30 diciembre 2009

SEMANA ESPECIAL AQUELLOS JUNCOS SALVAJES (3)

Capítulo trigésimo sexto

Inventándome a una zorra
Pensé en Richard González como un equivalente de Fanny McNamara, la pareja de Almodóvar que tanto me entusiasma en su encarnación lunesca de Patty Diphusa. Estrella del underground, Richard podía ser tan varoncito como nos lo puede sugerir el nombre Fabio y tan super mujer como lo podía ser Fanny cuando a ambas se les daba por subirse a un escenario con sobreexposición de lentejuelas, purpurina, licra y piel de tigre. Richard Gonzalez era La Zorra de Madrid, alimaña buena a quien Nazario -si por un momento olvidase sus moros y sus jardines prohibidos sevillanos- hubiera elevado a la altura de un comix alucinógeno de haberse puesto. Como yo nunca supe dibujar, aporreé las teclas de la maquina de escribir queriendo enamorarme de Richard urgentemente. Y lo hice en el preciso instante que notaba que me lo estaba pasando bomba. La Zorra es una fantasía urbanita que ha envejecido lo justo. En el sentido que - y guardando las distancias pues no la quiero comparar con ninguno de los dos- Trailer para amantes de lo prohibido se ve ahora peor que Y la nave va... Los personajes imaginarios se codeaban con los reales en pasmosa francachela. Los vicios más nefandos se compaginaban con los moralismos de mayor carcundia. Idolatría, perversión, incesto, crimen pasional, música gótica, diferentes líneas narrativas, ambiguedad temática y paridas sin tregua se iban simultaneando conforme mi amor por Richard adquiría rango de enganche fatal. Y aquello era fantasía pues yo nunca estuve en aquellos parajes (llámense Rockola, Malasaña o extrarradios eloydelaiglesianos). Asi que según avanzó la historia Richard voló a otros nidos en los que cualquier escritor profesional hubiera requerido del empleo de drogas para hacerlos factibles. Ese verano escribí tres episodios, los dos primeros se perdieron al poco tiempo, causándome gran desesperación. Terminado el verano y aún aguijoneado por el personaje seguí con la historia a partir del salvado tercer episodio.

Comprando buen pop
Playa, compras y escritura cubrían mis horas de asueto estival, en una tradición que se estaba haciendo cita irrebocable conforme me hacía mayor. Sólo que lo de las compras ya ampliaba sus dominios al mundillo de las tiendas de discos. Coruña le daba mil vueltas a mi ciudad de residencia habitual en todo y en lo de los vinilos no iba a ser menos. Asi que me interné en aquel proceloso imperio donde las abarrotadas estanterias iban divididas por estilos musicales. Me centré en música italiana (una de mis debilidades culturales) y recuerdo agenciarme el Mondi lontanissimi de Battiato (ya tenía una casette de su Ecos de danzas sufi que fue un relativa decepción. No por canciones que serían de cabecera del cantautor como Centro de gravedad permanente y No time no space, sino porque el sonido de las cintas en la cacharra era deprimente, aparte que las traducciones al español no me hacían excesiva gracia) pues su Temporary road -baroque electrónico que encantaría a Momus y con mensajito idéntico al de Un altra vita- me daba mucho subidón (la conocía por Discópolis, programa de Radio 3. Llegué a llamar a Jose Miguel López ese mes para pedírsela un anochecer desde una cabina de teléfonos del parque de Santa Margarita) y la de Eurovisión que defendió con la divina Alice.
Después busqué en el apartado nacional y aluciné con tantas joyitas de la movida (el disco de Kaka de Luxe, lo salido hasta la fecha de Pegamoides, Zombies, Radio Futura... ¡estaban todos!), de primera mano, joyas nuevas del trinque. Para la ocasión, y sin soltar a Battiato seleccioné el 1984 de La Mode. ¿Por qué?. Por que me gustaba el tecno pop, lo sofisticado, la melodía en general y la voz de Fernando Marquez en particular (señor que cantaba muy mal pero que tenía un algo que me atrapaba). ¿Y por qué ese disco tan oscuro en vez de su Eterno femenino, también a mi disposición?. La razón exclusiva es que traía más canciones. Y una cartulina interior con la letra de Cuestión de gravedad por un lado y una tonteria de Montxo Algora por el otro.
Con aquel par de discos, para mí aún monumentales, me encerré en la habitación y me concentré en su escucha (sonido pick up de la marca Salvat. Es decir, seguía con audiciones a lo años setenta). Del de Battiato aullé con Via Lactea. Del orwelliano con La cólera y En cualquier fiesta (Erección era, sólo en apariencia, una brutal oda al miembro viril y la tenía medio grabada en cinta de un programa de Ferreras que la pinchaba, supongo, por razones de cachondeito verderón, en la línea de picardías Semen Up. Y nada que ver, por supuesto).

