22 diciembre 2009

SOLO PARA SIBARITAS

MARIA DE MATTEIS

Resulta escandaloso la poca información que hay en la red sobre cientos de personalidades del arte del siglo XX. Uno no puede más que acudir a los libros, las viejas revistas de cine, los recuerdos amontonados en cajas de VHS's y DVD's para intentar poner orden en las cronologías, encajar piezas biográficas, remodelar a un personaje a partir de muchas huellas únicas y precisas pilladas en múltiples referencias a estilos artísticos. Pensamos si la pintora de Matteis, con varios cuadros subastados recientemente en Sotheby's, no será la misma que diseñó los magníficos vestuarios de tantas películas italianas históricas de los años cuarenta y cincuenta (a quien pretendo glosar). Si la Matteis de nuestras dudas y nuestra eterna fascinación acaso no fue nieta del esplendoroso restaurador florentino del diecinueve Ulisse de Matteis y que tras su muerte devendría eclosión del estilo Liberty gracias a su sucesor Ezzio Giovanozzi.
Uno, que ha crecido anonadado por los ropajes de Alida Valli en Piccolo mondo antico, Isa Miranda en Zaza, la Magnani en La carroza de oro o Audrey en Guerra y paz ata cabos y atisba en el apellido De Matteis todo un compromiso inconmensurable con "lo antiguo" bajo el precepto de la sublimidad.
Maria de Matteis es un capricho para minorias que añoran un universo de formas y artificios (lo textil, las pieles y joyas), íntimo y profundamente romántico, que sólo un talento superior como el de ella sería capaz de resucitar con tal alto grado de escrupulosidad y viva inspiración. El mundo entero la pudo admirar en un momento concreto. Cuando en 1957 la versión del clásico de Tolstoi Guerra y paz se convirtió en la más oscarizada epopeya del año. Rodada en Cinecittá, aquel Vidor tardío, alejado de sus mejores (y sencillas) intuiciones poéticas se abandonaba al estilo superproducción con esa holgura de medios que un Hollywood agónico y -aun asi- derrochador le brindaba en bandeja. ¿Quién mejor que la signora Maria para fabricar una infinita serie de modelos suntuosos, plenos de gusto y exquisitez, que rememoraran la Rusia zarista en plena década del rock and roll?. La capacidad de fascinarnos con sus creaciones abarcaría la extensa gama de matices femeninos que irían de una Audrey gacela a una Ekberg vampiresa tópica. Nada nuevo para la modista. En esos años, no se arredró ante las múltiples posibilidades de tanta belleza nacional introducida en el medio cinematográfico gracias a los concursos de misses. Y si la hermosura de una Valli (la sublime) hizo juego perfecto con la sensibilidad de la modista, a ésta no le cayeron prendas (antes bien se las colocó de manera primorosa) colmando de moda a una Pampanini o una Loren salvaje, polos opuestos, maggiorate más preocupadas de destaparse que en cubrirse.
Entre estetas anda el juego. ¡Cómo no iba Visconti a fijarse en una artesana tan osada!. Mucho antes de que Piero Tosi entrase en el mundo viscontiniano ya estaba la gran María sacando lujos exclusivos de su taller. Y lo cierto es que su trabajo en Ossesione (1943) en nada prefiguraba lo que la iba a hacer insustituible en el cine nacional. Porque Ossesione no es un dieciocho decadente, sino un filme que se desarrolla en plenos años cuarenta de su siglo (la novela de Cain, para muchos uno de los filmes clave que dan arranque al neorrealismo). Y será, además, pese a todas sus imperfecciones estilísticas, el que marque un estilo glamouroso dentro de un cine a menudo sojuzgado bajo el término de descuidado, poco elegante (y hasta pobretón) en las formas externas. La casi arlettyiana Calamai, con sus ropajes sencillos (sólo en apariencia) de cantinera o un Girotti en camiseta (que sería por esto mismo aun más icono glam que el propio Brando años después) son dos ejemplos de que la realidad negrísima (y hasta famélica) no tiene por qué ser incompatible con el savoir faire. Y es que el toque de Matteis asombra en todo filme donde ella dejó sus trapos. Si volvemos a ver con detalle de lector de Harper's Bazaar ese sainete delicioso de Blasetti protagonizado por la Loren, Mastroianni y de Sica que se llama La ladrona, su padre y el taxista (1954) nos maravillaremos entonces de las virguerías que la modista pudo hacer con los ceñidos conjuntos de la tigresa (el suéter de punto blanco que marca más los senos, el cinto que oprime la cintura hasta el ahogo), con el uniforme de taxista de Marcello (de nuevo, esas camisetas de luxe) o las cazadoras de don Vittorio (que casi preludian a los blousson noirs de Paris). ¿Acaso esas panorámicas de una Roma amable y siempre enamorada no podían encontrarse, de algun modo, en cualquier filme postal propuesto por el pintor Negulesco en sus viajes turísticos del primer scope?. ¿Será por eso que nos parece la Mangano en Jovanka, uniformes de reclusas diseñados por Matteis, más cercana al Vogue que a Gramsci, prisionera en un campo de concentración y rapada al cero por haberse acostado con un soldado nazi?.
Versatilidad y profesionalismo, esas serían las palabras que definirían el arte de esta esteta de la aguja y el dedal. Aun con todo, la seguimos prefiriendo en sus reconstrucciones es-telares de épocas como el Risorgimento, el posterior Liberty, inclusive ese Liberty vinculado a cronologías tan diversas como las planteadas en los libretos para las grandes óperas del XIX, donde ella tanto trabajó (con Visconti) en la dopoguerra.

