letrista. La unión se produjo en 1942 por mediación de Antonio Márquez, que ya retirado del toreo se convirtió en el representante de su compañera sentimental, Concha Piquer. El torero estaba convencido de que la forma de hacer teatro de Quintero conjugaría a la perfección con la obra de León y Quiroga y así luchó porque el trío firmasen un espectáculo para la Piquer. El éxito de este trío fue tan inmediato que ya en 1949 no aceptaban más encargos y hasta 1959 el triunvirato Quintero, León y Quiroga se encargó de escribir y componer todos los éxitos y todas las canciones que cantaron generaciones de españoles. Quiroga se encargaría de la música, León de las letras de las canciones y Quintero de la conformación general y del argumento de todo el espectáculo.

A lo largo de estos años y con sus dos compañeros firmaría grandes espectáculos para los mejores artistas del momento, algunos de ellos fueron: “Solera de España” para Juanita Reina, “Retablo español” para Conchita Piquer, “Zambra” para Manolo Caracol y Lola Flores o “La Copla Nueva” para Luisa Ortega.


En el centro de la imagen Rafael de León cede su brazo a Doña Concha Piquer, ambos flanqueados por el Maestro Quiroga y Antonio Quintero.

Llegados a este punto sería justo hacer una mención a Juanita Reina, la intérprete sevillana fue la voz que llevó al pueblo la mayoría de las creaciones de León, al que siempre veneró. El nombre de Rafael de León aparece como autor de las letras en casi una veintena de todos sus espectáculos, Juanita hizo famosas coplas como “Y si embargo te quiero”, “Francisco Alegre” o “Capote de grana y oro” por citar algunas… Ella, mejor que nadie, consolidó un nuevo medio para difundir la obra de León… el cine.

1952 fue un año complicado para Rafael de León por el fallecimiento de su madre, la pérdida le causó una gran tristeza por la unión que tenía con ella. Quizás para evitar la melancolía y nostalgia el poeta quiso distanciarse físicamente más de Sevilla, regresando en contadísimas ocasiones.

En 1958 Concha Piquer llega a Isla Cristina con su espectáculo “Puente de Coplas”, tras su actuación decide retirarse por su descontento con la interpretación aquella noche de “Mañana sale”. Este hecho marcó un antes y un después en el trío, cuyos integrantes comenzarán a trabajar con otros colaboradores paralelamente. Aún así la unión con Quiroga y Quintero seguiría vigente durante muchos años más.

En este momento aparece en su vida la figura del Maestro Juan Solano. La retirada y muerte de los colaboradores del músico, Ochaita y Valerio, motivaron la unión a León. Juan Solano comenzó musicando algunos poemas y sonetos contenidos en el libro “Penas y alegría del amor”. Los resultados fueron distintos a la copla anterior, atrás quedaban esas historias con principio y fin para dejar paso a las directas declaraciones de sentimientos. Se inauguraba entonces una nueva época creativa con nuevas voces femeninas, entre ellas Gracia Montes o Rocío Jurado.

El propio Rafael de León reconoció que “Un clavel” en la voz de Rocío Jurado cerraba un ciclo, culminaba la Copla. Junto a Solano compuso otros grandes éxitos como “Tengo Miedo” o “A tu vera”. A estas alturas las composiciones de León ya eran vistas con cierta reserva por parte de determinados sectores, por ejemplo, sobre “A tu vera” se dijo cuando se estrenó que solamente “sería cantada durante 48 horas”.

Gran celebridad también tuvieron los poemas de Rafael de León que fueron musicados por Solano: "Trece de Mayo" (poema "Así te quiero") para Concha Piquer, “Compañero” cantada por Marifé de Triana, “Con ruedas de Molino” por Rocío Jurado o el poema “Duda”, que bajo el título “Mi amigo” fue grabado por Rocío Dúrcal y Rocío Jurado.

La adaptación de las letras de Rafael de León a nuevas tendencias musicales fue toda una realidad con la canción “Te quiero, te quiero”, cuya música corrió a cargo de Augusto Algueró. La canción fue compuesta pensando en que sería interpretada por Lola Flores, pero finalmente fue cantada y popularizada por Nino Bravo, convirtiéndose en uno de sus éxitos y en la canción más sonada de 1971.

