27 noviembre 2009

SEMANA ESPECIAL AQUELLOS JUNCOS SALVAJES (2)


Capítulo trigésimo



El oráculo de los gafipastosos

Para estas memorias, para recuperar la mía, estoy revolviendo cajones demasiado herméticos por el desuso. Y me asombran la cantidad de gadgets, postales, recortes que guardo de mi adolescencia. En especial, me ilusiono con los prospectos de películas vistas en el cine club local. Qué estupendos ciclos organizaban otrora, algunos fueron decisivos para mi primera formación. Con ellos y el vital (y gratuito) complemento que era la programación cinematográfica de la segunda cadena, me iba poniendo las pilas en una materia de la que sólo contaba con las referencias, estudios, fotogramas de los libros que me iba agenciando, bien comprados o decididamente robados. Me enterneció encontrar ayer por la tarde el par de folios fotocopiados y grapados a lo cutre con los que me obsequió la organización cinéfila para el pase de Rocco y sus hermanos. En cualquier caso, la nota informativa era una edición de lujo, en tanto que se conmemoraba la sesión 900. Es decir, novecientas semanas proyectando obras de arte o, cuanto menos, difíciles de degustar en los circuitos convencionales. En palabras del director: Posibilitar que el ciudadano se relacionara con el cine de calidad, con esas obras que legitiman un medio de expresión con el epígrafe de séptimo arte. En ese mismo texto onomástico, se incidía en un aspecto fundamental y absolutamente necesario para que aquella labor de titanes pudiese perpetuarse en el tiempo. Esto es, había que procurar una mayor participación del publico. Es cierto. De las veces que asistí apenas eran cuatro gatos y un ratón (que era yo), bien avenidos todos, con expresiones un poco afectadas, casi siempre gafipastados ellos y muy mayores, tanto que me provocaban lejanía y a la vez mucha tranquilidad pues eran gentes educadas, adultas, incapaces de hacer ruidos espantosos con lo que fuera, de gritar en las escenas clave. Apenas había mujeres, lo que me fue afirmando en una misoginia que empezaba a dar señales peligrosas de tiranía de género. De que el sexo opuesto carecía de la convicción de que la cultura era tan primordial para sobrevivir en este perro mundo como el mismo oxígeno (si acaso más), incluso de espíritu aventurero, casi clandestino diría, pues había mucho de heróico en meterse a horas intempestivas de la noche, con un frío del copón, en un salón de actos sin estufas, con butacas demoledoras para la columna vertebral, para ver imágenes en movimiento fuera de todas las modas, de todas las corrientes, de todos los convencionalismos. Esa ausencia de mujeres en los sitios en los que se solían desarrollar mis aficiones culturales pronto se extendió a otros campos sagrados como el de las librerías de viejo, las tiendas de discos (viejos o del trinque), las ferias del coleccionismo o las pequeñas salas de conciertos. Lo que más me podría indignar es que ellas en esos momentos se estuvieran peleando en cualquier videoclub hortera por alquilar las pocas copias disponibles de la reciente Memorias de Africa. La gran gesta de las emancipadas fin de siècle.
