30 junio 2009

SEMANA ESPECIAL Sinfonías tontas

4. De 1936 a 1938



Mother Pluto (1936)




Ahí como le ven, el mejor amigo de Mickey estaba en 1936 hecho toda una madraza. Un can tan formal, tan masculino, tan poco sospechoso de frivolidad... un can tan can resulta que le sale el instinto maternal desde lo más íntimo de su ser y provoca una mini rebelión en la granja. Ya no digo que le aparezca lo femenino de todo quisque, sino lo MATERNAL. Y si no lo creen, si no se fían del título del corto, échenle un vistazo. En el fondo, es un pedazo de pan. Lo raro es que se encapriche de esa manera de unos polluelos. Claro que estos nunca querrán mamarle nada. Con escarbar la tierra para que salgan unos cuantos gusanitos ya está el asunto arreglado.



Three little wolves (1936)




La prole del lobo feroz crece. Se dice que son sus hijos pero nunca hemos visto a la loba. Es de suponer que son recogidos. Y no tiremos del hilo de la condición de transformer del padre (mitad Fagin, mitad M) porque podríamos llegar al quid de la cuestión pedófila. Estos tres lobeznos han sacado unas maneras de lo más explosivas. Parecen los futuros sobrinitos de Donald llevándole por la calle de la amargura. Y cuando sale el lobo feroz, los tres cerditos reaparecen. Y el lobo se traviste de niña que ha perdido a sus ovejas. Los dos cerditos confiados las descubren pero no se dan cuenta de que son los lobeznos con pellizas de cordero. Caen como tontos y en la guarida los condimentan al gusto. Al horno deben de estar exquisitos. El momento más regocijante de estas historias lupo-porcinas se concentra siempre en la parte en la que el cerdito trabajador pone en marcha su maquinaria de tortura contra su peludo enemigo. Según avanzan estas historietas, las venganzas se hacen más sofisticadas. Asi ya nadie puede temer al lobo feroz.


Toby tortoise returns (1936)




Muy flojita la reintreé de la tortuga Toby y su inseparable rival, la liebre. Los tenemos en un combate de boxeo. El reparto es de superlujo, pues aparecen la pájara imitación de Mae West, uno de los tres cerditos y las conejitas del internado. Sin embargo, todas ellas no pintan casi nada. Son espectadores de relumbrón. Es la época de los mega star cast a lo Metro Goldwyn Mayer, ideales para obnuvilar a las medianías pero que normalmente como productos van muy huecos de contenido. El combate entre la tortuga y la liebre es divertido sin más. Hay un par de gags buenos pero preferimos cien veces la fábula que los vio nacer.


The old mill (1937)




Una pequeña maravilla. Mi parte favorita es la de la tormenta en el molino. Al parecer estuvo filmado con una técnica especial, una innovadora cámara de multiplanos que luego emplearía a fondo en su primer largometraje. Es alucinante la velocidad con la que discurren estos, en contraste con los serenos movimientos del arranque. Es como si Orson Welles estuviese detrás, de alguna manera, escondido y dándonos lecciones de camara stylo.
Se profundiza mucho en la psicología animal. La entereza con la que afrontan los habitantes del molino ese terrible fenómeno de la naturaleza que destroza el habitáculo. Sin embargo, al amanecer, los seres vivos siguen con toda normalidad sus quehaceres diarios. Me recuerda en parte a un corto de Vittorio de Seta, el de L'isola di fuoco. Fue, con todos los merecimientos, oscarizado.


Woodland café (1937)




Visitemos este café para insectos. Es un delirio de primera categoría. Como el dibujado animado de uno de tantos locales chic de la screwball comedy. Vemos ya a las vampiresitas estilo Harlow. Y nos reímos bien a gusto con los montones de guantes que le arroja el elegante ciempiés a la pobre camarera. Lo más soberbio vuelve a estar en el escenario, porque es allí donde Disney derrocha su sentido de la musicalidad. Y se deja atrapar por la trepidación del swing, del jazz hot. Y siguiendo las evoluciones nuestros pies se muestran imparables ante tanto negro que Disney llama cucaracha. Se intuyen los ritmos latinos, la rumba a golpe de trasero insolente. La rutina de la araña y su presa la mosquita con cara de Bette Davis provoca, con razón, una ovación general. Lo que pudiera ser a simple vista un show macabro, deviene hermoso pas de deux a vida o muerte. Pena que no bailasen sobre el hilo de la tela un tangazo a lo Del Rio- Ricardo Cortez.


Farmyard Symphony (1938)




Después de estos dos cortos anteriores, esta sinfonía granjera nos sabe a poco. Disney estaba muy ocupado en1938 y nos da una de cal y otra de arena. Es imposible mantenerse siempre a un mismo nivel de genialidad. Lo cual no es óbice para que esta fantasía country merezca un aprobado. Y nos regale buenos momentos de amor interracial (si se me permite el término).


Wynken, blynken and nod (1938)




Parte de un cuento de Eugene Field, que posteriormente sería musicado por Carly Simon. Quien no lo conozca no sabrá que se trata del sueño de un crío en el que se transforma en otros tres que, metiditos en un zueco, van a pescar de noche. Lo más bonito de todo es el paisaje, cual bóveda celeste. Uno piensa que los niños muertos van asi hacia el limbo. También se muestra imponente, sobrecogedora en la memoria la enorme nube que les hace caer de la frágil embarcación. A veces pensamos en Peter Pan. Otras, en que tres de los infinitos niños acuáticos (todos varoncines sin molesta culebrilla) al fin han conseguido un pijamita (una prenda que a ellos les sirve para dormir y a los morbosos de los pequeños nos despiertan). Y Disney también nos halaga en ese sentido, permitiéndose lindos buttcracks. Es mucho el baby meneo al que los ha sometido como para que sus carnosos culitos no se intuyan y se desorienten.


The practical pig (1938)




Y, en cambio, nunca nos ha mostrado un buen buttcrack de workman del cerdito serio. Sus hermanos nos empachan con sus jamones al aire. Son unos descocados. Lo más gracioso es que aqui se les da por ir al río. Entonces se embuten en bañadores. Y están muy sexys. Pero ya está el lobo al acecho con sus tres chaperillos. Alucinantes sus acentos alemanes. Disney nos alerta del mal germano en la nociva, siempre negativa presencia de estos personajillos (por esa regla de tres ¿los lobeznos serían unos hitlerjünges especializados en el horno crematorio?). Como viene siendo costumbre, la última parte es la del salvamento. El cerdito serio ha construido una terrible máquina de la verdad, que nunca le da los parabienes al espantajo peludo. Pero tampoco se salvan los hermanines coquetos de un castigo disciplinar, de la reprimenda del otro. La sesión de spanking nos embelesa. El rojo spanking de Disney ya pasa a ser nuestro color ideal de entre todas las gamas exhibidas en sinfonías tontas.


