25 diciembre 2009

SEMANA ESPECIAL AQUELLOS JUNCOS SALVAJES (3)

Capítulo trigésimo tercero

Como vahos misteriosos que despiden la pantalla
TVE programó durante todo el primer trimestre del 86 un extenso y completísimo ciclo dedicado a una de mis actrices favoritas: Santa Audrey. Qué delicia. Miércoles por la noche, nueve y media. Me maravillaba que no pudiera tener una película mala (que carrera más digna se edificó con modestia la jodía). De que hubiese mantenido incólume el sagrado apellido en su paso por un Hollywood que daba las boqueadas. Sensible y angelical, Audrey me enseñó al fin lo que era la femineidad, lo que yo deseaba en la mujer, por encima de unos volúmenes rotundos o unas redondeces obvias. Sufría en casa viendo Sabrina por culpa de los malditos vulgares comentarios -puro esquematismo sexista- de mis padres. "Es un fideo", "un esqueleto andante", "no valía un carallo"... Cuanto más lloraba yo por sus huesos, más me pinchaban. Y como otr@s artistas que fueron etiquetad@s antes que el pueblo se atreviese a hacerlo, es decir, desde sus propias películas (acuérdense de la de veces que los personajes de las pelis de Marilyn llamaban a Marilyn tonta, los de las de Rock Hudson incasable al mozarrón, los de Ernest Borgnine gordo repugnante al feo característico, los de las de Jerry Lewis retrasado mental -en términos peyorativos en tanto que inviable para la realización del gran sueño americano- al genial cómico), también a Audrey sus partenaires le reprochaban su físico fuera de modas, hasta la humillaban con cariño para que comiese más, recalcándole que estaba demasiado flaca. Pero ¿es que acaso nadie veía que sus ojos llenaban la pantalla, que su rostro era opíparo, que su trasero en vaqueros hoy la dejaría como belleza rubensiana en cualquier desfile de modas, que le quedaba como un guante todo lo que se pusiera mientras que, por ejemplo, a Diana Dors, Némesis física (psíquica y demás), las mismas prendas la volvían santa, si, pero con dos pistolas?. Tal vez me molestaba en Audrey su bordear la excesiva dulzura (sin llegar al error Maria Schell) y que jamás hiciese una mala pero, a cambio, rompió cánones de belleza, marcó un estilo y me hizo aprender en Desayuno con diamantes la diferencia que existe entre la palabra sofisticación (concepto exclusivo e innato) y el término glamour (más de bazar, vulgarización de lo sofisticado).
Eran noches intensas las de la televisión española. Ciclos en la primera y ciclos en la segunda. Tengo gratos recuerdos de los lunes del cine español. Lo dirigió Fernando Méndez Leite que recuperaba joyas ignotas de los años treinta y cuarenta. No lo segui con regularidad pero de las veces que lo hice me dio tiempo de compadecerme de lo mucho que sufría Fernán Gómez en La mies es mucha al irse a la India a evangelizar (antes -o quizá después- ya las había pasado canutas cuando fue curita en Balarrasa, porque un familiar hacía el estraperlo), de enamorarme de Mistral cuando fue indio salvaje del todo en Misión blanca, de percatarme de que el masoquismo estaba a la orden del día pues Adolfo Marsillach en Cerca de la ciudad también sufrió lo suyo al descubrir lo jodido que es traer la palabra de Dios a los habitantes de unas chabolas (como bien sabía la loca de la Bergman en Europa 51, por cierto).
Con Agustina de Aragón, Lola la Piconera y El tambor del Bruch me aprendí la guerra de la Independencia y con Reina Santa y La Señora de Fátima la vida de los santos. Me mecí a la sombra de unos cocuyos de plástico bajo los sones de la habanera de Los últimos de Filipinas y superé la crisis del 98. Además, pasó por allí el niño Jeromín y me cayó simpático porque, como yo, se resistía a aprender latines. Después de merendar con él (me dejó pues se iba a luchar a no sé donde) intenté contar las perlas que le cayeron del collar a Mariona Rebull en el fatídico atentado en el Liceu pero era demasiado tarde. Fue una pérdida irreparable, para el ringorrango y la burguesia catalanas. Aunque para lujos los nacionales, los de la marca Cifesa cuando se volcaba en el melodrama de grandes decorados, grandes vestuarios y grandes novelones. La Rivelles versus la Mariscal. Una "locura de amor" de "mujer a mujer", no les digo más. Todo un placer visual con arañas corriendo por la tela de plata, escenas a trompicones y metros de película que se hacía cenizas según se iban pasando.
Y aunque mi ideología no me dejaba soportar mucho rato las graciosamente llamadas "de exaltación de los valores nacionales" le eché un par de cojones y me tragué Raza (por su guionista) y encontré el solaz, de veras, con Harka, que iba de gestas norteafricanas y que a mí me recordaban algo en el look a Maria Montez cuando pasó de moda y la hacían humillarse ante el blanco y negro europeo o las de legionarios franceses en casbahs donde se solía esconder Charles Boyer. Vista años más tarde Harka me parece un filme al que hasta se le podrían sacar importantísimas interpretaciones homófilas. Me refiero a la relación entre Alfredo Mayo y Luis Peña, esas miradas solidificadas en el tiempo, entre los galanes o, por atizar más el fuego de la antorcha de los éxitos, entre el Mayo más sahariano y el crío morito que le devuelve la caidita de ojos fascinado por la manera del machote de encender un simple pitillo (es posible que todo se tratase de impericia del director, pero el resultado ahí está, per secula seculorum, alimentando al malicioso mientras los mendas se endrogan con la cachimba). Ese enganche de un Mayo castrense, vestido de chilaba, por el Peña más mundano y esas frases capitales del primero en la cantina tras confesarle el segundo que iba a abandonar la vida del harka ("Y vas a dejar lo nuestro, este mundo por una mujer. Pensé que eras como yo, veo que me equivoqué") servirían para un sesudo estudio que todavía se nos debe sobre homosexualismo y cine patriótico franquista. Cosas parecidas no se volvieron a ver más veces hasta que el nuevo siglo nos trajo a los cowboys de Ang Lee. Nos encontraríamos, pues, ante un filme que sería el Brokeback mountain de las mariquitas azulonas de la posguerra.