El silencio del público del arte y el ensayo era estremecedor cuando tocaba el repertorio de un Griffith, por ejemplo. Pero en el pase antológico de Rocco, los suspiros, el susurro de viril emoción e incluso mi sonada de mocos por el llanto irrefrenable fueron una constante a lo largo del extenso metraje del drama. Y eso que iba predispuesto a todo. A la elegancia de un director del que había tenido el honor de ver Ossesione, Senso y Bellisima, pero también su trilogía alemana de la última época (ese navegar entre lo popular y lo aristocrático donde era maestro de maestros), a la ternura neorrealista de un previo ciclo televisivo con las joyas de Rossellini y De Sica. No eran aquellas emociones redichas, destinadas al gusto populachero de las plateas del pasado, como solían ser las historias yanquis, falseadoras de la realidad, ajenas a la poesía de los tiempos muertos. Al contrario, el neorrealismo era un testimonio de una verdad en medio de un contexto caótico (la dopoguerra) no tan irreversible como para que un destello de lírico humanismo nos dejase al final respirar hondo. Encima, Rocco incluía una construcción dramática tan apasionada como una ópera en varios actos, hablaba del nucleo familiar, de la dificultad para que éste se mantenga unido tras el trasvase migracional de lo rural a la gran ciudad (el mito milanés). Aparecía la belleza de Alain Delon, en menor medida de la Cardinale, de Spiros Focas en calzoncillos y, sobre todo, de un acojonante Salvatori, como para que mi entrega desde el primer fotograma (bajo los acordes del Bello paese mio...) no fuese absoluta. Me dejo un elemento absorbente y totalizante que se llamaba Katina Paxinou, actriz griega, aqui perfecta en un papel que la Magnani no hubiera bordado por edad (aunque kiria Katina parecía jugar a ser la otra, en realidad estaba acogiéndose a un modelo supremo, a una tipología bien amada: la de la gran madre mediterránea, fuente y origen de todo sentimiento. Y aqui patria en el exilio. Como estudiaban los niños italianos en las escuelas: Quando si parla di Patria, viene in mente la madre). Sólo sé que la secuencia larga en el puente de la Ghisolfa, con la violación de Nadia (patético personaje, inmensa Girardot) y que Visconti aún prolongaba hasta la consunción en la terraza del Duomo, me dejó más noqueado que el último rival en la lona del dios Delon. Nunca había visto escena tan fuerte de estupro en cine añejo, ni siquiera las sordideces de un Ferreri ochentero podían compararse en impacto y buen gusto. Por no hablar de la entrega en sacrificio de ella, brazos en crucifixión, simultaneándolo con imágenes del combate de Rocco que le iba a proclamar campeón de Italia. Y el climax final, tan subido de tono que pudo caer en lo grotesco, sino fuera porque las reglas de la ópera imponían sus leyes de manera implacable y los gritos en versión original las realzaban en plenitud belliniana.
Salí molido de aquella sesión 900. Mi cuerpo, mi mente estaban profundamente alterados. Los comentarios de los gafipastosos en las filas parecían lanzarse al vacío cual octavillas garibaldinas en La Fenice, buscando corroborarse en tertulia, en formación de camaradas por el arte. Yo escapé, como siempre. Pero había amarrado una cantidad de senaciones que atañían a mi espíritu, tal vez engrandecido tras aquél visionado.
Reparé, eso sí, en la programación de la semana. Prescindí de volver a aparecer por allí de momento. No me llamaba la Von Trotta (ciclo de la mujer trabajadora). Pero anunciaban antes de primavera A nuestros amores de Pialat, Las noches de la luna llena de Rohmer, la Pasion de Godard, Donde sueñan las verdes hormigas de Herzog y hasta El año con trece lunas de Fassbinder (ya tuve bastante con su puta santa el año anterior que me aburrió mortalmente, aunque pude sacar una conclusión matizable: que Fassbinder era grandioso pero su ropa interior dejaba mucho que desear). Sin embargo, a ninguna acudí. La primavera iba en cambio a traerme un nuevo ciclo de antología de título Clásicos del cine mudo. Entonces sí que pagué entrada. Bien a gusto.