Ugly duckling (1938)




Remake de El patito feo (1931), ahora cambiándole al protagonista el plumaje negro por el blanco (¿ario?). En modo alguno nos creemos que el patito sea feo. Disney lo que trata de que percibamos, dejándolo caer de manera muy sutil, es el tema de los hijos bastardos, del sentimiento cornudo, del divorcio de los padres. Es ejemplar la escena en la que estos riñen ante la diferencia cromática del último polluelo (el resto son amarillos). Aquello no tiene explicación y, si la tuviera, sería para poner en evidencia la lealtad de la matriarca. Lo que viene luego es bonito, pero ya previsible. Lo verdaderamente importante se concentra al principio. Eso sí, al final el patito se marcha con otros de su misma blancura (que no bastardos), hijines de la mamá cisne que gustosa lo adopta. Es un final feliz, un canto a las clases altas (o a las que aparentan serlo) : siempre es preferible tener como madre a un majestuoso cisne que a una vulgar pata emputecida.



Y colorín colorado...

Women's Lib

Por Gilda Love


LOREDANA BERTE

Bueno mashotes, vamos despidiéndonos. Recuerdo que allá en octubre del año pasado empezamos esta sección con una italiana de nombre Orchidea de Santis (muy olvidada) y para finalizar la temporada decidí que otra compatriota de su generación bien podía poner el broche de oro. Asi que aqui teneis a Loredana Berté, que hizo muy poco cine, desde luego (lista que fue, sabía que no se perdía nada, que el cine italiano de los setenta estaba bajo mínimos) y se concentró más en el canto y en el baile dentro del teatro musical. Ahora bien, como diva y personalidad valía mucho más su hermana, Mía Martini (antes Mimí Berté). Lo suyo era más vedetterío. Hizo mucha tele pero donde deberíamos encuadrar a Loredana ya digo que es en la revista.
Empezó en Hair a principios de los setenta, todo un suceso en el mundo entero. Luego vino Ciao Rudy cuando en 1973 recogió el testigo de Mastroianni en el papel de Valentino el guapísimo Franco Nero (disfrazado de hijo del caid y cantando cosas terribles) y, poco después, se enganchó a la versión italiana del clásico de Broadway No, no, Nanette (este fue un musical de Vincent Youmans, allá por los años veinte, en el que se cantaba el Tea for two, por ejemplo y que los americanos, cuando empezaron con la fiebre de la nostalgia a raiz de The boyfriend, decidieron rescatar del olvido, corrigiendo algunos detalles del libreto original. La nostalgia siguió con Irene y culminó a finales de los setenta con Sugar Babies con Mickey Rooney y la gran Anne Miller). El caso es que Loredana triunfó moderadamente en los escenarios nacionales. Era una belleza mediterránea muy deshinibida, parangonable a Agostina Belli u Ornella Mutti. Tenía mucho desparpajo. Cuando se desvió de lo vicetíplico se estandarizó en esa corriente musical que era el erotodisco. Nada relevante. La chica apuró su fama cuando estaba en plenitud de su belleza y luego, con el cambio de década, se transformó en una presencia agradable y familiar en la totémica Rai. Hoy, repito, que tiene mayor pedigrí como mito su desgraciada hermana. Y ésto no sólo en su país. En España, por ejemplo, a la del Piccolo uomo la adoran los sibaritas del pop europeo.

Esperando que disfruteis de este agradable reportaje libeño despido mi sección hasta después del verano. Quiero darle para entonces una ligera variación, aún está todo por confirmar con el responsable del blog. De todas formas, yo seguiré dejándoos estupendos escaneados durante los meses del calor dentro del Revistero campy. Aún queda mucha tela por cortar. Nos mantenemos en contacto.





Revista Lib nº 99
12/9/78

29 junio 2009

SEMANA ESPECIAL Sinfonías tontas

3. De 1934 a 1936


The wise little hen (1934)




Lo más importante de este corto es la aparición de un primitivo Donald Duck antes de la operación de estética. O sea, que lo vemos feo e imperfecto, con esas patas y boca desmesuradas, ese trajecito descolorido y viviendo con Pete (su cerdi) en un rollo de parejitas de hecho pero con derecho a cocina, a lo Cary Grant-Randolph Scott. Para una audiencia infantil, tratábase de la historia de la gallina recolectora y sus polluelos que solicitan la ayuda de sus vecinos cuando llega la siembra. Pero estos les dan nones, que son muy vagos y prefieren estar bailando y tocando todo el día (que la noche está para otras cosas). Se excusan alegando dolor de estómago. Cuando el maiz preside la mesa de la gallina y su familia, Donald y Pete tiemblan de la emoción pensando en que pronto los invitarán. Y la gallina se acuerda de ellos, si... Pero de lo malos que estaban los pobrecitos y les regala una botella de aceite de ricino para que curen los ardores estomacales.


The cookie carnival (1935)




Nueva parade de Disney, ideal para tiempos navideños. Los componentes del desfile son elementos de repostería tan deliciosos como galletas, madalenas y rosquillas. Algunas se humanizan tanto que toman forma de soldaditos y criaditas. El proceso de transformación de la pobre muchacha que no tiene vestido que ponerse para participar en el desfile es magnífico. El mito de la Cenicienta planea de manera evidente en esa parte. El resto es explosión de color y música. Excelente fin de fiesta en el que va a ser escogida reina del desfile, con números de vaudeville protagonizados por chicas flan y maromos pudin.


The golden touch (1935)




Otra adaptación de un cuento inmortal. La leyenda del rey Midas, el que todo lo que tocaba lo convertía en oro. Con los mínimos personajes Disney es capaz de introducirnos en la angustia que siente ese rey cuando ve que es imposible comer nada. Y es angustioso porque quien más, quien menos hemos soñado alguna vez en poder poseerlo todo a base de un sencillo movimiento del dedo pulgar (tanto Midas como Mefistófeles, desde sus anhelos de partida, fueron dos iconos de mi época de niño egoista). Espléndido el final con un ogro feliz, despojado ya de sus poderes megalómanos, saboreando en las ruinas de su palacio una vulgar hamburguesa, con una pinta de obrero de la construcción en pleno descanso laboral. E increible el toque poético que imprime el maestro al momento "dorado" de las fuentes palaciegas.


Music land (1935)




Soberbio, ejemplar cartoon rebosante de originalidad y fantasía. Y a Fantasía nos remite esta pequeña gran historia de los dos pueblos vecinos enfrentados por dos estilos de música diferentes: lo clásico y el jazz. Disney no osa caer en el abstraccionismo y refuerza el corto con una historia de amor, con ribetes de Romeo y Julieta. Julieta sería la damisela violín (de la ciudad clásica) y Romeo el saxofón (de la moderna). En cambio lo verdaderamente prodigioso es la parte de recreación de esos dos islotes, girando todo hacia el mundo del pentagrama y las notas musicales. La armonía de unos contra los ritmos dislocados de los otros. Introduciendo suaves toques críticos al enfrentar el protocolo, los aburridos modales de los primeros contra la improvisación, el juego libertario y la infinita alegría de los segundos. Porque la parte romántica tiende ya a una reiteración dolorosa (esos rescates en medio del mar, sólo salvados, nunca mejor dicho, por el sentido de la emoción y sucesión de ingeniosidades como la corchea convertida en remo).


