02 noviembre 2009

Televisión de culto

CAROSELLO (1957-1977)

Recomiendo vivamente que pilleis en la mula los cuatro cedés de la antología Carosello si os gusta la publicidad antigua. Merecen la pena. Son joyas de la memoria italiana que en muchas ocasiones llegaron a alcanzar la categoría de pequeñas obras de arte. Basta con echar una ojeada a los múltiples certámenes internacionales que premian a los mejores spots televisivos para percatarnos de que, a veces, este género es una cosa muy seria. Asombra tras cuatro décadas la sensacional factoría italiana, la desmesurada calidad de sus materiales, el equipo humano, artístico tan de primer nivel. Guionistas y directores del calibre de Age y Scarpelli, Luciano Emmer (quizá el inventor del espacio, suya es la cortinilla napolitana. El gran Emmer, ¿para cuándo su reivindicación total, su elevación al altar de los ilustres hombres de cine de su país y de todo el continente?), Gillo Pontecorvo, Ermanno Olmi, Ugo Gregoretti... Actores invitados que anunciaban mil y un productos de manera cómica, ajustada a ese sentimiento popular que los encumbró en medios de mayor arraigo como eran Nino Manfredi, Ave Ninchi, Aldo Fabrizi, Vittorio Gassman, Tognazzi y R. Vianello, Virna Lisi, Giovana Ralli, Totó, Macario, Dario Fo, Mina o Paolo Poli. Y de afuera como Laurence Olivier, Fernandel, Jerry Lewis, Jayne Mansfield y Mickey Hargitay. Carosello es un vestigio supremo del pasado, visto en lo que ha degenerado lo televisivo. El punto de arranque de la implantación de unas fórmulas cinematográficas en un campo todavía virgen.







Se entiende con rapidez el motivo de su existencia si nos fijamos en su fecha de nacimiento. Finales de los cincuenta es albor de la era del benesere. Es cuando la sociedad de consumo impone sus derechos y exige ofertas atractivas. El horario es fundamental para el adoctrinamiento de esa parte social más vulnerable y en vías de maduración: la audiencia infantil. De 20, 50 h a 21.00 y de lunes a viernes, la aparición de los spots especiales suponían para el niño italiano el final de la jornada en esos instantes previos de irse a la cama. Si lo comparamos con nuestros Chavalitos de la tele, nos damos cuenta que en Italia las añagazas del sistema capitalista eran más perversas. Y, sin embargo, no hay color. En Carosello hubo un despliegue absoluto de imaginación y fantasía, de recursos creativos fuera de toda comparación, siempre renovados, jamás monótonos. Anunciantes de carne y hueso, de dibujos animados y de cartón y plastilina confieren una constante variabilidad al asunto mercantilista que las cien mil marcas se traían entre manos. En estos dos últimos aspectos, se expandió/promocionó el trabajo de escuelas de animación que andaban desperdigadas por toda la península transalpina: la Gamma Film de los hermanos Gavioli, la Paul Film de Paolo Campani en Módena, el estudio Pagot (donde trabajaban Nino y Toni Pagot) o el fantástico Guido da María (responsable de la serie de dibujos animados Supergulp!). Tal vez estos nombres nos digan poco a los españoles, sin embargo, convendría refrescarles la memoria mencionando series que sí llegaron aquí como la inolvidable signor Rossi o al personaje encantador de Calimero (el pollito antropomorfizado por los hermanos Pagot). Muñecos habituales fueron el omnipresente Topo Gigio y Carmencita e Caballero del admirable Armando Testa.








