28 diciembre 2009

SEMANA ESPECIAL AQUELLOS JUNCOS SALVAJES (3)

Capítulo trigésimo cuarto


Terroristas de patio de butacas
Afortunadamente para mi salud mental, aunque lo que vaya a contarles les va a sonar a subnormalismo profundo, mis afeites de niño cinéfilo pedante trocaban en gamberrismo ilustrado cuando a Javier y a mí nos daba la venada. Y es que, aunque me extasiase con Dreyer, también disfrutaba con las tonterias de Spielberg o de Wes Craven. A fin de cuentas, lo del cine club Padre Feijoo era un lujo que me caía a cuentagotas, mientras que los fines de semana y sus tedios capitalinos eran, cada siete dias, una serie de horas libres que había que llenar como fuese. Los cines de estreno solían programar cabestradas teenagers que podían inspirar un sin fin de grotesquerías en nosotros, tan aficionados a la performance. Javier vino a sustituir a Mario en ese aspecto, si bien las locuras callejeras de aquél las concentramos en las salas de cine y, luego, en las macro discotecas de pueblo.
Hubo un Jaws 3d en el que el acomodador a punto estuvo de echarnos del cine tan pronto entramos. Creo que Javier ( y si no fue él, uno muy parecido) me empujó contra el pobre empleado del teatro que nos había puesto en fila india con él de guía, iluminando con su linternita para que no tropezásemos en la oscuridad. Casi derribo al anciano, tan majo. Nos cojió inquina. Anduvo merodeando por nuestra zona durante toda la proyección del telefilme.
Javier no se cortaba un pelo. Sobre todo, lo que más me gustaba del chaval era su alucinante pasión preparatoria de los happenings. Salíamos de su casa pertrechados con una serie de objetos absurdos que nos servirían para montarnos otra peli por nuestra cuenta. Asi en el pase de Holocausto canibal vaciamos lo podrido de su nevera (queso con moho, salchichón reseco, incluso mermeladas, natillas caducas o cualquier sustancia susceptible de ser confundida con la casquería humana), le sumábamos material cortante (cuchillos, punzones...) y a disfrutar del splatter. En Holocausto concretamente había que esperar una enormidad para que cuajase la gracia. Pero llegadas las escenas canibalistas, allá nosotros sacábamos de salami y a morder carne inmasticable de desagradable sabor. Lo importante era hacer bulla, lanzar eruptos, provocar a la gente que nos rodease un gracioso rictus de risa y asco. Además de poner a prueba nuestra capacidad de aguante..., porque eso de estar mirando a un canibal italiano como se merienda un buen trozo de efecto especial de esa calaña tiene memoles. Para rematar, nos venían las nauseas y casi echábamos la bilis dentro de nuestras bolsas del super. El público de alrededor, que a esas alturas ya se habían enganchado a nuestro show privado, sabían que aquello era la lógica conclusión a tanta glotonería cinéfaga.
Recuerdo con particular cariño la sesión de Cobra (1986), la última burrada del Stallone con el Pan Cosmatos que se proyectó en el Coliseo sin ningún público más que nosotros. Es rigurosamente cierto. No es que los espectadores de mi ciudad se hubieran vuelto exigentes de repente en esto de las pelis, es que era un martes de nieblas infinitas y en una segunda sesión, que es siempre la más amorfa. Tampoco fuimos pertrechados de ropa de camuflaje, o sea comme il faut. Pero sí que llevamos navajas, sacacorchos y otros objetos punzantes porque queríamos ser anti vietnamitas (o lo que cayese) de ocasión. Sentí un placer enorme viendo todo aquel teatro, mi favorito, sólo para mi (y mi amigo) pero también me desilusionó que nadie fuese a presenciar las payasadas a cuenta del gilí de Stallone y su santa esposa (aquella monstrua de apellido Nielsen, que la pobrecita no hizo carrera al carecer del talento surrealista de su más digna precedente física, la atómica Jayne Mansfield. Y para no ser crueles con la supuesta fémina, diremos que tampoco don Silvestre fue ni de lejos un Mickey Hargitay de mis ensoñaciones más peplum, por no decir que Mature las tenía más buenas -sí, las pelis). El telefilme de Pan Cosmatos era una chapuza, carne de videoclub. Tan pronto empezó a disparar a lo loco, as usual, sacamos de artilleria. No soportábamos sus primeros planos, el enemigo definitivamente era aquel palurdo. Si el neo fascismo USA de la era Reagan pasaba por este adalid de parvulario se hacía perentoria una campaña nostálgica pro Nixon. Y como el infantilismo del bodrio se hizo más desquiciante el nuestro se desató con todo el libertinaje del mundo. Salimos agazapados de la fila de butacas, acuclillados disparamos con pistolitas de fogueo a la pantalla cuidándonos muy bien de un posible ametrallamiento, llegamos a los cuatro escalones que daban al escenario... et voilá!, alcanzamos la zona suprema de la pantalla. Nuestras sombras se proyectaron al igual que las sombras de aquella Cobra a la que Maria Montez hubiera vencido con su primer contoneo de bazar oriental sin que ningún acomodador o proyeccionista hiciese acto de presencia para llevarnos al orden. Hubiera sido lógico que el encargado de turno frenara fulminante la proyección cortándonos todo el rollo. Al no ser asi, alucinamos en colores. Reimos como nunca y como afortunadamente no dirigía Woody Allen no nos tragó el celuloide pues hubiese sido penoso habernos quedado a vivir con aquel Harry, el sucio de andar por casa (y su señora gomia, que Zeus la tenga en el más justo de los olvidos del lado de Grace Jones y similares). Con la grima que daban...