The robber kitten (1935)




Menudo mensaje para los niños nos lanza aqui el maestro: ser ladrón es lo mejor. Al menos, eso entresacamos de los sueños del adorable gatito Ambrose, que disfruta en la intimidad de su rincón de los juguetes con disparar y sustraer de pertenencias a sus muñecos disfrazado de bandolero. Es un incorregible y su madre lo padece con no poca paciencia (vaya con mama gato, ¡con brazos de señora!). Asi que el gatito se aburre en su pequeño mundo y se escapa a vivir aventuras como salteador de caminos. Encuentra a un perro sabueso, habitual del Se Busca, que es embaucado por el pequeño por su tremenda belleza, juventud y arrojo. Está muy bien expuesta la psicología del viejo perro delincuente. Esa imposibilidad última para ofrecer la amistad debido a la condición pendenciera de dicho elemento. El gatito volverá al hogar con toda la moralina dejada caer de manera sutil, pero bien apuntalada en forma de cuadro en el que se lee la frase: La honradez es la mejor política.


Water babies (1935)




Oda a la pederastia de indiscutible belleza. Todo es bonito, agradable a los sentidos. Disney rodea el desnudo infantil de elementos encantadores, sensuales aún dentro de su cursileria extrema, liberándose de responsabilidades al no dibujar los órganos sexuales de las criaturas (como tampoco llegó en su día a ponerle paquetito a Peter Pan) pero que, en contrapartida, acentúa los volúmenes de sus glúteos, lo que no sé qué es peor. Probablemente, nada sea peor. La imaginación del autor aqui brilla altísimo. Concluimos que se va superando año tras año. Que sin historias de amor heterosexual es más soportable (al no repetirse en el proceso de culminación de los flirts). Encima, nos regala un leitmotiv sonoro sublime, una de las melodías más inspiradas que utilizó nunca. Bebés acuáticos es una obra maestra de principio a fin, que es como decir desde el alba hasta el ocaso.


Who killed cock Robin? (1935)




Bastante aburrido corto sólo salvable por la introducción del erotismo. Y esto ya debería ser histórico. Y memorable. El personaje de la pájara es Mae West. Ella provoca el asesinato de su pretendiente, un pájaro cantarín. Su cuerpo cae asaeteado en un tugurio tras un vuelo agónico. Se abre una investigación. Parece que Disney nos quiere llevar al cine de gangsters. Pero no es asi. La parte central la ocupa el juicio de un inocente (un borracho habitual del antro), donde los jueces son los biscuits de The cookie carnival. Pero, afortunadamente, en los minutos finales reaparece la pájara nociva. Y es fascinante. Los ademanes, la manera de caminar, de fruncir el ceño, de mascullar guarradas llenas de frases que pretenden seguir el credo West hasta el límite de las posibilidades de un cartoon para niños, hasta el límite de la profanación...
Y, cuando ya parecía que no podíamos despegar nuestra mirada de esa fecunda matrona de la sicalípsis, surge el culpable, el verdadero criminal. Y no es otro que Cupido (detalle poético bien hermoso: ese crimen es un simple caso de enamoramiento. Sólo basta con extraerle la saeta y que la pájara le dé un beso para que vuelva a la vida). Pero no un Cupido rollizo, recién horneado en la fábrica de water babies. Sino que es un Cupido marica, extremadamente afeminado (y sin genitalia, aunque posiblemente llevaba esparadrapo). El primer personaje gay de la historia de los dibujos animados. Y nos encanta, porque no acertamos bien a adivinar lo que está soslayando Disney aqui: si su facultad de poeta o su atrevimiento al plantear este personaje de sexualidad anómala. Yo apuesto de nuevo a que este corto -no muy inspirado- sólo cobra vida gracias al bendito erotismo de un Disney ya puesto a tono después de su previa osadía pedófila.


The country cousin (1936)




El aristocrático ratón Morty invita a su primo del pueblo, Abner (uhmm, delicioso guiño a la creación de Al Capp) a pasar unos días en la gran ciudad. Buena parte de la historieta se desarrolla en la enorme mesa donde ambos almuerzan antes de salir de marcha. Se contraponen, en gratísima comicidad, las maneras elegantes de uno con las más bastas del segundo (mientras uno pica con melindres, el otro se atiborra con descaro). Es el paleto el verdadero protagonista. Disney le regala los mejores gags, incluyendo esa anticipación de borrachera dumbesca cuando cae a la copa de champán. No hay visiones dalinianas pero, aún asi, es espléndida esta cogorza ratonil. Pero lo bueno aún está por llegar. Un innecesario gato al menos cumple una misión decisiva: que Abner escape de la casa y se pierda en el torbellino nocturno de la ciudad, con sus luces cegadoras, las pantorrillas humanas que amenazan con aplastarle, los coches y motos en múltiples direcciones. Disney opta por un sentido del ritmo típicamente cinematográfico, con sobreimpresiones de objetos aislados (claxons) y transparencias de diversas calles con farolas. Ese último minuto es soberbio.


Elmer elephant (1936)



Elmer es una de las criaturas más tiernas que parió el mago de Burbank nunca. Es el boceto más claro del Dumbo definitivo. Y uno de los cortos más sofisticados que he visto del autor. Pide a gritos un largo, pide a gritos a Dumbo. Pero Elmer es mucho más emocionante, porque no le hacen falta unas orejas enormes para ser un marginado, centro de la atención, presa de los juegos crueles de otros animales de su edad. Elmer es más desgraciado que el ratoncito volador, porque el elefantín no tiene más sueños que conseguir la amistad de la tigresita. Elmer es ridículo porque tiene una nariz larga, su trompa es su desgracia. Disney se apoya para crear al personaje en el mentado ratoncito volador, en las historias de amor previas (aqui "ella" es esa tigresita en su fiesta del sexto cumpleaños). Y tiene el acierto de discurrir personajes secundarios muy buenos, que en un par de expresiones dibujadas y frases nos cuentan su psicología, su pasado (el abuelo jirafa, los pelicanos, los monos bomberos). Y aunque existe el típico rescate, en el cual nuestro antihéroe se convierte en el héroe pamplinesco que todos estábamos deseando que fuera, éste está tocado por la gracia del genio. De otra forma no sabría definir el detalle de esas llamas que cobran vida autónoma y que amenazan con arrasar la guarida de la tigresa. Son llamas alevosas, pendencieras, que sólo podían provenir del infierno del Dante. El mismo en el que Doré y Disney un buen día se debieron de dar la mano para redondear un corto maravilloso con capacidad ilimitada para hacernos una y otra vez niños grandes.



continúa mañana

Pinacoteca personal


GREGORIO PRIETO MUÑOZ (1897-1992)



Merendero (1918-19)




Castillo Nuovo, Nápoles (1929-30)





Ruinas de Roma (1929-30)





Pareja griega (1928-30)




Muchacho inglés (1938)




Rosa Chacel (1931)




El sueño de Titán (1932)




Encuentro (1929-30)




Muchachos (1934-35)



Cernuda en línea



Sin título (1955)



Estudiantes ingleses (1937)



*Haz, ya de paso, un alto en la ciudad de la pintura

26 junio 2009

SEMANA ESPECIAL Sinfonías tontas

2. De 1932 a 1934

Esta semana especial va dedicada a la memoria de Michael Jackson, uno de mis mitos pop más queridos desde la prepubertad.


