30 noviembre 2009

SEMANA ESPECIAL AQUELLOS JUNCOS SALVAJES (2)

Capítulo trigésimo primero

El indiscreto encanto de la pluma adolescente
Y Luis fue entrando poco a poco en mi vida. Una amistad que se prolongó la friolera de veinte años, con sus más y sus menos, pero mientras duró (hablo en pasado pues nuestra actual situación apunta a una ruptura estúpida debida a la dejadez, a la vagancia de reemprender nada por ambas partes, y cuanto más tiempo pasa más se justificaría lo definitivo del asunto) quedó no hace mucho en un cómodo (diplomático, hipócrita) impasse. Y miren que si mi afán por discutir con los amigos siempre me lo tomé como un divertimento peligroso (por lo machacón y destructivo), en el caso de Luis era imposible llevarlo a cabo. Tendría mucha experiencia al respecto pero sabía que es mejor no iniciar los debates cuando estos versan sobre política o moral, o en terrenos donde el era consciente de que yo tenía una superioridad o jugaba con ventaja, pues estos suelen acabar mal, empudrecen las relaciones, dejan abiertas heridas o asoman vulnerabilidades que aún no se habían puesto en evidencia. Asi que ahora reflexionando, considero que si Luis y yo permanecimos en contacto durante tanto tiempo fue exclusivamente por su dominio de las situaciones delicadas que pudieran enturbiar una relación simpática, generosa por su parte y, desde luego, heroicamente paciente con mis filias y fobias. Estos aspectos pertenecen como es de imaginar a nuestra adultez, cuando los problemas ya adquieren una entidad de problemones, no aquellos dolorcillos de la adolescencia que tan ridículos parecen ahora al rememorarlos no sin sonrojo.
Cuando todo empezó a rodar entre los dos, luego de un previo conocimiento mutuo lleno de recelos y prejuicios bobos, la risa era la principal justificación del vínculo. No fuímos entonces una pareja con derechos exclusivos, de cierre a intromisiones del exterior, pues él tenía su pandilla y yo la mía. Pero lo importante de aquellos momentos de tanteo y posible consolidación, que abarcarían tanto ese 1986 como el siguiente, fue la entrada de un nuevo estilo de llevar la diferencia. Era un estilo ultra light (todos éramos unos niñatos bastante gaseables) pero que a mí me cautivó. Estoy hablando de lo queer, de la frivolidad rosácea que tanto me rechinaba, que tan patética me parecía al verla reflejada en determinados estereotipos de homosexual mayor. Sólo que al ser encauzada por un chavalito muy hermoso, tal vez más hermoso que Oscar, pues Luis era rubio y de ojos azules (aunque tan pequeñajo como el niño nadador) me sugería en todo momento unos afeites de niña (caprichosa, mimada y clasista) más que de niño emplumado (ergo ridículo). Como si perteneciese a una remesa tarada de los insoportables pijines perfectos que me atenazaban desde la EGB con un poco de la cachorra Liz Taylor cuando la Metro fue su guarderia particular.
La frivolidad rosácea, al ser asimilada poco a poco, la fuí adecuando a mi personalidad desde unos rasgos cultistas que a Luis con el tiempo le sedujeron mucho. No dejarían de ser una tonteria más. Pero muy apta para hechizos diletantes. Sin yo saberlo, estaba recogiendo con aquellos ademanes ochenteros, la enorme capacidad de ironia que habían vuelto a la crítica cinematográfica londinense de los años sesenta panacea de la minoritaria sensibilidad pop (que se alargaría con el libro de la Sontag). Arrinconaba hasta el parcial olvido el coñazo elitista de los críticos progres del Dirigido por... para adscribirme a otro tipo de elitismos progres más complicados de entender para una cabecita ortodoxa. Hablo de la rival y mayoritaria en ventas. Y es que los del (Nuevo) Fotogramas, pese a esa capa hedonista y superficial, se habían currado mucho cine de calidad, había gentes en sus filas perfectamente válidas y prestigiosas que sabían que aquello de las películas, antes que nada, era una industria y, como tal, una generadora de productos de entretenimiento, sublimes para la masa. Y si había que reciclar el mal gusto de la clase media en nueva moral del cinéfilo moderno (cuando Bocaccio) no se les caería jamás los anillos. Por lo tanto (y sin renunciar a David Lynch y sus exégetas) capté que la revista debería resultarle atractiva tanto a una anciana de la época del tiro liro fanática de Lana Turner como a la maricona de siempre que "para Lana, una misma".
Comencé mi proceso de transformación, proceso que sin el apoyo incondicional de Luis y de las posibilidades de filtrar información desde su ámbito familiar (periódicos, libros leídos por su padre, recuerdos almacenados en el desván de la abuela) y su forma de entender (en la más respetuosa, únicamente válida expresión de la palabra, más cercana a un Kevin Spacey que a Juanito, el golosina) nunca llegaría a producirse. He de decir que tan pronto el proceso culminó, Luis tuvo a bien etiquetarme de marica snob, al no conocer mis antecedentes previos, lo que acabó por resultarme ese detalle un jodido lastre. Un lastre que adquirió tonos escandalosos a finales de los años noventa, cuando surgió en mi vida una crisis emocional al enfrentarme tal vez a una pena de prisión por un hecho luctuoso. Fue cuando el amigo, tras mucho tranquilizarme desde lo razonable, viendo que lo mío era ya (as usual) masoquismo puro, se volvió irónico pero tranquilizador, bromeando al decir que aquello de la prisión no sería del todo malo, pues allí dentro me imaginaba distrayendo al personal montando un Cats revolucionario entre reclusos. Era una salida deliciosa pero a mí me jodió en el alma.

