18 diciembre 2009

Boquitas Pintadas recupera a...

MARCELO ARROITA-JAUREGUI* (1922-1992)


HISTORIAS ABOMINABLES
(Homenaje ferviente a Alfred Hitchcock)




Por amores lo maldijo
la mala madre al buen hijo

Anónimo. Siglo XVI

Lo oscuro pierde espesor
JORGE GUILLEN




- Yo me llamo Christopher
Balestrero.
Treinta y ocho años.

Músico.
-Síganos. Por favor.


1)
Hay una vieja música
perdida en la enramada de la sangre,
un pálido recuerdo
tiñendo las miradas escondidas,
una noche de luna
yacente en subterráneas claridades.
Hay un sol devorando
rocas lunares y aguas de un arroyo.
Hay ojos acechando
como uvas desprovistas de semilla.
Y hay rostros confundidos
con nerviosas alfombras y escalones.

Y hay un hombre que avanza,
menestral de sus sueños varoniles,
corazón desbordado de tibieza,
bocas para sonrisas de rastrojo,
paso de no llegar porque se llega,
ojos candeales de cariño y sombra.
Un hombre está de pie en un horizonte
de pena, oscuridad y luces falsas,
olvidando la luz que no se apaga
pero pendiente de ella,
y ya perdido
entre trompetas que derriban viento.

Y este hombre de esta historia
-abominable, real como una llaga-
se zambulle en un agua sin aliento,
expulsa una mañana irremediable,
vive de no morir día tras día,
ama hasta el vómito de sangre
y va sonámbulo en medio de una noche
falsificada, estéril, orillera.

-Músico. Treinta
y ocho años. Balestrero,

Christopher
Emmanuel.
-Está bien. Venga.
Por favor.

2)
Apelo a la piedad.
Suplico ahora
la presencia inequívoca de playas,
de olas mansas, retóricas,
de un olivo comido de salitre,
de una espiga de trigo requemada,
de un vinagre de sombra y de pendencia.

Reclamo la verdad para erigirla
en medio de tan torpe mercancía:
debajo de la ropa encubridora
late una vida humana que ahora exige
luz, agua, pan, aceite y vino.

Ayudad al que muere sin saberlo,
ayudad al que vive moribundo,
ayudad a este muerto que no sabe
que va a morir ahora, entre mentiras.

Volvedle ya los ojos al origen,
a las vocales claras y rotundas,
a consonantes con sabor de siglos,
a la sangre telúrica que gime
y que va a terminar asesinada
si nadie echa una mano,
una mirada,
una luz,
un
asilo
de
paz.
Vedle. Ved a ese hombre debatido,
solicitado
-pero siempre a muerte-,
comido ya de muerte sempiterna,
y que no sabe nada, que pasea
de un cuerpo a otro, de una
muerte a otra muerte,
consumiéndose.
Venid. Venid a verle y sorprendeos
con su mirada detestable y quieta,
con su sosiego de fanal vacío,
con sus flores de trapo en la mejilla.
Contemplad a ese hombre: va perdido.



-Treinta y ocho
años. Músico.

Christopher Emmanuel Balestrero,

ése es mi nombre.

- Bueno, bueno. Entra ahí.

Por favor.

3)
Asomó a un pozo blanco su cabeza
y vio la luz doliente y fugitiva
de un rostro enternecido y afilado,
de una concreta cabellera rubia.
Recordó un alba prieta de venturas
y un adiós para siempre y una boca
que murmuraba un salmo sin palabras.
Y recordó una noche como un cielo,
una felicidad abierta al pasmo,
unos brazos ciñendo su esperanza,
un limbo de hermosura y armonía.
Y vio unos ojos que manaban sangre
y una gota de llanto memorable.
Y otra vez unos brazos, y una noche,
y un cielo blanco, y un final gritado
para un enciclopédico paraíso.

Y ahora encontraba un monte de silencio
en el fondo del pozo sin fronteras,
tropezaba un recuerdo interminable
para llorar sobre él su desventura.
No hay ojos para ver en el futuro:
sólo un ayer marcado por la dicha
y un presente sin luz y sin ventanas.
Misericordia, pues, misericordia
para este hombre vegetal y solo
que va a ninguna parte y que no viene
más que de alguna turbia remembranza.




- Me llamo Christopher
Emmanuel Balestrero.

Músico: toco el contrabajo.

Tengo treinta y ocho años.

- Espere. Por favor.


4)
De dolor a dolor existe siempre
una distancia vanamente mensurable,
acaso algo tan leve, o acaso tan gravoso,
como una diferencia de matices.
De dolor a dolor fue cabalgando
el inmenso corcel de su desgracia.
Manos interminables le palparon,
también le abastecieron negligentes.
Comprendió que tejían sus desdichas
una trama de pena y desaliento
para que tengan tema para siempre
los que después vendrán y lo comprendan.
Una sola pared para mirarla:
una pantalla para los recuerdos
y una nada inconsútil desde ahora.
Alzó los ojos y se vio tan solo
que rememoró tardes sin alivio
y alcanzó a ver palomas y una rama
agitándose al aire del otoño.
Cazó al vuelo la sombra de un navío
con algo escrito en oro sobre el lino
de unas velas ardiendo sobre el agua.
Volvió a verse muy solo entre la nieve,
entre el blanco mortal de cal y frío.
Se le abrieron los labios y zumbó un abejorro.
Recordó alguna cara ensangrentada,
un cabello lloviendo sobre un monte,
un trozo de madera dolorida.
Formuló con desmayo una palabra.

- Soy Christopher Emmanuel
Balestrero y toco el contrabajo.

Tengo treinta y ocho años.

- Vamos, salga.


5)
Piedad, misericordia para ese hombre.
No sabe dónde va.
No encuentra a nadie.
L0 tiene todo pero todo es nada.
Un dolor sin dolor a nadie asombra.
Un amor sin amor de nada sirve.
Un llanto que no moja sólo es agua.
Piedad para este hombre balbuceante.
Nada le deis: lo necesita todo.

- Yo me llamo Christopher
Emmanuel Balestrero
.
Treinta y ocho años.

Músico.

- Bueno, ¿y qué?


MARCELO ARROITA-JAUREGUI




Yo no pregunto de qué raza es un hombre: hasta que sea un ser humano; no puede ser nada peor.
MARK TWAIN


(Revista FILM IDEAL nº 157 "Especial Alfred Hitchcock"
Diciembre 1964)

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