Parece premonitorio. Ayer fallecía también Farraw Fawcett. Justo cuando el lunes dedicaba mi tiempo de blog a hablar de series de televisión con mujeres policias al frente. Farrah fue la mejor Angel de Charlie. A su manera, fue inolvidable. Y también, cuando llevo un par de días escribiendo de Walt Disney desaparece de este mundo el último Peter Pan que dio el siglo.. Descansen en paz.

*Diálogo de ancianos pillado al vuelo esta mañana en una calle cualquiera de mi ciudad envejecida:

- Morreu o Michael Jackson

- ¿E ise quén carallo é?

- Un maricón que deitábase cos rapaces

Empezamos...

Flowers and trees (1932)




Primer filme en color. Asistimos al parto de una coreografía inédita, en la que Terpsícore baila veloz sobre las puntas de sus pies junto a la fauna rugiente y a la flora que ríe. Todo al compás de la música: sigue el ritmo, las cadencias, las modulaciones del sonido, sin limitación alguna, porque, en cualquier momento, un altivo ciprés puede ser una nube redonda; la nube de algodón, un rosal de colores; el color de la rosa, una rubia cabellera agitada por el viento. La consagración de la primavera. Los árboles también tienen boca: asi que, a veces, se equivocan. Y florecen las setas como opíparos glandes. Pero hay un incendio y no pasa nada, porque es la propia fauna que lo arregla. Los pajarillos picotean la nube y esta rompe en aguas menores. La vida sigue su curso, culmina el romance pasado por agua.


Father Noah's Ark (1933)




Un pasaje bíblico visto por los ojos de un Disney muy alejado de De Mille. Aún estaba reciente aquella epopeya del Arca que dirigió incomprensiblemente Michael Curtiz a finales del mudo. Ahora, hecha animación, gana en sentido, pues el elemento zoológico le va más a Disney que al futuro director de Casablanca. Cuando las historias no hay por donde cogerlas es mejor que se trasladen al irracional mundo de la animación. Pero Disney desvía el musical jeddish hacia la opereta negra, con sus spirituals y su reluciente rag. Cuando acaba el diluvio, los tripulantes de la enorme embarcación toman tierra del mismo modo que lo hicieron los artistas del Show boat de Kern y Hammerstein II. Floja pero interesante.


Three little pigs (1933)




Un clásico de esta temprana época. Después de treinta y cinco años que no lo veía, se agolparon en mi mente un montón de recuerdos infantiles. ¿Quién teme al lobo feroz?, me cantaba cada noche mi padre para hacerme reir -o dormir- antes de apagar la luz de mi habitación. Lo mismo que los confiados y, a la vez, cobardicas, dos cerditos que en su vagueza construían sus casas de materiales inofensivos, demasiado flojos para el soplido devastador del lobo del bosque. Uno optaba por la paja, el otro por la madera. El más trabajador era el tercer cerdito, que lo hacía con cemento y ladrillo mientras los compañeros se mofaban de él porque no daba acabado, cuando ellos ya disfrutaban de la comodidad del hogar.
El diseño del lobo feroz es fantástico. Volver a encontrame con él supuso recuperar mis primeros miedos de niñez. Aquella boca de cocodrilo... En cuanto a los simpáticos cerditos, el tiempo les ha otorgado un plus erótico la mar de consistente. Siempre me sentí amigo del castizo Gordito Relleno, pasión inconfesable. Ahora reconozco que aquellos jamones disneyanos, golosos, en pompa, pues no cabían debajo de las camas en las que buscaban refugio, fueron antes. Debieron entrar en mi subconsciente perverso de una forma críptica pero implacable. Son tres palabras, solamente mis angustias. Y esas palabras son: Tres sex symbols.


The big bad wolf (1934)




El mismo arranque musical de Los tres cerditos, con su tonada alegre y pegadiza indica que nos encontramos con un hit de su época, capaz de transformarse en un clásico del repertorio infantil pasadas sus décadas, aún por encima del empalagoso Over the rainbow, que si ha trascendido de manera semejante ha sido por lo que todos sabemos.
Esta es una adaptación formidable del cuento de Caperucita Roja. Y contienen dos aciertos muy grandes. Uno, no ceñirse al original tajantemente, incorporando el humor típico de Disney en las figuras carnales y oscarmayescas de los tres cerditos. Y dos, no haber caído en la tentación de dibujar a Caperucita como Shirley Temple.
La historia es de sobras conocida. Superado el trauma infantil lobezno, nos percatamos de que ese animal con su eterno maletín de los disfraces femeninos era un delicioso travestí de aires patéticos. Una víctima.


The flying mouse (1934)



Excepcional canto al diferente. Al soñador que desea ver cumplida su fantasía. Cuando esta llega se da cuenta de que ahora el rechazo social es múltiple, total. Si antes tenía la incomprensión de sus iguales (que lo rechazaban por inconformista), ahora también la padece por parte de sus nuevos semejantes físicos (que lo rechazan por impuro). Extraordinaria la aparición del hada madrina, desde las alas abiertas de la mariposa que ha salvado de la tela de araña el ratón protagonista. Recuerdo que esta hada le concederá las alas para poder volar, su sueño. El tema lo desarrollaría de forma más ralentizada en su largo Dumbo. El corto tiene moralina. Pero la aceptamos, según nos convenga. Porque aunque esta pase por el deber de renunciar a la fantasía (o lo utópico), no querer ser más de lo que somos, también lanza un hermoso mensaje de autoaceptación. Como la Dorothy de El mago de Oz, de alguna manera, que al final reconoce que no hay sitio mejor en el mundo que el suyo, blanco y negro. La ambiguedad del mensaje admite posibilidades tanto reaccionarias como progresistas.


Funny little bunnies (1934)



Precioso. En España se estrenó como La leyenda de Pascua. Los huevos de los hornazos los hacen los conejitos con mil colores y los pájaros bordan los aires para poner lazos de seda en los apetitosos dulces. Aparecen dos conejos invidentes (en apariencia) con las gafas ahumadas que se encargan de confeccionar los cestos de mimbre.