Es en esta época cuando de nuevo sus letras vuelven a convertirse en una especie de himno anclado en la memoria popular con la composición de sevillanas a las que puso musica el maestro Pareja Obregón, éstas fueron "Sevillanas de Triana", "¡Qué guapa está Sevilla!", "Que también es de Sevilla" y "La historia de una amapola"

A estas alturas la vida de Rafael de León había cambiado mucho, era más sencilla. El poeta cambió de domicilio, hospedándose en un pequeño hotel de la calle Sainz de Baranda de Madrid, donde seguía escribiendo letras.

Finalmente, un jueves 9 de diciembre de 1982 fallece Rafael de León por un ataque al corazón. Fue el final de una carrera que culminaba con unos ocho mil títulos, con la obra más difundida de un poeta en España. La obra de Rafael de León fue una banda sonora, la expresión sentimental del pueblo cantada por las mejores voces de su época, una obra que nacía desde el alma para tomar forma en las gargantas de grandes intérpretes, que llevaron al pueblo unas letras llenas de saber popular, sentimientos y valentía. El legado de León nació en el alma y terminó heredándose boca a boca durante generaciones.

En 1988 Juan Solano recopiló una serie de letras escritas antes de su muerte y les puso música, estas canciones fueron presentadas en un sentido homenaje que se celebró en los jardines del Real Alcázar de Sevilla, la intérprete no pudo ser otra que su adorada Rocío Jurado, aquí se presentaron títulos tan conocidos como “Pastora Imperio”.

Sevilla, su ciudad natal, fue decisiva en la conformación de su producción. Numerosas coplas y personajes están tomadas de la realidad cotidiana de la ciudad, de sus plazas, barrios, cafés cantantes y patios floreados. Durante su estancia en Madrid, Rafael solía bajar cuantas veces le eran posibles hasta el fallecimiento de su madre, que redujo sus visitas a la Semana Santa, cuando se escondía en Sierpes para ver el discurrir de las cofradías.

Sevilla, Plaza del Museo. En este enclave enmarcó Rafael de León (1933) el pasional amor que el pintor Juan Miguel sintió por la jovencita Triniá, que "por las tardes como una rosa de los jardines que hay a la entrá" posaba para el artista "como si fuera la Inmaculá".

Esconderse es una palabra clave para comprender la forma de ser de Rafael de León. Nunca escondió su personalidad, vivió como sintió y como verdaderamente fue y así lo expresó en muchos poemas. Sin embargo, fue tímido a la hora de aparecer públicamente. No fue nunca partidario de los grandes reconocimientos y homenajes hacia su persona, por ello jamás aparecía para recibir los aplausos al final de los espectáculos; a él le gustaba más estar encerrado en los teatros durante las largas jornadas de ensayos, supervisándolo todo, hasta el vestuario. La entrega con su obra y sus musas fue tal que siempre estuvo pendiente de ellas, indicándoles cuando tenían que suspirar, las candencias, en definitiva, dirigía la interpretación de éstas hasta el último detalle.

En el trato con los demás destacó su carácter afable, sencillo y amable, también generoso. Rafael de León quiso mucho a su entorno más inmediato y éste a él. Doña Concha Piquer le llamaba “hermano” cada vez que hablaba de él. Juanita Reina y Rocío Jurado expresaron siempre que pudieron su amor hacia el poeta, estando con él hasta el final de sus días.

Ejemplo de su timidez y generosidad fue la donación a sus hermanos de sus títulos nobiliarios. En su condición de primogénito heredó tres títulos: Marqués del Valle de la Reina, Marqués de Moscoso y Conde de Gomara. Tan sólo se quedó con el primero, el segundo se lo cedió a su hermano Federico y el tercero a su hermano Antonio.

Rafael de León fue además un hombre valiente, con gran sentido del humor e ironía, también fue enormemente supersticioso y maniático. La vida de Rafael de León huía de todo tipo de responsabilidades, incluidas las impuestas por las manecillas del reloj, objeto que odiaba, ya que nunca tuvo horarios. Otra de sus manías era la de no conducir, algo a lo que se negó terminantemente, siempre iba en taxi hasta el final, que contrató a un chófer. Como la mayoría de los artistas era un hombre tremendamente supersticioso, nunca permitía que nadie hiciese punto sobre el escenario, llevaba muy mal que se oyesen campanas en la escena o que algún artista se sentase sobre la concha del apuntador.