Mamá, quiero ser artista
Hallábame en estos menesteres cuando aparecieron mis padres muy empingorotados. Estaba visto que iban a salir esa noche y que hasta puede que me dejasen a mi aire por unas horas, lo cual no estaba nada mal. Papá me preguntó si quería que fuera con ellos. ¿Adonde?. Iban al teatro. A ver una revista musical. Mamá puntualizó: vamos a ver a la Velasco. Oh, qué tentación. No lo pude evitar. Sabía que abandonar el sonido Roxy para meterme en la frivolité de las plumas de las coristas era una soberana e imperdonable herejía. Sobre todo si aspiraba a licenciarme en la academia del buen gusto. Pero seguía en mi línea, encendiendo una vela a Dios y otra al Diablo. La decadencia de la revista musical española era algo palpable desde que la enorme Gámez optó por abandonar la opereta. Asi que todo lo que viniera luego eran vulgarizaciones de lo vulgar, sin el encanto de lo antañón, aquello que justificaba el entretenimiento en una España gris, cuando no enlutada. . Tiempos en que la Pinillos, la Tamayo, la Carvajal o Conchita Leonardo eran supremas odaliscas de un falso decorado oriental acartonado hasta el límite, pretexto para el lucimiento cárnico, para la sugerencia seudolujuriosa por medio de un pésimo gusto. ¿Qué quedaba de todos esos restos de ordinariez patria con los estragos de un tiempo implacable en su devenir, en la actual democracia pesoísta coincidente con el arrase no sólo de fenómenos populares como la revista musical sino también con los gloriosos momentos de la copla y la zarzuela?. ¿Quedarían tal vez aciertos puntuales languidecidos en el baúl de la abuelita, afanes de dignificar con aires extranjerizantes, como lo eran, a su manera, los montajes de posguerra de Joaquin Gasa o los Vieneses? (un ¡Taxi... al Cómico! o un Gran Clipper en nada podían compararse con lo que Broadway derrochaba con la más insignificante obra de Porter o Berlin para Mary Martin o Ethel Merman). Ni eso quedaba, pensaba yo. Era todo revival, partituras apolilladas para que las maltratasen seudo cantantes de cabaret, voces sin personalidad, comicastros de tercera más cercanos a Mariano Ozores que al genio de Alady. Pura calderilla, sin más méritos que unos senos turgentes manoseados en cualquier antro porno, unas caras ramplonas y algo patibularias, unas piernas de longitudes kilométricas que a lo mejor corrieron delante de los grises, unos chistes malos berreados en clave de sordos con acento a la maña. Pero, atención. Lo que proponían mis padres era ver a la Velasco. Y eso eran palabras mayores. A la misma fiera que me conmovió tanto en Tormento, en Pim, pam, pum fuego, en su Santa de Avila. Y durante el trayecto me puse nervioso de más. A fin de cuentas, iba a ver a una estrella, probablemente la más grande que ha dado nuestro cine en la segunda mitad del siglo pasado. Como regalos extra, para quien los supiese apreciar, Paco Valladares (galán relamido y otoñal que por su blandura me producía ciertos resquemores, onda Vicente Parra. Casi ni recordaba que había estado ideal como marido de tio Oscar en Estudios 1 de mi niñez. Afortunadamente el salero que Dios le dio venía perfecto para un espectáculo tan frivolón como aquél en el que la lucha de rimmel era a vida o muerte. Parra no hubiera llegado tan lejos. Intuía a doña Vicenta nada autoirónica en su trato con el público, hasta antipática por tanto traumatismo sexual) y Margot Cottens (improbable, por edad, madre de la artista), genial mujer.
Porque aquello se titulaba Mamá, quiero ser artista que no Te espero en Eslava. Y llevaba música de Algueró. Por eso la Velasco, a la que recuerdo espléndida, contraatacó en su devenir biográfico (algo asi como un De Conchita a Concha) con la sempiterna Chica ye yé, tan pronto tocaban los sixties. Fue un momento vibrante (pese al ridículo de la situación anacrónica, de la canción en si, que siempre sonó tan falsa pero puñeteramente pegadiza y que ya a Concha cuando era Conchita en 1965 le quedaba fuera de su edad). Aunque lo mejor de la función fue ver a Valladares emulando en loquerío a un reciente Robert Preston en Victor o victoria, bordando con dorados alguna copla que en los cincuenta daría la gloria a Antonio Amaya en el Paralelo.
El público de señoras ancianas que abarrotaban las primeras filas se volvieron locas. Yo loca no me volví aunque estuve a punto de conseguirlo cuando, en la apoteósis, tiples y primera vedette se acercaron al patio de butacas para repartir lisonjas y algo parecido a los nardos de la Gámez, lo que les daba una proximidad fantasiosa y hasta tridimensional. Agradecí en el alma que mis padres me hubiesen invitado aquella noche. Mantuve mis ojos como platos por si acaso a don Paco se le ocurría sentarse zalamero sobre mis piernecitas huesudas y, claro, para no perder comba ante las evoluciones de la diva en una obra que, por otra parte, era un perfecto vehículo para el lucimiento de su narcisismo simpar. Canciones de mucho chin-chin, decentes números de producción, buen vestuario y esas estrellas incomparables... ¿Qué más se podía pedir?. El sueño de una noche de verano.
A la salida, como no podía ser menos, nos deshicimos en elogios. Y luego, mi padre se puso a recordar lo guapaza que era Queta Claver a la altura de Ana María, y mi madre hizo crítica teatral a cuenta de lo completo que fue el show de la imperial Celia en la tardía La estrella trae cola (una ensalada de éxitos de la argentina al borde de la cojera). Surgieron un montón de nombres más que me llenaron de envidia y me volvieron tremendamente retentivo. El vedetterio nacional era algo que aún tenía muy descuidado...

continuará

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