The grasshopper and the ants (1934)




Otra fábula eterna adaptada con gran sensibilidad y sentido del humor. Recuerdo a la cigarra del cuento como uno de los seres más insoportables del mundo, tal era su burlona apariencia y su nulo sentido de la responsabilidad. Cosas de mi educación. Aunque las hormigas me eran también muy pesadas. La visión de Disney es singularmente amable. Las hormigas, un poco que las tiente, ya se marcan unos simpáticos pasos de baile. La cigarra pronto pasa a ser una criatura entrañable, a la que hay que salvar del frio invierno si es que las hormigas desean que siga el espectáculo (cuando toca temporada alta).


Peculiar penguins (1934)




Otra historia de amor, como la de los cipreses o los chinitos embarcados, pero ahora protagonizada por dos pinguinos. El, torpón y tímido. Ella tonta en su femineidad, vanidosa hasta la extenuación. Disney la castiga dándole un aspecto grotesco (al tragarse, por culpa del pinguino que la pretende, un pez globo). Pero el pinguino sigue enamorado y no entiende de desprecios. La salva del terrible tiburón (y el está a punto de morir al llegar a las tripas del animalejo, cual futuro Pinocho). Entonces, salvados ambos, el romance está cantado (nunca mejor dicho, tratándose de una sinfonía de pájaros tontos). El final es de una enorme belleza. La ternura entre panoramas de aurora boreal. Las formas amarteladas de ambos forman un corazón, donde cabe perfectamente el The End más clásico.


La tortuga y la liebre (1934)




Tenía que ser Disney el que diese animación definitiva a una de las más divertidas fábulas de nuestra infancia. En ella no sobra ni falta nada. No falta la historia, claro. Tampoco el humor. Mucho menos la angustia. Ni la moraleja.
Creo que la historia es sobradamente conocida. El humor está siempre presente y llega a su punto culminante en el partido de tenis que la confiada liebre juega contra si misma para halagar a las conejitas del internado que lo observan embelesadas. En cuanto a la moraleja, Disney no se aparta de la ortodoxia del cuento. Los últimos serán los primeros. El débil, con tesón y esfuerzo, puede ser el más fuerte.



continúa el lunes

QUE LE DEEEEN....

Por Maricón Martinez, el colaborador que más ha hecho porque Unicef sea una empresa sólida, respetuosa, aclamada en el mundo entero. Sin la ayuda de este hombre, el planeta Tierra hubiera sucumbido al poder de Thor. Desde la sencillez y la humildad, este galán y amigo, ante todo, que en su vida privada ha sabido mantener eso tan dificil para los de su gremio como es la discreción, ha significado además para este blog lo más importante. Que es, el riesgo y la sepindurancia amena y divertida. Por eso hoy brindamos por él, con una copa de sidra achampanada La Pitusa, famosa en el mundo entero por el poco alcohol que contiene y lo rica que está. Va por ti, querido Maricón

Hola, hijos de puta. Estoy hasta los cojones de esta sección. Ya le he dicho ayer a Maciste de los Betanzos que una y no más, santo Tomás. Que hoy me voy y os dejo. Que ya viene el verano y ando yo caliente como para meterme en un ciber ruinoso para escribir ná. Y algunas veces es que escribo por escribir, que donde va que yo no veo el porno, que no me va el videoreproductor desde el siglo XX. Además, no pienso cambiarme jamás al DVD reproductor, que está carísimo. Y para lo que hay que ver... Asi que escribo de oídas y por lo que me funciona de la memoria. Esto lo aviso porque siempre hay algún listillo que hasta cuenta los centímetros cúbicos de lechada que echa tal o cual mamarracha en los pornos de la ChiChi. Yo ni puta idea. A mi me gustaron y lo cuento. Y sino me calentaron pues lo aviso. Que a lo mejor a vosotros os hacen tilín, que sois unas guarras y unas calientapollas que dais asco total. Y ahora me mirais mal y yo me rasco el coño en presencia de vuestra puta madre. Y sois tolerantes y os odio. Y me seguis preguntando en un corro de la patata: ¿De quién nos vas a hablar hoy, Mari Martin?. Y yo, que soy una santa y tengo mucha paciencia os respondo bizqueando los ojos: Pues de él, ¿de quién va a ser, si no?. ¿O es que acaso os figurasteis que me voy a poner a hacerle un tributo a Manolo el del Bombo?.
Nooo, que hoy toca....

JT SLOAN



Este mozarrón hizo taaaanto porno que yo ya he perdido la cuenta. Sus años más productivos vienen fechados entre 1995 a 1999. También es verdad que luego yo paré. Perdí la paciencia y, de paso, le perdí la pista. Fue otro niño mimado de la ChiChi LaRue, con lo que eso conlleva de desnaturalización y mariquitismo espantoso. Pelis ambientadas en el Oeste del Edén (con cowboys que tienen tanto de macho como Doris Day de Hernán Cortés), en el presidio de Sing Sing Surprise y en la macro discoteca de moda, aquella a la que van todas a gamberrear, a ponerse ciegas y a meterse hasta el culo de venenos. Yo os pongo ahora mi lista de pelis que he visto y vais que chuta de informaciones al respecto. Sólo una cosa: este JT es versátil, le da a todo. Menos si es del sexo femenino. Entonces, se echa para atrás, porque está reprimida.
A mi al principio me gustaba. Cuando lo vi en Man to men (1995). Era como un filme encuesta. El director le preguntaba algo a los ejecutantes, algo que yo no entendía porque de aquella no sabía californiano. Pero era bien bonito y jugoso, que les abría el apetito, porque en seguidita se ponían a follar, que es asi como decimos en España. JT aparecía en una piscina y se beneficiaba a Scott Baldwin, que es un espectáculo, qué hermoso era... Hay que advertir que el polvo en si se alargaba a base de repeticiones de las mismas escenas, aunque tomadas en diferentes perspectivas. Un truco muy viejo, si. Pero teniendo en cuenta que Scott brillaba más que el sol que los alumbraba, a mi no me aburrió.



También fue activo en The Ryker files (1995), a mayor gloria del rubio Ken Ryker. A este no lo cataba. Lo hacía con un fulano moreno, bien gallardo y altanero en una fantasía de taller de carpinteria, que me gustó porque yo tuve un novio carpintero, idéntico a San José y también llegué a practicar el sexo anormal con él en un sitio así, como de FP. Pero repito, la estrella era Ken Ryker. Y a Ken le pusieron sábanas de raso, colcha de seda que hay en mi cama, unas velas y una fresquera de acero inoxidable para el champán. Privilegios de las rubias.