Placa de azulejos que conmemora el nacimiento de Rafael de León en su casa natal, situada en la calle San Pedro Mártir de Sevilla; junto al Museo de Bellas Artes.



28 agosto 2009

SEMANA ESPECIAL Jerry Lewis

3. Período 1959-1963

Es el período más fructífero del artista. Se inicia con Un marciano en California, de Norman Taurog, sátira de determinadas realidades de la vida occidental, a partir de un argumento escrito por Gore Vidal y que permitió a Lewis encarnar un personaje para el que se encuentra particularmente dotado: el de extraterrestre, un habitante de otro mundo es enviado a la Tierra para que redacte un informe sobre el comportamiento y las costumbres humanas. Siendo un título estimable, nada puede comparársele a la excelencia de El botones, la siguiente en el orden filmográfico. Es su primera película como director y, para mi manera de entender, su más diáfano homenaje al cine cómico mudo. Un tributo tierno, sincero y sencillo a los maestros de su niñez. También constituye un filme insólito, pues carece de argumento propiamente dicho. Más que una trama es una sucesión de gags destinados a establecer un tono y una poética propias. Jerry es Stanley, un botones de un sofisticado hotel de Miami, especialmente torpe y con la manía de pasarse el día silbando sin que nadie le haya oído nunca una palabra (quizá porque nadie le ha osado jamás preguntar nada, siempre le han dado órdenes). No hay ni un chiste malo a lo largo de los escasos setenta minutos de duración. Los hay geniales, como el teléfono que suena en una mesa llena de ellos, el flash fotográfico que transforma la noche en día, el coche del que salen decenas de personas o las sillas colocadas en tiempo record. Además, Jerry se desdobla en si mismo, autointerpretándose como una super estrella arrogante y vanidosa, rodeada siempre de aduladores que anulan su naturaleza humana riéndose por cualquier cosa que diga, a la vez que exprime el tópico en sus carnes del ídolo solitario pese a los fans. Lewis no se guarda todos los chistes para él, si no que regala al resto del reparto muchos de ellos, cediéndoles el lucimiento. El riesgo del tópico (ese mismo que ha terminado convirtiendo una gracia eficaz en un chiste gastado) es salvado por la peculiar poética abstraccionista, absurda en la que nos involucra el autor (por ejemplo, el gag del suelo encerado sobre el que patina el mafioso besucón es un deja vú a la altura peligrosa de la monda de platano pero Lewis al hacerlo breve, imperceptible, casi injustificado revaloriza lo manido sublimándolo desde una personal óptica).
En cambio, una base tan prometedora como la masculinización del mito de la Cenicienta (con Jerry en el papel del infortunado hijastro, ademas) es desgraciadamente desaprovechada por la falta de imaginación de Frank Tashlin, demasiado preocupado por el desarrollo de la trama amorosa (lástima, porque la princesa de turno era de ensueño: la delicada Anna Maria Alberghetti). Uno de los puntos de interés de El ceniciento está en el reparto de secundarios. Alberghetti aparte, figuraba Judith Anderson de madrastra y Henry Silva (¡qué gran villano!) como uno de los egoistas hermanos del héroe. En cualquier caso, la idea de base ya había sido probada en los años veinte en Broadway (y en el West End londinense) con uno de los espectáculos musicales más exitosos de la gran Vivian Ellis, Mr. Cinders.
Esta referencia a Broadway no es nada gratuita. Ya hemos hablado en un anterior capítulo que la estructura de los filmes del tándem Lewis-Martin entraban de lleno en la ortodoxia de la revista musical. Y asi siguió siéndolo unos años más. En El terror de las chicas, una de las más prototípicas de Lewis, cuya acción sucede en una residencia de señoritas, la disposición del decorado de las habitaciones de las muchachas en forma de casilleros de panales de abeja sigue el modelo del número The telephone hour del musical exitoso de ese año Bye Bye Birdie. El terror... siendo una comedia del montón adquiere enorme valor por su look espectacular, con un colorido inolvidable y por la caracterización de Lewis como sus propios padres (Gurruchaga debió estar muy atento a esa madre para crear en los ochenta a su televisiva señora de Honorato).
Un espía en Hollywood (1961. Jerry Lewis) es característica de su autor. Hace un habitual torpón que pinta anuncios de estrenos cinematográficos cuando es captado por unos mandamases de la industria que intentan relanzarlo como estrella. El, en cambio, sigue en sus trece, provocando desastre tras desastre, hasta que termina perdiéndose en esos estudios imaginarios (pero parecidísimos a la Paramount). Contiene uno de sus gags más sensibles, donde vuelve a poner de manifiesto sus amplias cualidades como mimo: el de su encuentro con el payasito manipulado por los dedos de la mano, con el que se toma una piruleta y luego se adormece mientras la marioneta hace lo propio en una pequeña cama de madera. Una fantasía visual que habría hecho llorar al propio Charlot.

