23 noviembre 2009

Televisión de culto


THE SIXTEEN MILLIMETER SHRINE (1959. Mitchell Leisen)
Ep. 4 Temporada 1 de The twilight zone


"Picture of a woman looking at a picture. Movie great of another time, once-brilliant star in a firmament no longer a part of the sky, eclipsed by the movement of earth and time. Barbara ean Trenton, whose world is a projection room, whose dreams are made out of celluloid. Barbara Jean Trenton, struck down by hit-and-run years and lying on the unhappy pavement, trying desperately to get the license number of fleeting fame"

Introducción de Rod Serling


Mitchell Leisen, uno de los más reconocidos miembros de la colonia homosexual hollywoodiense, uno de los directores, escenógrafos, diseñadores de vestuario más exquisitos también, afrontaba con comodidad un tema muy recurrente en el ámbito de las obsesiones gays: el ocaso de las estrellas de cine. La actriz was. La que el tiempo se llevó. Y lo hacía en un medio lleno de cortapisas, de limitaciones: de tiempo, de espacio, de presupuesto... La televisión. El resultado fue muy digno, siempre y cuando no se compare a trabajos previos para pantalla grande como El crepúsculo de los dioses (1950. Billy Wilder), su inevitable referencia. En cambio, el capítulo en sí está perfectamente inserido en las complicaciones filosófico-sobrenaturales típicas de una serie como La dimensión desconocida, hoy por hoy considerada pieza de culto entre los aficionados a la fantasía y ciencia ficción. Si el filme (pelín sobrevalorado) de Wilder es una aguda y hasta cruel reflexión sobre la decadencia, la tiranía de un medio capaz de derribar a sus más grandes máscaras llevándolas a la locura pura y simple, el capítulo escrito por Rod Serling (creador de la serie) se centra en los aspectos alucinatorios que provocan un efecto final tan catártico como fantasioso que daría en última instancia razón de ser a esta catódica seudo Norma Desmond. Leisen en esas tesituras (divagaciones tímidas y algo naif sobre el devenir de la mente enferma, prisionera de un tiempo quedo), se ajusta a su oficio de profesional de la cámara y de director de mujeres (cual Cukor) entregándose a una Ida Lupino como carnaza principal del mito a desentrañar. Sólo que Ida, la gran Ida, nunca fue Gloria Swanson, ni en la realidad ni en la ficción (por mucho que en la serie esos dos campos tiendan de manera esquizofrénica a confundirse). Gloria venía de los inicios de todo el milagro, del legendario cine mudo. Ida, y también su Barbara Jean Trenton, empezaron a despuntar en los early talkies. Hay una diferencia radical que atañe a prestigio, formas de expresividad, incluso estados anímicos de dos sociedades opuestas (una, la de Swanson, pletórica, derrochadora y, otra, en crisis: la de Lupino es la del final del star system).
Barbara Jean y los recuerdos. Recuerdos encerrados en ese saloncito de su mansión en Beverly Hills. Lo ha reformado todo para que ahora sea una sala de proyecciones a puerta cerrada, donde quema sus años de madurez, sin más compañía del otro lado de la puerta que una doncella tan mayor como ella, sumisa y preocupada por el estado depresivo de su ama, y su fiel amigo Danny Weiss (Martin Balsam a punto de ser asesinado por Norman Bates) que le da buenos consejos y una prueba para un posible comeback en la International Pictures. Hay otro aspecto que la aleja una eternidad de su supuesta antecedente Swanson. En el papel de Norma, Gloria estaba dejando a la humanidad orante una autoconfesión crucial en el sentido de que su identificación con el personaje era completa. Todos entendimos que Gloria era Norma y por eso Sunset Boulevard nos seguirá pareciendo por los restos, pese a unos cuantos defectos que no convendría en revisiones modernas dejar pasar desapercibidos, una de las mayores autocríticas que ha efectuado una actriz ante la cámara. En cambio, Ida no se parece en nada a su Barbara Jean, ni en los thirties ni ahora, en el umbral de los sixties. Empezando porque ella no era tan mayor. Porque en su debut Ida no era una presencia romántica y cursi, tan en la línea de las divas previas al sonoro, como podemos comprobar gracias a los machacones pases en