Como producción en serie y con miras a la clase media el Carosello fue evolucionando o adaptándose a las circunstancias sociopolíticas de cada momento. Así, al principio, aún percibimos en los sketches motivos típicos de una Italia apegada al optimista y falto de compromiso neorrealismo rosado para, en los sesenta, decantarse por estéticas dispares en su coyuntura como las nuevas modas pop, el spaghetti western o la psicodelia. El movimiento estudiantil, la canción protesta y la contestazione también dieron juego. Esta manera de absorción total nos da una buena idea de la capacidad antropofágica capitalista, auténtica aniquiladora de cuanto pensamiento subversivo e iconoclasta pudiese surgir y del que tanto abjuraría un crítico (en crisis) Pasolini en sus polémicos anatemas.
A lo largo de veinte años de emisiones hubo tiempo para reparar en infinidad de cosas, salvo cuando dejó temporalmente de emitirse. ¿Las razones?. Una fue la larga agonía del Papa Pío XII, otra los respectivos asesinatos de los Kennedy (John y Bob), también durante el luctuoso atentado de Piazza Fontana en Milán (1969) se suspendió la cita diaria. En total fueron más de 7000 episodios de inmejorable teletienda con fines tan astutos como pedagógicos. Un hombre tan volcado en el público infantil como el comediógrafo y actor Paolo Poli maravilla con sus lecciones de historia y geografía. El kitsch intrínseco es redimido por la excelencia del intérprete y la conciencia de a quién van dirigidas sus enseñanzas. Los spots, que no excedían los ciento cincuenta segundos, consistían siempre en un gag y en el reclamo posterior del producto de una manera concisa y amena procurando inserirlo en el argumento ficcional. Al ser retransmitido para todas las regiones italianas, se contó con los múltiples dialectos (Calimero, por ejemplo, era un pollito que hablaba con un especial acento veneto), asi como las puyas interregionales y sus peculiares comportamientos. Pero lo que hoy cobra verdadero interés histórico, se sea o no italiano, es presenciar a los grandes de la escena y el cine del país, amoldándose al escueto estilo. Algunos autoparodiándose, otros prolongando su leyenda, los más enriqueciendo su curriculum dentro de un universo (el catódico) del que aún eran reacios a entrar. Fellini abominó de la televisión en su testamento Ginger y Fred pero eso coincidió con la época de la total degeneración/berlusconización del medio, justo cuando Carosello ya era un vestigio de lo artesanal, de una manera de hacer donde el mimo por el detalle aún primaba frente a lo chapucero y deshumanizante del trabajo express y la competencia entre canales. La pareja Gassman- Ferrero a finales de los cincuenta se mostraban escépticos y algo avergonzados al anunciar por dinero una caja de bombones (¡después de estar representando en un teatro a Amleto y Ofelia!), pero Gino Cervi y Fernandel se relajaban y brindaban con chianti Antico pues hacía años que no se veían en un plató y gracias a la televisión pudieron hacerlo. Mientras, Manfredi se ponía otra vez en el divertido pellejo de solti ignoti babeante por cierta marca de televisión para su salita de estar o una Ave Ninchi muy mayor apuraba una comicidad algo grotesca apoyada en una ventana a la espera de que subiera un Zorro poco mitificable que, con la marca de su dedo, alertara a la oronda matrona del polvo acumulado en su mesita. Músicas bubblegum acompañando a una tropa de majorettes con las piernas al aire aunque cubiertas por las medias que interesan, la utilización de la imágen de la mujer liberada para vendernos al final una enciclopedia para la señora de su casa. El difícil equilibrio entre la vanguardia y la antigualla más chabacana, el ondear de una bandiera rossa y la insólita nostalgia democristiana por las oligarquías del pasado más rancio dan idea exacta de un paisaje/paisanaje cultural, social y político enormemente contradictorio y que en los años setenta afrontaba su etapa de hierro.
Tal vez augurándolo Carosello desapareció a finales de esa década. Lo hizo a lo grande, con un fin de fiesta parecido a las burbujas de Freixenet. La encargada de cerrar la tómbola fue Raffaella Carrá, con su sempiterno numerito de music hall a la americana. Con el, con ella, mucha de la Italia más entrañable, la siempre amada desde este lado del charco, se desvanecía para hundirse en las simas de la mierdiocridad.





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