Ese mismo año, también vi a JT en JS Big Time. Y JS era Jeff Stryker viviendo de las rentas. Miren que armó barullo este semidios y qué poco duró su brillo. A mediados de los noventa estaba ya hecho una mierda. Le pusieron este vehículo para ver si remontaba, pero nada. Los jóvenes pisaban fuerte y lo eclipsaron con facilidad. Entre ellos, JT... que tenía una escena muy graciosa con la Rociíto Carrasco (aka Vince Rockland) en una calle creada en plató, tipo Barrio Sésamo. Como la Rociíto a pesar del rimmel y la melena tan chic es activa, algo que no me entra en el cabezón, pero que hay que joderse con la niña, pues penetró a JT en plena acera de enfrente. Y lo disfruté. Porque JT tiene un culo que no es de este mundo. Pasó la poli pero como también eran gays los dejaron terminar esa repugnancia. El polvo dio para un par de posturas nada más. Entre visillos salió un vecino, pero era del mismo mal porque Jeff Stryker, que supervisaba, asi lo quiso. Como quiso que toooodo se llenase de Sodoma a go gó, con macro discotecas y chulazos danzarines. Una mierda pinchada en un palo (que previamente habían introducido en la cloaca del director), vamos. Supongo que este título habrá envejecido muchísimo. A ver si un día lo pasan por el UHF y salimos de dudas.




La que más me gusta de JT es Rawhide. ¿La visteis?. Qué burras, pues védla. ¿Para qué quereis los ojos que no son del culo?. Es del oeste. El chico está lavándose en el abrevadero. También lava la ropa interior y cuando la cuelga en el poste de telégrafos aprovechamos para verle los detalles de su anatomía prostituta. Pero también lo ve el vaquero Chad Donovan, que tiene un mango taaaaan enorme que yo creo que indigesta hasta a Los Pirañas. El caso es que pirañas no había en el abrevadero. Terminó llenándose de ladillas. Y JT se pasivizó. Aplaudi a rabiar.




Jailbreaker (1995) también era un poco gay western. En realidad, un híbrido que buscaba juntar ambientes afines a una sensibilidad rosaura. Unos que se fugaban de la prisión (qué barrotes, como de peplum), y se tiraban al monte como cabras que eran. JT no era ex presidiario. El estaba en el bosquecito con un colega. Hacían de cazadores. Y entonces, observaron algo muy raro. Una tienda de campaña se movía como si fuese a deshincharse. Como si hubiese un terremoto dentro de ella. Oyeron también gemidos. Asi que preocupados se acercaron. Y ¿qué dirán que vieron?. Un golondrino rubio como la esmeralda verde, agitándose no por epilepsia sino por excitación del glande, que el maricón se la estaba pelando él sólo, pero con tanta intensidad que aquel pajote eran más bien mensajes de S.O.S. al hombre blanco. En fín. Que todo terminó en trío. No me gustó nada. Sólo salvaría a Sean Diamond vestidito de la Policia Montada del Canadá en una comisaria y a Ty Russell, que había cogido mucha pluma y no lo encontré tan espiritual como al principio de su carrera, allá en el cine mudo. Reconozco que estos dos últimos dioses eran muy sensuales en sus tiempos.




También en 1995, rodó otra mamarrachada titulada How to get a man in bed?. Ustedes se preguntarán: pero bueno, este chico con tantas que hacía al año ¿le daba tiempo de echar un casquete en su vida privada?. Pues llevan razón. Porque el no tenía vida privada. Todo era una fantasía porno rodada en formato video. Es cuando la vida personal y lo que haces en la pantalla es la misma caca. Hay una identificación total. Y por eso, surgen las grandes personalidades. Sean en el género que sean. ¿Ven como yo también soy agudo?. En esta How to get... fue un visto y no visto. Yo casi ni me enteré que salía. Debí de ver la versión censurada. Sí que recuerdo que salía hablando de cómo hay que ligarse a un tío en un gimnasio, durante el workout o en los vestuarios. Pero luego JT desaparecía, dando paso a las estrellas Marco Rossi y Tom Katt. Como estos dos estaban en la cresta de la ola, nada tuve que objetar.




¿Para qué?. Si había JT's a mansalva en los sex shops... En Idol in the sky también salía. Pero no en el skay. Fue una peli cien por cien Ryan Idol, que ya estaba empezando el pobrecito su decadencia. Maniobras militares de mentira, escuela de aviación, con un poco de Top y otro poco de Gun. Aparecía Aaron Austin y Kyle McKenna junto a Idol. Pero ninguno de los tres fueron bien aprovechados en el trío aquel. JT se conformó con follar a un hawaiano o medio chino (lo que fuera ese horror que responde al seudónimo de Jordan Young). Ambos eran vaqueros porque creo que ser pilotos de aviones a reacción les daba vértigo a los dos.
Freshmen recruits (98) insistía en lo militar. Era activo y cogía a un maromo en un despachito de comandancia. Justo enfrente de un célebre cartel del Tio Sam, aquel que les señala con el dedo con gran autoridad. Es de suponer que, con esas altas temperaturas corporales, el dedo les hubiera parecido poquísmo. Al menos el de abajo necesitaría con urgencia un fistfucking, fuese o no el ejecutante un patriota. Siempre habría una bandera USA cerca de ellos para poder utilizarla como toalla (por si al pasivo se le daba por romper aguas).




Y poco reseñables fueron Suck daddy (1998), donde hubo un trío, pero sólo se practicó sexo oral. El daddy del título era un señor mayor llamado Rob Roberts; Dirty stories (96), que yo no sé que tenían de sucio estas historias de La Rue pues toda esta peña es de una asepsia incolora e inodora que tiran de espaldas. Y la putísima mierda que en España se tituló En vivo y en directo. Un pretexto burdísimo para hacer un video de gang bang, con muchísimo rimming y todo el elenco hasta las neuronas de poppers. Aún asi, no me resisto a transcribir lo que aparecía en la publicidad de la contraportada del casette (de risa) : "Dirigida por ChiChi LaRue, ésta película nos ofrece un concepto totalmente diferente que puedes practicar fácilmente y verás que los resultados son apoteósicos". Si amigas, sin pies ni cabeza. Pero yo creo encontrarle una remota explicación. En la cosa ésta los gachós se van grabando con una cámara mientras ven a su pareja siempre a través del objetivo. Un rollo virtual o lo que carajo sea. Ni a filia llega. Repito, que si te gusta comer culos (y verlos comer) esta es buena.


25 junio 2009

SEMANA ESPECIAL Sinfonías tontas

1. De 1929 a 1932


The skeleton dance (1929)




El arranque fenomenal de la leyenda del autor. Disney dista mucho de dominar la técnica del dibujo, se inspira en un tema eterno. Esas danzas macabras que giran desde la Edad Media con su cortejo de espantos, de tétricos cementerios rurales, con todo lo que el genio de Holbein inmortalizara, surge ante nosotros, aunque huérfana de su sugestión terrorífica. Sobre la música de Saint-Saëns, Disney hace danzar esqueletos que incluso se sirven de sus huesos para cualquier efecto musical.
El dibujante empieza a dar muestras de su talento. Como el zagal de Cumos tocaba la flauta, a cuyos sones danzaban frente a él los tres Rascayús, Disney usa su lapiz para que la pantalla sea un eco lejano de ese baile pastoril. Se abre, mediante lo necrofílico, un nuevo mundo, una nueva era para los dibujos animados.