Luis y sus amigos. Era inseparable de Angel, el saleroso oficial de la clase y eso ya me tiraba para atrás. Angel sería un buen chico pero había dado señales de perspicacia en detalles que hubiera preferido que se mantuvieran ocultos (mi ritual de esnifado del pupitre de Emilio). Me habría calado en seguida, se lo habría contado a Luis, que de aquella era su mejor amigo, no lo sé. Nunca supe nada de sus vidas privadas. Eso fue lo realmente grande de todos. Mi sinceridad era arrolladora, avasallante, literaturizable. Y eso supuso que Luis se entregara a mí como paciente receptor de confesiones. En cambio, jamás me atrevía a preguntarle por sus dolores, por sus enamoramientos, por nada que implicase una infiltración en los territorios del corazón. Mismamente existían junto a Luis y Angel, dos muchachos unidos entre sí a través de vínculos yo diría que sagrados. Eran Diego y Alberto, amici per la pelle. La relación de Diego y Alberto siempre me pareció tan misteriosa como turbadora. No hablo de ellos, en modo alguno, como unos Bridesheads de instituto. O por sus aficiones, que en el caso de Diego eran terribles (en música siempre a la última de lo petardo), no tanto Alberto (exquisito indie, como también lo era Luis, adoradores de Morrisey y el sonido Sarah records), sino por ese pacto de discreción que dejaba sus momentos íntimos (y hablo de nuevo desde una suposición cargada de malicia) para la alcoba. Con Diego nunca tuve feeling, con Alberto sí, obviamente, dado su encanto rubio, azulado y pequeñito y esa querencia por lo anorak.
El último del grupo se llamaba Juan y era fabuloso. Dueño de una bonhomía, de una tolerancia total en nuestros momentos más desmadrados, estupendo en su sentido del humor (siempre más receptivo que transmisor de risas) y que devendría a mediados de los noventa en un sentido desmitificador y fuera de toda falsedad posmoderna de lo español, cien por cien identificable con el credo mondobruttista, al cual no sólo la panda de Luis sino la mía y la de más alla nos adherimos al instante.

