26 noviembre 2009

SEMANA ESPECIAL AQUELLOS JUNCOS SALVAJES (2)

Capítulo vigésimo noveno

El acoso de Pedro (o El paciente conquistador)
Los recreos con Oscar eran tan placenteros como frustrantes. Placenteros porque el muchacho era una delicia. Divertido, nada típico y dueño de una mordacidad que a mí me estimulaba bastante. No dejaba títere con cabeza. Ni siquiera la suya. Pero a Oscar nunca lo ví títere, sino bibelot precioso, uno de mis primeros amores platónicos de verdad. Aquella confesión homoerótica me enterneció tanto que a veces sentía deseos irrefrenables de soltarle de sopetón que yo sentía lo mismo... pero por él. Mi cobardía natural me hacía andar con rodeos que el atajaba en un pis pas con una frase ridiculizante a mi persona. O tal vez ni frase. Con un monosílabo exacto y preciso ya me anulaba como pretendiente correspondido y agachaba la cabeza. Sentía que tenía razón. ¿Quién era yo más que un puto payaso?. El repetidor. El sólo hecho de tocarlo me ponía muy nervioso, tan siquiera para agarrarle por su ancho hombro con el fín de que caminásemos por el patio al mismo paso. Oscar no es que fuera duro de roer, es que era misión imposible. Yo seguía siendo un patito feo, el era muy lindo. Mi plumaje era oscuro, siempre de negro por debajo de aquel chubasquero verde que jamás se puso de moda, salvo en mi cuerpecito de alfeñique. Chubasquero arrastrado de año en año porque me negaba a llevar aquel McCloud de cuello aborregado que papá tanto vendía entre los recios hombres de la montaña. Para mi gusto, esa prenda si que había pasado de moda. Estábamos en plena fiebre de la arruga bella, del lino blanco de los Miami vice. No es que ansiase ser un modelo de Adolfo Dominguez pero, a veces, me preguntaba si no sería buena idea para lograr seducir al interesado que al menos me diese la luz... Entre el acné y mi palidez natural lo poco que se me veía era como para echarse uno a temblar. Oscar no era una réplica en mini de Don Johnson. Su mundo era el del tecnicolor, de los manchones hedonistas de las piscinas de Esther Williams. Cuán distintos, si. El yin y el yan. Nosferatu de paisaje urbano contra la sirena de Neptuno. Al amigo le bastaba que fuese su confidente. Me daba por burro, por lo tanto, debía ser tonto, con lo cual, cualquier cosa que me dijese no sería flor de escándalo, de titular en el boletín mensual de los hijos de san Juan Bosco. Me la tragaba y ya se quedaba a gusto. Oscar me veía como un autista discreto. Puede que fuese eso.
Sin embargo, también yo tenía muy aguzado el peligroso don de la verborrea venenosa. Eso nos hacía reir una barbaridad. Tanto que nuestras carcajadas fueron captadas por Pedro, el niño pedorro, el del fondo de la clase, el que no se sabía bien de qué palo iba, el que no tenía muchos amigos, más de los que implicaba la desesperada situación de lapa. Pedro empezó a pegársenos en los recreos. A Oscar esto no le pareció del todo mal. Al principio yo no lo entendía. La actitud del chaval frente a nosotros era el de simpatía algo forzada, comprensión ante cualquiera de nuestras réplicas, regalos de pipas al obseso de las pipas que era mi compañero, incluso se permitía el lujo, de vez en cuando, de hacer gala de una mordacidad subida de tono. Pero, el resto era una incógnita que no tenía razón de ser en nuestro itinerario diario. Reparé pues en su físico. Hasta cierto punto era comprensible que a Oscar no le disgustase. A Oscar le atraían mucho los culos de los chicos y el de Pedro era, a su manera, un manjar. Oloroso, pero manjar al fin. Era un poco más alto que él, de complexión atlética, bien formado y poseía un rostro si se quiere vulgar pero en modo alguno desagradable. Su ropa delataba la procedencia. No era un pijo, por supuesto. Tampoco un niño rico pero corriente como Oscar. Tampoco un gualdrapa como yo (el típico que podía vestir bien pero no quería por taaantos complejos). Pedro en el vestir se delataba como chico de extrarradio. No entendíamos cómo habían podído matricularle en el colegio, estando su casa a media hora larga a pie, atravesando puentes, túneles y laberintos típicos de un zoco, sinceramente. Ignorábamos su pasado de EGB. Tampoco era muy dueño de hablar de si mismo. Prefería escuchar. Era especialmente receptivo a nuestros comentarios ambiguos, como de niñas traviesas y malas (mi amigo, sobre todo, era en esto un experto). Era cuando el tercero en discordia respondía con un lascivo "¿con que si?" u otro "pero, entonces, vosotros sois...", a lo que Oscar reaccionaba con un "boh, menudo idiota" (que quería decir que no había entendido nada el maromo). Pero Pedro no se veía ofendido en su virilidad. Al contrario, la azuzaba llevándose la mano a la bragueta. No podemos decir que en pantalones Pedro estuviese bien abastecido. Pero el que más usó le quedaba como un guante. Un modelo de vaquero que solían usar más las tías que los tios. Realzaba sus pantorrillas; en especial, su trasero en forma de manzana. Era perfecto. Tocable. Al menos, eso empezé a presentir con el trato diario. Pero el encoñe con Oscar era muy fuerte aún. Y su presencia me seguía incomodando.