El cine italiano desde su arranque no ha podido prescindir del lastre machine a la hora de rememorar su pasado glorioso. Sin embargo, cuando la Matteis llegó al cine (luego de su trabajo como ayudante de vestuario en el impar Scipione, l'africano, probablemente la pieza clave del fascismo mussoliniano), se estaban imponiendo los jóvenes caligrafistas, los cuales planteaban la Historia de una forma bien diferente al teatro filmado en honor a las divas del mudo. Ahora, enterradas todas, se edificaban monumentos personales a lo literario. La novela es la nueva diva. El Risorgimento, Garibaldi y Fogazzaro tomaron preeminencia. Incapacitados de abordar el realismo, realizadores como Castellani o Soldati consiguieron contemporaneizar las gestas patrióticas del ottocento a la vez que se embriagaban de una estética capaz de conciliar a los románticos y sus conceptos progresistas con la tradición más arraigada que empalmaba al Duce. Tanto Piccolo mondo antico como Malombra (y esa loggia a orillas del lago Como que empatiza en su fantasmagoría con el caserón victoriano de la difunta Rebeca), ambas de Mario Soldati, contaron con la De Matteis para ataviar a los personajes con patrones diríase que sacados de los propios macchiaioli. En cualquier caso, Visconti tomaría buena nota para sus futuros sueños decadentistas. Otros ejemplos en esa onda revival fueron Don Cesare di Bazan, la pánfila Zazá, la tuberculosa Mimí, Il conte Ugolino o el heroe romántico por antonomasia Lorenzaccio. Períodos históricos que abarcaban todo el XIX y aun se complacen en apurar los aromas fin de siglo de un art nouveau cuando era puro cabaret. Matteis engalanando los asuntos con crinolinas, hinchándolos con el polisón, el viento de las mangas anchas (de jamón) y con los talles de avispa de vuelo a ras de tierra. El detalle de la gracia con que la dama recoge su faldita de raso, el refresco que suaviza las gargantas adornadas con cuellos de organdí, el pecho que se hincha dentro del uniforme de un oficial de impertinente bigotillo, la apresurada vuelta del beaterío negro tras la misa de doce... Todo es busca de un tiempo perdido, de un perfume olvidado de una flor, del fru fru de una seda o del mundo de camelias y champaña con que decorativamente se ha querido justificar el 900. El lujo del 900, que es cosa distinta. O lo que Visconti llamaba "el bello mundo internacional de inicios del siglo XX, rico, estetizante y d'annunziano, que vivía hedonísticamente en vísperas del desastre y que desapareció con los disparos de Sarajevo".
Pocas películas resultan tan ejemplares en este sentido como Amore di mezzo secolo (1954), donde el sainete, el vodevil, el drama pratoliniano y el populismo fugaz de Il magnifico (en pleno exilio espiritual) se juntan cual paleta de colores para conformar un retablo precioso de lejanos años. De Matteis alcanza aqui su máximo nivel como maestra del vestuario. Como socióloga -y hasta etnógrafa- sabía cómo vestían los ricos y los pobres, los cortesanos y los campesinos, el soldadito y la modistilla, las prostitutas y los teatreros. Vemos el carnaval y sus disfraces venecianos, a la Salomé falsaria del cine y sus siete velos, al zagal muy moreno con ropa interior de felpa que parte al alba hacia la Gran guerra y la analfabeta preñadita que le dice adiós tapada con el mantón, a la cocotte de las mil plumas y la gran dama de ringorrango que lo mismo gustan del flirteo. Y con igual exigencia afrontó La carroza de oro, de Jean Renoir, a mayor gloria de su padre Auguste, con incrustaciones de Matisse y Picasso, donde la Perrichola Magnani (y sus complementos hispanizantes, entre Arlequin y Carmen, la cigarrera) es desgarro popular pero también, y por encima de cualquier otra cosa, homenaje contínuo al siglo en que los cómicos de la legua eran aristocracia de carromato bajo el denominador de la Commedia dell' Arte. Puro color. Impresionismo sobre seda, mantilla y vishnú.
Vístanse todos. Aida embetunada. Radamés tan guapo. Superior siempre Amneris. Castas Divas que grababan en Casa Ricordi y Bodas de Figaro que no inventaron ninguna revolución más que la culturalista que vio nacer a tanta belle dame sans merci.
De Matteis no para a lo largo de los años cincuenta de sacar de su atelier modelos de un ayer filtrado por su fantasía simpar (esa que impide que su guardarropa atufe a alcanfor). Con el cambio de década nos deja un regalo bombón bajo las pieles únicas de Mark Forest y Chelo Alonso (Maciste nella valle dei re), carnes de peplum. ¿Idolatria?. En absoluto, el género de aventuras ya lo había semidesnudado en unos cuantos piratas de posguerra con firma Salgari.
El cine americano volvió a requerirla en Barrabás (1961) que era un latazo y un desastre comercial. Pero se lo perdonamos porque quedaban un par de Mastroiannis magníficos que empaquetar. Dos fantasmas como el libertino Reginaldo di Roviano (Fantasmi di Roma) -parecía salido de un fresco romano en éste uno de sus tres papeles dentro del filme- y un contemporaneizado Giacomo Casanova (Casanova 70) entre sinuosas maravillas pop asentaron definitivamente sobre el nuevo Marcello esa aureola de actor elegante, hasta chic, idóneo para despertar la libido de las señoras concienciadas, tras su paso por las masturbaciones intelectuales de don Federico.
Ilustre de Matteis. Bordadora de ensueños. Pionera del concepto de diseñadora de moda para el cine. Imposible Príncipe de Asturias. Grande de la vieja Europa. Decadencia y finura en Ferraniacolor.


Maria de Matteis: Un ballo in maschera

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