24 diciembre 2009

SEMANA ESPECIAL AQUELLOS JUNCOS SALVAJES (3)


Capítulo trigésimo segundo



Conozca a sus vecinos
Estaba rodeado. En mitad de una casa hecha de cemento del malo uno siempre ha tenido vecinos por todas las partes. No éramos muchos pero todavía podían en su omnipresencia detentar el tan entrañable como repulsivo calificativo de vecindones. O vecindonas que suena mejor, más propio, como de tebeo (¿se acuerdan de aquellas Doña Vinagreta y Doña Culebrina que se inventó en los años del hambre Peñarroya?), como de copla de Quintero, León y Quiroga. No en vano, en los ochenta se seguían oyendo los discos de Valderrama por el patio, las cintas de Ana Kiro que surgían del piso de Otilia, una solterona de mediana edad que era de armas tomar. La solterona luego casó y los gritos que le pegaba a su apocado marido indicaban a las claras -y tras los frágiles tabiques que nos separaban- quien llevaba los pantalones allí.
La dj Valderrama era Clotilde, que vivía con su hija Fina y su nieta Heidi (asi la apodamos en casa), cría adoptada y heredera con el tiempo y el maquillaje en overdose del carácter venenoso de las adultas. La abuela siempre fue la más terrible, por edad ya no se amilanaba ante nada ni nadie. Disparaba a matar. Clotilde, en mi imaginario de niño, era la maldad personificada. La bruja pasó a ser. Y lo era en tan alto grado que una vez al asomarme al balcón y coincidir con ella en el suyo, sacó de escoba de amenazantes púas y la agitó contra mi personita no bien miré para ella. La hija era otro tipo de maldad. De otra generación (la de los guateques de pueblo) y con estudios, sus mañas eran las de zorrita, usaba la diplomacia. En realidad, no era de fiar. La nieta era niña y no pintaba nada en sus comentarios de mesa y mantel, lo que decía no iba a trascender en las inquietudes de las otras lagartonas. Y cuando Clotilde se hizo muy vieja, la demencia la dejó sola. Entonces los disparates alcanzaron tintes surrealistas, apareciendo por la cocina vestida de blanco, exhibiendo el traje de comunión de la nieta en la alacena, justo al lado de una ristra de chorizos, eruptando en penumbra sus cogorzas entre incomprensibles risitas de quien parecía haberse acabado de zampar a Hansel y Gretel.
Este tipo de vecinas nada civilizadas, cuando no esquizofrénicas, tendrían una vuelta de tuerca aun más peripatética en la casa de Coruña (la de los veranos). Hablo de Marina, que se convirtió en otra presencia amenazante. Otra mujer sola que terminó loca perdida. Llamaba a técnicos sin tener nada estropeado, a repartidores de comida precocinada aunque no tuviera hambre, todo con tal de que alguien timbrase en su puerta y le diera conversación. Entonces la encerrona estaba asegurada, abusando de la bondad de los desconocidos (cual una Blanche Dubois indigna de ser compadecida por pesada -se regodeaba en su dolor- y por mala persona. Ellos se libraban por los pelos de un secuestro en toda regla). Nosotros éramos inquilinos esporádicos asi que pocas veces nos molestó con sus llamadas de socorro ante un supuesto ahogo existencial. Pero sé que no salió de la casa de los vecinos de arriba durante las noches de un invierno. Su carácter despótico (dicen que era intratable) cansó pronto a estos señores y de nuevo la mujer quedó incomunicada. Las últimas veces que nos llamó a la puerta daba un aspecto lamentable. Envuelta en mantas en pleno mes de julio, aseguraba que se estaba congelando por no tener ya sangre en las venas, que le habían cortado la luz, que no le encendían la calefacción los del suministro del gas, que le entraba la lluvia por un cristal roto de la ventana (posiblemente un meteorito lo rompió). Le dimos con la puerta en las narices sin mayores complicaciones. Cuando regresamos quince dias después al piso nos enteramos por los vecinos de arriba que la desquiciada Marina (tan parecida en el físico a María Luisa Ponte) se había arrojado al vacío por el patio de luces. Estaba internada en un psiquiátrico, tras haber evolucionado muy bien de sus heridas (¡y se arrojó de un sexto!) al quedar enganchada toda aquella mole de mujer en el tendedero de ropa unos kilómetros más abajo.
Cuán deprimente es el concepto de vecindona si nos lo paramos a analizar. Mujeres presas de mil prejuicios, dueñas de una capacidad ilimitada de flagelarse flagelando a los demás, sucursales populacheras de un Organismo de la represión oficial. El chisme alimentándolas siempre a través de los mismos peregrinos motivos (sexo, sexo, sexo) y que conformarían un catálogo completo de la mujer de mala voluntad con ínfulas de doña Tula. Luego, con la entrada del nuevo siglo, la muerte de todas y la llegada de los inmigrantes cambió aquella dictadura de la moral a escala doméstica. Maciste dejó de sentirse vigilado, criticado, denunciado con el dedo por las vecindonas. En especial, por la de abajo, la dueña de la casa, especie de fantasma multimillonario que ahorraba en luz y por eso caía a veces por las escaleras, ahorraba en sábanas y por eso un día que cayó la metimos en su cama y la encontramos llena de zurcidos manchados por sus propios excrementos, ahorraba en agua y jamás lavó su peluca vintage, lo que le daba un aspecto tétrico a su testa, como de pelo cadáver. Y aunque lloviesen chuzos de punta ella salía al balcón, aunque fuese con un pañuelo con carrañas secas envolviendole la cabeza, si es que oyó ruido de puertas, con intención de saber si yo tiraba hacia el este o hacia el oeste. Pobre Digna, la más indigna de todas, que en paz descanse con todo el batallón de Doña Urracas en sus largas noites de pedra.

