16 diciembre 2009

Apuntes macisteños


* Quiero empezar agradeciendo muy especialmente a diegogue los últimos comentarios dejados en el blog. Su fidelidad me anima y me reconcilia con la humanidad, dado el tiempo que ha pasado ya desde la primera vez que entablamos comunicación vía internet. Te mando un saludo bien afectuoso, amigo lector y compañero escritor.
Era mi intención acabar con esta aventura a finales de este mes. No es que me haya quedado sin fuerzas e ilusión, 0 ganas de contar historias. Fue un tope, como Momus se lo ha puesto el día que cumpla años para ponerle el cierre al suyo. No me estoy comparando, ni mucho menos. Sólo lo cito por que ambos somos autores de bitácoras y yo al Currie lo admiro una barbaridad. Lo que pasa es que no va a poder ser. Quiero dejar acabados los juncos y la cosa aún no tiene visos de llegar a donde yo quería (mis dieciocho años). Con lo cual, le doy un plazo de cierre a Fantasía Mongo de tres meses. Abril de 2010 será la fecha límite. Uf, ya queda menos.

* Esta mañana, fría, lluviosa, casi nevada en la ciudad, la cartero me ha traído cositas y cosazas que me van a hacer la invernación muy llevadera. Quiero decir que ya han llegado los regalos de navidad. Para mami y para mi, nuevas cajas del folletín Dallas. Y para mí en exclusiva un tomazo (calculo que pesa unos cinco kilos) de viejos Film Ideal (precursora de Dirigido por...) que me ha puesto los dientes largos no más lo he abierto. Son veinticuatro volúmenes encuadernados y con fecha que va entre septiembre de 1964 y agosto de 1965. Es una lástima que no hubiese acaparado todo el 65 y parte del 66, mi etapa favorita de esta mítica revista de cine. Porque cojería bien de lleno las colaboraciones impagables de Luis Gasca, santo de mi devoción donde las haya. El caso es que con lo que hay aqui tengo como para correrme infinidad de veces este invierno. Firmantes favoritos: Ramón Moix ( no encuentro en esta vorágine cinéfila -¡desastre!- su primer trabajo para la publicación, aquel ensayo sobre Mankiewicz a raiz del estreno de la fatídica Cleopatra), Vicente Molina Moix (que se curra, entre otros cien mil análisis, un rollete intenso a cuenta de El cardenal, al parecer favorito de toda la redacción -inaudito, pero habrá que estudiar el tema), el otro Foix, Juan Antonio, persona entrañable (dueño de esa sensibilidad que tanto apasionó a Cabrera Infante en su día), Pere Gimferrer (a éste lo voy a devorar con vicio nefandísimo. Escribe más que el primerizo Moix), Jose Luis Guarner (de rodillas, señores), Augusto M. Torres y pare de contar. En lo que me ha llegado (tochazo que perteneció a un auténtico devoto del cine y de la revista tomada como el Nuevo Testamento, pues pegaba artículos de prensa con mucho esmero en las zonas publictarias, apuntaba todas las referencias a directores por orden alfabético en el interior de las cubiertas y a plumilla, etc.) he captado el polémico ensayo desmitificador que el jefazo (y ultracatólico, y ex militar) Martialay le dedicó a Pasolini, causa y motivo de la estampida al tiempo de unos cuantos cachorros críticos a otros barrios (o aceras de enfrente) dada su intestina y absurda abominación por una vulgar homofobia de origen religioso. Luego están las entrevistas a Fuller, a McCarey, a Negulesco, los especiales Hitchcock y Jerry Lewis. Una gozada. Ya les contaré, iré descubriendo si muchas veneraciones han envejecido, si tantos alumbramientos de entonces no eran en realidad más que despropósitos o boutades de cahieristas ibéricos o, por el contrario, pueden ser considerados en la actualidad como definitivos para el posicionamiento crítico moderno que estaría por llegar.
Pillado en una libreria de usado de una pequeña localidad gallega, por cierto.

* En cuanto al resto de las pequeñas cosas de la vida y que van ocupando mi tiempo, no hay mucho que salvar. Estuve muy liado en la semana de descanso con un problemón de tuberías rotas que implican de lleno a los del piso de arriba tanto como al mío, de hecho la avería es de ellos pero a quien han picado es a mí y ahora la obra ha quedado parada hasta que el dueño del piso (dueña, en este caso) no dé el consentimiento a los del seguro para hacer los arreglos pertinentes. Un desastre tener todos los días encima al dueño del piso de las putas, echándome las culpas con benevolencia y sequedad del desastre húmedo. Yo goteo nunca tuve, pero caía hasta pared de mi techo. Si es que la avería es de los maquineros de arriba, que ya lo he dicho y los capullos, con los fontaneros en trance de curre, se negaron a que les metieran la maza. ¿Y a estos inquilinos qué les importa, acaso es su piso, acaso los muebles son suyos?.
A día de hoy, en la zona del pilón me llueve a mares no bien cualquier vecino de los pisos superiores usan el grifo de sus vertederos. Y me da que estamos ahora peor de lo que estábamos, pues la pared mojada va a pasarle a la de al lado. Y la pocita en el suelo, mismamente a las putas, tan quejicas ellas. Ojalá se nos forme un buen iceberg y nos pongamos a hacer vida de Bjork, como el gran Nanook de Flaherty.

* De rollo erótico quizá sería mejor esperar al Macisterotique. Poco ha habido a no ser el búlgaro del que os hablé, el chapero ocasional, bien vestido y educado. Que cayó. Cayendo yo, sobre todo, porque fue una estafa. Por cinco euros se la meneé. No funcionó. Y no iba a chupársela porque es un asco. La polla, la normal en quien no la enseña nunca previamente al trato. Quiero decir que era pequeña. Pero para servidor la polla búlgara era lo de menos. Le toqué algo, su cuerpo era moreno y fibroso, tenía algo raro en el ombligo que parecía pus pero supongo que se trataba de un trozo de hilo del boxer o peluza.
Me aburrí tanto de tenerlo de frente que le pedí que se diese la vuelta (además me molestaba que durante los palpamientos frontales se metiese el estómago para adentro, ni que padeciese de complejo de gordura). Y qué culito más bien hecho. Me arrodillé. Olí, sobé, chupeteé... Eso sí, no se movía para nada el machito necesitado. Asi que tan pronto me volví a aburrir, que fue pronto, le avisé que me daba el piro. Como le había pagado antes de ponerlo de espaldas, él no daba señales de tener prisa. Pero yo estaba más incómodo que él y me dije para dentro: Una y no más, santo Tomás. Se despidió diciéndome: Vuelve cuando quieras.
El que no volvió fue el maromo. Es de suponer que ya pudo juntar la suficiente cantidad de euros como para pillar un bus y largarse con sus bondades a otra provincia más saneada económicamente.
Cuanto cuento hay en el mundo en crisis.

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