La televisión informativa
Algún lector habrá reparado en mi ausencia de comentarios para La bola de cristal, un programa de culto, generacional, que pasa por ser de los mejores infantiles emprendidos nunca por televisión alguna en este país. Habida cuenta que me he declarado numerosas veces teleadicto y adorador de la movida madrileña es cierto que la ausencia parecería una negligencia hasta para el que esto firma. Sin embargo, confieso que si no he hablado de la dichosita Bola es porque no la ví nunca (al menos, entera). Los sábados por la mañana de mediados de los ochenta yo no paraba en casa. Ni siquiera en La caja de ritmos coincidía ya. Me quedé en Sabadabadá y Pista libre. Veía menos la tele juvenil.
A las horas de comer, nos reuníamos los tres en la cocina y en la tele aparecían las presentadoras de la regional con sus cosas (la Navaza y su alegría militante, la pobre Pilar y su fealdad y mal vestir extremos), o sino, a la tontuna Julia Otero, con su peinado repelente pero tan de moda en el concurso 3x4. Eran rostros femeninos, como el de Isabel Garbí, que no me decían gran cosa. Reconocía su naturalidad y su buena dicción, pero ese aderezo de sex symbols de andar por casa me daba grima. La dicción en el caso de los rostros parlantes varones venidos de Sant Cugat era para quitarse el sombrero. Constantino Romero, Jordi Hurtado, el señor Estadella (inolvidable Tito B. Diagonal), Sardá poseían magníficos vozarrones, capaces de disimular el acento catalán, tan marcado en cómicos insoportables como La Trinca o, algo menos insoportable, en Rosa María (adoré luego a esta Carol Burnett española, doliéndome mucho no haber podido dejar grabadas en cinta de video sus docenas de bajadas irónicas por aquella escalera estelar que daba inicio a sus shows y que eran lo mejor de los mismos).
La programación del año trajo importantes novedades para la segunda cadena. Clara Isabel Francia, su directora, destinó a las ocho de la tarde programas de servicio público que en mi mente tuvieron categoría de innovadores: espacios de gimnasia con Eva Nasarre y otro de cocina con Elena Santonja fueron mis favoritos. Pero aquello era sólo la recuperación de propuestas arqueológicas. En los sesenta ocupaban las horas matinales, experiencias que no cuajaron entonces, detalle que la Francia sabía de sobra. Su apuesta era arriesgada. Además incluía un curso de inglés estupendo (el Follow me) que me enganchó a la primera (pero en la segunda, claro).
La sorpresa más grata en cambio no estaba ahí. Nuevos rostros se asomaban a los telediarios de la cadena de más audiencia. Carlos Herrera, la Campoy, Paco Lobatón y Angeles Caso fueron sus nombres.
El impacto Caso fue de los fuertes en mi vida. Otra vez la mujer venía a hechizarme desde terrenos imprevistos. Luego de Sandra Sutherland no había sentido enganche alguno por una presentadora. Y menos diciendo noticias. Es decir, no hablándome desde una plataforma juvenil. No me perdí ni uno de sus telediarios. Hasta el entorno me parecía atractivo. Como sus ropas de moda sociata. Con su tuteo esclarecedor. Tras el bache sufrido en los informativos tras la desaparición del seminal Crónica 3 (el binomio Lalo Azcona-Hermida fueron en mi niñez lo más de lo más), nunca un informativo me había resultado tan digerible. A lo mejor, lo que me resultaba alimentable era ella, la asturiana ilustrada, muy por encima de figuras adorables desde otro sentido, ajeno al platonismo, como la impar corresponsal Rosa María Calaf, toda camp.
My fair lady. Su dulzura, sus ojos enormes y expresivos, su permanente, ese aura de mujer inteligente y capacitada para la comunicación (si bien luego trasladándolo a un medio tan insospechado para un rostro parlante como era la literatura), que luego demostró ser en unos cuantos libros de éxito, con sus biografías de heroínas poderosas pero vulnerables en el fondo, en tanto que incomprendidas en su tiempo, arrastrando una falsa imagen desde el pasado, como protagonistas. Que bien pudieran describir, desde otros parámetros, a la propia autora, cuyo recuerdo de momentos mejores la sacaban en mi imaginación mismamente de las páginas de miss Bronté. Sus posteriores declaraciones tras abandonar la caja tonta alegando apatía por el medio, amén de inseguridad, desubicación, extrema timidez y su vuelco en la radio nocturna, ya con temas literarios, al lado de De Villena a principios de los noventa, terminaron por corrobar la valía de una mujer cuya extraña belleza física se veía aumentada con creces por otra interior, no menos intrincada, que a mí me dejaba perplejo.
Entre tanto su cambio de registro no se producía, ahí me tenían esperando la hora de su informativo. Mis predilectos eran los momentos de arranque y, desde luego, la despedida, justo cuando la veíamos más suelta, sonriendo o comentando algo a su partenaire, recogiendo los papeles o llevándose la mano al micrófono para que la dejase en paz de una santa vez. La imposibilidad de verla a cuerpo entero me traía por la calle de la amargura. Y también me hacía reflexionar en torno a lo que era lo que me estaba pasando con determinadas chicas de la pantalla para que dejase de soñar un segundo en los niños de mi generación para ponerlas a ellas en el centro de mi interés sentimental. Eran esos instantes en que lo femenino mandaba. O ese otro tipo de mujer, la donna di cultura. Es cierto que fuí muy vago en mis reflexiones porque, a la larga, pocas vueltas le dí al tema en cuestión. Sobre todo, cuando el marasmo de cuerpos con colita empezó a exigir de mí una atención exclusiva.


continuará

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