Mi primera violación de aquella manera
En 1986, el niño Gonzalito debía tener unos doce años, como mucho. Gonzalito vivía puerta con puerta con nosotros. Su padre era policia nacional y su madre se ocupaba de las labores típicas de detrás de su puerta. Tenía un hermano pequeño que se llamaba Emiliano, demasiado pequeño para que ya reparase en él. Eran una familia pintoresca por ese tema de la profesión del padre. Sino fuera por aquello en nada se diferenciarían de tantos aldeanos reciclados en la vida urbanita, esos que han adoptado el castellano como lengua habitual, castellano extraño, adulterado por un montón de galleguismos espúreos, no menos raros y que terminarían por convertir nuestra tierra en una nación de bilinguismo donde ninguna de las dos es dominada decentemente.
Ser picoleto en los años ochenta era una profesión muy arriesgada. La Eta vivía un momento muy beligerante, se seguían cebando con el gremio y la simplona esposa temblaba siempre que el marido era destinado a otras tierras, mismamente a Donosti (aun me acuerdo el día que recibió un paquetito en el felpudo de la puerta. Su terror fue tal que hubo que avisar a media docena de antidisturbios para que acordonaran la zona y otros tantos de la policia científica para que analizaran aquella bomba de paquete que resultó ser un trozo de mantequilla de su tía la del pueblo. Les digo que fue la bomba). Al no tener teléfono en casa, venía a la nuestra para hablar con el marido desplazado. Asi las relaciones entre las dos familias se fueron sino estrechando, al menos resultando más comunicativas. Gonzalito se colaba siempre por las puertas abiertas. Era un crío muy despierto y a la vez muy callado y torpón, como el mudito del cuento de Blancanieves, sólo que con la apariencia de un rellenito Porky.
Poco sabía de él. Era travieso y hasta malicioso pues, según me contó mamá, un día que ellas hablaban de hortalizas congeladas el pilluelo le levantó las faldas a quien le engendró para evaluarle la coliflor. Cuando me lo contó me eché a reir e inmediatamente me vino a la imaginación lo goloso que tenía el culete aquel vecinito mío. Claro que era un culete con muchas sorpresas, a juzgar por el intenso olor a mierda que venía de su casa por el patio de luces y que la madre justificaba por los contínuos ataques de colitis que sufría el pequeño. Asi pues los hedores eran de sus calzoncillos a remojo antes de meterlos en la lavadora. Estos detalles avivaban mi imaginación más turbulenta.
Una semana Gonza acudió él solo a casa para pasarlo bien con mis juguetes, los que aun me quedaban de tiempos mejores. El aspecto de aquel Porky empaquetadito al máximo era un poema. Rubio azulado, fuertote y bajito, dueño de unas de las ancas más apretaditas que había visto nunca en mi habitación de las corridas. Demasiado tentador. El porqué lo ceñía tanto su madre era algo que no me entraba en la cabeza. ¿Cómo podía tolerar tamaño escándalo de niño un padre del Cuerpo de la Benemérita?. Almacenando tantas fantasías sexys, estaba claro que Gonza se había metido en una región peligrosa. Sin embargo a mi nunca se me habría ocurrido bajarle los pantalones y follármelo hasta que se cagara vivo. Asi estaba bien, luego que por dentro lo aguantara su santa madre, frota que te frotarás. Todo lo más me hubiera encantado manchárselos de leche por detrás, previos regletazos con sabor a disciplina inglesa. O follar vestidos, que me parece más fascinante. Mis morbos por los blue jeans eran lo suficientemente potentes como para que con eso el ogro que llevaba en el corazón se saciara.
Sus posturas de puerquito bastaban para ponerme a cien. Y mis manos se transformaron en tentáculos de pulpo que al principio hicieron sonreir al zangolotino. ¿Por qué no hablaba?. ¿Le había comido la lengua el gato?. Recuerdo estar ambos tirados en la alfombra, de rodillas. Qué anchura de muslos. Ni que lo hubiera dibujado Walt Disney. El sosteniendo un helicóptero de los Madelman y yo con la mano posada durante minutos sobre sus nalgas carnosas. Y cuando el crío echaba a volar (o sea, se levantaba y giraba al compás de las hélices del trasto) mi mano seguía allí cual ventosa (éramos un grupo escultórico que simbolizaba algo muy épico). También me colocaba detrás sin demasiados problemas cuando su culo estaba en pompa. Entonces olía y olía, mientras mi cebolleta ansiaba restregarse contra aquellos benditos jamones vírgenes.