Birds of a feather (1930)




Fantasía con aves. Gorriones que forman un ejército de aviación en pleno desfile militar, o sea: con chorus line a lo Busby Berkeley. Aprovechamiento de las posibilidades de sus plumajes. Plumas abiertas forman un arpa. Los pavos reales son siempre símbolo de gran espectáculo, muchas veces sórdido, dado lo triste de nuestros zoos y parques (al igual que el burlesque). Y el gran espectáculo en Estados Unidos se llama Follies. Por eso la pava magnífica ha dejado de serlo para transmutarse en soubrette que arrastra su preciosa cola con desgana, con mirada de rutina, de estrella sobrada de si misma. Y, finalmente, con la apoteosis: alza la cola y la abre formando ese precioso decorado que la engalana en su máximo esplendor blanco y negro


The busy beavers





Qué bonito es trabajar, pensará Disney. Por eso los castores, animales incansables donde los haya, lo hacen cantando. Todos sus movimientos, a ratos torpes, otros impecables, conforman una coreografia perfecta y jamás inútil. Lo suyo no es una frivolidad estéril, contemplativa y hedonista. En sus peripecias marinas empezamos a acordarnos de Buster Keaton, cómico excepcional siempre a contracorriente (nunca mejor dicho). Antes se acordó Disney. No todo es algarabía sindical. También hay peligros. El obrero y los accidentes laborales. Entretenimientos con angustia. Disney se inventa la fontaneria natural a raiz de un gran chaparrón. Al final todo acaba bien. Los adorables castores saltan y bailan. Las nubes se levantan, los pájaros vuelan (aunque sea por culpa de la caida del árbol donde permanecían cobijados)



The China Plate (1931)






Un viaje exótico a la Antigua China. Por momentos una pieza tan delicada como cualquier porcelana del pais. El arranque del corto parece querer adentrarnos en los escalofríos de un Fu Manchu con la compañia inevitable de la etiquetada primera Mirna Loy. Disney prefiere recurrir a otros tópicos. Al Gengis Kan de turno, a las geishas de simpáticos bailes (acompañadas de un irresistible gatito al que le presuponemos, por una extraña razón, de origen yanqui). De nuevo, peligros acuáticos. Y el chinito que salva a la chinita más tarde se batirá en duelo con el tirano: David y Goliat vestidos en kimono. Aparece un dragón que echa fuego por la boca. Antes fue árbol que engañó a Goliat. Y al final, esa poesía romántica de los tórtolos enamorados en su barquito que buscan la privacidad corriendo la vela como quien corre la cortina que comunica con la cama. Quedan sus siluetas en penumbra, como alguna vez vimos de forma parecida a Mirna -china o no china- antes de que el Código Hays apagase definitivamente la luz de los sueños impúdicos.


Egyptian melodies (1931)





La esfinge de Gizeh sólo puede significar misterio. Y en el cine un buen pretexto para que nos aterrorizen las momias que la habitan. A la Universal pongo por testigo. Visitamos una pirámide con un cicerone excepcional: la pinturera araña. Pasadizos en vertical (gran acierto). La pirámide, pues, transformada en un enorme parque de atracciones, donde la casa del terror se rebaja a la altura inofensiva de la casa de la pradera. Las momias de turno toman ahora el relevo de los antiguos esqueletos del camposanto. Y sus formas rígidas no dan tanto juego porque no se desenvuelven ni se rompen en mil útiles pedazos. El verdadero juego musical lo dan los pentagramas en los que se han convertido los jeroglíficos de las paredes. Retablo que cobra vida de forma magistral. Disney pondría música y acción hasta a la Capilla Sixtina si se lo propusiera.



Mother Goose Melodies (1930)





Maravillosa parade repleta de no menos maravillosos personajillos que bailan, cantan y brincan alrededor del Old King Cole (el Rey Col). Este es un canto rotundo a la alegria de vivir. La sublevación de nuestros juguetes de infancia formando un particular ejército de artistas de vaudeville. Es cartoon dentro de cartoon, como hay "cine dentro de cine". Alguien abre un libro enorme y de sus páginas surge un nuevo personaje con mucho que contar. La algarabia final del viejo rey es la nuestra ya. Monarcas asi hacían falta en el pais de Alicia, aquel donde gobernó reina tan déspota y sanguinaria. Normal. Disney se encontraba aqui más a gusto con el monarca gay (de alegre) de los Grimm (papá de la princesa que se enamoró del pobrecito leñador) que con la corazonesca de Lewis Carroll.


The ugly duckling (1931)




Disney comienza a bordar las adaptaciones de cuentos infantiles. Es capaz de sintetizar las fábulas en siete u ocho minutos, incorporando sketches propios y ajenos de infalible comicidad. Vemos al patito feo, de sobras conocido. Marginado por su diferencia pero que al final será aceptado por su talante heroico en el más oportuno momento; cuando uno de sus hermanitos bellos está a punto de ahogarse en el río, al borde de una catarata espantosa. Disney se inspiró en toda esta odisea de rescates en Our hospitality de Buster Keaton. El Pamplinas emplumado, ese que como el original se va haciendo héroe a golpe de mala suerte, terminará reconocido como hijo legitimo de la vanidosa mama pata. Volvería a filmarla en color ocho años después. Ganaba con el remake un nuevo Oscar.



Just dogs (1932)




Historia canina, como bien indica el título. Quisicosas de perrera. Aparición de un Pluto sin bautizar y que se porta muy mal con el marginado de turno. El mismo que libera de la cárcel al resto de sus compañeros, el mismo que les salva de los peligros del exterior, el mismo que encuentra comida y al que no le importa compartirla con su ex compañero de jaula. Un masoca con pulgas, en cuatro palabras. Sufrimos por sus desventuras porque Pluto (o como se llame) no puede ser más injusto con el pobre can. Un hecho vital hará cambiar las tornas. Disney se cansa de apretarle el cuello: ambos degustan sin rencores ni recelos el ansiado tesoro óseo. La psicología entra ya lentamente en un proceso de maduración extraordinaria. Disney es cada vez más genio.


Babes in the woods (1932)




Una obra maestra indiscutible. Hansel y Graetel a la manera del mago de Burbank. Colores preciosos. Es el año de la puesta de largo de esta técnica deslumbradora. Y cuánto luce el tecnicolor en la casa de caramelo y chocolate a la que arrastra la pérfida bruja a estos golosos niños. Mejor alli que en las setas aburridas de sus amigos los gnomos, pensará Hansel. O quizá Graetel (más avispada). Lamer sus paredes ya de por si es un plato apetitoso. Dentro hay cosas mucho más deliciosas, promete la vieja. Pero no es verdad. Todos nos acordamos, por niños que fuimos, lo que pasó. Dentro todo es terrible. Inhóspito, macabro. Pequeñas bestias encadenadas y enjauladas imploran perdón. Son niños que un mal dia han llegado alli y por una pócima mágica se han transformado en lo peor de la naturaleza. Los pequeños héroes deben impedir que la bruja los vuelva como ellos. Hansel cae. Graetel se beneficia de la ayuda de los enanitos del bosque, sus buenos amigos, premonición de los futuros leñadores diminutos, amigos de Blancanieves la boba. Triunfa el bien, no sin antes Disney habernos llevado por los caminos perversos que más le convinieron. A la liberación por la angustia.


