22 diciembre 2009

Estampas de santos. Por el reverendo Belcebú von Bleu

EL MARTIRIO DE SAN FLORIAN de Albrecht Altdorfer (h.1515)

Queridos hemanos. Al hilo de lo que os contaba el mes pasado (¿será posible?, que poco me prolifero en este lugar de depravación e inmundicias), recojo aqui a un nuevo ángel caído en desgracias, santo de altar, como no podía ser de otra manera. San Florián, que data del 304 después de Cristo, aproximadamente, allá por los tiempos del emperador Diocleciano.
Con la horrible Roma hemos topado, pero Florián, a pesar de ser un general de su ejército, era bueno, como buenos eran Marco Vinicio y Sebastian de Narbona y aquellos otros cuatro jóvenes que aparecían en la revista Cima (circa 1950) de tan pío recuerdo, yo era un niño, romanos convertidos al cristianismo y que en la última viñeta, tamaño gigante, los reproducía desnudos, atados a una gran estaca, envueltos por las llamas y con bien repartidas expresiones de felicidad o sufrimiento extremo.
En toda esta mitología del sadismo cristiano es muy importante que el jóven pertenezca al ejército (símbolo implícito de la soberanía de la fuerza) y, aún más, que dentro del ejército se rebelen (símbolo implícito de la fuerza del ideal). Todo este mecanismo pagano que se adhiere a la perfección a una exaltación estética de los nobles sentimientos de conversión religiosa nos trae ejemplos de jóvenes a la intemperie y dispuestos al pathos más atroz. Los mártires son bellos, a ser posible imberbes, porque la belleza espiritual en arte sólo podía en el pasado plasmarse en pintura como belleza corporal.
Y así vemos a Florián, que parece un querubin del cielo, adonde fue, por más que le atasen la cabeza a una rueda de molino para que no pudiese ascender hasta Dios, donde el mocito juraba que iría aunque para ello lo hubiese de hacer envuelto en llamas. Qué desafío para todo un Diocleciano. El arrojo del mártir tiene tanto de orgulloso desdén... Altdorfer, que es poco sadiano, en el fondo, aunque sus verdugos sean terribles en su demoledora incitación malévola a que se lance al agua, nos lo muestra tal como lo cuentan los libros ¡y hasta las hojas dominicales!, con el instrumento de su muerte. La compleja combinación de la sombra nocturna bajo el puente con la luminosidad lunar del cielo y el agua refuerza el contraste entre la desnudez del santo y los cálidos ropajes de sus ajusticiadores, lo cual deriva en una imagen de intensa vulnerabilidad que no es en absoluto indulgente ni mucho menos morbosa.
Chicos idolatrados, campeones de la fe ciega, atletas del infortunio.
¡Tiradlo y que se realice!

AMEN

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