Estos dos relativos bajones se solucionarán inmediatamente con una tríada soberbia. Empezando por ¿Qué me importa el dinero? (1962. Frank Tashlin), en donde interpreta a un técnico de televisores cuya mayor ilusión sería convertirse en detective privado. Pronto sus sueños se convertirán en realidad, encontrándose tras la pista del heredero (que resulta ser él mismo) de una dama riquísma (y, por consiguiente, excéntrica), en compañía de un buen amigo, éste detective profesional. Los dos intentos de asesinato de Lewis por parte de los protectores de la millonaria son formidables: en la boca de un registro y en un coche desbocado. Puro cartoon. El diseño de la mansión, tan ultrasofisticado, es otro enorme hallazgo. Entre futurista y gótico. El final es sencillamente demoledor: el ataque de los cortacéspedes accionados por control remoto.

Y, de repente, la cumbre de Lewis. El profesor chiflado. La utilización de la novela de Stevenson Dr. Jeckyll y Mr. Hyde para lanzarnos a la humanidad riente (y distinta) un mensaje en el que proyectar una inadaptación ambiental, pero también la necesidad de autoaceptarse tal como uno es, por encima de miedos y frustraciones es una fenomenal lección de honestidad moral, de cine y de interpretación como ningún cómico había conseguido antes, al menos desde los tiempos de El gran dictador de Charles Chaplin. Lewis nos hace reir, nos hace temblar de suspense (¡qué bien filmada está la secuencia de la transformación del profesor en monstruo!), nos hace pensar (¿merece la pena tanta saña con aquel profesor de química del colegio al que jamás hemos tomado en serio por su aspecto y modales ridículos?) y aún le da tiempo de meter un montón de sorna y malicia en la creación descacharrante de su alter ego, el petulante y conquistador Buddy Love (lo más parecido a una caricatura de Dean Martin). Es una película que gana con cada nuevo visionado, pues contiene una riqueza de matices inaprehensibles de buenas a primeras. Lewis recupera ese tono poético a veces cortante, siempre inteligente, de su previo El botonés con la garantizadísima ayuda de una historia inmortal que lo ampara en cada momento.
Parte de la inspiración le siguió acompañando ese año, pues Lío en los grandes almacenes es otra comedia agudísima y malintencionada. Una de las más brillantes colaboraciones con Tashlin donde puede detectarse el gérmen del futuro cine cómico basado en los efectos especiales y las destrucciones sistemáticas. La destrucción, el caos, la hecatombe en el meollo de una sociedad capitalista (la gran urbe neoyorkina) parece ser el paisaje ideal para un The End lewisiano. Y asi es el final de este filme, después de haber sucedido mil y una situaciones descacharrantes, en las que cupieron desde la inevitable concesión al mimo (su número de la máquina de escribir), a los notabilísimos gags de la prueba del zapato a la oronda mujer, pasando por la avalancha humana en el día de rebajas o los retratos circulares de los propietarios de los almacenes. Hay secuencias que son un sentido homenaje a los cómicos del cine silente (Harold Lloyd en El hombre mosca en el gag del abrillantamiento del estandarte que cuelga de la fachada, los Keystone cops con ese pobre guardia al que le caen los más insólitos objetos de cualquier ventana del edificio) y al cartoon ácrata (la calle remodelada en improvisado pin ball con una incontrolable pelotita de golf haciendo de las suyas).



No sólo Lio en los grandes almacenes es una película crucial dentro del género humorístico moderno, sino que permanece como un recuerdo entrañable en mi consideración de niño adorador del cine de los sábados. Uno de los culpables de que el surrealismo y el nonsense fueran arrastrándome a una tendencia por la fantasía disparatada, vana ilusión escapista (pero también crítica) de la que nunca me podré desprender.

continuará el lunes

Frases del dia. Por Boquitas Pintadas


Una chica bonita es mejor que una fea.
Una pierna, mejor que un brazo.