En 1986 estrenaron también en los cines el clásico de Kubrick Senderos de gloria. Todo un acontecimiento para mí. De nuevo la oportunidad de ver en pantalla grande a mis actores favoritos, como si por un momento yo me convirtiese en espectador desplazado al tiempo de Maricastaña, ese tiempo en que el cine se presentaba en su estado más augusto y puro. Una vana ilusión, pues ni siquiera en la fecha de su realización Senderos pasó las censuras europeas. No era tanto una película pacifista como un terrible alegato en contra de las jerarquias militares. Deberíamos preguntarnos si valen de algo las películas pacifistas. Jean Renoir, por ejemplo, lo tenía claro: "la respuesta del mundo a La gran ilusión fue... la segunda guerra mundial". Tampoco es que sean pacifistas las pelis antibélicas. Vean La cruz de hierro de Peckimpah y comprobarán que hay un regodeo tal en la descripción de los combates y sus efectos (tal como pasaba en los patrios tebeos de Hazañas bélicas, tal como le pasó luego al propio Kubrick en su Vietnam de La chaqueta metálica o, antes, en las guerrillas callejeras de Alex y su alegre pandilla) que la película acaba por ser una exaltación de la violencia que pretendía denostar. El único, curiosamente, que no ha hecho literatura (léase, retórica) en las de guerra es Sam Fuller que, paradojas, pasa por ser un belicista furibundo.
El caso es que Senderos es aterradora. El panfleto más destructivo y eficaz desde que Boris Vian sacó a la luz aquella merienda de nosequé generales. Repasen la escena de la ejecución, o cuando el general Broulard tienta al general Mireau con la idea de un show bélico para asi ascender en el estado mayor, o el inmenso travelling de las trincheras, o ese Kirk Douglas casi sin tics. Y, por encima de todo ello, lo que bien apuntaba Cabrera Infante cuando se llamaba Caín y escribía en Bohemia: "la crónica sobre la suciedad que sirve de abono a las condecoraciones".
Kubrick, a mis dieciseis años, se mereció que le otorgase el título de director de cabecera. Primero por Lolita, luego por este afortunado reenganche post censura y, entre medias, por el deseo ferviente de poder de una puñetera vez pelarle la Naranja mecánica, obsesión de adolescente. De cuando ese cine era exclusivo para mayores de dieciocho años.
Confiaba en que lo emitiese TVE en su sesión golfa recién estrenada. Y es que los viernes por la noche, después del Un, dos, tres y de un eterno Telediario última edición, los programadores tuvieron la curiosa idea de montarse un ciclo mensual de pelis fuertes pero de calidad. Y, con o sin mis padres, recuerdo que mantuve los ojos bien abiertos para ver cómo se hendía una flecha en el pecho de un sodomita en Deliverance (¡ay, los años de la violencia cual el Mad Max de mi niñez clasificado S!, además de aquella violación masculina en la que habiendo por medio un Burt Reynolds era como para no perderse detalle), de captar unas cuantas marranadas a cuenta de los glotones e insaciables convidados a La grande bouffe y de divertirme con los pajaritos arábigos de un demasiado feliz Pasolini en su libre adaptación de la inmortal Las mil y una noches. Cuántas imágenes iba acumulando el pimpollito Maciste en su retina. Cada vez amaba más el cine, devoraba las revistas de televisión a la espera de una sorpresa de última hora en cuanto a compras de los derechos del pase de mis más anheladas. ¿Pasarían de una perra vez El último tango en Paris?. ¿Se atreverían tan siquiera con el gigante Brando, con o sin mantequilla?. Después de habernos regalado las ambrosías completas de Santa Audrey quedaría bien, ¿no?.