Super nenas de barrio
Llegaban otra vez las fiestas del Corpus. Año radicalmente distinto al anterior. Mi relación con Pedro iba viento en popa aunque de aquella manera. Quiero decir que no llamaba por teléfono para quedar: el nene podía surgir cuando uno menos se lo esperaba. Una noche de viernes en la que no tenía pronosticado salir apareció por casa. Me animó a que saliéramos. Me dio un subidón, como a Natalie Wood en West side story cuando se preparaba para el gran baile de compromiso con el dulzón Tony. No recuerdo si me vestí para la ocasión con mi mejor vestido de encaje, en cualquier caso predominaba el blanco pues cada vez me sentía más ilusionado, más feliz, más guapo. Por desgracia, aún no entendía a los hombres (ni siquiera a aquel hombrecito tan ambíguo que me rondaba tanto). Cuando se les da mucha importancia ellos se tensan y te mandan a la mierda. Cuando tú te muestras esquivo entonces ellos se vuelcan en tí. Sea como fuere, fuimos de tómbolas, escuchamos canciones de verbena y compartimos unos minutos de risas y complicidades táctiles (llámense roces) bajo la sombra amenazante de la mujer como objetivo primordial del compañero. El ambiente no podía ser más oportuno para un muchacho de extrarradio. Los cuatro gatos y cinco zorras que por allí movían el esqueleto eran muy conocidos de Pedro. Basca del arrabal, muchachitas apretás, mini falderas a la altura del conejo y golfos poco garbosos e igual de apretaos con especialísimas sonrisas piorréicas y ojos vidriosos (¿algun tuerto?) que sólo pedían sexo. No es que los mirase por encima del hombro, sólo que no quería más compañia que la de mi amigo. Estaba visto que teníamos intereses distintos. Al encontrar al grupejo aquél supo que la noche iba a ser más larga e intensa con ellos (y sobre todo, ellas) que conmigo. O me enganchaba a tiempo o me daban la espalda. Perfecto. Pedro había venido a utilizarme como obvio refuerzo para el ligoteo tradicional, contando con ese "llamar la atención" que siempre resulta más potente por parejas que cuando se va en solitario. Sinceramente, su idea y sus constantes comentarios previos sobre la posibilidad de enrrollarnos con alguna pava viciosilla no me hacían ninguna gracia. Es más, la modorra me embargó en seguida, las ganas de darme el piro fueron fulminantes. Menudo ambiente aquél tan pésimo, con lo bien que hubiéramos estado juntos en algun rincón mal iluminado buscando nuestras respectivas braguetas mientras los covers de Georgie Dann o Iván nos unían para siempre como les habría pasado antaño a nuestros padres con Sepúlveda o Manolo Escobar. Asi que como aún no estaba de ser, lo dejé no bien se distanció unos metros para conversar con una fascinante mini Marta Sanchez.
Me perdí por zonas inhóspitas, buscaba amor a la desesperada y no encontré un mísero cuerpo que me quitase la tonteria. No en vano todos los caminos que cogía eran bajadas porque, en el fondo, mis impulsos de huir hacia abajo materializaban en una metáfora previsible lo que albergaba en mi subconsciente: el hundimiento de un espíritu todavía muy ingenuo. Pedro, como luego tantos tíos, fue el primero en darme una de cal y otra de arena, de llevarme al cielo y, de repente, a las simas de la desesperación juvenil. No le achaco mala fe. La opción bisexual que me estaba brindando como un juego era estupenda. El caos del revoltijo de cuerpos, irresistible. Lástima que lo que a mí me apeteciese era seguir el orden que imaginaba habíamos pactado desde su primer acercamiento. Primero con él y luego lo que surgiera. Pero todos aquellos seres venéreos de su barrio eran lo contrario a una iniciación en libertad, a mi gusto y, aún por encima, sin el morbo de una preparatoria larga que con Pedro estaba siendo de lo más estimulante (aunque para él debía ser un coñazo -tio bregado- dada mi indecisión patológica).
De aquella, esas reflexiones brillaron por su ausencia. Pedro me estaba dando mala vida y punto. En lo sucesivo, sus demoledores castigos los iban a motivar siempre zagalas con pinta de chochonas. Todo vulgare. Al situarme en menor escalafón que ellas me hacía sentir peor que un guiñapo. Lo nuestro tenía que ser algo superior, como sagrado. La cruda realidad puso las cosas en su sitio cuando, tres o cuatro años después, una ladilla de coño saltó a su pubis y de ahi al mío en una suerte de itinerario de la marranería que barrió toda idealización, todo aquel subterfugio grecolatinizante que me arrebataba a través de mis lecturas esporádicas del gran Catulo, fundamento o pretexto en el que se tenía que basar la relación con el mozo. Fue cuando en vez de dejarlo definitivamente, le juré amor eterno y, a la vez, "bajé a la calle" sin reparar en consecuencias. Y pudiendo ser seudo Marcial, me quedé en presunto Julio César.

continuará

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