Gonzalito volvió al día siguiente. Pero con otra actitud. No era tonto (ya he advertido que se trataba de un malicioso de las faldas). Y cuando se acuclilló se sentó directamente sobre sus zapatitos, lo que me impedía cualquier sobeteo de la zona. Fue cuando yo procuré empujarlo para que perdiese el equilibrio y se cayese. Ahí reconozco que no anduve con hostias. Era tan pesado que costaba trabajo despegarlo de esa postura odiosa. ¿Qué diría él, si hablase? (¿abusón?). En realidad, creo que se dio cuenta perfectamente de lo que estaba pasando allí, de que su vecino de dieciseis era un loco de otro tipo de juegos. Del cuerpo a cuerpo, ni más ni menos. Mis empalmes eran tan preclaros que no pude evitar masturbarme delante de Gonza, aun dentro de una discreta indiscreción. Boca abajo, en la alfombra de las corridas, terreno abonado (nunca mejor dicho). Asi que mientras yo tiraba de su pie con ojos de predador del Africa tropical y el avanzaba a ras de suelo buscando huir, como en muchas pelis de terror adolescente, arrastrándose como un culebrón por entre las costras de semen acumuladas, me iba frotando contra la alfombra. Cuando pude alcanzar su muslo o el principio de sus balones entonces mis embestidas terminaron en corrimiento del más puerco. Quedé desfallecido. Mi presa se puso de pie mirándome sin entender demasiado. ¿El cazador había sufrido un colapso ante alguna coz improcedente?. Oh no. Benditas sus coces que me encabritaban más. No me quedó más remedio que reincorporarme también. Notó mi bultazo y, sobre todo, la leche espesa y amontonadita que había dejado encima de la alfombra. Seguimos con los juguetes unos minutos más y luego vino la madre a buscarlo. Mi invitado no volvió más a casa. Lo comprendí pero, ¿quién le mandó venir?. Durante mucho tiempo me quedó una sensación de verguenza cuando me lo topaba por las escaleras. No nos saludábamos (como él no hablaba...). Mis remordimientos de conciencia por si el niño se hubiera terminado de ir de la lengua me hicieron sentir un hombre del saco con delito impune. Cómo fue evolucionando el comportamiento del chaval es algo que ignoro. Pero atando cabos siento que Gonza albergaba sentimientos muy contradictorios. Por un lado, la madre nos fue explicando que era un muchacho especial, muy sensible, introvertido, algo enfermizo, todo lo contrario a su hermano. Me autoinculpé por ello. Por otro, pasado un tiempo, luego que abandonaran el piso -diez años después-, la propia madre nos aseguró que Gonza echaba de menos la vieja casa, que había sido muy reacio a abandonarla en su momento (vamos, otro con síndrome de Estocolmo. Y yo con el de Sodoma). Lo que tontamente me hizo suspirar de alivio. No había pasado nada en mi cuarto, nunca volvió a pasar algo aproximado, pero la mala conciencia dejó aflorar muchos demonios, batallé mucho para mis adentros.
Sea como fuere, a finales de los noventa, cuando un hecho pasoliniano me obligó a pasar la noche en un iluminado cagarrón, reaparecío el fantasma de mi vecinito, cuando al alba el primer agente que abrió el cerrojo resultó ser el mismísimo padre de Gonza. ¿El acabose?. No lo fue. Si sabía de aquella algo de lo del hijo ahora ya era momento de poner las cosas claras. Y no. Fue en todo momento amable conmigo. Para mi fue un shock brutal, por Gonza, por la novedad, por ser ex vecinos con el riesgo que esto conlleva de que mis cosas salieran a la luz desde sus aspectos más crudos. Y es que recordaba perfectamente los chismes que se dedicó el policeman a propagar a finales de los ochenta de que yo debía de andar metido en la droga por mi comportamiento escandaloso, mi aspecto alucinado cuando bajaba las escaleras, etc. Todavía no me explico su discreción en comisaria al yo rogarle encarecidamente que el asunto no saliese de aquellas cuatro rejas. El lo debió entender perfectamente. En el fondo, la justicia era la que tendría que juzgarme. Es la distancia que hay entre un simple potin de vecindona y un sumario abierto. Gonza no tocaba ahora (por ignorancia, por nadería, por las menorías de ambos) aunque, de algun modo, aquellas meriendas perversas sobre la alfombra, doce años atrás, retornaron a mi con la severidad que impone la inconstitucional ley de Lynch.


continuará

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