Luis es posible que fuese el cabecilla, el nexo de unión de su pandilla. Angel estaba deseando que se produjese nuestro acercamiento. Pero al principio todo fueron recelos. Más por él que por mí, pues una niña clasista puede ser terrible. Nuestros primeros contactos transcurrieron en el aula de audiovisuales durante las clases prácticas de inglés. Era ya primavera, una temporada caótica para esa asignatura pues la profe oficial había quedado preñada y la vino a sustituir una pobre mujer, nativa, cruce imposible de Mary Poppins y doña Croqueta, a la que se le torturó hasta extremos insostenibles desde los pupitres. Para la mentada era un alivio meternos en aquel aula especial, pues eran momentos lúdicos, curiosas prácticas consistentes en la audición de discos pop cantados en inglés de Inglaterra, de Texas o de Almeria (donde los westerns). Ni que decir tiene que su invento no sirvió para que ampliásemos el dominio de la lengua y sí para escuchar las tonterias que se traían de sus casas los resabiados que ya compraban discos. Es decir, que sonaba mucho Police y U2. Y si a alguien se le ocurría poner a Mark Knopfler era censurado por la teacher aduciendo que ese señor no decía ni I love you ni dreams come true: sólo tocaba la guitarra.
Luis o Angel, no lo recuerdo, trajeron el inconcebible Like a virgin de Madonna. A mí la tal Madonna me parecía un horrísono comercialoide y estúpido. Luis me miró con asco cuando comenté algo de esto. El asco fue recíproco cuando no se cansaba de elogiar, por encima de las limitadas cualidades de un disco mediocre ( enésima falsa recreación de las melodías clásicas del pop -los girl groups de Spector- para una juventud actual que habían vibrado de niños con Olivia Newton John en Grease y ahora querían más de eso), la belleza de la nueva diva. Y eso ya me repateó. Aquel impersonal glamour que exhibía la prefabricada aquella, tan pálido reflejo de un Hollywood perdido para siempre, era descorazonador. Una emigrada italiana, de antecedentes barriobajeros, en modo alguno podía aspirar a la verdad genuina de toda una Norma Jean.
Pese a la falta de sintonía, el trato fue a más. Era, como de costumbre, el roce el que fue haciendo el afecto. Titánica proeza, pues muy dificil es en la adolescencia conservar las amistades. Más que nunca se deben superar las barreras que imponen los tontos prejuicios. Está visto que el sentido del humor pero, sobre todo, el repudio mutuo por unas tendencias machistas irrespirables y que eran las de la mayoría, pueden unir en frente común hasta a las personalidades más extremistas y un poco repelentes como, en el fondo, éramos ambos.

Luis comenzó a venir a casa, pero siempre acompañado de su carabina. Esos primeros encuentros en mi intimidad los propiciaba mi requerimiento de voces diferentes para mis programas de radio enlatados. Yo de aquella ya manejaba muy bien mi voz, la sabía engolar, modular, masculinizar pero urgían nuevas aportaciones. Las vocecillas aflautadas de ellos eran tan de cabritillas Disney que me daban hasta regustín. Y, sobre todo, esa verborrea de peluquería de Angel, apostillada en su justo tono por el otro eran lo que yo necesitaba para un proyecto que se titulaba Domestic Pop. Y de fondo, la timidez divertida de Juan, incapaz de decir nada, aportando todo lo más risitas cómplices que a mí me parecían la guinda necesaria para un programa con público en directo.
Luis estaba asustado con mi desparpajo, ese mundo interior que iba descubriendo y en el que entraban de igual modo las aportaciones de críos como Carlos, Hector y, en menor medida Javier, Eulogio y Marcos, dueños de una personalidad potente y con otra forma de reirse de las cosas. Aquellos eran el absurdo total y también la tolerancia con el mundo amariconao de los nuevos. Luis tanteaba el terreno para ir metamorfoseándose conforme a mis gustos (que bien podían ser los del resto). Conocía de paso gente interesante y se admiraba que yo pudiese juntar en una misma habitación a criaturas de gustos tan dispares como el siniestro de Ortiz, el glam negroide de Carlos, el jevi de Hector, el sinfonismo de Marcos y Eulogio, la new wave de Javier, el punk de Franchu o el tecno alemán de Pedro. Después de aquello, me eligió a mí (tal vez, según su sensibilidad, lo menos malo).
Solía Luis ojear con el otro, en medio de aquella marabunta de estilos, cintas, aparatos de radio y apuntes, mi enciclopedia del Cine. Comentaban mis nuevos visitantes los retratos de las grandes estrellas del ayer. El adoraba a Marilyn no sé si tanto o más que Angel, divinizaba desde luego a la Divina, se sentía colgado por la belleza de la fea Katharine Hepburn e incluso se arrodillaría ante la gran Bette si en el salón la alfombra estuviera más limpia. Newman y James Dean eran debilidades personales, y habría más en cuanto al género masculino, algo que se me pasaría inadvertido a la primera de aquella, dados sus múltiples cuchicheos a sotto voce.
Con el final del curso y las separaciones temporales, comprobé con orgullo que una nueva ramificación había surgido en el árbol de mi vida, en el pasatiempo indispensable de la amistad. Cada vez estaba menos solo.


continuará

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