Y fue en el periódico cuando reparé en que con la entrada de la primavera el Cine club de mi ciudad ya tenía preparado el ciclo de Clásicos del cine mudo. La programación iba del 6 al 10 de abril. Se programaron las primeras realizaciones de los hermanos Lumiere, El sombrero de paja de Clair, Asalto y robo al gran tren de Potter, Uberfall de Metzner, La fiebre del ajedrez de Pudovkin, Rain de Joris Ivens y, luego, las que fui a ver: El Potemkin (el maestro ruso descubría la técnica), la dreyeriana Pasión, El último de Murnau (colosal Jannings) y El nacimiento de una nación (colosal en si misma, pero prefiero Intolerancia). Me sentía el pequeño cinéfilo más dichoso del mundo. A cada fin de pase, hasta me permitía el lujo de mirar por encima del hombro a cuanto transeúnte se cruzase por mi camino (¡yo, que rara vez despegaba la mirada del adoquinado!). Y, por descontado, hice caso omiso a las inquietudes radicalmente distintas de mis amigos favoritos y les recomendé vivamente que me acompañasen a la que quedaba pendiente. Era, desde luego, un motivo de celebración, de fiesta comunitaria. Afuera no paraba de llover. ¡Qué mejor que acudir a las catacumbas de los selectos donde, parafraseando a Angel Zúñiga, "nos sumergiríamos en ese vaho misterioso que despedía la pantalla"!.
Ahora que cito al gran Zúñiga, esta fue la primera vez que llegó a mis manos un texto de este escritor, periodista y crítico de cine. En el catálogo del ciclo aparecían unas hermosas líneas provinientes, luego lo supe, de su capital Historia del cine en dos tomos, publicada en 1948 y descatalogadísima desde siempre (probablemente se habría rescatado de la Biblioteca municipal, que se hallaba justo encima del salón de actos donde el Cine club lo proyectaba todo). El haber traído a Javier y a Juan conmigo para extasiarme con La Pasión de Juana de Arco no fue un acierto. Ellos aún no estaban acostumbrados al silencio sepulcral del mudo en vivo (todo lo más, por los pases televisivos de Charlot y Harold Lloyd, se esperaban a un pianista con bisoñé grotesco y maquillado "a la Fellini" de fondo que mantuviera un acompañamiento musical a un cine que nunca estuvo absento de sonoridades). El suplicio de la divina Falconetti, la batería demoledora de primeros planos, picados y escorzos a los que fue sometida por Dreyer, fue tomada por mis amigos con una chanza inadmisible, como de material pasadísimo de moda y que bordeaba el ridículo. Aun por encima, les resultó sumamente estimulante que sus risitas tuviesen trascendencia estereofónica, lo que devino severos avisos del público asistente. Con expresión jodida, viviendo mi propia pasión pero con mala uva, con ganas de propinarles constantes codazos y patadones permanecí más o menos peripuesto en mi incómoda butaca, calibrando si aquella joya sería puesta algún día por la tele de mis amores donde, seguro, ellos ya no estarían. Confundir la quema en la hoguera de la santa más metafísica que en el celuloide ha sido con un aburrido splatter de los psicho killers de moda me pareció tan grave que pasé de hablar a mis amiguitos durante una semana. Donde no hay sensibilidad.... Qué menos, en su posición de inferioridad, que quedarse dormidos como hacía Mario con don Luchino. Pero por el regodeo ya no pasamos. Mi rencor fue más intenso con Javier. A fin de cuentas a Juan no lo tenía aún asimilado, era nuevo en esta plaza, mientras que Javier era mi medio sombra y nuestras afinidades muy grandes en el terreno de la música pop, por ejemplo. Además me acababan de venir a la cabeza sus puteos con Hector por culpa de mi fascinación Brideshead ( habían tachado a la serie "de y para maricones") asi que me prometí romper con el crío en cuanto pusiese en orden mi planning de ciclos cinematográficos de cara al inminente verano. A qué cosas uno podía llegar en tan odiosos años...


continuará

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