29 diciembre 2009

SEMANA ESPECIAL AQUELLOS JUNCOS SALVAJES (3)

Capítulo trigésimo quinto


Opio

Con las vacaciones de verano (Coruña city, of course) me reencontré con mi querida Olivetti. Prometí enfrascarme en un nuevo proyecto literario no bien pusiese mis ideas en claro. Quería parir a una criatura superior, mezcla de Audrey y el lumpen Factory (ya empezaban a revolotear Warhol y su comparsería en mi vida de bachiller esponja, tal vez a través de Interviews conseguidos por Luis sabe dios en qué peluqueria chic. Si mi memoria no me engaña, era la época en que la excentricidad del snob oficial de New York me parecía lo más). Habría que plantearse si esa criatura sería masculina, femenina o neutra. Y si ese Nueva York no quedaría mejor idealizado en un Madrid posmoderno y fetén. Acariciaba las teclas de la máquina con cariño y profundo respeto. De alguna manera era un salto al vacío, la intención de enterrar las sagas sudistas de siempre para rendirle un tributo sui generis a mis años ochenta a través del formato crónica.
Me fui entrenando con otras lecturas. Por casualidad de los dioses, entré en una librería de viejo de la parte antigua y sin mucho tiempo para revolver me sentí seducido por una edición setentera, creo recordar que editada por La Fontana Literaria, del Opio de Jean Cocteau. Este librito, desaparecido hace mucho tiempo de mi biblioteca, fue importante entonces por lo que tuvo de revelación de un personaje que a mí me fascinaba desde que vi La belle et la bête (1946). Autodidacta, visionario, feroz egocentrista, multidisciplinar, irreverente, creador de un universo de esferas quintaesenciales, no es raro que a un adolescente curioso, ávido de sensaciones nuevas, de gurús en los que confiar, le dejase impactado. Era acercarme además al surrealismo, movimiento que trasladado a la cotidianidad me parecía el único medio legítimo de supervivencia del que disponía el diferente. Su homosexualidad, nunca oculta, añadió las dosis perfectas a una coctelera en la que desde ya congeniaban Cocteau y Lorca, Platón y Sócrates, Gil de Biedma y Oscar Wilde. Aquel libro era inaprehensible. Carecía del talante suficiente para ahondar en sus recovecos más crípticos. Esto, es bien verdad, me dolía en lo profundo. No se trataba de un artista adolescente que se enfrentase a la obra de un genio con vocación de traductor, sino la de un simple lector que quería dominar un terreno inhóspito como era la mente enferma por las drogas. Opio era un jodido reto (en tanto que hermético diario personal, donde se incluían aparte de los estados de ánimo surgidos durante una cura de desintoxicación, críticas literarias y opiniones acerca de otros literatos) pero superable mediante la fascinación, la misma que vendría a confirmarme en la creencia que Cocteau era un ser apasionante y tan snob como luego lo sería Warhol (aunque el francés con más chicha).
De rebote, me enamoré de Gómez de la Serna, de quien ya era devoto por sus greguerías. Don Ramón se ocupaba del prólogo, un prólogo de treinta páginas en las que condensaba la biografía del autor, además de incluir anécdotas apasionantes de vida en común junto al mismísmo Ortega. Hablaba de los estrenos en nuestro país de La voz humana, monólogo que yo conocía por la versión de Rossellini para la Magnani, uno de los cénits interpretativos de este monstruo romano.
Y luego estaban los dibujos de Cocteau. Esa faceta era para darle de comer aparte. Con el tiempo llegaría a mis manos todo el material gráfico. Material homoerótico, espléndido y audaz. Y el autor de Les parents terribles se convirtió definitivamente en un referente básico. Y aunque su unión sentimental con Marais fue una de las cumbres del amor entre iguales y, sobre todo, en mayúsculas (a la altura mítica de un Aquiles-Patroclo, Adriano-Antinoo, Verlaine-Rimbaud, etc.), lo que fundamentó Opio me reveló que Raymond Radiguet era preferencial en esa lista. Incluso por encima del querido Jeanot. Porque el verdadero motivo de aquella crisis que arrastraría al genio a la depresión, consumo de opio y posterior internamiento en la clínica de desintoxicación fue el final trágico de Raymond, primer amor, escritor bohemio, muerto con veinte años y muso desde el primer momento por su inconformismo, rebeldía y belleza ("es el alumno que se convirtió en mi maestro", diría el poeta). Relación a simple vista más idealizable que la de Cocteau-Marais (pese a lo legendario de estos dos personajes, que lo fueron mucho) si contamos con los elementos clásicos del amor homosexual basados en los conceptos eratos-erómeno.
A esas alturas, la incomprensión de muchas partes del texto en su lectura de 1986 fueron males menores al lado de la aureola extraordinaria que se me estaba ofreciendo y que iba a quedar asimilada en mi imaginario de "aprendiz de escritor con prisa de ser maldito". Algún dia retomaré su lectura, volveré a comprar el libro perdido. Pasados casi veinticinco años mis propias heridas seguro que le prestarán otra perspectiva a aquellos jeroglíficos. Pero es curioso que aún conserve en una libretita la copia a tinta de un pequeño texto que por alguna extraña razón, ni remotamente entiendo porqué este y no otro, apunté y que ahora transcribo:

El decir a un fumador en estado contínuo de euforia
que se está degradando equivale a decirle a un pedazo de mármol

que está siendo deteriorado por Miguel Angel,

a un pedazo de tela que está siendo manchado por Rafael,

a una hoja de papel que está siendo emborronada por Shakespeare
o al silencio que está siendo interrumpido por Bach.



Matador

Y se estrenó en mi coruñés verano del 86 Matador. El último Almodóvar, tras un 85 de sequías. Asi que me esmeré en encontrar la ruta de aquel cine perdido en otros barrios nada céntricos y me dispuse a venerar, sin habérseme avisado, sin haberlo presentido tampoco, al icono erótico más fuerte de lo que restaba de década. Antonio Banderas. Este nombre suena hoy en dia a latino en Hollywood, a malagueño universal, a perfume para hombre, a potaje que repite, a casi cincuentón aburrido. A mis dieciseis, cuando yo lo descubrí en aquel cine desvencijado, en reformas, que no era ni sala cerrada ni cine de verano, cuya pantalla era de mínimas proporciones como para proyectar algo decentemente y que debajo de ella no había forillo ni pared que nos amparase si no la misma calle, hueco por el que podías ver las piernas de los viandantes, por el que se amplificaban hasta ensordecerte los claxons de los coches; alla mia etá, digo, Antonio fue un hechizo de amor perdurable, no un rollito de verano, pues ya apunté que el moreno se quedó conmigo hasta que ya no pude más (que fue Hollywood).
Banderas en Matador. Su guapura dulce, incontaminada, secreta.... Aquella timidez que escondía una bendita neurosis proviniente de su educación (la que Helga Liné -y luego Julieta Serrano- le procuraban desde un Opus de diseño)... Matador partía, además, de un guión de Jesus Ferrero, el único novelista español contemporáneo, de los que promocionaba hasta la exageración La Luna de Madrid , que leía con agrado. Era una historia de Eros/Tanatos con el transfondo del mundillo de las escuelas de tauromaquia. O sea, era una historia con alto poder de fascinación, aunque no original (como bien sabía por Sangre y arena). Poco me importó que el resultado fuese un desbarajuste, una pequeña pieza de mierda de inconexa, deslabazada estructura narrativa, un insulto para el cinéfilo de ley. Porque estaba él... Y también Eva Cobo, que durante un tiempo me hizo tilín. Pero a mí mi sexto sentido ya me decía que en Eva no reparara mucho, pues la veía muy poquita cosa en cuanto a presencia como para que fuera a quitarle en el futuro papeles a Carmen Maura: era como si Sandra Sutherland se pusiera de bobita a hacer un anuncio de colonias. En cambio, Antonio (ignoraba que ya estuviera anteriormente con Pedro metido en un Laberinto de pasiones) era magnético para los entendidos, tenía un ángel que traspasaba la pantalla, la cámara lo quería (¡y tanto!). Además su papel tenía miga y él, qué carajo, estaba como un tren, con sus jerseycitos de misa de doce o sus chandals para la lidia. Y en sus tensiones sexuales con el gran Nacho vibramos al unísono.
La ví dos veces ese mes. Compré revistas de cine donde apareciese el muchacho. Me valían desde los Fotogramas de luxe a los Tele Indiscretas de papel barato. Arranqué hojas. Empapelé carpetas. No tantas. Sus fotos, aún pequeñitas, delataban que le faltaba un impulso (pues hervor de actor colosal nunca tuvo demasiado, por muchas miradas de chulazo latino que nos pusiera con o sin antifaz) para ser fenómeno de masas a la altura de un Tyrone Power. Yo lo quería opusino pero díscolo. Eternamente veinteañero y esquivo. Con sus traumas y NUESTRO. Bueno, MIO. Compañerito ideal para el nuevo curso. Mientras esto no sucedía, apuré el mes de vacaciones a vueltas con la fauna cornúpeta de Almodóvar. Era momento de que echara humo la vieja y pesada Olivetti de papá.


continuará

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