Un dormitorio, mejor que una sala de estar.

Una llegada, mejor que una partida.

Un nacimiento, mejor que una muerte.

Una persecución, mejor que una charla.

Un perro, mejor que un paisaje.

Un gatito, mejor que un perro.

Un bebé, mejor que un gatito.

Un beso, mejor que un bebé.

Y una buena caída, mejor que ninguna otra cosa.


PRESTON STURGES, "Las reglas de oro para una comedia de éxito"

27 agosto 2009

SEMANA ESPECIAL Jerry Lewis

2. Período 1955-1958

Un fresco en apuros es divertidísima. Incluso supera a El mayor y la menor (1942), filme en el que se inspira, un Wilder anodino y aún por madurar. La variación gana con la actuación de Lewis, que se hace pasar por un niño de 12 años al que persigue un Raymond Burr de aquella etiquetado en papeles de villano. El pretexto del diamante que han ocultado los mafiosos en un bolsillo del pantalón del cómico provoca una enorme cantidad de situaciones hilarantes. Ahí tenemos el baile que se marca con la maravillosa Nina Foch (las expresiones que adopta cuando la señora le mete mano en el culo son un poema). Por no hablar de ese final, en el que Taurog trata de emular al cartoonist Tashlin. No importa que los resultados sean inferiores. Se ha contado con medios, con efectos especiales estimables y con el pleno entendimiento de lo que se pretendía hacer con Jerry Lewis: un dibujo animado de carne y hueso. Véan si no esa persecución del perseguido al perseguidor (malgrè lui?) en improvisada carrera de esqui acuático, el aterrizaje en la copa de un árbol o el mismo knock out de Burr.
Artistas y modelos (1955) es la mejor película del tándem Lewis-Martin. Si en la anterior ya nos damos cuenta de que la presencia de Martin es constantemente oscurecida por el talento del compañero, aqui se sigue en esa línea. Martin se agota en su mínima capacidad de variación, quedando en empalagosa lapa de pin ups mientras que Lewis, aportando el sin sentido en el que basa su existencia, se crece cada vez más y cada vez mejor. El tema es delicioso y original: el papel que ejercen en la cultura popular norteamericana (y en el sector de la infancia) los tebeos. Vemos la industria por dentro, la glorificación de la vampiresa dibujada (aunque estemos lejísimos aún de encontrarle una fisonomía rabiosamente pop como fue Catwoman. Esta está más cerca de Male Call aún). El tono del filme decae por momentos pero aún con todo resulta subyugante por el empleo del color, por gags excelentes (como el humo de la vampiresa, la entrevista a Lewis, el niño terrorista, forofo de los comics) y por descontado, por las piernas de Shirley MacLaine (que aqui hace de la feúcha de turno, la chica para Lewis, pero que se gana con todos los merecimientos nuestra atención por ser quien es).
Inferior es Loco por Anita (1956). La Anita del título es Anita Ekberg, como bien sabrán los fans del cine americano de los años cincuenta. Pero este reclamo es bastante camelo, pues la maciza (que ya había gozado de un breve cameo en Artistas y modelos y que en el futuro repetirá con mayor protagonismo en el cine lewisiano) tan solo se da un chapuzón (forzoso) en una piscina y poco más. Anita es un macguffin para que Martin y Lewis emprendan un viaje por los Estados Unidos en un cochazo con destino a Hollywood para conocerla. Lewis es super fan, para él aquello es un sueño que se va a convertir en realidad; para Martin es, como adivinarán, un nombre más a engrosar en su lista de posibles conquistas. Lo mejor del filme es su primera parte, en clave de road movie. Situaciones hilarantes como la de la abuelita asesina, el perro de Lewis, o ver torear al mismo una vaquilla garantizan la perdurabilidad de este título.
En cambio, el final de la relación profesional de Martin y Lewis estaba sentenciada. Esta fue la última vez que trabajaron juntos. No podemos decir que la culpa de la ruptura la tuviera el dinero, pues ese mismo año los dos habían firmado contratos por valor de cinco millones de dólares cada uno. Pero, de puertas para adentro, su amistad estaba siempre en entredicho. Sus peleas eran contínuas, casi siempre motivadas por el deseo de Lewis de trabajar más y el de Martin de trabajar menos. Martin era muy vago y, a la vez, quería brillar más que el otro. Se dedicó al cine "serio" durante un corto período, porque luego se apuntó a la serie del detective Matt Helm, de enorme carga autoparódica (no sólo Helm era un apócrifo 007, sino un Martin imitándose a si mismo).
La enorme popularidad de Dean Martin y Jerry Lewis como pareja cómica se basó en el marcado antagonismo entre sus respetivas personalidades cinematográficas. Tal como ha señalado Douglas Brode en The filmes of the fifties, eran "como Abbott y Costello... pero con clase: el guapo y seductor Dino y el histérico e infantil Jerry funcionaban como opuestos que se complementaban el uno al otro a la perfección".