Una mañana de domingo, fría mañana del mes de febrero, Pedro y yo nos encontramos por casualidad en los salones recreativos cercanos al colegio. La sala estaba semi vacía asi que jugamos ambos una partida al Moon Cresta. Empezamos a hablar de música. El estaba un poco harto de un fulano de clase que no le quería dejar no se qué disco de Depeche Mode. Yo le comenté que me gustaba mucho el grupo de marras y que por algún sitio de casa tenía alguna cinta con lo que buscaba. Que se la pasaría sin problemas. El caso es que se puso muy pesadito con la idea de que lo invitase a casa. Quería aquello ya. Durante el trayecto se amarteló a mí, criticando a aquel compañero egoista y felicitándome de que no fuésemos todos iguales. Y vino. La cinta no la encontré pero sí que le enseñé mi habitación.
De pronto, el chaval comenzó a quejarse de un súbito dolor de pierna. Para ser exactos, de muslamen derecho. Se tiró en el lecho sin que yo consiguiese dar crédito. Ya se había fijado en los barrotes de la cama en forma fálica, lo que me puso a la defensiva. Me pidió, con insistencia de niño perverso, un masaje. Tuve una erección. No sé si fue su pantalón, su manera de yacer, la situación (inédita en mi vida)... Quiero decir, era una imagen que no me caía nada nueva. Estaba en mis fantasías, deudoras posiblemente de alguna secuencia tópica de telefilme para adultos con Morgan Fairchild, la Brittany o Audrey Landers de zorrildas que engañan (el lo habría aprendido de algún astracán del Pajares y el Esteso). Reaccioné con cautela. Mis padres aún no habían regresado de misa. No había por qué preocuparse de tan siquiera rozarle con mis dedos. Le masajeé el tobillo, también el gemelo. El quiso que subiese más. Llegué al muslo derecho, era carnoso, fibroso, duro. Sentía la presión del izquierdo que retuvo mi mano por un instante. La retiré con fuerza y cambié de conversación, dejando caer que no le pasaba nada y que lo que tenía era que ir al médico, dada una inflamación extraña que percibí en el breve contacto. Pedro sonrió malicioso. Su sonrisa terminó por decidir que una nueva pasión había nacido en la vida de adolescente del legañoso Maciste.
Yo quería eso mismo pero con Oscar, porque a Pedro no lo conocía de nada, no era mi tipo, un zagal... De haberlo conocido Pasolini le hubiera colocado unas mallas de la época de Chaucer. Y a saltar por los callejones de un cuento de Canterbury. En cambio, Pedro empezó a transformarse, por su pícaras maneras, en una tentación sólo entendible desde el catre de Maciste. En la posible solución a sus urgencias. Estaba claro que el chico tenía una intención. Y un bagaje. No quise saberlo de momento. Me ponía en lo peor. Tendente siempre al melodrama. Del prostíbulo de Chaucer a la prisión de Wilde. Si caía en la trampa, ¿es posible que se fuera de la lengua?. Debía estudiar ese caso algo más. O, pongámonos románticos, deberíamos conocernos mejor.