continúa mañana

Femenino singular

BRIGITTE FONTAINE (1939-)











* Discografía recomendada

- BF est folle (Saravah, 1968)
- Comme à la radio (Saravah, 1969)
- L'Incendie (Byg Records, 1974)
- Le bonheur (Saravah, 1975)
- Kékéland (Virgin, 2001)
- Libido (Polydor, 2006)











**En la red

BF en la wikipedia

Biografía de la artista (en inglés)

24 junio 2009

SEMANA ESPECIAL Sinfonías tontas

0. Introducción

Disney fue un enorme genio. Su arte, su capacidad para crear mundos de fantasía es parangonable al del inmenso Méliès. De hecho fue uno de sus discípulos inconfesados en el terreno de la animación. Como también, a su manera lo fue el Douglas Fairbanks de El ladrón de Bagdad o el Fritz Lang de Una mujer en la Luna. Pero si hubieramos de mirar aún más atrás (pues cuando Disney comenzó a dibujar, principios de los años veinte, Méliès estaba activísimo, no era una figura olvidada), entonces acertaríamos a encontrar en Disney el genio que antaño inspirara a los hermanos Grimm, a Perrault, a Andersen. No se trata simplemente de dibujarnos una fábula, sino de dotarla de poesía. De que vuele nuestra imaginación en todo momento hallando la armonía de las cosas (la belleza), de que ante una de sus sinfonías tontas nos entreguemos a priori a un universo de irrealidades que nos divertirán, nos harán sufrir (para que luego el maquiavélico nos permita respirar hondo) y nos causarán una inequívoca sensación de vértigo debido a ese ritmo trepidante, característico de todo artista norteamericano. Es la vuelta a la infancia con la conciencia tranquila pues no nos están tomando por idiotas. La reducción al absurdo implica de alguna manera un juego intelectual que absuelve a Disney de la falsa acusación de idiotizar al espectador pequeño o adulto. Posiblemente en esto no sea tan grande como un Lewis Carroll pero si más divertido, como lo es el nonsense cuando lo cogen los hermanos Marx, Keaton, Chaplin o La Cava y ya no lo es tanto cuando nos lo introducen Ionesco o Beckett (de Keaton y Chaplin, Disney plagió).

Sus películas cortas son preferibles a los largos por cuanto permiten la mayor condensación de aciertos. Y, por descontado, cuando surgen los largos, visto su inmenso trabajo previo, nos damos cuenta de que un montón de elementos ya habían sido ensayados en aquellas. Si acaso, en la labor excepcional de pulir y perfeccionar radica el milagro de un filme maravilloso como Blancanieves. Poco importa que esa fantasmagoría del bosque nocturno, esos árboles terribles que asustan a la masoquista heroina ya haya visto probada su eficacia unas cuantas veces. O que los enanitos (que eran siete) fueran setenta veces siete en Babes in woods, los salvadores de Hansel y Gretel. En la variedad y dosificación de momentos culminantes parece hallarse la perpetua renovación de su primer largometraje.
A principios de los años treinta Disney ha superado el mudo. Comprende el sonido como una manera maravillosa de poder apurar la riqueza del dibujo musical. Antes las escenas dependían exclusivamente del dibujo. Ahora ya no, la música tiene un papel decisivo. Junto a ella, el color y todas las transformaciones del movimiento, cada vez más sofisticadas. Dibujo, música y color rompiendo las leyes propias de la gravitación. El movimiento trepidante formando coreografías que, en los peores casos, suponían una respuesta insoportable a los montajes de Ziegfeld. De todas formas, para que esto sucediese habríamos de esperar unos años, justo cuando la técnica de Disney se depura hasta perfeccionarse al máximo. A principios de los treinta, notamos todas sus imperfecciones en el trazado. Pero nos encanta por que en él hay algo de la delicia del primitivo. Hay ingenio, a falta de genio. Y mucho humor, humor endiablado, al contrario de los maravillosos ilusionistas europeos (de Starewicz a Reiniger), más secos. Sin embargo, ya no comete el error de su serie primera Alice in wonderland, poco creible amalgama de criaturas humanas y seres animados, aunque volverá a caer en la tentación cuando se haga adulto y el taller del artesano sea ya un emporio industrial ( de Los tres caballeros a La bruja novata).

El máximo acierto del Disney que se va encarrilando es el de prescindir del ser humano y dotar de rasgos humanizados a la flora y la fauna. Esto será leit motiv de sus sinfonías tontas. En Arboles y flores, la Naturaleza baila, como en los lejanos mitos. La transformación que sufren los cipreses, las nubes, las rosas se presentan estableciendo afinidades sólo presentidas por el poeta. El milagro es la contínua sorpresa. Y si con el tiempo tendió a repetirse, cuando esto sucedió entonces dentro de si sonaba la voz de alarma y presto se puso a inventar nuevos personajes. El ratón Mickey, el pato Donald, el elefante Elmer, el toro Fernando, los tres cerditos, la deliciosa pájara que imitaba a Mae West...
Mickey fue esa gran estrella de la factoria Burbank. El apostó fuertemente por ese ratoncito. Por encima de Oswald, el conejo de la suerte. A la larga, el olfato de este hombre le daría buenos dividendos. Todos recordamos a Mickey Mouse y nos hemos olvidado de Oswald, que aún asi fue genial, capaz de superar la barrera del sonido como ya había superado desde el primer cartoon las leyes terrestres. No podemos decir lo mismo del gato Félix (por Pat Sullivan). Lástima, pues el autor había puesto las bases de toda la poesía y el humor sutil que tan bien desarrolló Disney en sus mejores años. Aquel gato fue un pionero que no tuvo suerte. O que no pudo competir con tan titánico jóven rival.

Felices tiempos de aprendizaje, la colaboración estrecha entre Walt y Ub Iwerks y que culminó en 1928 con la puesta en marcha de la productora Walt Disney Productions, aventurándose con el sonoro en Steamboat Willie, la primera vez que vimos al ratón en acción. Luego vendría la revolución musical, el empleo del color, el efecto tridimensional. Y los largometrajes. O sea, el acabose. Durante la década de los 30 Disney produjo como media dieciocho cortos por año. La culminación de las sinfonías tontas sería Fantasía (1940), su proyecto más ambicioso, tremenda subordinación de la imágen al sonido. Lo que pudiera haber sucumbido en un musical de Ziegfeld hecho colorines troca en ballet de altas pretensiones intelectuales. Pero tanto ahora como antes, será en el dibujo musical donde hallaremos la mejor aportación a ese espectáculo que un día pidió Ortega que fuese todo ritmo y color, todo luz y movimiento. Como dijo Zúñiga: Sin contar, claro, con la música. Que en el dibujo en color, puede representar exactamente el violín de Ingres del realizador.





continúa mañana