La primera película de Lewis en solitario se llamó Delicado delincuente (1957. Don McGuire) y es fenomenal. Se vuelve al blanco y negro, con una fotografía idónea para recrear en clave de humor todo el fenómeno del cine de delincuencia juvenil de esos años. También es su título más homoerótico. Todavía turba la relación que mantiene el educador de turno (el increible macho Darren McGavin) con el pobre portero de urbanización (aunque de gueto), a las puertas de la delincuencia, aún a su pesar. La capacidad de ternura del personaje de Lewis, ternura que pronto será característica habitual en él siempre que se afronte el tema infantil, se vuelca en esta ocasión en un hombre maduro (el citado policia Darren), lo que conmueve desde motivos bien morbosos (esa homosexualidad latente en tantos títulos de rebeldes fue convenientemente detectada para luego filtrarse por el humor lewisiano). También es reseñable el empleo de la música y las "coreografias" de las luchas a navaja en las calles, inspiradas a las claras en el revolucionario éxito de Broadway de ese año, West side story. Gags típicos del cómico como su entrenamiento para policia provocan la carcajada segura entre el aficionado. Lástima que al final se malogre ese aroma homófilo con la incorporación del elemento femenino (la, por otro lado, siempre asexuada Martha Raye) y por la moralina conservadora que queda en el aire (para conseguir no ser delincuente en el Bronx lo mejor es hacerse policia).
El recluta (1957. George Marshall) es de interés menor. Jerry hace de soldado que se incorpora en calidad de recluta a un campamento militar, siendo contínuamente cambiado de trabajo debido a su clara inutilidad (llega a perder un carro de combate durante las prácticas de camuflaje). Una noche, el recluta será capturado por los beduinos con objeto de que les monte las piezas de un cañón. Lo mejor: la aparición de Peter Lorre como beduíno armado de puñal (y ansioso de asesinar al recluta) y la secuencia del tugurio norteafricano, con una orquestina que interpreta ritmos locales parecidísimos al calypso y el cha cha chá.
Es una pena que Yo soy el padre y la madre (1958) no sea muy conocida pues hay elementos de interés, aparte del hecho de que Tashlin vuelva a dirigir al cómico. Por ejemplo, se parte de una vieja idea de Preston Struges (esto ya es una garantía total y nos hace reflexionar sobre qué hubiera sido Lewis enfocado desde el sentido para la comedia ácida del director de The Palm Beach story). Lástima que a Jerry le gustasen tanto los niños (lo digo sin malicias), porque el toque paternalista entorpece ese grado de locura y mordacidad del que siempre estuvo tan dotado. El resultado final fue muy agradable, con el muchacho cantando nanas en italiano (a falta de Dino...), ocasionando disparates subido a la chimenea de una casa, amamantando a trillizos ajenos (si Pluto lo hizo en sus buenos tiempos...) para al final verse duplicados por obra y gracia del amor (lo que sacaría a relucir que Lewis era un señor con un esperma atómico). Fue además el debut en el cine de Connie Stevens (un mal menor, aunque de gustos...).
El año se cierra con otra colaboración con Tashlin en la que se agudiza el ternurismo infantil, ahora en la figura de un japonesito que vuelve a sonreir tras la muerte de su padre por culpa de las payasadas de Jerry. Aquello fue The geisha boy, conocida en España como Tu, Kimi y yo. Interesante por el empleo del color, por la aparición de un conejo (su dueño es mago con chistera) y por el último plano (Jerry muerde una zanahoria mientras se despide con un Es-es-esto es todo ami- amigos tan esclarecedor como emocionante). Hay chistes fenomenales como la visión fantasiosa del Monte Fuji con estrellitas que coronan la cima, cual signo de la patente Paramount, o la intervención autoparódica del gran Sessue Hayakawa como abuelo del crío (aparece construyendo el puente sobre el río Kwai para entretenerle, mientras los obreros silbotean la pegadiza tonada del oscarizado filme de David Lean. Y sí, Alec Guiness aparece en un jeep, digo yo que bajo marca registrada). Pero, por encima de todo, la película es ese conejo blanco, trasunto de Bugs Bunny, que se humaniza por obra y gracia de los efectos especiales. Es bonito pensar qué hubiera podido ser de este filme del montón si Tashlin hubiese radicalizado sus propuestas (eliminando de paso los toques sentimentaloides), reduciendo el metraje a un tète a tète subyugante entre el cómico y la mascota.