Mientras tanto, sucedieron recreos lluviosos, en los que Oscar gustaba de quedarse en los soportales o dentro del espantoso bar de los curitas, donde se zampaba su bocata de chorizo. Mi enganche con las maquinitas me arrastraban a esas horas a los recreativos, a tope de chavalines a esas horas. Controlaba mucho una, cuyo nombre no recuerdo, mezcla de fantasía espacial y Comecocos. Era tan profesional en la misma que congregaba siempre a un nutrido público de fans a mi alrededor. Oh, benditos tiempos aquellos de apretujones adolescentes... Por varias veces noté la bragueta de un crío que oprimía mis nalgas lisas, tapadas por el largo chubasquero. Me costaba trabajo desviar mi atención de la pantalla para mirar quién era el abusón. En cualquier caso, el contacto aquél me llenaba de ímpetu y no fallé un disparo de mi pistola sideral. Al llegar al Game over y batirme en retirada ante los aplausos mudos del gentío, aparecía Pedro alli, sonriendo como aquella vez, pero al fondo, en la cola (tal vez había cambiado de posición en el momento preciso para que no sospechase). Si asi fue, Pedro y yo seríamos iguales en nuestro fanatismo por el sexo. Y esos momentos furtivos, de aprovechamiento de la carne por parte del pulpo mientras la cabecita del acosado está absorta, llena de pájaros de acero que eran naves nodriza, condicionaban nuestros mundos privados elevándolos a masturbación recurrente en la soledad del hogar. El deseo del uno por el otro parecía cada vez más claro. Y el sentirme deseado supuso toda una conmoción que, poco a poco, cambió mi actitud con respecto a mi cuerpo.
Pronto Oscar fue sustituido por Pedro en los recreos diarios. También lo fue a la salida de clases. En el fondo, vivía en las quimbambas y yo era un niño del centro, donde todo bullía. Nuestros paseos por la ciudad eran desasosegadores. Se pegaba a mí tanto, que con un paraguas en la mano era imposible no rozarle el paquete o el culo. Esto me empalmaba siempre. Su torso contra mi espalda, el mío contra la suya al entrar ambos a la vez en una tienda me estremecían. Sus pequeñas trampas buscando el roce me desarmaban. No creo exagerar si les digo que recuerdo las salidas del colegio en contínua erección. Podía prolongar ese estado lo que durásemos juntos, fuera hora u hora y media. Consiguió volverme obseso por su piel. Y hay que decir en su descargo, leído el capítulo anterior, que nunca se le escapó en mi presencia una ventosidad de las suyas. Era receptivo a mi mundo pero a veces me hacía sufrir, sobre todo cada vez que se negaba a subir a casa. Empecé a comprar discos de tecno pop para que viniese a pedírmelos. Y Pedro en casa, en la habitación de los juguetes era un peligro de ambiguedades. Correcto siempre y, a la vez, implacable, buscando entrar a matar. Si no mató antes fue por culpa exclusivamente de mis indecisiones. Pasé todo el año 1986 dándole largas en ese sentido. ¿En qué sentido?. No quiero decir que me estuviera pidiendo que le abriera el culo para que pudiera de una puta vez meter su cipote. No. El sólo quería verme la polla. Que nos masturbásemos a dos, como suele suceder por esas edades. Es posible que del lugar donde venía él (el quinto pino y el resto matojos) fuese algo común. A mi me aterrorizaba la idea de que me viese el pene. ¿Y si luego quería hacerme suyo de mala manera?. Mi terror ante el dolor anal era algo que ya me superaba. En cambio, en todo fue educado, condescendiente y generoso. De poner algo, él sería el que pusiera el culo. Esto me lo reveló el día de nuestro primer encuentro serio. El decisivo. Carne sobre carne. Habían pasado la friolera de doce meses desde la anécdota Depeche. Mucho tiempo con respecto a unas memorias tan pormenorizadas, asi que será mejor esperar unos cuantos capítulos para hablarles de cómo perdí mi virginidad. Que fue, ni más ni menos, por una burda cuestión de aburrimiento del personal. Pero, entre medias, quedaba lo mejor, lo más jugoso. Lo imborrable. Lo previo. Los juegos, las palabras equívocas. El desarrollo de un abc de lo homoerótico del lado de una persona que parece sentir lo mismo que tú. El masoquista placer del cortejo a la antígua usanza.

continuará

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