su aparato de cine casero. Ida entonces era una jóven promesa, secundaria pizpireta, ejemplo palpable de la juventud sana y deportiva, cuya promoción acertada por parte de la marca Paramount remitiría a un concepto clásico del culto al cuerpo, una suerte de naturismo bajo pretexto olímpico, tan en boga en Alemania en los años previos al nazismo (y, por descontado, durante el régimen). Así pues, toda posible actuación pringada de rencor quedaría anulada al despojarse del poder simbiótico. Todo lo más, el guión incluiría frases aceradas en contra de los nuevos tiempos, del estúpido desplazamiento que las grandes compañías efectúan sobre las princesitas de ayer, confiándoles o bien papeles de borrachas, drogadas o de madames ninfómanas (recordemos a Ann Blyth haciendo de Helen Morgan, a Mirna Loy Desde la terraza o a Vivien Leigh en La primavera romana). Lo más respetable para mujeres como ella se llamaban "papeles de madre abnegada", etiqueta que Barbara toma como un insulto, sin darse cuenta de que se trataría de un bonito halago (pues lo que está es en una edad preciosa para hacer de abuela. Y si es adicta al descorche, mucho más abuela). Y cuando se defiende es para estallar en una serie de verdades del barquero, sobre cuyos alfilerazos no se libraría ni la propia televisión. No en vano, el nuevo medio era más veloz a la hora de proponer y destruir rostros.
Balsam la apoya en todo momento. Barbara aún tiene fe de reencontrar su pasado en ese presente tan en crisis, en ruinas como ella misma. Planea una fiesta con sus compañeros de ayer. Pero Balsam ahora va a ser el que tenga que matarle su ilusión. Algunos de aquellos actores o están missing o, simplemente, han muerto. La depresión de Barbara se acentúa. No come, no duerme, no sale de la sala de proyección que es su búnker existencial, el santuario de dieciséis milímetros. Y de pronto, ahí surge el toque genial del episodio. La doncella fuerza la puerta y al entrar pega un grito. ¿Qué ha pasado?. Lo sabremos cuando Balsam aparezca. Su cara de pánico y de profundo dolor por la amiga desaparecida para siempre da paso a un plano en donde se proyecta una nueva película de la ex diva. Allí están todos sus amigos... con ella, disfrazados a guisa de sus respectivos papeles de antaño, como sombras, fantasmas de un ayer redivivo. La nueva producción de Barbara Jean es en realidad una angustiosa y terrorífica alucinación filmada. Ha pasado del butacón al otro lado del espejo, a una dimensión desconocida. Con el tiempo, y como les ha sucedido a tantos actores y actrices que amamos, la dimensión se conoce como eternidad congelada en formato DVD (y lo que esté por venir). Lo que no deja de ser un privilegio de unos pocos: los dioses del celuloide. Al final se vieron cumplidos sus sueños de celebrar una kermesse. Sólo que el sabor de los canapés y sus respectivos cócteles han adquirido un intenso toque de necrofilia. Este detalle, bien recogido por Leisen (aunque su labor se revele tan discreta en el sentido que discreto es el medio televisivo donde se encuentra ahora, y desde luego, porque se apoyaba principalmente en un guión sólido más que en sus filias personales y en una actriz, no sabemos si menos sólida como actriz que como directora -recordemos que la Lupino se volcaría en esa época en la dirección de series, entre las cuales aparecía la anodina Isla de Gilligans), da un sentido fantasioso a la historia, tan típico de las elucubraciones metafísicas de Reader's Digest de Rod Serling. Pese a sus pequeñeces, apura el poder narcótico del lienzo de plata y se acerca de puntillas al delirio sin fisuras, alucinante, que dos décadas más tarde propiciará la destrucción absoluta, en pleno arrebato, de la máscara de Peter Pan con que Zulueta ungió a Will More.

"To the wishes that come true, to the strange, mystic strenght of the human animal, who can take a wishful dream and give it a dimension of its own. To Barbara Jean Trenton, movie queen of another era, who has changed the blank tomb of an empty projection screen into a private world. It can happen in the Twilight zone"

Conclusión de Rod Serling








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