continuará mañana

Cancionero Mongo


NOTTE DI LUNA CALANTE


Oh oh oh oh,
che profumo di mare!
Oh oh oh oh,
piove argento dal cielo.

Notte di luna calante,
notte d'amore con te.
Lungo le spiagge deserte
a piedi nudi con me.

Notte di luna d'estate,
ultima notte d'amor.
Quando col vento l'autunno ritornerà,
nulla di noi resterà.

Oh oh oh,
che profumo di mare!
Oh oh oh oh,
piove argento dal cielo.

Lungo le spiagge deserte
a piedi nudi con me.

Notte di luna d'estate,
ultima notte con te.
Quando col vento l'autunno ritornerà,
nulla di noi resterà.

Oh oh oh,
che profumo di mare!
Oh oh oh oh,
piove argento dal cielo.

Oh oh oh oh,
oh oh oh oh oh oh.
Oh oh oh oh,
oh oh oh oh oh oh....



Letra y música: Domenico Modugno
1961


26 agosto 2009

SEMANA ESPECIAL JERRY LEWIS

1. Período 1949-1954
Cada diez años surgen en Hollywood (o al menos asi fue en aquel Hollywood clásico) parejas cómicas que enamoran a los espectadores. En los años cuarenta estaban Abbott y Costello, que trabajaron para la Universal. Estos luego pasaron el cetro a Dean Martin y Jerry Lewis, quienes en el período comprendido entre 1949 y 1956 proporcionaron elevados dividendos a la Paramount.
Dean Martin, nacido en Steubenville, Ohio, en 1917, se llamaba en realidad Dino Crocetti, un italiano de segunda generación. Trabajó como contrabandista de whisky, barbero, boxeador y otras muchas cosas antes de, con el nombre de Dean Martin, convertirse en cantante melódico a medio camino entre lo almibarado de Bing Crosby y el standard jazzy de un Sinatra. Lo que aportó Martin al mundo del disco como marca de fábrica fue su nunca disimulada latinidad. Canciones como That's amore, Inamorata o Simpatico fueron grandes superventas de los años cincuenta que dejaron la impronta de unos orígenes adulterados (adaptados a una falsa tipicidad, conforme los gustos de la sociedad yanqui). Para redondearlo, Martin impuso un peculiar charme, basado en la elegancia en el vestuario, el recurso al donjuanismo y esos vicios exhuberantes del vividor (jugador, mujeriego, extremo bebedor) que prevalecerían por décadas en el show business internacional (con las consabidas degradaciones en el tiempo y que culminaron en el caso Julio Iglesias, entre otros latinos de Miami).
Jerry nació en Newark, New Jersey, en 1926, en el seno de una familia de actores. Joseph Levitch cantaba con sus padres Rhea y Danny "Lewis" cuando sólo tenía cinco años, trabajando luego como acomodador y mimo. En 1946, en el Club 500 de Atlantic City, la suerte unió las actuaciones de ambos. Las suaves canciones del seductor italiano, interrumpidas por la gesticulación disparatada de aquella especie de mona Ramona (luego nuestros Calatrava buscaron algo parecido), que contaba chistes sobre los temas más diversos, pasaron a ser una de las atracciones de mayor éxito de todo el país, y los night clubs y salas de fiesta comenzaron a disputarse al nuevo dúo, que se vio pronto contratado por la televisión y luego por Hal Wallis, de la Paramount, que se apresuró a firmarles un contrato por la sustanciosa cifra de 10.000 dólares semanales.
En la Paramount, y empezando con Mi amiga Irma (1949), Martin y Lewis interpretaron las acostumbradas parodias de películas de guerra, policíacas o western de las parejas cómicas de todos los tiempos desde Stan Laurel y Oliver Hardy, pero con ocasionales intervenciones en los guiones de Lewis, quien ideó para si mismo el personaje que habría de hacerle famoso, mitad niño mimado con una dominante madre judía y mitad estudiante universitario con problemas de inadaptación. En la pantalla, Lewis se veía constantemente protegido y utilizado por el cínico y desenfadado Martin, que era el que perseguía (y se llevaba) siempre a las chicas y cantaba melodías románticas, mientras su compañero hacía patochadas o flirteaba con la hermana fea de la protagonista.

Tras una larga serie de títulos fieles a ésta fórmula, casi siempre dirigidos por artesanos eficaces pero impersonales, como Hal Walker o George Marshall, la pareja se tropezó por fín con dos excelentes realizadores, Norman Taurog y Frank Tashlin, que supieron comprenderlos a la perfección, cómo manejarlos y escribieron ingeniosos guiones para ellos (de todas formas cabría destacar un título fundamental de la pareja para George Marshall. Concretamente Una herencia de miedo, al ser remake de la llevada a cabo por el mismo director diez años antes para la pareja Bob Hope y Bing Crosby. La nueva versión contenía un reparto lujosísimo - Lizabeth Scott, Carmen Miranda, Dorothy Malone...- inclusive el cameo de Hope y Crosby al final, como guiño cómplice aunque ridiculizado por el propio Lewis. Dicho guiño sirvió de alguna manera para instaurar ese peculiar humor autorreferencial, de "cine dentro de cine", que luego tanto explotó Lewis, bien en dúo bien en solitario. Sin embargo, tanto el remake como el original compartían un mismo defecto: no hacer pizca de gracia. Salvo la parte en la que Lewis imita a la Miranda).

Taurog rodó Jaumping Jacks y El cantante loco (The stooge), las dos de 1952, ¡Qué par de golfantes! (The caddy, 1953), Living it up (1954), Un fresco en apuros (You're never too young, 1955) y Juntos ante el peligro (Pardners, 1956) ; con Lewis solo dirigió Adios mi luna de miel (Don't give up the ship, 1959) y Un marciano en California (Visit to a small planet, 1960).
De entre todas estas, recomendamos Living it up, que en España se tituló Viviendo su vida y Un fresco en apuros. Curiosamente las dos fueron sendos remakes de comedias famosas. Mañana hablaremos de la segunda. En cuanto a Viviendo su vida, revisión de la mítica La reina de Nueva York (1937) contiene excelentes gags visuales, muy en la línea transgresora de un Tashlin, al acercarse al cartoon más enloquecido. Esto es evidente en toda la parte inicial, con Lewis escapándose del pueblo a la gran ciudad. Sus carreras por encima de los vagones del tren, su alocado itinerario pilotando un coche radiactivo, son momentos muy recomendables. También aparecen guiños a Hollywood cuando vemos a Martin cantarle mansurrón a un retrato de Audrey Hepburn, actriz en las antípodas de la mujer cortejable por el cantante que, por supuesto, no formaba parte del reparto. Quien si lo hacía era la bastorra Sheree North, una atómica serie Z, polo opuesto de Audrey y nefasto sucedáneo de Marilyn para consumo de mafiosos de Las Vegas, simulando bailar a la manera explosiva un ritmo estrepitoso parecido al rock and roll. En un término medio, figuraba Janet Leigh, amiga de la pareja en lo privado y espectacular (y armoniosa) en su belleza física (sus tomas de perfil son todo un desafío para el Cinemascope al detentar la actriz con su busto empitonado una de la más altas credenciales de lo que se dio en conocer el mito del cruzado mágico). Con todo, la película estaba llena de melodías pegadizas, prototípicas de su talentoso autor: nada menos que el egregio Jule Styne (Gentlemen prefer blondes, Peter Pan, Gipsy, Funny Girl...). Una cosa quedó clara: al dejarnos embriagar por todos los disparates, todas las tonadas y coreografías de la pareja, nos olvidamos fugazmente de la señorita Carole Lombard, la real enferma imaginaria de la versión del 37, sintiéndonos además agradados de ver a Lewis lanzando desde una lámpara de cristal un montón de objetos a médicos, periodistas y demás chupatintas que querían rentabilizar su ficticia agonía al precio que fuera.


continuará mañana

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